En esta edición de la columna, se nos presenta a William Blake el inglés grabador, poeta y poseedor de una gran visión poética.
Por Analía Pinto
En ocasiones, la Poesía (sí, así, con mayúscula, como entidad suprema) toma posesión de un hombre y lo convierte en su vehículo, lo transforma en Su Voz, lo vuelve el medio de su expresión más acendrada y absoluta. El hombre y su escritura adquieren entonces rasgos proféticos, iluminados, hasta mesiánicos. El hombre deja de ser simplemente un hombre y se transforma en algo más que un poeta: se vuelve un bardo, un vate, un visionario, alguien capaz de ver lo que los demás somos incapaces de imaginar, ni siquiera atisbar.
El hombre así tocado por la Poesía deja de hablar las lenguas de este mundo para hablar únicamente las de la soberbia imaginación, los idiomas de las “visiones memorables”, como William Blake tituló muchas de sus arrebatadas composiciones. El inglés William Blake, nacido en 1757 en una modesta familia londinense, fue uno de estos hombres hablados por la Poesía, habitados por su estro, poseído por sus fantásticas ilusiones. Tan fantásticas que, además de escribirlas, de arduamente forjar, en el trémulo papel, sus “luchas mentales”, las sacras y grandiosas percepciones que desfilaban por el magnífico teatro de su mente, Blake las volcaba también en dibujos, más exactamente en grabados, oficio que había aprendido en su juventud y con el que apenas se ganaba la vida.
Considerado uno de los principales artífices del Romanticismo inglés, Blake excedió las simples categorías de tal estremecedor movimiento artístico, en tanto su inconformismo y su rebelión a todo orden fluían y fluyen sin tasa en cada uno de sus escritos. El lector debe prepararse espiritualmente antes de sumergirse en las turnerianas aguas de Blake: como dijimos, la Poesía habla por él y lo hace en tono profético, admonitorio, grave y grandilocuente a veces, sutil y susurrante otras, fantasmagórico, acervo, salmodiante también. En su obra, que en vida no pasó de la publicación de un librito titulado “Poetical sketches” (1783), rugen los tigres y los leones, claman los cielos, se debaten ángeles y demonios, figuras mitológicas de su invención (como Orc o Los) se desplazan lanzando flamígeros anatemas, y Dios y el mismo Diablo se enzarzan en contiendas retóricas, volviendo su poesía un hontanar de gran sabiduría e imaginería.
Precisamente, es en los “Proverbios del infierno” donde puede advertirse con mayor claridad esta cualidad profética pero también pedagógica de su obra. Se trata de brevísimos aforismos cargados de metáforas y paradojas, suma ironía y gran economía de recursos, que se presentan como pinceladas de una hermosa acuarela celestial e infernal a la vez, es decir, hondamente humana. Lejos de la ñoñez sensiblera con que suelen asociarse estas formas poéticas, hay que resaltar que, en la obra de Blake, “el aforismo es una forma hiperbólica que sirve para expresar favorablemente el significado como acción, no como mero objeto de contemplación, al mismo tiempo que constituye una relación microcósmica con la vida” (Harvey Birenbaum).
Transcribo a continuación, traducidos por el poeta mexicano Xavier Villaurrutia, los que considero más atinados y maravillosos:
El camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría.
Aquel que desea pero no obra, engendra peste.
Jamás se convertirá en estrella aquel cuyo rostro no irradie luz.
La Eternidad está enamorada de las obras del tiempo.
La abeja laboriosa no tiene tiempo para la tristeza.
El reloj cuenta las horas de la necesidad, pero ningún reloj puede contar las horas de la sabiduría.
El acto más sublime consiste en colocar otro delante de ti.
La desnudez de la mujer es la obra de Dios.
El rugido de los leones, el aullido de los lobos, la cólera del mar tempestuoso y la espada destructora son porciones de eternidad demasiado grandes para el ojo del hombre.
Evidencia de hoy, imaginación de ayer.
Un pensamiento llena la inmensidad.
Los tigres de la cólera son más sabios que los caballos del saber.
Nunca sabrás lo que es suficiente a condición de que sepas lo que es más que suficiente.
Escucha el reproche de los necios: es un título real.
El que agradece lo que recibe, da a luz una abundante cosecha.
Crear una sola flor es trabajo de siglos.
Exuberancia es Belleza.
Como sostiene Iván González Cruz, los proverbios del infierno son un “ámbito de pedagogía inspirada”, pero también un “bestiario”, en el que “se respira en el tono aleccionador el legado de las fábulas de Esopo” y se divisa “la huella del cristianismo primigenio”, así como “una caracterología aristotélica” y hasta resabios de la escuela pitagórica. En una época de extremas convulsiones sociales y políticas (allí asoma la Revolución Francesa y sus promesas de libertad, igualdad y fraternidad; también la plúmbea Revolución Industrial con sus promesas de “progreso” infinito, a costa de extenuantes horas en monstruosos telares mecánicos), Blake, siempre en palabras de González Cruz, “se expresa como si conversara con la naturaleza sintiéndose observado por lo desconocido. Él fue en busca de un paisaje indecible donde hallar aquello que su época no podía ofrecerle: una respuesta del misterio”.
En este punto, dos menciones son inevitables cuando se trata de William Blake. Una, ineludible, insoslayable, es la admiración del maestro Jorge Luis Borges por su obra, en especial por el poema “El tigre” (cuyo grabado adjuntamos), que con su “terrible simetría” también obsesionara a nuestro máximo autor. En su prólogo a la poesía completa de Blake, Borges anota: “No salió nunca de Inglaterra, pero recorrió, como Swedenborg, las regiones de los muertos y de los ángeles. Recorrió las llanuras de ardiente arena, los montes de fuego macizo, los árboles del mal y el país de tejidos laberintos. En el verano de 1827 murió cantando”.
“El tigre”, poema y grabado de William Blake de 1794.
La otra mención, tal vez no tan conocida, es que mi admirado Jim Morrison tomó el nombre de su banda (The Doors) de un fragmento de una de las visiones memorables de Blake, que dice: “Si las puertas de la percepción estuviesen limpias, cada cosa aparecería ante el hombre como es, infinita”.
Sirvan estas palabras del poeta W. B. Yeats como corolario de esta breve introducción (apenas un asomarse al abismo) a la obra de uno de los principales poetas universales: “Gritó una y otra vez que todo lo que vive es sagrado, y que nada es profano salvo las cosas que no viven –la apatía, y la crueldad y la timidez y el rechazo de la imaginación, que es la raíz de la que surgieron en la antigüedad las pasiones porque viven más, son más sagradas– y, esta era una paradoja escandalosa en su época, el hombre accederá a la eternidad llevado por sus alas”.
Las mismas alas que todos poseemos bajo la piel, y que nos demuestran, una vez más, que sin poesía no hay paraíso.
-“El genio de William Blake”, artículo de Nicolás Suescún en eternacadencia.com.ar;
-“El lenguaje aforístico en la poesía de William Blake”, artículo de Iván González Cruz en sedici.unlp.edu.ar;
-Biografía y poemas en inglés en www.poetryfoundation.org;
-Aforismos y poemas en castellano en ciudadseva.com;
-Grabados de William Blake en historia-arte.com;
-“William Blake y el más allá de la escritura”, video de Carlos Lloró Sosa en YouTube.