Cultura

Sin poesía no hay paraíso: Marcial, el primer tuitero (siglo I d. C.)

La historia de un ingenioso poeta romano que con sus breves pero punzantes versos, recuerda a la mordacidad contemporánea que a veces es posible cruzarse en las redes sociales.

 

Por Analía Pinto

Creemos que la posmodernidad es el epítome de la tecnología, especialmente en lo que a medios de comunicación se refiere. Todavía hay quien se asombra ante la mordacidad (cuando no directamente insolencia y áspera grosería) que se despliega en la red social X (antes conocida como Twitter). Todavía hay quien cree que hemos inventado algo “nuevo” con esa y otras redes, y todavía nos parece que vivimos en alguna especie de revolución mediática… Sin embargo, en el siglo I de nuestra era, en la declinante y decadente Roma, ya existía un tuitero. Mejor dicho, un epigramista, el más grande de todos ellos: Marco Valerio Marcial.

Marcial, quien nació hacia el año 40 (no hay certidumbre al respecto) en Bílbilis, en la Hispania Tarraconensis, hoy Calatayud (España), fue un agudo poeta y polemista romano, el más acerbo y mordaz de un tiempo en el que sólo siendo así se podía tener alguna chance de prosperar. Llegó a la bulliciosa Roma en el año 64, con el ardoroso deseo de triunfar, obtener reconocimiento y fama literaria, como lo hacían muchos otros jóvenes desde los más diversos confines del imperio. Aunque no logró el apoyo de un mecenas (ni del propio Mecenas, como Virgilio u Horacio, ni tampoco el de los emperadores Tito y Domiciano, a los que dedicó varios poemas), sus libellum (“libritos”) circularon profusamente en los círculos ilustrados de la ciudad, a tal punto que, se sabe, su primer libro de epigramas fue compuesto en ocasión de la inauguración del Anfiteatro Flavio, es decir, lo que hoy conocemos como el Coliseo romano. Así lo atestiguan estos versos: “No mencione la bárbara Menfis las maravillas de sus pirámides, / ni el trabajo asirio se jacte de Babilonia; / no se alaben los afeminados jonios con el templo de Diana, / que el ara abundante en cuernos deje olvidar a Delos, / y que los carios cesen de ensalzar con elogios inmoderados / hasta los mismos cielos el Mausoleo colgado en el aire vacío. / Toda obra humana debe ceder al anfiteatro del César, / la fama celebrará únicamente ésta por todas” (traducción de José Guillén).

En este punto es posible que los lectores se estén preguntando: ¿qué es exactamente un epigrama? Los epigramas solían ser “una inscripción o un escrito breve grabado sobre piedra, metal u otro soporte cualquiera y destinado para algún sepulcro o monumento privado o público” que, con el tiempo, derivaron en composiciones poéticas brevísimas (en general, dos versos son suficientes, aunque pueden extenderse hasta cuatro, seis u ocho) en las que “se expone de modo rápido e interesante un pensamiento regocijado o satírico, pero siempre ingenioso”. Los epigramas pueden ser entonces festivos, laudatorios, satíricos, moralistas, graciosos y muchas veces decididamente procaces, tanto o más que los aludidos “tuits” del comienzo de esta nota. Se trata siempre de pequeños estallidos de humor, relámpagos de ironía y calculada crudeza, dirigidos a personas reales o ficticias, ya que una de sus características principales es la de reclamar la atención, no tanto del lector, sino del o los aludidos en el epigrama. Siempre en palabras del profesor José Guillén, “su objeto suele ser una burla, una chanza, un pensamiento ligero sobre la vida cotidiana, una ridiculez, una antítesis, una voz o un equívoco. El epigrama, se decía ya en tiempos de Marcial, debe ser como una abeja, que es pequeña y produce la dulzura de la miel y deja el escozor del aguijón”.

Marcial clavó sus dulciamargos aguijones todas las veces que pudo (se conservan unos 1.500 epigramas) y no hubo aspecto de la vida romana que no fuera tocado por su punzante gracejo. Hizo especial énfasis en la crítica literaria y en las conductas de otros poetas y artistas, así como en las siempre inefables maravillas y miserias de las relaciones entre hombres y mujeres. Tampoco dejó de cantar a su tierra natal, a la que volvió en sus últimos años, después de tres décadas en medio del trajín, el vicio y la “cínica mendicidad” que propiciaba la ciudad de los Césares.

De vuelta en Bílbilis, una acaudalada viuda, Marcela, se apiadó del epigramista y le concedió unas parcelas de tierra, que se volvieron el remanso que ni los mecenas ni los emperadores pudieron o quisieron darle: “Este bosque, estas fuentes, esta sombra entretejida de los pámpanos vueltos hacia arriba, esta corriente guiada de agua de riego, estos prados y rosales, que no ceden al Pesto de las dos cosechas, y todas las hortalizas que verdean y no se hielan ni en el mes de Jano, y la anguila doméstica, que nada en un estanque cerrado, y esta torre de un blanco resplandeciente, que cría palomas de su mismo color, obsequios son de mi dueña. A mi vuelta, después del séptimo lustro, Marcela me ha dado estas casas y estos pequeños reinos. Si Nausícaa me concediera los huertos de su padre, podría decirle yo a Alcínoo: ‘Prefiero los míos’”.

Presentamos a continuación algunos epigramas de Marcial, en traducción del poeta nicaragüense Ernesto Cardenal:

Mis epigramas los canta y los ama la Roma mía.

Ando en los bolsillos y las manos de todos.

Pero hay uno que enmudece y palidece y se enfurece:

Y por eso estoy contento de mi cantos.

Sólo admiras a los antiguos, Vecerro,

y no alabas sino a los poetas muertos:

Perdona, Vecerro, pero no vale

tanto, tu elogio, para morirme.

No sé, Feliz, lo que escribes a tantas muchachas.

Sólo sé, Feliz, que ninguna de ellas te contesta.

Te quejas, Velox, de que escriba epigramas largos.

Tú no escribes ninguno. Los tuyos son más cortos.

¿Por qué no te envío, Pontiliano, mis libros?

Para que tú no me envíes, Pontiliano, los tuyos.

El libro que recitas, oh Fidentino, es mío,

pero por tu mala recitación ya es casi tuyo.

¿Preguntas, Lino, qué me renta mi villa de Nomenta?

Que no te veo a ti, Lino: eso me renta.

Dices que eres bella, Bassa, y que eres joven.

Las dos cosas dicen, Bassa, las que no lo son.

Miente el que te llama vicioso, Zoilo.

Tú no eres vicioso, Zoilo, si no el Vicio.

Aunque tú no publicas, atacas mis versos, Lelio.

O no ataques los míos, o publica los tuyos.

Recházame, Gala: el amor que no atormenta

aburre; pero, Gala, no me rechaces demasiado.

Dijo de él Plinio el Joven: “Era un hombre ingenioso, agudo, mordaz y que, escribiendo, tenía a raudales tanto sal como hiel y no menos candor”, ese candor que nunca debemos perder porque su presencia nos demuestra, una vez más, que sin poesía no hay paraíso.

Para seguir curioseando

“Roma y Bílbilis, temas recurrentes en la poesía de Marcial”, artículo de Elda E. Cecco y Angélica M. Mansilla en el repositorio de UNLP;

“Epigramas de Marcial, el maestro de la brevedad punzante”, en www.otroangulo.info;

“Marco Valerio Marcial”, artículo biográfico en Historia Hispánica (historia-hispanica.rah.es);

Poemas de Marcial, en traducción de Andrés Gutiérrez Temiño, en circulodepoesia.com;

Libro electrónico de los Epigramas de Marcial, en traducción de José Guillén, descargable de la biblioteca virtual IFC: ifc.dpz.es.

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