“Quedé muy tranquilo: sabía que habíamos descubierto la verdad”
El fiscal Marcos Pagella tuvo que soportar todo tipo de presiones para avanzar sobre la hipótesis de los policías en el brutal crimen de Natalia Melmann. Un cuarto de siglo después analiza la investigación y el caso, uno de los más impactantes de la historia criminal argentina.
Por Fernando del Rio
Marcos Pagella tenía 35 años a comienzos de 2001, cinco menos de los que hoy tendría Natalia Melmann. Era uno de los fiscales de la nueva generación y por esas cosas de los turnos, recaían sobre él los casos más impactantes. Venía de un año 2000 de alta intensidad, con los crímenes de Marlene Michiensi, Débora San Martín y Mariana Vázquez. Y ese 4 de febrero cuando fue avisado de una averiguación de paradero en Miramar, presintió que no era una desaparición más. Eso sí, no imaginó que los siguientes 10 meses llevaría adelante una investigación que lo marcaría para toda la vida.
“Éramos muy jóvenes y teníamos mucha energía. Pero el contexto del caso Melmann hoy un poco se pierde. Veníamos del caso Cabezas, de la Maldita Policía, de María Soledad Morales en Catamarca, el Loco de la Ruta. Además, a nosotros nos llamaban “Los Fiscalitos” y no nos creían capaces de investigar. Así teníamos todo en contra, hasta la desconfianza de la policía. Y de pronto, aparece lo de Miramar”, recuerda Marcos Pagella en su despacho de la fiscalía general.
La carrera en el Poder Judicial de Pagella quedó grabada a fuego por la causa Melmann, porque tuvo a todo el mundo cuestionando su labor y logró sacarla adelante. “Nadie sabe la presión que mi equipo y yo recibimos desde el primer momento. Yo me di cuenta de entrada que Natalia Melmann no se había ido por su cuenta. Intuición, ¿vaya a saberse? Pero me fui a Miramar aún cuando gente de mi fiscalía creía que era demasiado. En esos cuatro días hasta que apareció el cuerpo de ella, todo era cuesta arriba. Incluso Gustavo Melmann no me quería. Hoy es una satisfacción saber que me recuerdan con tanto afecto”, dice Pagella y no se equivoca.
En la marcha convocada el miércoles en Miramar, en cada nota periodística, Melmann se encargó de destacar la labor de Pagella y agradecer que le mandara un mensaje. “Sí, le escribí a Gustavo y la respuesta de Laura, la mamá de Natalia, fue tan emocionante que estuve a punto de llorar”, dice el fiscal del caso que conmovió a todo el país y que aún busca un cierre final con la identificación de un quinto involucrado.
—Cuando se habla de “contextos” el foco se pone en cómo se investigaba en aquellos años y qué tipo de crímenes había, ¿verdad?
—Exacto. La tarea de los fiscales era relativamente nueva, porque había cambiado todo en el ’98 y debíamos dirigir la investigación. No había celulares como los de ahora, no había geolocalización, no había las cámaras de ahora, los sistemas de computación eran distintos, los patrulleros no tenían AVL, el laboratorio de ADN recién comenzaba, para conseguir Luminol era un desastre… Todo era artesanal. La prueba que hoy se recolecta en pocas horas, antes podía llevar días. Y encima a eso hay que sumarle que estaba involucrada la policía, en una época en la que no existía la ley 1.390, la que aparta a la policía de las investigaciones.
—¿Por qué siempre hubo desconfianza en la historia trágica de Natalia Melmann?
—Mirá, cuando nosotros descubrimos que el Gallo Fernández estaba involucrado, la lastimadura en la cara, los testigos, etcétera, avanzamos en esa línea por supuesto y logramos detenerlo. Lo ubicamos. Inmediatamente empezaron a llegar las presiones para que la causa se cerrara ahí, y yo tenía dudas e insistí. A mí me quisieron apartar tantas veces… Por suerte tanto el fiscal general Fernández Garello como el entonces adjunto, Juan Manuel Pettigiani, me respaldaron. Incluso Melmann me recusó y yo le dije: “yo quiero ayudarte y te necesito de mi lado. Confiá en mí y con el tiempo me vas a dar la razón”. Quiero decir que desconfianza hubo siempre y en todo alrededor de esta causa.

Pagella junto a Gustavo Melmann y el abogado Julio Razona durante el juicio de 2002.
—También es cierto que si tantas instancias corroboran la primera sentencia no hay mucho más para discutir, al menos en términos jurídicos…
—Acá se hablaba de los ADN. Pero la prueba contra los tres policías no es solo lo genético. Nosotros pudimos probar que habían alterado los libros de guardia, los peritos hicieron un trabajo tremendo con la fauna cadavérica y con la tierra que confirmó que el crimen había ocurrido en Copacabana y no en el vivero. En esa época no había forma de rastrear ubicación de las personas ni de los patrulleros, pero conseguimos algo novedoso: analizar los handys de los policías y reconstruimos sus recorridos. Y además por primera vez en un juicio se incorporaron las figuras de testigo de identidad reservada. Dos de ellos vieron cómo subieron a Natalia al auto de uno de los policías y luego a un patrullero.
—¿Cómo fue el día del hallazgo del cuerpo de Natalia?
—Fue terrible. Recuerdo que hacía muchísimo calor, pero lo que más recuerdo es el enojo que tenía Gustavo Melmann conmigo. El me quería matar. Además, aparece el cuerpo en un lugar en el que había sido rastrillado. Claro luego pudimos constatar que lo habían arrojado después. A mi siempre, por rigor de trabajo, me gustó ir a las autopsias, y en el caso de la de Natalia fue muy traumático todo. Mucho dolor, mucha bronca y para mi equipo mucha responsabilidad de hacer las cosas con celeridad y precisión.
—Investigar en Miramar, una ciudad tan cerrada en muchos aspectos y con tantos hechos policiales desmesuradamente grandes para lo que es la comunidad, debe haber sido una complicación, ¿no?
—Fueron diez meses hasta que decidimos cerrar la investigación. Las cosas que hicimos con mi equipo, María Laura Salemme, Javier Pizzo, algunos policías de mi total confianza. Ni sabés a los lugares que íbamos y a dónde nos metíamos en Miramar. Yo mucho no podía porque mi cara se había hecho muy conocida, pero ellos… Hasta poco antes de tener la prueba que incriminaba a Suárez, Echenique y Anselmini, la policía no nos apoyaba demasiado. Había una idea de… no digo de desviar, pero sí de demorar todo. Cuando se dieron cuenta que ya estaba perdido, que tenían que entregarlos porque “estaban en el horno”, ahí empezaron a aflojar un poquito.

Pagella en diálogo con LA CAPITAL.
—¿Qué otra anécdota o momento destacado queda de la investigación, Marcos?
—Hubo una situación que no muchos saben. A Natalia la habían ahorcado a lazo con el cordón de una de sus zapatillas. Cuando apareció el cuerpo en el vivero Dunícola, estaba la otra zapatilla, con el cordón. Así que era imperioso encontrar la que faltaba. Y no aparecía. Hasta que un día me llama alguien por teléfono y me dice: “la zapatilla está debajo de un árbol caído, cerca de donde apareció la chica”. Armé un equipo y me fui para Miramar. Claro, al llegar al vivero nos dimos cuenta de que iba a ser un trabajo muy difícil porque era un área muy grande y había decenas de árboles o troncos caídos. Pero empezamos a buscar hasta que, después de mucho tiempo, la vi. Yo la vi. Muy pocas veces volví a sentir algo parecido mientras investigaba otros casos. Fue algo en mi pecho, un escalofrío, una cosquilla. La zapatilla nos dio en su suela la arenilla de la casa de Copacabana donde fue asesinada Natalia.
—Aunque quienes condenan son los jueces, es el fiscal el que lleva la prueba y la acusación. Darle reclusión perpetua a alguien tiene que ser con una total libertad de conciencia, sin culpa y con total tranquilidad. ¿Eso sucedió con el caso Melmann?
—Mirá, si alguna vez tuve alguna duda, bajé la cabeza y listo. Creo que en toda mi carrera una sola vez retiré una acusación. Si me convenzo de algo, voy para adelante. Pero nunca tuve ninguna duda. Cuando vos veías como se había investigado en cada detalle, cómo se habían cerrado todas las puertas a otros caminos, no te quedaban dudas de que no había caminos alternativos. Porque, además, todo el mundo opinaba y había mucha presión.
—Solo imaginar lo que hubiera sido este caso en tiempos de redes sociales…
—Bueno, yo no hubiera durado nada al frente de la causa…
—El juicio también quedó en la historia como uno de los más observados, más seguidos por la gente, ¿no?
—Sí, el tribunal con Guimarey, Fortunato y Ferraris nos bancó mucho. Ahora no se da más, pero en ese juicio todos los días terminaba alguien preso por falso testimonio. Había que demostrar fortaleza porque los testigos venían raros. Así que el tribunal estuvo muy firme. Cuando terminó todo yo me quedé muy tranquilo. Sabía que habíamos descubierto la verdad.
—Después del juicio, qué relación quedó con el caso Melmann. ¿Fue uno de tantos, fue reemplazado por los que vinieron…?
—Yo no me desentendí del caso, aunque mi función terminaba ahí. Igual en las instancias siguientes siempre me consultaban. Pero fue una causa que, como pocas, fue ratificada en todas las instancias. Hoy me queda el recuerdo de haber trabajado bien. Y una relación respetuosa con la familia Melmann. A Gustavo muchos lo cuestionaron, lo criticaron, que se si se aprovechó de la situación o no, que si buscaba la verdad. Yo sólo sé que le mataron a la hija, la quemaron con cigarrillos y abusaron de ella. Él me insultaba mucho al principio y yo le dije: “Si querés puteame, pero trabajemos juntos, el día de mañana vas a ver el resultado”.
Hoy Pagella sigue vigente y mantiene ese fuego interno por las grandes causas. Trabajó a fondo el expediente que tiene como principal imputado al exjefe de la policía, José Luis Segovia, o llevó a cabo el juicio por las Licencias Truchas. En medio pasó toda una carrera judicial con la marca indeleble del Caso Melmann.
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