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Segundas oportunidades, humor y una vejez activa en “Costa Alejada”, la última novela de Marisa Potes

La escritora marplatense aborda una historia de amor atravesada por la experiencia previa de sus protagonistas y acompañada por una comunidad contenedora que demuestra que "los viejos" pueden salirse de los roles clichés en la literatura.

Cultura 8 de marzo de 2026

Por Claudia Roldós

Una ruptura amorosa y una serie de decepciones que repercuten a nivel profesional llevan a Luciano a refugiarse en un pequeño pueblo costero. Allí, sin esperarlo, se encontrará conviviendo con “un grupo de viejos” que decidieron que ser grandes no quiere decir ni estar aislados y solos, ni tener que estar en un geriátrico. Por el contrario, formarán una comunidad con sus propias reglas. También conocerá a Meli, una chica alegre, trabajadora y reservada, que carga con un pasado doloroso y una familia complicada, pero ávida de emprender, progresar, sacarse los miedos y disfrutar el lado luminoso de la vida.

Meli, Luciano y “los viejos” Susana, Guido, Juan Carlos Alberto, Silvina y Lidia conforman –junto a otros queridos personajes como El Turco, Cris, el primo y a los necesarios pero no apreciados, como la exnovia, el examigo, la tía o los padres– el universo de Costa Alejada, la última novela de la escritora marplatense Marisa Potes.

En esta nueva historia, los personajes viven aventuras inesperadas, se sobreponen a las adversidades, encuentran redes de contención, amistad y confianza, sanan y crecen.

Publicada por Del Fondo Editorial, Costa Alejada es una propuesta fresca, que apela al humor para descomprimir situaciones y que busca correr a personajes secundarios de los roles ‘cliché’, dándoles voz propia y protagonismo.

En la novela, el destino parece marcar el ritmo de los encuentros y desencuentros pero, a la vez, lo inevitale o inmanejable deja paso al aprendizaje, a la toma de decisiones y al desarrollo de cada uno.

La mayoría de las cosas que les ocurren a los personajes fueron parte de la premisa de la novela. Pero el discurrir de los acontecimientos se fue ordenando por las decisiones que tomaron los protagonistas. Por supuesto que sus decisiones son creación mía, pero parten de las reacciones a cada circunstancia según la forma de ser de cada personaje, y el momento que siento que es el perfecto en la secuencia. Entonces, hay un plan de escritura, pero solo para marcar los primeros pasos. Una vez que conozco a los personajes en profundidad, ellos empiezan a actuar según la lógica de sus respectivos caracteres e historias previas, y así van enfrentando lo inevitable y tejiendo su destino”, definió Marisa Potes en una charla en la que profundizó sobre la búsqueda que la motivó a construir las historias que se entrelazan en esta novela.


“En muchas historias, demasiadas, el adulto mayor está puesto para mostrar el deterioro o para morirse y que llore el protagonista. Pues no. En mi novela eso no iba a pasar”.


-Meli y Luciano se encuentran en un momento particular, de quiebre, de sus vidas. ¿Qué te interesaba contar de ese cruce entre dos historias que llegan con pasados sin cerrar, heridas y aprendizajes?

Me interesó que fuera el personaje masculino quien viniera de la ruptura amorosa (no es spoiler: esa ruptura se produce antes de que empiece la novela), y explorar los sentimientos y reacciones de este muchacho joven, sin apelar a los clichés. Con respecto a Meli, ella viene piloteándola casi desde que nació; ha tomado decisiones para protegerse, y vive en consecuencia. Quería ver qué hace una persona cuando vive sobreadaptándose.

-En la historia aparece la idea de que las experiencias previas afectan o condicionan –pero no determinan– la construcción de nuevos vínculos. ¿Cómo trabajaste esa tensión entre lo que arrastramos y lo que elegimos construir, la voluntad de volver a confiar?

-¡Absolutamente! Sí, es lo que quería trabajar en esta historia: las experiencias previas afectan pero no determinan. Y para eso hay que darse cuenta, tener la motivación interior, no solo exterior, para no dejarse atar por lo previo. Yo creo que contar con un buen equipo en boxes permite ver lo que una por sí misma no vería; ese equipo de respaldo, esa gente que, si te dejás caer hacia atrás, te va a sujetar y no va a permitir que termines en el piso. Siento que esa es la virtud de estos personajes. Tienen equipo. Se permiten construir un equipo. Los lobos solitarios son atractivos para un western, pero en la vida, la familia construida (que puede incluir a la de sangre también, por supuesto) es la que te sostiene. Entonces ahí viene la tensión: hay un lugar hacia donde ir, alguien en quien confiar, que ayuda a que la soga que tironea hacia la quietud se desate.

La novela Costa Alejada aborda temas profundos de forma descontracturada como el amor y la vejez

La novela Costa Alejada aborda temas profundos de forma descontracturada como el amor y la vejez.

“Me aburren los triángulos amorosos”

-¿Te interesó trabajar, narrativamente, un amor más maduro? ¿Creés que los personajes llegan a ese nuevo amor con mayor conciencia por todo lo vivido? ¿Aprendieron y crecieron?

-Entiendo que hablamos de “maduro” en cuanto a emocional y no a la edad, en este caso. Sí, eso es lo que busqué, porque me aburren los triángulos amorosos, no quería personajes que sostuviesen la historia a partir de repetir todo el tiempo el mismo modelo, quedando enganchados en esa espiral. Los quería en movimiento, girando, pero hacia afuera. Apoyándose y creyendo en quiénes son ellos mismos; descubriéndolo.

-La novela combina humor y calidez incluso cuando aborda temas como el peso del pasado y situaciones dolorosas. ¿Cómo trabajás ese equilibrio para que la historia tenga la profundidad que esos conflictos requieren, pero que no se torne solemne?

-Me gusta mucho el humor. En situaciones horribles, mi cerebro a veces –quizá para escaparse– hace chistes, que hasta ahora he tenido la fortuna de no pronunciar en voz alta. Cuando empecé a escribir esta historia la hice en un entorno muy cercano. No por la edad de los personajes, no por el lugar en que viven, sino en un entorno que yo sintiera cotidiano, y allí fui, con la forma de hablar, con su forma de ser, con las pavadas que a veces dicen. Muchas son mías. Bueno, todas, porque yo las escribí, pero algunas son cosas que digo yo. Y otras que diría (risas). Creo que el humor permite transitar algunos temas de forma más profunda, porque nos metemos en ellos con mayor libertad. El humor, si está puesto en las situaciones precisas, no necesariamente le quita seriedad al tema. Sí le quita solemnidad, que no es el tono que quería para esta novela.

-Además de historia de amor, ¿desde el vamos la concebiste como una novela sobre segundas oportunidades?

-Sí. Porque la vida es de segundas, terceras, séptimas oportunidades. Cada día que nos despertamos es una nueva oportunidad. Cada segundo que pasa, es una nueva oportunidad. Por suerte no somos tan conscientes de esto, porque no tendríamos estabilidad emocional jamás. Y no hablo de las que parecen enormes oportunidades, como encarar un negocio millonario, o el viaje que va a cambiar tu vida para siempre. No, me refiero a que si vas caminando, y de repente ves el sol entre los árboles y eso te llama la atención, ahí hay una oportunidad de sorprenderte. Creo que eso es lo que hacen los personajes de esta novela. Bueno, algunos. Otros no. Otros siguen siendo la misma cosa de siempre (risas).

-La novela plantea también que a veces la familia de sangre puede ser conflictiva, negativa, peligrosa incluso, mientras que el afecto, el sostén, la ayuda desinteresada se pueden encontrar en una comunidad, en gente que conocemos en otros contextos, de grandes. ¿Qué te interesaba poner en discusión respecto a esa idea tradicional de familia?

-Que a veces se sacralizan cosas por el nombre que tienen. Que se llame “familia” a la gente de la misma sangre no quiere decir que funcione como tal o lo sea para tal o cual persona. Esa sacralización hace que muchas veces se obligue a la revinculación de niños, por ejemplo, con padres que son peligrosos para ellos. ¿Por qué? “Porque son tus padres, niño”. Escribo para explorar distintas situaciones. En mi novela Malacara los padres y hermano de Ramiro son su mejor apoyo. Tengo a Reneé de Corazón en hebras que tiene un vínculo muy estrecho con su hermana, porque sus padres son distantes, o a Elisabeth de Como la luna en el mar que se convierte en sostén de su madre cuando esta la necesita, mientras descubre actividades de su padre con las que no puede estar de acuerdo. La escritura es una forma de poner a distintos personajes en situaciones diversas, y ver cómo resultan sus vínculos.

-¿Cómo construiste ese entramado de vínculos que rodea a Meli y Luciano? ¿Pensaste esa comunidad como un personaje más dentro de la historia?

-¡Sí! Apenas pensé a Luciano, apareció José hablando con otro personaje y haciendo chistes ácidos, cual viejos del balcón de Los Muppets. Y dos pensamientos más adelante, la comunidad completa comenzó a expresarse. Y enseguida supe qué es lo que quería de ellos y para ellos y lo que no iba a hacer. Sobre todo lo que “no”. También están otros personajes como Cris, que le aporta la mirada de este chico que está comenzando su adultez.


“Paso mucho tiempo con mis personajes como para regocijarme con la parte morbosa de la gente horrenda”.


Un abordaje activo de la vejez

-Eso de los “no” me lleva a un eje que me resultó muy interesante y es la decisión de vivir la adultez mayor con autonomía pero no en soledad. ¿Por qué te resultó importante abordar esta etapa de la vida desde ese lugar?

-En muchas historias, demasiadas, el adulto mayor está puesto para mostrar el deterioro o para morirse y que llore el protagonista. Pues no. En mi novela eso no iba a pasar. Y (spoiler): en esta novela no ha sido dañado ningún animal ni adulto mayor. Ese rol me molesta. Mucho. Y me molestó desde antes de ser yo una adulta mayor (risas). Me parece un estereotipo feo. No es faltar a la realidad. Claro que cuando uno entra en la “tercera edad” (¿eufemismo de viejo?), hay achaques y aumenta la probabilidad de partir de este plano, porque hacia allá vamos todos, pero en literatura puede convertirse en un cliché. Y la única que en mi novela tiene derecho a pedir por “el dios de los clichecitos” es Meli. Lo de vivir en comunidad tiene que ver con lo que decía del equipo que te acompaña, que te sostiene. Es mucho más divertido jugar con otros. Y estos viejos son conscientes de eso y lo materializan mudándose a esta vivienda compartida.

-¿Creés que todavía faltaban relatos en los que adultos mayores sean protagonistas de historias reales, activas y amorosas, y que no sean solo el personaje secundario “pintoresco” o al servicio del o la protagonista o “malvado”?

Está habiendo cada vez más historias sobre personajes más grandes. No sé cuántas novelas románticas hay protagonizadas por adultos mayores. El otro día pensaba en las características del género: ¿qué nos hace más ruido en una novela de género romántico? ¿Que se muera el protagonista al final o que sea pobre y no triunfe económicamente? Bueno. Creo que con el amor entre adultos mayores pasa algo parecido. No sé si el género los banca como protagonistas totales. Dejo la inquietud para debatir. Yo me doy el gusto de no matarlos (risas).

-¿Qué desafíos implica escribir estos personajes? ¿Tomaste referencias reales, cercanas para desarrollar a Susana, Guido, Juan Carlos Alberto, Silvina y Lidia?

-Fue diversión pura. El desafío es diferenciarlos, conocerlos, saber dónde termina uno y empieza el otro. De hecho, hasta la mitad de la novela, había un señor menos. Pero al releer, me di cuenta de que necesitaba otro personaje. De esa manera, le di más fuerza al grupo. En cuanto a las referencias reales, arranqué con los viejos de Los Muppets, y seguí con referencias que tengo en mi cabeza de gente que conozco, de mis diálogos interiores, de personas con las que me he cruzado dos minutos en la cola del banco. No podría especificarte quién es quién, pero es un combo lindo de información que va tomando cuerpo en cada uno de ellos. Y los quiero mucho, mucho.

-¿Cuál fue el personaje que más te sorprendió en el proceso de escritura? ¿Hubo alguno que haya crecido más de lo que habías imaginado al principio?

-El Turco. Es un personaje secundario, pero iba a aparecer dos líneas al principio. Creció, tiene personalidad, tiene trasfondo, tiene historia. Cuando lo leemos, cuando habla, sabemos quién es. Luciano también me sorprendió, porque cuando empecé, no lo conocía tanto. Y Meli lo mismo. Tenía delineadas algunas cosas, pero a medida que se enfrentaban a situaciones, los iba conociendo más.

-A lo largo de tus novelas se percibe una diversidad de épocas, momentos vitales, tonos. ¿Buscás especialmente correrte de lo conocido, de lo ya abordado? ¿Sorprender? ¿Desapegarte de fórmulas?

-Sí, me corro de lo que ya abordé, porque cuando cuento algo, pongo allí todo lo que tenía que decir sobre eso. Y además, si me repito, me aburro. Necesito que los personajes se sorprendan y me sorprendan a mí. Necesito estar escribiendo un diálogo, parar para releerlo y decir “¡Pero mirá lo que le dijo!”. Y me gusta desapegarme de fórmulas, a menos que las esté parafraseando. Obvio que nada es nuevo. Por supuesto que ya está todo escrito. Pero siempre hay alguna cosita que una puede aportar a su propia escritura, y surge de la voz propia. Si no, todo sería igual, con distintos nombres de personajes. ¡Aburridísimo!

-Por otra parte, hay algo que sí reaparece en tus novelas y es, de una u otra forma, el mar. ¿Por qué? ¿En qué o en dónde te inspiraste para construir la ficticia pero cercana “Costa Alejada”?

El mar es parte de mí. No soy surfer. No soy nadadora. Ni siquiera voy todos los días a la playa, pero me doy cuenta de que necesito ese horizonte grande por delante. Que no podría vivir en un lugar donde el clima fuera siempre igual. Necesito la adrenalina del clima marplatense (risas). Bueno, a veces un poquito de estabilidad no vendría mal. “Costa Alejada”, el lugar, está inspirado en esos pueblos en formación, en la costa bonaerense. Que tienen esos paisajes tan preciosos y esa paz, que invitan a refugio, a caminatas, a disfrutar. La paleta de colores que se venía a mi mente era celeste mar y beige arena. Esos pueblos en que hay un precursor, una sociedad de fomento a veces, y en este caso, un cuartel de bomberos porque tienen reserva forestal cerca. Esos pueblos que necesitan crecer un poco, pero no tanto, porque demasiado crecimiento implica ruido y cemento, y no es lo que sus habitantes fueron a buscar allí. Me di el gusto de poner en boca de los personajes mi opinión sobre los que usan los médanos como pista y en Mar del Plata, sobre lo nociva que es la falta de planificación urbana y la aparición de edificios que sofocan.

Reinvindicación de la literatura esperanzadora

-¿Sentís que hay una búsqueda o una oferta de esperanza en tus historias? ¿Es una decisión?

-Siempre. Búsqueda y oferta. Creo que para ser escritora que pretende publicar en esta época, hay que ser optimista, tener esperanza. Si no, no mandaría un manuscrito a una editorial. Y además para vivir hay que tener esperanza. Hay personas que prefieren leer y escribir sobre la oscuridad, la crueldad, y me parece muy bien. Yo, en cambio, necesito escribir y leer sobre los momentos luminosos, lo lindo, la posibilidad de la felicidad y su búsqueda, de la contención y el refugio en el amor en todas sus formas; darle lugar a la ternura, y no por eso que la novela sea una novela boba o quieta donde no pasa nada (no sería novela). Para feo, ya está el mundo.

-¿No te imaginás escribiendo un final trágico?

Sí me imagino escribiendo un final trágico, pero probablemente en algo más corto. O con los personajes que nacieron para morir en esas páginas. Pero por ahora no tengo interés en revolver e insistir con la descripción de la crueldad ni regocijarme con la parte morbosa de la gente horrenda. Una cosa es construir un villano literario y otra cosa sería regodearme con lo que a mí me resulta desagradable. Paso demasiado tiempo con mis personajes y con cada historia hasta que le llega el momento de ser leída por mi primera lectora beta, como para escribir sobre oscuridad.

-¿Creés que tenés más para abordar, para contar, sobre el paso del tiempo, las transformaciones personales, la vejez, en ideas de futuras novelas?

-Sí. Siempre. Siempre hay cosas para contar y ganas de contarlas. Tengo que encontrar el tiempo, la motivación suficiente para lograr la energía, y esa cosa mágica que surge en medio del trabajo que hace que me enamore de los personajes y la historia. Sin esa pasión de por medio, no puedo escribir. Porque los momentos en que preferís el ocio total, antes que el modo escritor (que es todo el día todos los días) no los puedo convertir en momentos de escritura sin motivación.