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Cultura 2 de agosto de 2026

¿Por qué los argentinos hablamos como hablamos? Oscar Conde recorre la historia de nuestro lenguaje

El filólogo reconstruye en su último ensayo cómo nuestra manera de decir se fue moldeando a partir de préstamos europeos, americanos y africanos, desde los primeros conquistadores hasta el lunfardo y las invenciones más recientes. Con un enfoque riguroso y accesible, muestra que la lengua –siempre viva– cambia, se mezcla y, en ese proceso, también construye nuestra identidad.

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Oscar Conde es autor de “Diccionario etimológico del lunfardo”, “Lunfardo. Un estudio sobre el habla popular de los argentinos” y “Charly García, 1983”. (Foto: Alejandra López).

Hay algo que Lionel Messi nunca perdió, ni siquiera después de más de 20 años viviendo en España: su manera de hablar argentina. A pesar de haber emigrado a los 13 años, el rosarino sigue comiéndose las eses, diciendo “orsai”, “gambeta” e “hinchada” en lugar de “fuera de juego”, “regate” o “aficionados”. Y cuando en el Mundial de Qatar lanzó el ya célebre “¿Qué mirá, bobo? Andá p’ayá”, millones de argentinos reconocimos en esas palabras una forma de hablar que sentimos propia.

Con esa escena abre Oscar Conde “Lenguaje argento. Historia e identidad del habla argentina” (Taurus). La anécdota, tomada de “La valija de Lionel”, de Hernán Casciari, recupera una idea del escritor y editor de Orsai, quien divide a los argentinos que emigraron a España después del 2001 en dos grupos: los que guardaron la valija y adoptaron rápidamente las costumbres españolas, y quienes la dejaron siempre abierta, siguieron aferrados al dulce de leche, al “che” y al “vos”. Para Casciari, Messi pertenece a este último grupo: el de quienes eligen ese vocabulario como una forma de “trinchera” y “espejo de nuestra identidad”.

Esta reflexión sobre el astro argentino funciona como puerta de entrada para presentar la hipótesis de Conde: que los argentinos tenemos un lenguaje propio, único y reconocible entre las tantas variedades del español. No es un idioma, sino un español dentro de todos los posibles. Y Conde habla de lenguaje para referirse a la lengua, es decir, el modo de expresarnos de manera oral y escrita, y lo que excede estrictamente a ella como los gestos, los signos, la mímica, las actitudes.

Pero ¿qué dice nuestra forma de hablar de nosotros? Para Conde, el lenguaje es mucho más que un sistema de comunicación. Retomando la metáfora de Casciari, es “trinchera e identidad”: una marca de pertenencia, una memoria compartida y una manera de pensar, de ser y de estar en el mundo. Es lo que nos constituye.

A partir de esa premisa, el objetivo del libro es reconstruir el largo proceso por el cual el español argentino fue incorporando palabras, giros, tonadas y expresiones de diversas culturas hasta forjar una identidad lingüística propia. El recorrido, que abarca desde el siglo XIX hasta la actualidad, busca demostrar que detrás de cada expresión cotidiana se esconde también una historia social, política y cultural.

Mucho más que un diccionario

Filólogo, poeta, ensayista y docente universitario, Oscar Conde ha dedicado buena parte de su vida a estudiar las hablas populares y la cultura rioplatense, como el lunfardo, las letras de tango y del rock. Sin embargo, “Lenguaje argento” amplía ese horizonte. El lunfardo ocupa un lugar central de este ensayo, pero es una de las múltiples capas que conforman el español de la Argentina.

argento

El libro tampoco se limita a catalogar palabras ni funciona como un inventario de argentinismos. Aunque muchas páginas inviten a detenerse en el origen de determinados vocablos y puedan consultarse como una obra de referencia, el propósito es otro. Conde construye un ensayo de historia cultural de la lengua y explica –desde un registro didáctico y entretenido– cómo, a lo largo de la historia, el español hablado en Argentina fue consolidándose en lo que es gracias a los préstamos de voces criollas, gauchescas, indígenas, africanas, europeas, populares, políticas y mediáticas.

La estructura del libro acompaña ese objetivo. Tras una introducción dedicada a los debates sobre la lengua nacional a lo largo de la historia, Conde divide el ensayo en tres capítulos: “Las palabras que estaban”, sobre el sustrato criollo, gauchesco, indígena y popular del español argentino; “Las palabras que nos trajeron”, dedicado a los aportes de las distintas corrientes inmigratorias; y “Las palabras que inventamos”, centrado en la creatividad de los hablantes para generar nuevas palabras y expresiones. El volumen se completa con un glosario de conceptos y palabras y una amplia bibliografía que da cuenta del sólido trabajo de investigación que sostiene el ensayo.

Una historia de disputas por la lengua

En la introducción, Conde reconstruye casi dos siglos de discusiones en torno al español hablado en la Argentina. El primer debate lo ubica en el Salón Literario de 1837, cuando Marcos Sastre, Esteban Echeverría y Juan Bautista Alberdi pronunciaron que la independencia política debía ser acompañada por una emancipación cultural y lingüística. Luego, destaca la reforma ortográfica para el español americano impulsada por Sarmiento, adoptada por el Estado chileno durante ocho décadas.

También se detiene en el discurso que Juan María Gutiérrez pronunció en 1875 al rechazar el diploma que le había otorgado la Real Academia Española. Allí sostenía que el idioma no debía ser fijado desde Madrid ni las palabras inmovilizadas por los gramáticos. Por el contrario, defendía la idea de una lengua viva y propia, en plena transformación por la inmigración, que los argentinos usamos para pensar, crear y escribir nuestras ideas.

La discusión alcanzó un nuevo punto de ebullición en 1900, cuando el francés Lucien Abeille publicó “Idioma nacional de los argentinos”. Aunque Conde considera exagerada su idea de que en el país había surgido un idioma autónomo, rescata un aspecto central de aquella obra: haber advertido tempranamente que el español rioplatense se estaba diferenciando del peninsular gracias a la incorporación de vocablos provenientes de otras lenguas.

La reacción no tardó en llegar. Intelectuales como Paul Groussac, Ernesto Quesada y Miguel Cané defendieron un ideal de pureza idiomática y rechazaron la creciente presencia de expresiones populares y de préstamos extranjeros que “vulgarizaban” la lengua, una posición que también se reflejaba en su concepción de la literatura.

Durante las primeras décadas del siglo XX, el debate se profundizó. Mientras algunos reclamaban una estricta subordinación a las normas españolas, otros defendían que la Argentina desarrolle una variedad propia del español.

Esa disputa reapareció en episodios como la polémica desatada en 1927 cuando la revista española “La Gaceta Literaria” proclamó que Madrid debía ser “el meridiano intelectual de Hispanoamérica”. Desde la revista “Martín Fierro”, escritores como Borges respondieron con ironía, mientras Roberto Arlt defendía el habla porteña en sus aguafuertes frente a quienes la calificaban de “jerga vulgar”.

El recorrido continúa con la consulta lanzada ese mismo año por el diario “Crítica” sobre la posibilidad de un idioma argentino; la censura al lunfardo durante el golpe de 1930; el frustrado proyecto de la Academia Argentina de la Lengua para elaborar un diccionario nacional durante el segundo gobierno de Perón; y el trabajo pionero y extraordinario de Berta Vidal de Battini, quien recorrió el país registrando las formas de hablar de cada región y comprobó que el voseo ya se había extendido a todas las clases sociales, edades y a todo el territorio hacia 1960.

Conde enseña Literaturas y culturas populares en la Universidad Pedagógica Nacional y Lunfardo en la Universidad Nacional de las Artes; también es docente del Doctorado en Filosofía en la Universidad Nacional de Lanús. (Foto: Alejandra López).

Conde es presidente de la Academia Porteña del Lunfardo, y titular de la Academia Nacional del Tango y de la Academia Argentina de Letras. (Foto: Alejandra López).

El recorrido de Conde deja en claro que la pregunta por la lengua nunca fue exclusivamente lingüística, sino que se ponía en juego una idea de país, atravesada por las dicotomías como civilización-barbarie, Buenos Aires-interior. Es decir, si la Argentina debía mirar hacia Europa o asumir su heterogeneidad, si la cultura popular enriquecía el idioma o lo degradaba y si la identidad nacional se construía obedeciendo una norma o aceptando la vitalidad siempre cambiante del habla cotidiana.

Las raíces del habla argentina

A continuación, Conde dedica un capítulo a desarmar una idea muy extendida: que el habla argentina nació con la gran inmigración de fines del siglo XIX. Mucho antes, sostiene el autor, ya existía un sustrato lingüístico sobre el que se edificaría buena parte del español argentino.

Ese camino comienza con los conquistadores que llegaron durante el siglo XVI. Entre ellos, vinieron sobre todo andaluces, extremeños y canarios, hablantes que ya utilizaban rasgos hoy característicos del español rioplatense: el seseo, el yeísmo y el voseo.

El ensayo también demuestra que numerosas palabras que hoy suelen asociarse al lunfardo ya circulaban en la primera mitad del siglo XIX. Para comprobarlo, el autor rastrea la literatura gauchesca, desde los “Diálogos patrióticos” de Bartolomé Hidalgo hasta el “Martín Fierro”. Aunque aquellos textos construían una lengua literaria, se basaban en el español rural y popular de la época. Allí ya aparecen vocablos y expresiones que siguen vigentes: “fajar” como sinónimo de golpear, “gringo” para referirse al extranjero, “paquete” o “cajetilla” para hablar del aristócrata o incluso la expresión “estar en pedo” para hablar de la borrachera.

A esa herencia criolla y gauchesca se suman los aportes de las comunidades indígenas, otro de los aspectos que Conde rescata con especial énfasis. Entre las lenguas originarias, el quichua y el guaraní son las que más huellas dejaron en el español de la Argentina. Del quichua provienen, por ejemplo, palabras como “chacra”, “choclo”, “quincho”, “vincha”, “chiche”, “pucho”, “morocho”, “ojota”, “guacho” y “yuyo”. Con el paso del tiempo, muchos de esos términos fueron resignificando y ampliando sus sentidos a medida que las migraciones internas los trasladaron desde sus regiones de origen hacia Buenos Aires y otros centros urbanos.

Un español con muchos centros

Uno de los enfoques más interesantes del libro es la defensa del carácter policéntrico del español. Para Conde, no existe una única forma legítima de hablar la lengua española ni Madrid es el modelo al que deberían ajustarse los más de 600 millones de hispanohablantes en el mundo. Por el contrario, el español es una lengua plural, viva, en permanente transformación, construida a partir de múltiples centros, cada uno con su propia historia y sus tradiciones.

Esa misma mirada se aplica al caso argentino. Tampoco existe un único español argentino, sino muchas variedades regionales igualmente válidas. El español que se habla en Salta no es el mismo que el de Mendoza, Córdoba, Posadas o Buenos Aires, y ninguna de esas formas resulta mejor que otra o más representativa que las demás. Cada región –el Noroeste, el Nordeste, Cuyo, el Centro, el Litoral, el área rioplatense y la Patagonia– posee su propia entonación, distintos modos de pronunciar ciertos sonidos –como la “y”– y particularidades gramaticales, como el uso más frecuente de los tiempos verbales compuestos en el norte que en la región rioplatense.

Sin embargo, esa diversidad no impide reconocer una identidad compartida. Más allá de los matices regionales, existe un repertorio de palabras, giros y expresiones que enlaza a los hablantes argentinos y configura una manera común de nombrar y comprender el mundo. Es allí donde adquiere especial relevancia el lunfardo. Son esas palabras las que funcionan como lazos de pertenencia y revelan, quizá mejor que cualquier otra cosa, una identidad lingüística compartida.

El lunfardo, marca distintiva de nuestro país

Si la primera parte del libro demuestra que el español argentino ya tenía una historia antes de la inmigración, la segunda explica por qué la llegada masiva de millones de europeos modificó para siempre la manera de hablar en el país. No se trató únicamente de una transformación demográfica, económica o social: también fue una revolución lingüística.

Conde explica que del encuentro cotidiano entre criollos e inmigrantes nació primero el cocoliche, una lengua de transición, híbrida y provisoria, surgida de la necesidad de comunicarse. Y, con el tiempo, emergió el lunfardo. Uno de los principales méritos del ensayo consiste en desmontar varios prejuicios que aún pesan sobre él. Conde insiste en que el lunfardo no constituye una lengua autónoma, sino que es un vocabulario: un conjunto de palabras y expresiones que intervienen el español sin reemplazarlo. Nadie puede hablar exclusivamente en lunfardo, del mismo modo que sí puede hacerlo en francés, en griego o en guaraní. El lunfardo vive dentro del español, enriqueciéndolo y transformándolo.

El segundo mito que el autor desarma es el de su supuesto origen exclusivamente delictivo. Aunque algunas de sus voces circularon en ambientes marginales, nació en el habla cotidiana de los sectores populares para hablar de todo: amor, comida, trabajo, política, fútbol, amistad o dinero. Y de las conversaciones cotidianas pasaron a las letras de tango, el teatro, las revistas, los folletos, la radio, el cine y, más tarde, la televisión, el rock y la cumbia.

Desde hace más de medio siglo, sostiene Conde, el lunfardo dejó de ser un fenómeno exclusivamente rioplatense para convertirse en un patrimonio compartido por hablantes de todas las regiones del país, de todas las edades y de todos los sectores sociales. En ese sentido, ya no funciona como un argot de grupo sino como uno de los principales marcadores de la identidad lingüística argentina.

La prueba de esa vitalidad está, según Conde, al alcance de cualquiera. Basta con escuchar durante unos minutos una conversación en la calle o un programa de radio para advertir la enorme cantidad de palabras lunfardas que utilizamos.

El capítulo se completa con un minucioso relevamiento de los aportes de las distintas corrientes inmigratorias al español de la Argentina. Si bien el italiano ocupa un lugar central –no solo el italiano estándar, sino también variedades regionales como el genovés, el napolitano, el calabrés, el siciliano o el piamontés–, Conde también analiza la influencia de las lenguas regionales de España, del francés, del portugués, del inglés y de los africanismos. Lejos de concebir esas incorporaciones como una amenaza para el idioma, las presenta como la materia prima con la que el español argentino fue forjando una personalidad propia. En esa capacidad de absorber voces diversas, crear comunidad, desafiar la rigidez de la lengua estandarizada y reinventarse generación tras generación reside, para el autor, una de las mayores riquezas del lenguaje argento.

Una lengua en permanente creación

El último capítulo se detiene en aquello que los propios hablantes hicieron con ese caudal de palabras heredadas. Es decir, analiza cómo los hablantes han inventado –y seguimos haciéndolo– locuciones, familias de palabras, abreviaturas, recortes, deformaciones, juegos sonoros como el vesre y jergas propias de ámbitos tan diversos como el fútbol, la política o las culturas juveniles.

"Remar en dulce de leche" es una de las ingeniosas expresiones argentinas que representan quiénes somos.

“Remar en dulce de leche” es una de las ingeniosas expresiones argentinas que representan quiénes somos.

De este análisis se deja claro que cada generación incorpora palabras, abandona otras, resignifica expresiones conocidas o inventa nuevas maneras de nombrar la realidad.

A modo de cierre, el filólogo destaca expresiones tan nuestras como “vivir en un termo” o “remar en dulce de leche”, que son mucho más que ocurrencias ingeniosas. Esta última imagen resume, quizás mejor que ninguna otra, el espíritu de resistencia y persistencia de los argentinos para atravesar las adversidades. Con vocablos como este Conde evidencia que las palabras condensan nuestra manera de habitar el suelo, reflejan nuestra concepción de mundo y construyen nuestra identidad.