Cultura

Sin poesía no hay paraíso: Enrique Banchs, el poeta que “nos ha dejado cosas inmortales”

Un poeta argentino que se volvió, en vida, en misterio y leyenda. Tras publicar cuatro libros de poesía se llamó a silencio, se retiró de las lides literarias y se volcó íntegramente hacia su familia y su trabajo.

Por Analía Pinto

Sin estridencias. Sin caos efervescente. Sin pirotecnia verbal. Casi en silencio, como un susurro, apenas unos quedos suspiros. Sin grandilocuencias, sin regodearse en lo fatuo. Sin extemporáneas notas, sin el menor grito, sin disonancia alguna. Sin salirse jamás del tono cuidado, de la cadencia serena. Sin asaltar al lector con imágenes tremebundas, tóxicas, atroces. Sin apenas despeinarse, con el mismo vaivén de un agreste arroyuelo que sinuoso y lánguido recorre más kilómetros que el más caudaloso de los ríos. Sin abandonar nunca la fe, la sencillez y la caridad. Sin claudicar nunca en su pétrea pasión por la palabra, aunque apenas se encontraran sus libros o alguno de sus poemas en olvidadas antologías escolares. Sin dejarse llevar por modas, modismos, caciques, caciquismos, retóricas y retoricismos. Sólo llevado por su don de cántico, por su perfecta estrofa, por su lírica siringa. Sin más recursos que la amplia panoplia de que dispone el venturoso castellano para quien desee templarlo como un instrumento. Sin fáciles argucias ni estúpidas engañifas. Sin chistecitos, sin ironías tontas, sin presuntas fórmulas de éxito poético. Sin más sustancia que su propia alma en poesía derramada, así fue la vida y la obra del hombre, del poeta que nos dejado cosas inmortales, al decir de Borges.

Enrique Banchs (1888-1968), que de él se trata, es un poeta argentino que se volvió, en vida, misterio y leyenda. Tras publicar cuatro exquisitos libros de poesía, especialmente el último, La urna (1911), se llamó a silencio. A pesar de esporádicas publicaciones de poemas sueltos en diarios y revistas, luego de La urna, Banchs se retiró de las lides literarias y se volcó íntegramente hacia su familia y su trabajo. En su juventud fue secretario de Enrique Paz, director entonces del diario La Prensa, y luego pasó al Consejo Nacional de Educación hasta llegar a ser director de la publicación El Monitor de la Educación Común, fundada por Sarmiento en 1881.

Enrique Banchs, en Mar del Plata.

No obstante su alejamiento de la palestra de las letras, en 1958 recibió el Premio Vaccaro. En su discurso de aceptación, leemos: “Un poeta ni siquiera sabe qué es poesía. No hace más que intentar el descubrimiento de su alma y, como todo navegante de regreso a sus lares, quiere luego narrar, con la ingenuidad fabulativa de quien ha visto las cosas por primera vez, los hallazgos sólo maravillosos porque no se han desprendido por entero del misterio en que yace todo lo que existe. El poeta no crea poesía sino formas para revelarla. Ella está por sí misma doquiera y todo el mundo la lleva incógnita. El relato del poeta no sería más que soliloquio vacuo si en cada alma no existiera una bella durmiente que despertase y se incorporara para escucharlo”.

Poco importa entonces, ante esta lúcida mirada sobre la poesía, por qué decidió romper su sextante y arrojarlo al océano dorado como hizo el capitán Acab. Poco importa si, al fin y al cabo, quedaron esos cuatro libros que, en palabras de Roberto Giusti, pueden resumirse así: “Las barcas, obra de adolescente iniciación, valía por lo mucho que daba a esperar; El libro de los elogios significó una innegable conquista: el hallazgo por el poeta de su íntima personalidad; El cascabel del halcón reveló algo más: el amor por la cultura en el artista y el sometimiento de sus poderosas dotes nativas al necesario imperio de la reflexión; La urna, obra ya enteramente madura, es el equilibrio entre la razón, el sentimiento y la fantasía”.

Muchos de sus colegas se preguntaron acerca de su silencio y su renuncia al cántico. Baldomero Fernández Moreno, por ejemplo, no se privó de reclamarle en un poema:

¿Por qué no cantas, silencioso Enrique?

¿Por qué cesó tu juvenil repique,

finísima campana matutina?

¿Quién te ligó las alas, golondrina?

Di la palabra mágica que explique.

Pero el poeta nada explicaba. El inefable Borges tentó también las posibles causas y explicaciones, y en un tardío poema de Los conjurados (1985), sentenció:

Cumplida su labor, fue oscuramente

un hombre que se pierde entre la gente;

nos ha dejado cosas inmortales.

A veces es preciso callar, sobre todo cuando se han dejado “cosas inmortales”. A veces no publicar no significa que no se escriba, que no se siga creando con la misma y necesaria vigorosidad que llevó hasta la publicación de una obra. A veces los poetas sienten que han dicho, al menos para el público, todo lo que tenían que decir, como le ocurrió al jovencísimo Rimbaud. A veces no es necesario más. A veces hay que dejar decantar, descansar, macerar, supurar. A veces hay que dejar que algo finalmente baje y diga lo que tiene que decir, cuando sea debido, y no necesariamente para que lo escuchen todos. A veces basta tan sólo con asomarse al mundo que trasunta La urna en cada uno de sus diamantinos sonetos, como estos tres que transcribimos a continuación:

Nunca como esta noche de verano

de gran silencio, melodiosa y pura

he sentido la lánguida dulzura,

la irrealidad, de mi pasión que en vano

confieso al alma de la noche oscura.

Bien sé que espero en algo muy lejano,

algo que no se toca con la mano,

que no se puede ver ni se figura;

algo como plegaria de intangible

boca, pero plegaria imperceptible;

un suspiro del viento, acaso una

música de violines escondidos;

una vaga mujer cuyos vestidos

ondulan en el claro de la luna.

***

Hay quien pide razón porque no llevo

el diapasón del general clamor,

y porque no resumo en verso nuevo

no mi vario dolor, sino el Dolor.

Siento como a torrente la conciencia

múltiple; siento a todos que soportan,

dalmática de plomo, la existencia…

Pero las multitudes, ¿qué me importan?

¿Qué me importan las negras muchedumbres,

el tropel de leyes y costumbres

y el gran rumor de mar de todo el mundo?

Pues mi motivo eterno soy yo mismo;

y ciego y hosco, escucha mi egoísmo

la sola voz de un pecho gemebundo.

***

Tornasolando el flanco a su sinuoso

paso va el tigre suave como un verso

y la ferocidad pule cual terso

topacio el ojo seco y vigoroso.

Y despereza el músculo alevoso

de los ijares, lánguido y perverso

y se recuesta lento en el disperso

otoño de las hojas. El reposo…

El reposo en la selva silenciosa.

La testa chata entre las garras finas

y el ojo fijo, impávido custodio.

Espía mientras bate con nerviosa

cola el haz de las férulas vecinas,

en reprimido acecho… así es mi odio.

Esa “sola voz de un pecho gemebundo” no es, como podría pensarse, el estéril balbuceo inane con que a veces pretende corroernos la posmodernidad, sino la más acendrada esencia del ser humano en su soledad primigenia; esa adánica soledad de la que sólo nos sacan el arte, la música, la belleza y la poesía, porque, una vez más, sin poesía no hay paraíso.


Para seguir curioseando

Poemas de Enrique Banchs en poeticous.com;

El enigmático silencio de Enrique Banchs en eldia.com;

En torno a La urna, de Enrique Banchs por el poeta Pablo Anadón en cultura.riocuarto.gov.ar;

Algunas notas sobre Enrique Banchs por el escritor Fernando Sorrentino en cvc.cervantes.es;

La pasión de un hombre gris en ellitoral.com;

La poesía de Enrique Banchs (colección Capítulo) en ahira.com.ar.

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