Cultura

Reúnen textos feministas de María Elena Walsh: “Porque no hay guerra pero sigue la lucha”

"El feminismo" es una de las esperadas novedades de marzo que recopila poemas, canciones, notas periodísticas, cartas y ensayos que la poeta, cantante y compositora argentina escribió sobre la mujer a lo largo de cincuenta años. Una selección de sorpresiva actualidad que expone el compromiso social de María Elena, siempre cuestionando las más variadas formas de opresión, entre ellas, la machista.

Por Rocío Ibarlucía

Recordada por sus ingeniosas canciones infantiles que generaron una revolución en la manera de concebir la niñez y también por denunciar la represión y la censura en los momentos más oscuros de la historia reciente argentina, María Elena Walsh (1930-2011) es una de las artistas que forman parte del imaginario popular argentino. Sin embargo, no tienen la misma notoriedad sus textos poéticos y periodísticos en los que ha proclamado su lucha feminista, a veces en tono de denuncia, a veces desde un humor ácido y mordaz. Por eso, el reciente lanzamiento del libro “El feminismo”, editado por Alfaguara, resulta un aporte valioso y necesario para los tiempos que corren, dado que muchos de los reclamos por los cuales ella bregó tiempo atrás hoy se están llevando adelante y también poniendo en cuestión.

El libro reúne escritos que van desde 1957 hasta 1998 y que fueron publicados -o pronunciados- en diversos formatos: diarios, revistas, libros de poesía, discos, escenarios o programas radiales. Entre los textos seleccionados y ordenados por la prestigiosa fotógrafa Sara Facio, quien fue pareja de la escritora y cantautora argentina hasta su muerte en 2011, también se incluyen algunos inéditos, como una carta colectiva a Alfonsín pidiendo en noviembre de 1983 mayor participación de mujeres en la política o “Qué es el feminismo”, una proclama con la que se abre el libro y que empieza así: “Es una respuesta al odio que la sociedad masculina, pasada y presente, siente por la mujer. Es una toma de conciencia individual y grupal. Es búsqueda de fraternidad entre las mujeres. Es justa indignación. Es conocerse a sí misma, no competir con el varón. Es denunciar la segregación. Es pretender reinar no sobre los hombres, sino sobre nuestros propios cuerpos y destinos”.

Estas primeras respuestas a la pregunta qué es el feminismo -que continúan con un largo listado- revelan que María Elena Walsh fue una pionera en la lucha por los derechos de las mujeres en Argentina y que su posicionamiento dialoga con muchas de las consignas defendidas por los movimientos feministas de la última década.

Para Sara Facio, “María Elena no tenía pinceladas feministas -durante esas décadas en las que nadie hablaba de feminismo-, sino una conciencia de género que está presente en toda su obra, aun en la infantil”. Y supo poner sobre la mesa temas como los prejuicios sexistas, la desigualdad salarial, el aborto o la educación sexual, en un período de la historia argentina en que no formaban parte de la agenda ni pública ni política, motivo por el cual -advierte Facio- fue incomprendida en su momento.

Su conciencia acerca de la desigualdad de género y la necesidad de revertirla de forma colectiva comienza desde temprana edad, leyendo a Virginia Woolf, Doris Lessing y Victoria Ocampo, sobre quienes escribió notas periodísticas que pueden consultarse en esta edición.

Además de incluir ensayos sobre la obra de escritoras y la importancia del cuarto propio, el libro contiene textos que cuestionan los mandatos patriarcales desde el humor y la parodia, como su famoso artículo “Sepa usted por qué es machista” que María Elena publicó en 1980 en la revista “Humor”, donde enumera diversas razones del machismo, entre las cuales destacan “porque todo ese asunto de la gestación y el parto le da miedo y asquete, como la educación sexual al Ministro de Educación”, “porque no soporta la idea de un rechazo sexual hacia usted o hacia otro y cree que la bella siempre debe estar a disposición de la bestia” o “porque en el fondo es antisemita, antinegro, antiobrero, antijoven, pero como eso ya no corre se desquita con la misoginia, que aquí y ahora viene con premio (pero no se descuide: por poco tiempo más)”, por mencionar solo algunas. Tras desplegar 24 motivos del machismo, María Elena cierra diciendo, sin abandonar el tono burlón, que con estas explicaciones “usted se ahorra años y fortunas en psicoanálisis”.

“Con voz de pueblo escarmentado”

También explora el humor en clave feminista desde la poesía, como se ve en “Educación sexual”, de “Cancionero contra el mal de ojo” (1976), donde parodia la voz de un padre preocupado por lo que ha hecho la escuela con su hija, Nancy, que le viene con preguntas sobre el nacimiento repitiendo palabras como semen, placenta y embrión, que lo escandalizan, porque, para él, “La mujer debe ser recatada / y avivarse después del varón. / No me vengan con cosas modernas / que terminan en un papelón. / A mi Nancy la quiero vestida / siempre con tul de ilusión”.

En este mismo poemario de 1976, despliega diversas estrategias para poner en jaque el imaginario patriarcal que ha confinado a las mujeres a la condición de objeto de la poesía y, por el contrario, la transforma en sujeto, fracturando sus roles tradicionales, como el de ama de casa. Por ejemplo, “Canción de prisionera” denuncia el encierro al que está condenada la mujer en su propio hogar y “Réquiem de madre”, más conocido por su versión musical, comienza con los versos “Aquí yace una pobre mujer / que se murió de cansada. / En su vida no pudo tener / jamás las manos cruzadas. / De este valle de trapo y jabón / me voy como he venido, sin más suerte que la obligación, / más pago que el olvido”. Y se incluye “Villancico de la villa”, un poema que está dirigido a la madre soltera: “Ese hijo que escondes, / madre soltera, / a parirlo te obligan aunque no quieras / No sabrás cómo darle techo y comida / y aunque vives a penas, le prestas la vida. / Ay, no pudiste elegir / apego ni despedida”.

También María Elena dio voz en la poesía a las mujeres marginadas como “La Juana”, una empleada doméstica, pobre, del interior, que le pide a la dueña de casa un televisor, para tener una ventana al cielo, la tierra y el mar. Se trata de un poema en el cual no solo expone las desigualdades de género sino también de clase, e interpela a las mujeres burguesas para hacerles ver que su libertad la obtienen a expensas de otras mujeres más vulnerables.

Su poesía contestataria ya comienza a temprana edad, como se lee en “Las que cantan”, un poema publicado en 1957 en la revista “Sur” de su amiga Victoria Ocampo, que empieza así: “Vengo a decir que en los rincones / más difíciles del planeta / están cantando las mujeres / con voz de pueblo escarmentado. / Se supone que vociferan / para morir un poco menos. / Coyas, princesas miserables / de una América de arpillera, / queman ancestro alcoholizado / en lamentos como cuchilladas. / Sólo vengo a decir que cantan / y que el mundo no se arrepiente / de sus gargantas infernales, / de sus corazones prohibidos. / Sólo vengo a decir que acaso / nos están echando la culpa”.

Y así como le habla a las mujeres, también en “La feminista” apela a los hombres, con enojo aunque sin abandonar el sentido del humor: “Sucede que ya no aguanto / que en la calle me grités / a la primera de cambio: / ‘¡Tenías que ser mujer!’ / Soy mujer y me equivoco / pero vos, ¿quién te creés? / ¿Valentina la astronauta, / Evita, sor Juana Inés? / Sos el león de la Metro, / mucha porra y poco rey”.

“Querría empezar llamándote hermana”

Hoy hablamos de violencia de género, acoso callejero, consentimiento, sororidad, educación sexual integral, aborto legal, seguro y gratuito, entre muchos otros conceptos que lograron instalarse en los discursos sociales, pero ya pueden verse con otras palabras en los textos de María Elena Walsh desde la década de 1950, cuando todavía no habían eclosionado las consignas feministas ni se salía a las calles a reclamar justicia por los femicidios y el fin del patriarcado, como sucedió a partir de 2015 con el colectivo Ni Una Menos.

Sin embargo, María Elena ya buscaba despertar la conciencia de género a las mujeres con palabras incómodas, con bronca y hartazgo pero no con odio, arengando a abandonar el recinto doméstico para salir a ocupar nuevos espacios, a través de alianzas entre todas las mujeres. Esa hermandad femenina, que hoy llamamos sororidad, se lee abiertamente en “Carta a una compatriota”, publicada en la revista “Extra” poco antes de las elecciones de 1973, cuando todavía gobernaba la dictadura de Agustín Lanusse y se hacían escuchar las consignas del Movimiento de Liberación Femenina: “Querría empezar esta carta llamándote hermana, sea cual fuere tu edad y tu condición social. En realidad el parentesco es novedoso, un descubrimiento reciente del Movimiento de Liberación Femenina. Hasta ahora, sólo fueron hermanas las monjas, y al parecer no por ser hijas del mismo padre sino por ser esposas del mismo esposo, ¿no? Porque hijos de Tata Dios somos todos. En la Gran Familia Argentina los varones fraternizan, se abrazan ruidosamente, se llaman ¡Hermano! con tanguero fervor. Pero las mujeres nunca hemos sido hermanas sino entes aislados, parias sociales, menores de edad instigadas a traicionarse”.

La carta está escrita con enojo, por lo que pide disculpas si resulta agresiva, pero afirma que no pudo hacerlo de otra manera dado que es la única forma de reflejar lo que sucede en una villa de emergencia o en un aborto clandestino. “Las mujeres, que fuimos custodias de la vida -para que fuera rifada en guerras- queremos más que nunca defenderla de los fabricantes de muerte. Pero según, cómo y cuándo lo determinemos nosotras”, agrega.

“Que los platos los lave Magoya”

Para despabilar a sus lectores, Walsh suele hacer preguntas incómodas, sobre todo en sus artículos periodísticos, como “¿Corrupción de menores?” (Clarín, 1979), donde abre interrogantes indiscretos para el público de la época: “¿Educamos a nuestras niñas para que en el día de mañana (si lo hay) sean ociosas princesas del jet-set? ¿Las educamos para Heidis de almibarados bosques? ¿Las educamos para futuras cortesanas? ¿Las educamos para enanas mentales y superfluas ‘señoras gordas’?”. Pero más incómodas -y necesarias- son sus respuestas: “Así parece, por lo menos en buena parte de la bendita clase media argentina, dada la aberrante insistencia con que se estimula el narcisismo y la coquetería de nuestras niñas y se les escamotea su participación en la realidad”.

Su preocupación por transformar la educación de las mujeres resulta un motivo que atraviesa varios textos de esta edición. En “Infancia y bibliofilia”, por ejemplo, observa que la falta de hábito de lectura en los niños podría empezar a resolverse si las madres recibieran un mejor acceso a la cultura. “Aunque los consejos fastidian, y en este caso especialmente a la consejera, les diría que empezaran por ellas, las madres, si aún no lo hacen. O que recuperen tan grato vicio si lo perdieron, y que los platos los lave Magoya”, recomienda María Elena, con humor y sin abandonar el tono de denuncia.

“Cuando se empieza a perder el miedo”

Ocuparse de la educación de las mujeres también la lleva a reclamar al gobierno menemista el financiamiento de la cultura y sus instituciones en “Repartijas” (Clarín, 1996), donde cita frases hechas -“¡Cómo se gasta en un festival de cine, cuando los hospitales están a la miseria! ¡Cómo es posible que se derrochen fortunas en mantener el Teatro Colón, cuando los jubilados se mueren de hambre! ¡Qué vergüenza organizar recitales al aire libre cuando hay tantos chicos desnutridos!”- para responderles que “cuando una sociedad no se ocupa de su cultura, tampoco se ocupa de las otras necesidades. Y viceversa. Cuando la cultura y la educación están más o menos protegidas, también lo están las otras áreas sociales”. Una reflexión de sorprendente actualidad.

“Las mujeres, como los negros, los colonizados, la clase trabajadora, a medida que tomamos conciencia, menos queremos dádivas; queremos lo que nos pertenece por derecho y nos arrebatan día a día, es decir, todo” (“Carta a un compatriota”, 1973).

El texto más contemporáneo de esta selección de Alfaguara es “Cuando se empieza a perder el miedo”, una nota de 1998 escrita a propósito del caso de María Soledad Morales, la joven de 17 años violada y asesinada en Catamarca por dos “hijos del poder” en 1990. Las autoridades intentaron encubrir el crimen, pero se encontraron con la resistencia de la población, que se manifestó en diferentes puntos del país a través de las marchas del silencio, lo que desencadenó una crisis política y marcó el fin del dominio de la familia Saadi, que había ejercido el poder en la provincia durante décadas.

María Elena analizó que este fue un caso bisagra porque desde entonces “la historia ya no será igual”, en tanto “hay un pueblo entero tan escandalizado contra la impunidad como contra un abuso que generalmente se presumió era consentido”. Y agrega: “A la familia Morales debemos agradecerle su desdichada y valiente docencia, que no has puesto en camino de convertirnos en una sociedad más seria, que no necesite apelar a la pena de muerte para revertir la historia”.

María Elena, una precursora

La reunión de todos estos materiales que estaban dispersos en distintos soportes y algunos sin publicar pone sobre el tapete el compromiso de María Elena Walsh con una sociedad más justa e igualitaria a través de una pluma que supo defender la democracia, la paz y los derechos civiles y cuestionar las más variadas formas de opresión, entre ellas, la machista.

Las representaciones de lo femenino construidas en sus textos poéticos y periodísticos resultan enriquecedores de los discursos feministas actuales, al anticipar una lucha colectiva, que hace décadas estaba pujando por salir del silencio y finalmente pudo hacerse oír a través de una marea de mujeres que ahora grita ya no estamos solas, no nos conformamos, aunque recordando que esos derechos conquistados aún deben defenderse, con más fervor que antes.

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