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Cultura 26 de julio de 2026

Sin poesía no hay paraíso: Horacio Castillo, el fino helenista

Un recorrido por el poeta platense que hizo de la mitología griega un modo de mirar el mundo.

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Horacio Castillo (1934-2010) fue poeta, periodista, abogado y traductor de La Plata.

Por Analía Pinto

Cuando se piensa en la poesía de la ciudad de La Plata, surgen de inmediato los nombres de Francisco López Merino (con su trágico final en un baño del Jockey), Roberto Themis Speroni, Rafael Felipe Oteriño o Néstor Mux. Sin embargo, tímidamente, asoma también el de Horacio Castillo. Poeta, periodista, abogado, traductor, funcionario judicial, secretario personal de Ricardo Rojas, autor de numerosos poemarios, pero ante todo el más fino helenista que hayan visto estas diagonales. Diagonales que, en virtud de la ineludible presencia de la universidad, han sido recorridas por numerosos helenistas y latinistas de renombre. No obstante, Castillo trasunta algo más, como espero demostrar en las líneas que siguen.

Castillo nació en la vecina ciudad de Ensenada en 1934. Muy jovencito, se mudó a La Plata, ciudad en la que estudió Derecho, colaboró como redactor en el diario El Día, así como en numerosas publicaciones locales, editó varios libros y trabajó incesantemente en sus traducciones y antologías de poetas griegos contemporáneos, como Odysseas Elytis, Yani Ritsos o Kikí Dimulá. Entre su obra poética se destacan “Materia acre” (1974), “Tuerto rey” (1982), “Alaska” (1993), “Los gatos de la Acrópolis” (1998) y “Cendra” (2000). Todos estos volúmenes más el resto de su producción poética y el tomo “Colectánea” fueron publicados en un solo libro, “Obra reunida” (2020), a cargo de la editorial La Comuna, dependiente de la municipalidad platense. Esa bienvenida reunión de sus obras incluye un reportaje de Augusto Munaro y un exquisito ensayo del gran poeta Rafael Felipe Oteriño, titulado “Retrato íntimo”, en el que Oteriño repasa no solamente la obra poética de Castillo, sino también la profunda amistad que los unía.

En la jugosa y detallada entrevista de Munaro, realizada entre 2008 y 2010, muy poco antes de que falleciera Castillo, aparecen algunas de las claves que permiten apreciar su poética tan particular.

Horacio Castillo

Todo empieza en su infancia y juventud en Ensenada, ciudad portuaria y obrera, que le trae las primeras reminiscencias de lo griego: “Para mí, Ensenada no está sobre el Río de la Plata, sino a orillas del Egeo. Y si cruzo el puente levadizo –que ya no está– desemboco en las callejuelas del barrio Plaka, en Atenas, y me siento a tomar una portokalada (naranjada) en una taberna de la calle Pandrosu donde venden las ‘pesadas cuentas azules’ de las que habla un poema de Elytis”. Más adelante, puntualiza: “Mi interés por el mundo griego comenzó temprano, cuando incursioné en la lengua clásica para leer a Homero. Pero hacia los años 60, cuando le otorgaron el premio Nobel a Seferis y comenzó a difundirse la obra de Kavafis, quise leerlos en su lengua y me puse a estudiar el lenguaje moderno, lo que se llama demótico, que no es otra lengua sino un estado de la evolución milenaria del griego”.

Y todo culmina (o, más bien, recomienza) cuando Castillo por fin llega a Grecia, la tierra incomparable, como tituló uno de sus artículos para la Revista de la Universidad. En la misma entrevista, Castillo cuenta: “Cuando subí por primera vez a la Acrópolis, en Atenas, y toqué una columna del Partenón, se me hizo un nudo en la garganta y me brotaron lágrimas. Después en Micenas, ‘la rica en oro’, como la llama Homero, atravesé conmocionado la Puerta de los Leones por donde habían pasado Agamenón y sus huestes hacia Troya. Y en Delfos, donde una piedra cónica, el ‘omphalos’ (que quiere decir ombligo) marca el centro del mundo, comprendí que estaba en pleno mito”.

"Orphée et Eurydice" (1820), óleo sobre tela, Museo Magnin, Dijon, Francia.

“Orphée et Eurydice” (1820), óleo sobre tela, Museo Magnin, Dijon, Francia.

Las bases entonces ya estaban listas para recibir el peso colosal de semejante tradición, que Castillo iba a destilar en gran parte de sus poemas, como los dos que presentaré a continuación. Estudiar griego como si él mismo fuera un inmigrante que procura fundirse con su nuevo entorno, que ante cualquier eventualidad de la vida cotidiana murmura la correspondiente palabra griega (“si tomaba agua me decía para mí mismo ‘neró’; si compraba azúcar pensaba ‘zájari’”), resultó el ingrediente primordial para que sus poemas de tono mítico tengan ese aire tan luminoso, tan vívido. Como si el propio poeta, y más todavía los lectores, estuviéramos en la barca con Caronte o tratando de no sucumbir, junto al doliente Orfeo, ante la visión de Eurídice en las regiones infernales.

Digan ustedes si no es así:

Para ser recitado en la barca de Caronte

El paisaje es más hermoso de lo que habíamos imaginado:
estas murallas que caen a pico sobre nosotros,
aquel sol negro descendiendo sobre la laguna,
allá a estribor, un arco iris que refracta la niebla.
Pero esta moneda de hierro entre los dientes,
este óbolo que debemos morder hasta el término del viaje,
cierra la boca que desea cantar.
Cantar para estas almas tristes sentadas en el banco,
mientras el cómitre marca con el látigo el compás,
mientras ordena remar sin interrupción,
cada vez más fuerte, cada vez más rápido, más lejos de la luz.

Dice Eurídice

La ansiedad me dominó, y luego la inquietud, cuando supe que venías:
horror de que me vieras así, con este tocado de sombra,
el pelo sin brillo –el pelo, que el sol no se cansaba de dorar.
Terror también de que no fueras el mismo –el que permanecía en mi memoria–
y al mismo tiempo curiosidad por ver de nuevo un ser vivo.
Hace tanto que nadie venía por aquí,
tanto que nadie se llevaba un alma o un perro,
que cuando oí tus pasos y tu voz llamándome,
cuando por fin te estreché, más que a ti estaba abrazando a la vida.
Después tu calor me condensó, me secó como una vasija,
y caminé por el sombrío corredor
otra vez con aquella máquina atronadora dentro del pecho
y un carbón encendido en medio de las piernas.
Caminé de tu brazo, imaginando ya la luz,
los árboles junto a los cuales caminábamos,
aquella habitación llena de espejos
donde flotábamos como dos ahogados.
Hasta que de pronto tu paso se hizo nervioso,
tu pensamiento se espantó como un caballo,
y vi que tratabas de desprenderte de mí,
de librarte de la trampa de la materia mortal.
“No te vayas –supliqué– no me dejes aquí,
déjame ver de nuevo las nubes y el sol,
suéltame por el mundo como una potranca tracia.”
Pero tú ya corrías hacia la salida,
y durante siete días y siete noches oí cómo llorabas,
cómo cantabas en la ribera del río infernal
nuestra vieja canción: “Lo lejano, sólo lo más lejano perdura”.

Es cierto que, en ocasiones, como dice ese último verso, solo lo más lejano perdura. Por eso, en palabras de Castillo, la responsabilidad de la palabra poética, de la palabra que nos convoca y conmueve, es “elevarse” (y agrego yo, elevarnos) “hacia lo divino”. Y hacia allí vamos, una vez más, porque sin poesía no hay paraíso.


Para seguir curioseando

– Nota sobre Horacio Castillo en El Día de La Plata (eldia.com);

– Selección de poemas de Horacio Castillo en lospoetasnovanalcielo.blogspot.com;

– “Un ágape en La Plata”, artículo de Rafael Felipe Oteriño sobre Horacio Castillo en opcitpoesia.com;

“Grecia: la tierra incomparable”, relato de viaje de Horacio Castillo;

– Más poemas de Horacio Castillo en letralia.com.