CERRAR

La Capital - Logo

× El País El Mundo La Zona Cultura Tecnología Gastronomía Salud Interés General La Ciudad Deportes Arte y Espectáculos Policiales Cartelera Fotos de Familia Clasificados Fúnebres
Opinión 18 de noviembre de 2018

Presupuesto, ajuste, zancadillas y un brote de anarquismo patético

por Jorge Raventos

A esta altura, a menos de un año de distancia de la elección presidencial, el futuro político es una enorme incógnita a la que intentan infructuosamente aproximarse las conjeturas de los estudios de opinión pública, empeñados en adivinar quién puede ocupar en diciembre de 2019 el asiento de la Casa Rosada que hoy acoge a Mauricio Macri. ¿Cómo acertar el ganador de esa lotería cuando no está siquiera claro quiénes comprarán un billete?

Macri está listo

El presidente en ejercicio insinuó que él podría repetir. No aseguró que será candidato; por ahora sólo dijo que “está listo” para eso, “si los argentinos creen que el cambio vale la pena”. Una frase ambigua, si se quiere.

Entretanto, las encuestas miden a su manera la temperatura y la altura del agua: ¿es profunda y acogedora o es un témpano o, peor, no hay líquido sino fondo impenetrable?

Los números dicen que, por primera vez, las opiniones positivas sobre la señora de Kirchner superan (por una luz) a las que se refieren a Macri y que él está por encima de ella en materia de imagen negativa.

Para el Presidente y su estado mayor electoral esos son detalles: el dato sustancial es que él y ella parecen librar un duelo solitario, cada uno con un tercio de seguidores. Y después de ellos no aparece un competidor diferenciado, sino una amplia masa de “ni-ni” (ni ella-ni él) que hasta el momento carece de encarnación unívoca.

La representación del centro

La Casa Rosada apuesta a ese mano a mano porque considera (y tiene meticulosamente medido) que, así llegue con leve desventaja a un ballotage con la señora de Kirchner como desafiante, la enorme mayoría de esos ni-ni, obligados a optar en una segunda vuelta, lo favorecerían con su voto. Una elección no se gana sólo (y a menudo ni siquiera principalmente) con los simpatizantes propios, sino con el voto independiente.

La conjetura optimista de la Casa Rosada se basa en varios imponderables. El primero es que en los meses que restan hasta el corazón del proceso electoral la gran legión de los ni-ni seguirá huérfana de representación. No es improbable: en la elección de 2015, por ejemplo, Sergio Massa apostó a construir sobre ese suelo la famosa avenida del centro y quedó relegado al tercer puesto, a distancia de los dos primeros. De todos modos, si bien la orfandad relativa de los ni-ni no es improbable, tampoco es segura.

¿Y si Cristina hace una verónica?

Segundo imponderable de la conjetura optimista de la Casa Rosada: podría ocurrir que el capítulo final de la polarización con la señora de Kirchner que se alienta desde allí no sea una candidatura presidencial de ella, sino la de alguna figura del peronismo que no esté cargada con los lastres que ella sobrelleva. Esta eventual verónica de CFK (que no es descartada en absoluto por sectores de Cambiemos que no coinciden con la estrategia de la cúpula oficial) puede corporizarse de distintas maneras. Puede ser el producto de una gran interna de todas las familias justicialistas (o la mayoría de ellas) que incluya al kirchnerismo y que sea acompañada por una autoexclusión de la Señora de la competencia presidencial y por algún pacto de convivencia y de garantías a la familia Kirchner de un tratamiento no sesgado en la Justicia. O puede ser el resultado de otras combinaciones.

Los estrategas de la Casa Rosada apuestan a que ella sea candidata y a que, como consecuencia, el peronismo divida su fuerza electoral. Pero quienes en el oficialismo desconfían de esa línea de acción suelen recordar una clásica frase de Perón: “Los peronistas somos como los gatos. Cuando parece que nos estamos peleando, en realidad nos estamos reproduciendo”. Cultivar la polarización puede terminar mal.

¿Habrá Plan B?

El tercero -pero probablemente el más importante- de los imponderables sobre los que se asienta la conjetura electoral del gobierno tiene que ver con la economía. El pronóstico de Nicolás Dujovne asegura que a partir del primer trimestre de 2019 la economía experimentará una reactivación, con una caída de la inflación y una cierta mejora de la capacidad de consumo. Esa onda, aunque leve, podría -según los cálculos optimistas- reavivar las expectativas positivas de la población y se convertiría en un argumento de peso a la hora de las urnas. Ayudaría a convencer a los decepcionados de que el gobierno merece un poco más de crédito. ¿Cuatro años más?

Si una o varias de estas conjeturas queda desmentida por los hechos, tal vez en el seno de Cambiemos (antes que nada en el Pro) vuelva a analizarse algún Plan B.

Entretanto, el oficialismo pone en práctica un curioso procedimiento. El miércoles consiguió una notable victoria cuando el Senado aprobó la ley de presupuesto que ya había atravesado el filtro de la Cámara Baja, con 45 votos de diferencia. Toda una señal a los mercados y un signo (quizás equívoco, pero eficaz) de la base de apoyo institucional del gobierno en vísperas de la reunión del G20 en Buenos Aires.

El desapego presidencial

En ese logro tuvieron un relevante papel dos figuras del ala realista del Pro: el ministro de Interior, Rogelio Frigerio, y el presidente de Diputados, Emilio Monzó. Ellos mantuvieron vivo el diálogo con el peronismo y los gobernadores que aportaron los votos para asegurar mayorías con las que la coalición oficialista no cuenta por sí sola.

Ahora bien, Monzó vuelve a experimentar en estos días muestras de desapego presidencial y hace saber que tomará distancia de la jerarquía partidaria y buscará redefinir su futuro político cuando concluya este período. El gobierna empieza así a perder un fino artesano de la gobernabilidad.

Otro trabajador de acuerdos, Jorge Triaca, deja en estos días el elenco de Macri. Con él no sólo desaparece un tejedor de consensos y un tranquilizador de conflictos: el Presidente decide simultáneamente confirmar la desaparición del ámbito donde se tramitan las conversaciones con el sindicalismo, el ministerio de Trabajo. Es una señal clara de desjerarquización de un sector, al que se priva de una interlocución específica con el Estado. En combinación con cierta guerra retórica entablada contra algunos dirigentes gremiales, la jugada parece dirigida a dar señales de confrontación.

Al ministro de Interior le han producido también algunos daños a raíz del trato políticamente taimado que se infiere a sus interlocutores peronistas.

Los regodeos de Dujovne

Después de que Frigerio facilitó y obtuvo el trabajoso acuerdo que permitiría la sanción del presupuesto, el ministro de Economía, Nicolás Dujovne, se regodeó ante los medios y, hablando para que lo escucharan los mercados, dijo: “En la Argentina nunca se hizo un ajuste de esta magnitud sin que caiga el gobierno”.

Si es razonable que la Casa Rosada quiera sobrevender la aprobación de la ley como una muestra palmaria de su estabilidad, sería conveniente que el ministro no compre, en un exceso de candor, lo que quiere vender. Y, sobre todo, que no resienta, por falta de tacto, el delicado hilván que sostiene la operación del acuerdo. “Ustedes no se dejan ayudar – recriminó al oficialismo Miguel Pichetto, una contraparte central en las negociaciones de Frigerio y Monzó-. Hoy escuché al ministro de Economía, la verdad que son un poco mucho las tonterías que dice ese hombre. Es increíble: casi la apología del ajuste”.

Es que Dujovne (el Ejecutivo) quiere mostrarse ante los mercados y el Fondos como el jardinero fiel del ajuste más riguroso, pero Pichetto sólo podía hacer votar el presupuesto por los suyos argumentando casi lo contrario: que no colaborar en la aprobación de la ley (negociándola) era dejarle a Macri las manos libres para ajustar a voluntad.

Pichetto también necesitaba conseguir los estímulos para las provincias que negoció exitosamente con el ministro de Interior.

La astucia de los buenos

La declaración de Dujovne parecía destinada a mojarle la oreja a los aliados cultivados por Frigerio y Monzó.
Como una vuelta de tuerca de ese desafío, algunos voceros oficialistas parecen empeñados en incomodar al peronismo dialoguista describiéndolo como co-gobernante. La senadora cordobesa (Pro) Laura Rodríguez Machado esquivó esta semana críticas del justicialista Daniel Arroyo argumentando que “el peronismo es nuestro socio en el gobierno: votamos juntos las leyes más difíciles”.

Es un testimonio solapado: el Pro a menudo a tratado de mostrar al peronismo dialoguista como idéntico al kirchnerismo; además, se ha negado a tener socios de gobierno (sólo busca ayudas puntuales) y ha rechazado en ese sentido los intentos de cuadros propios (caso Monzó). Los dichos de esta semana sobre cogobierno están destinados a perturbar al dialoguismo y darle armas al cristinismo, que encuentra en ellos la confirmación de sus sospechas. José Mayans, el senador formoseño que actúa en proximidad a la señora de Kirchner sostiene que Pichetto recibe “instrucciones del ministro de Interior”.

Así, el Pro busca debilitar (objetivamente; también deliberadamente) al “peronismo racional”. Prefiere tener como rival electoral a quienes “quieren incendiar la pradera” (Pichetto dixit) bajo la batuta de CFK.

La reivindicación del ajuste, la poda progresiva de las ramas propias dedicadas al diálogo y la ávida búsqueda de polarización con la señora de Kirchner son, si se quiere, apuestas a todo o nada que el gobierno encara en esta etapa de su derrotero.

Algunos caracterizan ese movimiento como la reversión del gradualismo; también puede interpretárselo como una reacción nerviosa ante el tiempo perdido y un intento quizás impaciente por recuperar energía y objetivos en la última etapa de la marcha, cuando muchos de sus votantes empiezan a expresar su desasosiego. Un ejemplo: Alfredo Casero (el actor, siempre cálido defensor de Macri, se muestra ahora irritado y ve “un gobierno con el pecho frío, que nos ha abandonado a todos los que le pusimos el pecho”).

Según un principio físico, “ un cuerpo que actúa sobre otro con una fuerza recibe una reacción de igual fuerza y sentido contrario”. En política ese principio funciona aproximativamente y a veces, diferido en el tiempo. El gobierno consiguió esta semana unir en su contra una convergencia opositora que asoció a peronistas, kirchneristas y otros matices que le arrebataron dos vitales asientos en el Consejo de la Magistratura. La oposición aplicó en la jugada un criterio inaugurado por el oficialismo.

Ácratas de madera dura

Abstrayéndose de esas inquietudes, el gobierno atraviesa estos días con nervios de debutante. En vísperas de la reunión del G20 en capilla, el gobierno se prepara para ofrecer una actuación digna ante un público selecto y exigente, el círculo rojo mundial.

En vísperas de ese enorme desafío en materia de seguridad le ha surgido un brote patético: grupetes bohemios que invocan el anarquismo y se dedican a elaborar artefactos explosivos con los que tienen éxito en dañarse a sí mismos.

Por cierto, estos chapuceros consumidores de sustancias no pueden tomarse como metro patrón de los auténticos retos que puede afrontar una reunión como la que se producirá en Buenos Aires a fines de este mes. No es en estos improvisados en los que piensan la inteligencia británica o la de Estados Unidos cuando alertan a sus ciudadanos, ni los que escrutan los equipos de seguridad de las potencias.

Estos sedicentes anarquistas han aparecido en los últimos tiempos: marchan con los pañuelos verdes, dañan templos con pintadas anticatólicas, provocan a la policía en manifestaciones ajenas y le ponen bombas caseras a gendarmes y ahora a un juez de pasado peronista. Por cierto, no tienen nada que ver con los luchadores obreros de otras épocas; ni con los alterados personajes de Roberto Arlt. Por su comportamiento funcional, evocan más bien a los elementos del grupo Quebracho, que aparecieron en tiempos K. Estos anarquistas funambulescos surgen en tiempos M.

Fue Karl Marx el que dijo que “un anarquista es un liberal con una bomba en la mano”.