Cultura

Relato a la memoria del médico desaparecido Pablo Trejo Vallejos

Un texto recuerda a Pablo Trejo Vallejos médico de Mar del Plata desaparecido durante la última dictadura cívico-militar.

Por Jorge Dietsch

Se me prohibió primero el olfato. En realidad no me afectó demasiado esta medida, porque no existían allí olores por los que valiera la pena afectarse. Sólo pensar en el café recién molido, o el aroma de la tierra húmeda después de una lluvia de verano. O algún buen recuerdo. Mirándolo bien, allí era una ventaja. Fue una medida, diría… generosa.

Pasaron los días (o los meses, no sé, porque otra cosa que perdí fue la idea del tiempo) y una especie de sabor desconocido fue invadiéndolo todo. El agua, el pan, el caldo. El mismo gusto metálico en todas las cosas. Las mismas ganas de escupirlo todo. Pero a decir verdad, esto tampoco consiguió tocarme en profundidad, porque la variedad de gustos que podía probar allí no era muy extensa, y fue sólo cuestión de acostumbrarse a la nueva situación.

Luego olvidé las letras. No recuerdo bien cuando aprendí a escribir y leer, pero debe haber sido simultáneamente. Cuando extraje el trocito de mina de lápiz escondido en un pliegue de mi pantalón, y lentamente, como esperando disfrutar el placer que siempre me produce escribir sobre el piso y las paredes, quise hacerlo, sólo alcancé a realizar algunos trazos sin significado. Intenté repetidas veces y sólo conseguí llenar líneas quebradas, puntos y garabatos que nadie, ni yo mismo, podía comprender. Naturalmente esta vía de comunicación fue en adelante inutilizable aunque volvía periódicamente con nuevos, impulsivos y vanos intentos.

Pero esto fue sólo el comienzo. No lo sabía yo en ese momento. Después lo supe, si es que puede llamarse saber a la limitada percepción que en el momento de tomar conciencia tenía. En fin, todo fue en adelante una catarata de extracciones. Algo de odontólogos debieron tener. Como esos profesionales que en una sola sesión, y con dudosa anestesia, le dejan a uno media dentadura, así hicieron.

 


 

Monolito que recuerda a Pablo Trejo Vallejos en el HIGA.

 


 

Si bien mi entretenimiento en ese entonces consistía en hablar solo, fui notando la incomprensión de mi código por parte de los guardianes.

Incluso creo haber notado alguna expresión de extrañeza y algún gesto representando la típica rotación del índice sobre la sien.

Fui achicando mi perspectiva cuando perdí el color. El verde y el púrpura. El azul-celeste o el bordó. Comencé a vivir en un pequeño universo de grises. De distintos tonos, lo que me facilitaba el reconocimiento de los objetos, que si bien eran pocos, todos se parecían entre sí. Esto, al menos, conservé. Podía reconocer la diferencia entre un gris oscuro y un gris claro. O el negro. Pero el otro extremo de la escala, el blanco, no alcancé a verlo en el tiempo que allí estuve. Sólo lo imaginé. Las ropas, de una tonalidad pastosa y oscura, vagamente diferentes.

La piel, algo más clara, y los ojos… ¿Cuál era el color de mis ojos…?

Y la clara visión de mi catástrofe privada se hizo presente. Comprendí que ya poco quedaba. Tan distinto a como lo había imaginado. Iba resultando lento mi pasaje a la eternidad. Así fui dejando los sonidos, la música y los ruidos. El silencio total en un mundo de grises. Prisionero, además, dentro de mi mismo…

Para el final dejaron el tacto. Ah…, el tacto. Cruel objeto de sus placeres. Para el fuego y el hielo. Para el certero golpe. Y el dolor.

Y comencé a crecer. Sentí el aire fresco de la aurora. Y el sol. Hermoso, tan grande y dorado como es. Tan redondo y caliente. Y el cielo azul y profundo y claro. Pude aspirar el olor de la tierra húmeda en la mañana. Acariciar la gota de rocío colgando de una flor. Besar su color y tocar al ruiseñor en vuelo. Y el trinar de la calandria. O saltar como el gorrión con las dos patitas juntas. Así, picoteándolo todo, mirándolo todo. Algunas celosías que se abren. Un matecito en la ventana o atravesar el parque caminando lento. Asustar una mariposa negra y naranja. Susurrarle al viento en un soplo de luz.

Y agradecí al Señor, porque cuando todo me lo habían quitado, cuando todo lo había perdido y nada me quedaba, conservé el amor.

 

 

(*) Pablo Trejo Vallejos, médico, músico, tallador en madera, nació en Santiago del Estero el 20 de diciembre de 1938. Comenzó a trabajar en el HIGA “Dr. Oscar Alende” el 1° de agosto de 1973 y fue secuestrado el 1° de abril de 1977, durante la dictadura cívico-militar.

Te puede interesar

Cargando...
Cargando...
Cargando...