Cultura

San Martín, el hombre detrás del héroe: Daniel Miguez rescata episodios desconocidos de su vida

El periodista reconstruye en su último libro zonas poco exploradas de la vida del prócer. En entrevista con LA CAPITAL, su autor revela anécdotas y rasgos de su personalidad que permiten comprender mejor la grandeza del Libertador.

Por Rocío Ibarlucía

Mucho se ha escrito sobre José de San Martín como hombre político, estratega militar y figura central de las independencias sudamericanas. Pero ¿cómo era el hombre detrás del héroe? ¿Qué rasgos de su personalidad, de su vida cotidiana o de sus vínculos personales ayudan a comprender mejor su figura histórica?

En San Martín en persona (Planeta), el periodista e investigador Daniel Miguez –con una extensa trayectoria en prensa gráfica, radio y televisión– propone una aproximación diferente: más que una biografía tradicional, el libro reúne 33 episodios, escenas y relaciones que buscan devolver al Libertador su dimensión humana. A partir de documentos dispersos, correspondencias y la relectura de estudios clásicos y contemporáneos, reconstruye facetas poco conocidas de su vida: el carisma que lo convertía en el centro de atención en cualquier reunión, su pasión por la pintura y la música –tocaba la guitarra, cantaba y bailaba–, su convicción de que la educación y la cultura debían estar al alcance de todos, o el papel que asumió al convertirse en albacea de la enorme fortuna del banquero español Alejandro Aguado.

Lejos de concentrarse únicamente en las hazañas militares, Miguez privilegia los matices y la intimidad del personaje histórico. Por eso, evoca al San Martín vestido con poncho y mate en mano, como lo muestra la imagen de la tapa, porque su interés radica en contar sus días fuera del campo de batalla y de la discusión política. Y explora sus vínculos personales, que pueden ir desde la admiración mutua con Manuel Belgrano hasta la fiel y leal relación con su criado Eusebio. Como destaca su autor en la introducción y subraya el historiador Felipe Pigna en el prólogo, se trata de mostrar a “un hombre excepcional, pero un hombre. O mejor, un hombre, pero excepcional”.


“Mostrar a San Martín en su verdadera dimensión le da más grandeza”.


—¿En qué momento surgió la idea de escribir sobre San Martín? ¿Qué te motivó a mostrar a la persona más allá del bronce?

—Bueno, yo soy periodista pero soy un fanático de la historia desde muy chico. Con el tiempo, tuve intereses en determinadas personalidades más que otras. San Martín fue uno de los casos. Cada vez leía más y más de San Martín. Pero el disparador anecdótico fue que mientras hablaba con amigos, yo les contaba algo de la vida personal de San Martín y los sorprendía. Entonces dije, si tanta gente, más o menos formada, desconoce tanto de San Martín, me parece que amerita juntar esa información, reunirla en un libro y escribirlo.

—¿Por qué es importante humanizar a nuestros próceres?

Porque los podemos valorar en toda su dimensión. Si uno lee solamente el retrato escolar, que sintetiza, en el caso de San Martín, los principales hechos militares o políticos, te quedás con esa imagen fría y lejana. Si vos te acercás a la persona, la empezás a conocer, a ver sus problemas y todas las dificultades que tenía, lo vas engrandeciendo más. Yo creo que bajarlo del bronce no es hacer un catálogo de defectos, sino que es humanizarlo, mostrarlo como era.

Y en el caso de San Martín, lo engrandece, porque fue un tipo que tenía tantísimos problemas de salud, de todo tipo, hemorragias, úlceras, asma, reuma, en fin, epidemias que sufrió, más problemas dramáticos personales, como perder a su esposa tan jovencita y quedarse a cargo de su hija. Porque no delegó la paternidad como hacían tantos otros de nuestros próceres, algo habitual en la época. Un hombre del poder que enviudaba dejaba a sus hijas a una congregación religiosa, o a la abuela, o a una tía; no se hacía cargo personalmente de la crianza como hizo San Martín. Bueno, con todos esos problemas personales, hizo las cosas de la dimensión que hizo. Me parece que eso lo engrandece. Y aparte tenía sentido del humor, era generoso con sus amigos, un tipo muy empático, muy carismático. Entonces, pintarlo en su verdadera dimensión le da más grandeza.

—¿Podrías decir uno de esos episodios o rasgos de su personalidad que a tus amigos y a vos les hayan resultado sorprendentes?

—Sí, varias cosas me sorprendieron a mí investigando para el libro, además de las que ya sabía de antes. Por ejemplo, su sentido del humor. Otro tema es que yo tenía una leve impresión, pero no en la profundidad que después encontré, del carisma de San Martín. Era irresistible para todos, para las mujeres, para los soldados, para los diplomáticos. Era un tipo que era el centro de atención en cualquier reunión, aún antes de ser famoso. Y era por su forma de hablar, por la gravedad de su voz, por su sonrisa, por su mirada muy atractiva, por su porte. Tenía un conjunto de cualidades que lo hacían atractivo, más allá del contenido de su charla. Era un tipo que trataba de convencer, era muy persuasivo. Esto de ser irresistible fue una de las características que a mí me llamaron la atención. Y después, cómo afrontaba compromisos que estaban fuera de su órbita habitual.

Una de las cosas que también me sorprendieron fue que, después de la muerte de su gran amigo Alejandro Aguado, un español que vivía en Francia y que era uno de los hombres más ricos de su país, en su testamento lo nombra a San Martín albacea de su fortuna y tutor de sus hijos menores. Con lo cual San Martín se tuvo que meter en un mundo que le era totalmente ajeno y desconocido: empezar a manejar cosas de miles de millones de euros, meterse en el mundo financiero, en el mundo de las artes, porque tuvo que subastar cuadros de los autores más importantes de la historia de la pintura, administrar campos, viñedos, minas de carbón, bancos, la ópera de París, que era también de este señor Aguado, diarios en París. En fin, me sorprendió que asumiera la administración de todo ese mundo con tanta seriedad y responsabilidad, al punto de dedicarle casi cuatro años de su vida, movido por el compromiso de honor que tenía con su amigo muerto.

San Martín en persona privilegia la intimidad y los matices del personaje histórico y por eso lo evoca vestido con pancho y mate en mano en su tapa.

—Tu investigación también muestra a San Martín como promotor de la cultura, al fomentar el acceso a los libros, al teatro, la música, la protección del patrimonio, como las ruinas incaicas. ¿Fue un adelantado para la época en términos de políticas culturales?

—Absolutamente. Era un tipo ávido de cultura, iba a todos lados con sus veintenas de baúles de libros, de Europa a Buenos Aires, con lecturas de todo tipo, desde ficción hasta tácticas de guerra e historia. Quería acercar la cultura y las artes al común de la gente. Fundó bibliotecas en Mendoza, en Chile y en Perú. Y su gusto no era solo por la literatura, sino también por la música. Sabía tocar la guitarra desde su adolescencia, pero de adulto tomó clases con el mayor concertista del mundo de ese momento, Fernando Sor. Se lo tomaba muy en serio. También pintaba, él se autopercibía como un aceptable pintor, por lo menos él decía que podría vivir de vender cuadros si le hiciera falta. Le fascinaba el teatro, iba a la ópera.

Pero más allá de todos estos gustos personales por el arte, él estaba muy compenetrado en que eso también le llegara a la gente, que la mayor cantidad de público tuviera acceso a la cultura, a la educación, al teatro, a la música y a todas las expresiones del arte. No lo veía solo como un goce personal, sino como una necesidad, un bien colectivo. Y eso también es muy progresista para la época, muy adelantado.

—También en el libro abordás sus vínculos con familiares y amigos, y con figuras como Manuel Belgrano. ¿Qué valores compartían ambos que hoy deberíamos recuperar?

San Martín era un gran político, yo lo admiro como político. Era firme en sus convicciones, era un demócrata, hijo de la Revolución Francesa ideológicamente. Primero, más volcado hacia la república, después viró hacia la monarquía constitucional. Pero tenía ideas muy claras, siempre tendientes a la democracia. Como decíamos antes, democracia en lo cultural, en lo político, en lo económico, democracia como se entendía en aquel tiempo. Todavía estábamos a años luz del voto universal, pero en ese contexto, entiéndase, fue un demócrata. Y en ese sentido, era muy hábil también, esa mente fría y calculadora no solo le servía para la guerra, sino sobre todo para la política, o para más cosas.

Y establecía vínculos muy fuertes con la gente que pensaba como él. Entre ellos, un alma gemela, o por lo menos a nivel ideología, la encontró en Belgrano. Pensemos que ellos convivieron muy poco tiempo. Dos meses estuvieron juntos, nada más, un poquito entre Salta y Tucumán, cuando San Martín lo fue a reemplazar a Belgrano al mando del Ejército del Norte. Sin embargo, ya venían escribiéndose desde mucho antes, teniendo una comunicación epistolar en las que se nota una fascinación mutua.

Y después San Martín trata de evitar por todos los medios que a Belgrano lo desplacen del cargo que tenía en el Ejército del Norte, cosa que no pudo, y que le valió retos y cartas muy duras del gobierno de Buenos Aires por trabar la orden de enviar a Belgrano para que se lo castigue en Buenos Aires.

Así que estuvieron muy unidos y planearon muchas cosas juntos, o sea, le tenía mucho respeto San Martín a Belgrano. Y San Martín era el militar más importante que había en la Argentina, por eso cuando llega a España enseguida le dan a armar el ejército, el Regimiento de Granaderos, porque vieron su capacidad rápidamente. Y Belgrano no, Belgrano era un abogado que desconocía casi toda la guerra, tuvo que ir a combatir por obligación, no por conocimientos militares. Entonces, Belgrano aprendió todo de San Martín respecto a lo militar. Pero San Martín admiraba la cabeza de Belgrano, su visión política, económica, su capacidad para leer la sociedad. Y juntos, a través de cartas, van pensando la logística y la estrategia de la liberación de Perú. Si bien es una idea de San Martín, después cómo llevarla a cabo lo va consultando con Belgrano, porque el plan era él ir por mar y Belgrano por tierra, cosa que no pudo suceder porque a Belgrano lo depusieron, vino la batalla de Cepeda que desintegró la Argentina, Belgrano se enfermó, murió, en fin. Pero mientras estuvieron los dos en actividad, estuvieron juntos, aunque no físicamente.

En una carta San Martín dice que Belgrano es lo mejor que tenemos en América, y cuando muere Belgrano, San Martín llora amargamente, cosa que no tengo referencias de otros llantos por otras muertes. Seguramente, gente muy querida también lo habrá afectado, pero de ese llanto sí hay constancia.


“San Martín estaba muy compenetrado en que la mayor cantidad de público tuviera acceso a la cultura, la educación, el teatro, la música y todas las expresiones del arte. No lo veía solo como un goce personal, sino como un bien colectivo”.


—También dedicás un capítulo al “sable de la discordia”. ¿Qué significó el gesto de San Martín de legárselo a Rosas?

San Martín explicó que decidió legar su sable corvo a Rosas por la defensa de la soberanía nacional durante el bloqueo anglo-francés. Incluso escribió que la batalla de la Vuelta de Obligado tiene tanta importancia como la emancipación de América. Durante casi todo el gobierno de Rosas, hasta que murió San Martín, mantuvieron una comunicación epistolar donde se ve una admiración mutua, por lo que para quienes estaban informados en la época no debió resultar sorprendente el gesto del sable. De hecho, algunos unitarios que lo visitaron, como Sarmiento, Florencio Varela y Alberdi, quedaron decepcionados al advertir la valoración que San Martín tenía hacia Rosas, aunque él mantenía vínculos tanto con unitarios –trató de proteger a amigos de los ataques de Rosas– como con federales. Uno de sus grandes amigos, Tomás Guido, era diplomático de Rosas.

—¿Y cómo se ha resignificado este bien cultural a la luz del traslado que ha hecho el Gobierno del Museo Histórico Nacional al Regimiento de Granaderos, que tantas controversias ha despertado?

Rosas, cuando se exilia después de la batalla de Caseros, entre las pocas cosas que alcanza a agarrar de su interés para exiliarse en Inglaterra es el sable corvo. Cuando muere, queda en manos de su hija, Manuelita. Y en 1897, el director del Museo Histórico Nacional, (Adolfo P.) Carranza, le pide a Manuelita que done el sable, cosa que Manuelita hace. En ese mismo año, el presidente José Evaristo Uriburu saca un decreto diciendo que el sable debe permanecer en el Museo Histórico Nacional.

Entonces, yo no veo el sentido de mudar de lugar el sable, porque no existen razones históricas y tampoco es una cuestión de seguridad. El sable estuvo en el Museo Histórico Nacional, salvo un período entre la dictadura de Onganía y el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, cuando se trasladó al Regimiento de Granaderos por razones de seguridad tras dos robos en los años 60. En las dos ocasiones el sable fue devuelto rápidamente. Cuando vuelve al Museo Histórico Nacional, ponen custodia de granaderos de 24 horas, o sea, ya no hay razones de seguridad. Y sobre todo es una incomodidad para la gente, para los chicos de las escuelas, para las familias que van con la idea de ver todo el acervo histórico que está reunido en el museo, y todo lo de San Martín, porque hay un montón de cosas, está la habitación tal cual estaba cuando él murió en Boulogne-sur-Mer. Entonces, para ver solo el sable, se tienen que trasladar a otro edificio que además queda bastante lejos del museo. Eso no va en desmedro del Regimiento de Granaderos, que los argentinos le estamos muy agradecidos y que lo creó San Martín, pero no le veo yo el sentido ni la ventaja.

Retrato de San Martín, exhibido en el Museo Histórico Nacional.

—Respecto de su vida privada, la relación con Remedios de Escalada aparece atravesada por la distancia. ¿Qué te interesaba revisar de ese vínculo y qué te sorprendió?

Se enamoraron muy profundamente cuando se conocieron, él dice conmocionado, cuando la ve por primera vez, que esa muchacha la “ha mirado para toda la vida” y se casaron casi inmediatamente. Ella estaba de novia cuando conoce a San Martín, y deja a su novio de apellido Dorna, un chico que al año siguiente murió en la batalla de Vilcapugio por San Martín. La madre de Remedios no quería saber nada con que se case con San Martín, pero el padre de Remedios sí lo aceptaba, y con el sentido patriarcal de aquel momento, se impuso y permitió el casamiento.

Pero por los objetivos políticos y militares de San Martín, el matrimonio estaba destinado a tener poco tiempo de convivencia. Yo hice la cuenta aproximada: de los 143 meses de matrimonio que tuvieron, vivieron juntos 43, y 100 meses no, porque San Martín se iba por períodos larguísimos. Podían estar un año, nueve meses sin verse. Después ella enferma de tuberculosis y los médicos le dicen que la envíe a Buenos Aires porque en Mendoza no estaban dadas las condiciones para que sobreviva, y él hace eso. Y sabemos que San Martín y Remedios se escribían cartas, pero no ha quedado ninguna. Pero sí hay referencias a Remedios en cartas a sus amigos, en las que se nota un gran amor, mucha ternura, mucho cariño.

Hay una situación controversial entre los historiadores, porque algunos tienden a creer que hubo actos de infidelidad de Remedios hacia San Martín y que por eso la envía a Buenos Aires, y no, fue por la enfermedad. Esos eran unos libelos, unas fake news, que hacía circular José Miguel Carrera, un militar chileno, que era enemigo de San Martín. Y decían que Remedios lo había engañado con los oficiales, bla, bla. Después José María Paz, en sus memorias, quizás haciéndose eco de estas cosas, dice que el envío de Remedios fue no por cuestiones de salud, sino por cuestiones domésticas, echando así como un manto de sombra en el mismo sentido. Y hay una tergiversación muy grosera de una carta de San Martín a O’Higgins, donde le dice que se siente un cornudo. Y lo sacaron fuera de contexto, porque él hablaba en términos políticos: Pueyrredón había hecho una negociación con el gobierno de Chile sin consultarlo ni comentárselo a San Martín. Entonces, él le dice que se siente un cornudo respecto a esta infidelidad política de Pueyrredón. Además, contemporáneamente a eso, están esas cartas que te digo, que habla con mucho amor de Remedios. Un tipo que está enojado porque su mujer le fue infiel, a lo sumo, no dice nada, pero no le va a escribir a sus amigos en términos tan dulces sobre su mujer.


 “Queda mucho por saber de San Martín”


—Después de escribir este libro, ¿qué aspectos de San Martín sentís que los argentinos todavía desconocemos? ¿Y qué aporta tu investigación en ese sentido?

—Mi intención fue que pudiéramos conocer más a San Martín como persona. Creo que aún queda mucho por descubrir. El libro reúne 33 historias atravesadas, inevitablemente, por la política y lo militar, pero con un foco claro: contar quién era él en su vida cotidiana y cómo se vinculaba con quienes lo rodeaban. Sus hermanos, sus familiares, sus amigos y también su criado Eusebio, que compartió cada día de su vida con él, son figuras poco atendidas por la historia.

La investigación me llevó muchísimo tiempo porque esas historias no estaban contadas en ningún lado. Yo tenía que sacar un dato mínimo que encontraba en una biografía o en una carta, y desde ahí empezaba a tirar del hilo: buscar correspondencia, revisar libros de otros autores, consultar biografías de contemporáneos y rastrear intercambios donde apareciera su figura. Así fui reconstruyendo cada episodio como si armara un rompecabezas. Me costó mucho trabajo pero fue muy placentero. Aun así, siento que queda mucho por saber de San Martín, en parte porque nunca escribió su autobiografía. Conservó una enorme cantidad de documentos, pero nunca quiso escribir su propia vida, y ese silencio también dice mucho. Lo más cercano a un testimonio personal es la autobiografía de William Miller, que ni siquiera lleva su firma sino la de su hermano, sobre la emancipación americana. En ese texto, San Martín escribe en tercera persona los pasajes que lo involucran –“San Martín hizo esto”, “San Martín se negó a lo otro”–, de modo que, aunque aparece como obra de Miller, esas partes fueron redactadas por él mismo. Es lo que más se aproxima a una pseudo autobiografía de San Martín. Sin embargo, como él era tan discreto y tan de ocultar datos por cuestiones estratégicas, hay cosas que quedan en la nebulosa. Y encontrar un dato nuevo es cada vez más difícil.

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