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Opinión 22 de mayo de 2020

Siempre fuimos virtuales

por Belén Berruti

Según el diccionario, lo virtual es aquello que no se concreta en la realidad, aunque reúne las condiciones para ello. Es algo que tiene existencia aparente y no real, que es implícito y no tácito. También se suele aludir a lo virtual para señalar a sistemas tecnológicos. En el actual contexto, el uso de este término se vuelve más cotidiano, adquiere centralidad en los entornos formales de trabajo y educativos, pero también en los familiares e íntimos.
Cumpleaños, reuniones de domingo, conferencias, y clases de yoga, adquieren la forma plana de las pantallas. Se forman comunidades desespacializadas en una suerte de proximidad a distancia. Las conversaciones suelen aludir al tiempo donde se podrá volver a estar cerca, romantizando la antigua normalidad, donde de vez en cuando, si podíamos, nos hacíamos zancadillas.

La virtualidad del principio de ser iguales ante la ley, amarnos y respetarnos hasta lo que dura la vida o hasta lo que se pueda, jurar defender a la Patria y todo aquello que valoramos y que siempre estaba por concretarse en la realidad, como recibir el mismo trato solo por el hecho de ser personas, sigue en pie. Los regímenes de invisibilidad que sostienen la desigualdades no ceden.

El sistema de interacción social no ha colapsado, en algunos aspectos se ha puesto en suspenso. No se trata de una nueva realidad, pero todo lo que conocíamos, el modo en que organizamos nuestra cotidianeidad vincular, en sectores íntimos y públicos, y los espacios destinados ello, se reordenan en torno a nuevas prioridades. Adquieren centralidad otros actores sociales, y el sentido de lo útil y esencial para la vida también se resignifica, redireccionando nuestros cursos de acción. Y decimos, que todo este movimiento, que todo esto es “por ahora”, y que a su vez, se irá modificando al ritmo de la velocidad del contagio.

La solidaridad, la empatía, el tan mentado cuidado, se expresa hoy en la vida pública, por la distancia. Canjeamos libertad por seguridad, donde la única certeza es, que no sabemos si podemos estar contagiando o siendo contagiados o contagiadas., que no sabemos que será mañana. Es decir, podemos reunir las condiciones para que algo de lo bueno o lo malo suceda, aunque nunca podamos saber a ciencia cierta si ello se concretará o si ya se ha concretado solo que no podemos verlo. Todo se vuelve más virtual que siempre. Mas virtual que la promesa de que nada podrá sucederte mientras estés conmigo, porque siempre voy a estar para cuidarte.

Lo virtual y tecnológico es tan artificial y ficcional, como el lenguaje con el que nos hacemos inteligibles y se dice que el lenguaje es la tecnología con la que articulamos todos los mundos posibles. Siempre hemos habitado más ese espacio, el de la posibilidad, el del tránsito hacia eso que queremos o tememos y que cuando llegamos es siempre de otra manera.

Es tal vez ese el lugar que, sobre todo las mujeres, seguimos habitando, un lugar virtual, ese mundo hacia el que nos dirigimos, pero que todavía no existe, donde un cargo se respeta del mismo modo así lo ejerza un varón que una mujer, donde una calle se transite del mismo modo por un varón que por una mujer trans o donde un hogar se habite y se gestione de manera igualitaria cualquiera sea la forma del cuerpo u orientación sexual de sus ocupantes. Parece que todavía no somos del todo personas, tan reales y respetables. Nuestro mundo es, ese que está por venir, el que todavía no es, pero que ya casi, porque ya habrá justicia para nosotras. Porque todavía, seguimos siendo virtuales.

(*): Docente de la Facultad de Psicología y Facultad de Humanidades de la UNMdP. Extensionista Programa Activas Psicología UNMdP. Coordinadora del Protocolo en Casos de Violencia de Género en la UNMdP.