La escritora, docente e investigadora rosarina tardó casi 50 años en poner en palabras el asesinato de su hermano Alfredo durante la última dictadura. Con este texto, un híbrido entre memoria, ensayo y poesía, rescata la voz de los hermanos de los desaparecidos y una mirada personal y brutal sobre lo ocurrido.
Por Félix Lencinas
Susana Rosano carga una herida que, afirma, no cicatrizará nunca. Esa herida es el asesinato de su único hermano, Alfredo Rosano de 19 años, militante de la UES de Rosario, la noche del 15 de septiembre de 1976. Ese suceso le cambió la vida para siempre: su madre murió al poco tiempo de que desapareció el hijo y su padre sufrió una hemiplejia. Estuvo detenida en el “Servicio de Informaciones”, el principal centro clandestino de detención de Rosario donde la presionaron para que diera datos sobre el paradero de su hermano. A los seis meses de la desaparición, tuvo que reconocer a su hermano muerto en fotos, allí lo reconoció a él y el suéter que llevaba puesto la última vez que lo había visto: ella subida al colectivo 54, su hermano abajo en la parada luego de haberse encontrado furtivamente en un bar de la ciudad. Ella tenía 17 años en ese momento.
A fines del año pasado, publicó Nunca llegarás a viejo (Beatriz Viterbo Editora) para contar finalmente su historia. Pero este libro no es un simple testimonio. La vida de Susana Rosano continuó: estudió Letras en la Universidad Nacional de Rosario, donde ahora es docente, luego hizo su Maestría en Arte y su doctorado en Literatura Latinoamericana en la Universidad de Pittsburgh, Estados Unidos, en 2005. Además, es investigadora del Instituto de Estudios Críticos en Humanidades (IECH), UNR-Conicet. Es periodista cultural en medios y revistas argentinas e internacionales y especialista en literatura latinoamericana contemporánea. En el 2006 publicó Rostros y máscaras de Eva Perón, imaginario populista y representación y fue premiada por el Fondo Nacional de las Artes. El libro sobre su hermano da cuenta de esa trayectoria, no solo encontramos memorias, también encontramos algunos ensayos literarios sobre las experiencias de otros hermanos, otros textos sobre el tema de los sobrevivientes, algunos artículos que habían sido publicados en diarios y una variedad de textos, en los que siempre irrumpe esa herida.
Un texto “un poco brutal”, como le define su autora, pero necesario. Un libro que le llevó casi 50 años escribir. 50 es el número clave este año, cumpliéndose medio siglo del golpe cívico militar del 24 de marzo de 1976. En este contexto, Rosano participó de las Jornadas Medio siglo después: literatura, prácticas artísticas, políticas y memorias que se realizaron en ADUM el pasado jueves 19 y viernes 20 donde presentó Nunca llegarás a viejo. Y además, tuvo un momento para charlar con LA CAPITAL antes de dicho evento.
“Hubo que esperar un tiempo para poder ofrecer como hermanos otra voz distinta, ni mejor ni peor, diferente”.
—¿Qué género sería Nunca llegarás a viejo?
—No es un género específico. Yo creo que algo digo en la introducción de eso. Es como un híbrido, podríamos decir. ¿Viste que está como de moda? A ver, yo te diría que es una reflexión íntima, pero tiene un tono ensayístico también. Entonces me parece que hay zonas que son más narrativas, zonas que son más ensayísticas, tal vez zonas que son un poco más poéticas. Es un género medio incómodo, medio desarmado.
—Decís que te tomó casi 50 años escribir el libro. ¿Cómo fue ese proceso que te llevó tanto tiempo?
—Bueno, 50 años la idea. No sé, yo tuve una historia de vida muy complicada y entonces en determinado momento, o yo misma pensé, “bueno, esto lo tengo que escribir”, y hubo mucha gente a lo largo de tantos años que me dijeron, “vos tenés que escribir tu historia”. Y siempre había un pero que fuera el disparador para escribir específicamente sobre esto. En algún momento incluso sentí que se me había pasado el tiempo del testimonio, del género testimonial. Vos que preguntabas por los géneros, yo te diría que también tiene algo bastante del género testimonial. Pero el testimonio es como un género que responde a unos recaudos metodológicos que mi libro no tiene. Hay un hecho disparador que fue más o menos hace un año, un año y medio, que vino a mi casa un amigo de mi hermano, que debe ser la única persona, salvo Horacio, mi marido, que lo conocieron a Alfredo. Nos pusimos a conversar y en un momento yo me puse en la computadora. Yo leo y escribo, toda la vida he trabajado, he sido periodista, doy clase en la universidad, estudié Letras, es decir, leo y escribo, estoy todo el tiempo leyendo y escribiendo. Pero ese día particularmente me senté y escribí uno de los fragmentos de la primera parte. Al escribir ese primer fragmento, que no es el número uno de la primera parte, dije: si no escribo ahora, no escribo más. Y fui escribiendo esa primera parte. Después, porque una cosa es la escritura del libro, otra cosa es la edición del libro. Y en algún momento dije, bueno, ya está. No quiero. Porque me duele. Porque necesito distancia. Porque ya pasó mucho tiempo. Después que terminó todo el proceso de hablar con editoriales, presentar el libro, que tu editora te diga “modificar esto”, que te lea un par de amigos, a quienes les agradezco. Cuando ya el libro estaba hecho, ahí dije, bueno, ya está. De alguna manera cumplí, cumplí conmigo misma, cumplí con mi hermano.
—Siempre lo tuviste como algo que te pesó.
—A ver, la historia sí me pesó, me pesa y me pesará. Me voy a morir con eso. Pero el no escribir no sé si me pesó, al contrario. Mucho tiempo dije, hay tanto escrito. Esto también lo digo en un momento del libro, nunca me sentí una víctima, nunca. Hasta que ese fiscal en algún momento me dijo, “bueno, pero vos también sos una víctima”. Siempre para mí la víctima había sido mi hermano, el muerto, el asesinado, el que no pudo llegar a viejo. Y millones de otras personas, no sé. Después yo me fui enterando de otros casos, como el de Oesterheld, a esta pobre mujer le mataron el marido y las cuatro hijas. Siempre me parecía que lo mío era una gota de agua en un océano. Hasta que en algún momento percibí que había una herida y que la herida no me iba a cicatrizar. Eso creo que se juntó con la escritura. Cuando me pongo a escribir, ahí sí digo, “pasaron cuarenta y pico de años”. No lo pensé entonces, pero ahora sí lo pienso, porque me llaman mucho por el libro y por los 50 años. ¿Cuándo pasó tanto tiempo? Y todavía está tan presente.
—Definís el texto como deshilachado, fragmentado, inconcluso. ¿Hay algo que quedó sin contar, algo que haya quedado afuera?
—Puede ser, sí, yo creo que sí. A ver, partamos de la base que la memoria puede llegar a ser muy traicionera y vaya uno a saber por qué, por cuestiones afectivas o lo que sea. Yo no soy muy memoriosa, yo recuerdo mucho algunas cosas. Entonces, cuando digo esto de que es deshilachado, fragmentado, me parece que me refiero a eso. Por eso la memoria, por eso es un libro íntimo, no es un libro histórico, ni un testimonio que tiene que tener otros resguardos. Es mi memoria en relación a ese hecho que fue muy traumático, que fue el asesinato de mi hermano y todo lo que generó eso en mi familia, que fue brutal, y las consecuencias en estos 50 años, porque hay consecuencias familiares. Mis hijos, mis nietos hoy, pero también hay consecuencias sociales que es un poco lo que se está discutiendo ahora. En La Perla siguen encontrando cadáveres. Entonces, frente al negacionismo, lo que pasó es tan brutal que 50 años después se siguen desenterrando. En ese sentido digo que es deshilachado, y también en algo que a mí me gusta mucho que es que la memoria también tiene tiempos. Alguien habló, creo, de temporización de la memoria. Vos no recordás lo mismo 10 años después que 20 años después, ¿no? La memoria insiste. Después, hay una memoria que ya a esta altura no sé si es propia o es de lo que hablé con mis padres, de lo que leí. En ese sentido digo que es deshilachado y fragmentado. No hay una totalidad, es imposible construir esa totalidad.
“A mí lo que hoy me asusta mucho es cierta pasividad tremenda de la gente. Aceptamos cosas que realmente son inadmisibles”.
—Uno de los aportes del libro es la categoría de “hermanos de desaparecidos”, que en contraposición con los otros miembros de la familia como las madres, las abuelas, los hijos, no están tan en el centro de la escena. ¿Qué sentís que puede aportar esta categoría?
—Mirá, esto, la categoría hermano creo que tiene relación con lo que yo te venía diciendo de las temporizaciones. Como yo no fui militante, y hasta discutí con mi hermano cuestiones básicas. Creo que por cuestiones históricas, concretas, me silencié, me autosilencié muchas veces porque sentía que en este país era necesario, entre otras cosas, juzgarlos. Primero, las madres fueron encargadas con la Conadep en la época de Alfonsín de juntar la evidencia. Porque encima los genocidas ocultaron todo. Nunca reconocieron nada, hasta el día de hoy, siguen negando. Nuestro presidente sigue negando. La vicepresidenta dijo en estos días dos o tres tonterías, errores, que deben ser ciertos, que se cometieron, en el Parque de la Memoria de Buenos Aires, como que hay alguien que está como víctima y parece que murió en realidad cuando detentó una granada. Pero son tres errores frente a 30.000 desaparecidos y toda una serie de pruebas y de archivos que los tipos destruyeron. Ahora cuando encuentran en La Perla los cuerpos, los mismos antropólogos forenses demuestran cómo los militares enterraron y dinamitaron, hicieron un ocultamiento deliberado. Pero volviendo al tema, y esto tiene que ver con la pregunta anterior, a lo mejor necesité cincuenta años para poder hablar como hermana y poder discutir y poder pelearme con la memoria de mi hermano y con las cúpulas de los montoneros y con muchas simplificaciones muy grandes que hubo en este país en relación a la violencia de los años setenta. Entonces, de casualidad, no es que los busqué, hablé a lo largo de todos estos años, en las marchas, cuando hice las denuncias, a lo largo de la vida cotidiana, cuando trabajaba, con hermanos y me fui dando cuenta cuando escribí este libro de que, en realidad, los hermanos tenemos otro punto de vista y que a lo mejor durante muchos años dejamos hablar a los padres. Porque que te asesinen un hijo en estas condiciones, yo lo vi, no te voy a explicar lo que es eso, era terrible. Hubo cierta cautela de tener que esperar un tiempo para poder ofrecer otra voz distinta, ni mejor ni peor, diferente. Porque era la relación de hermano, con mi único hermano. Después, con los años, mis hijos me dijeron en terapias que hicieron que yo les había inculcado, sin darme cuenta, que era una relación muy especial, una relación muy a la misma altura. Vos con tus hermanos, más allá de las diferencias, compartís cierta perspectiva en relación a los padres, a los abuelos, a los tíos. Desde esa perspectiva, a medida que iba escribiendo, esto que te estoy diciendo se me iba haciendo claro. Pero ya te digo, 40 y pico de años después, me parece fantástico que sigan apareciendo otras voces. Nadie nos obligó a silenciarnos, pero bueno, había otras urgencias que llevaron mucho mejor las madres, los hijos.
Le diría a los chicos que se abran al debate, que escuchen las distintas versiones que hay para poder construir un país sin violencia. Abrirles la cabeza, no con una verdad, porque no hay una sola, hay aristas, puntos de vista.
—Hablás sobre la tortura, sobre la exigencia de heroicidad, criticás a las conducciones guerrilleras. ¿Cómo creés que es ese debate ahora? ¿Cambió?
—Sí, yo creo que el propio envejecimiento de los protagonistas, la muerte de muchos de ellos, más allá de que hubo algunas voces. Hubo una polémica que creo que cruzó los años 2000, alrededor del “No matarás”. Hubo, en una revista en Córdoba (NDLR: La intemperie), en la que Oscar del Barco, que había sido guerrillero, salió y expuso y discutió sobre el tema de la muerte y la violencia. No es que yo vengo a decir cosas que no se han dicho. Porque también es real que a las cúpulas guerrilleras a muchos los mataron o murieron en la lucha. Mi bronca, creo que en el libro se ve claramente, es con (Mario) Firmenich. Logró exiliarse extrañamente en el año 77, en Córdoba, después se quedó en España, dicta cátedra, nunca se animó a venir realmente a dar un debate. Esa “soberbia armada”, como se la llama en algunos libros. En ese sentido, me parece que todavía hay mucho debate para dar.
—En relación con tu hermano, hay una dualidad entre la figura del Alfredo más íntimo y el Alfredo militante. ¿Cuál es el que recordás a diario?
—El hermano más íntimo. Del militante, hay ciertos rasgos, pero que tienen que ver con su personalidad. Cierta especie de endurecimiento, sobre todo ese último tiempo, cuando él está clandestino, cuando los padres lo quieren sacar del país y él no se quiere ir. Y tiene que ver con esta lógica que yo la discuto desde que tengo 17 años desde San Francisco de Asís, que es esta lógica amigo-enemigo. Cuando vos entrás, ya sea en la lucha armada, ya sea en la guerra, es muy difícil salir de esa especie de dinámica de la violencia. Entonces sí, yo te podría decir que hubo un endurecimiento final de los últimos meses, pero si vos te ponés a pensar, mi hermano cuando lo matan tenía 19 años. Después yo tuve hijos que tuvieron 19 años, entonces ahora veo que eran nenes, que eran realmente criaturas. Entonces sí, rescato y al que extraño era mi hermano íntimo, que era jodido. con el que nos peleábamos, que había celos, todo lo que hay en una relación de hermanos. Pero es el que me hubiera gustado tener ahora. Yo me lo he preguntado mucho íntimamente, en muchas terapias: ¿qué sería de mi hermano hoy? Tal vez por eso el título. Tengo muchas respuestas. A lo mejor estaría, porque yo eso también lo veo de mucha gente que participó en la lucha armada, con cosas que no querría discutir. Y ahí viene, ahí se posiciona el discurso heroíco. No podés hablar con alguien que está cerrado, porque uno puede dialogar cuando el otro está abierto a discutir algo. Por eso es fragmentario el texto, porque la verdad se va construyendo y la temporalidad influye, porque uno se va transformando también, y va leyendo otras cosas, y va hablando con otra gente, y va conociendo otra información. Fijate que también la cuestión de la información que la sociedad va recibiendo en relación a algo que pasó hace 50 años. Por eso los discursos negacionistas, la verdad que no sirven para nada, porque todos los días nos vamos enterando, hay información: de un hijo que ha recibido nuevamente su identidad, de huesitos enterrados, que gracias a los antropólogos forenses se puede restaurar la identidad, de gente que ha sido tirada al mar, entonces desde esa perspectiva el negacionismo me parece que es absurdo.
Portada de Nunca llegarás a viejo publicado por Beatriz Viterbo Editora a fines de 2025 con las fotos de Susana y Alfredo de niños.
—Y en relación con este presente, con el negacionismo, ¿cómo leés el presente político?
—Difícil. Muy difícil. A mí el presidente y el grupo de gente que nos gobierna me parecen despreciables por sus formas. Es una persona que no escucha a nadie, no respeta las leyes que han sido votadas. El poder verdadero hoy está repartido entre muy pocos. A mí lo que hoy me asusta mucho es cierta pasividad tremenda de la gente. De que acepta todo, acepta que si va a hacer un reclamo a Plaza de Mayo la caguen a palos. Eso es lo que más me preocupa, porque el miedo, que es algo que recién vimos en estas jornadas: Gustavo Visciarelli trajo doce fotos de Mar del Plata en el día del golpe, y entonces lo que se discutió, es ver cómo y por qué la sociedad, y más en Mar del Plata, seguía reaccionando normal. Había turismo, y vino Videla al teatro para ir a ver a Rafaela Carrá que había venido a Mar del Plata en los 70. La gente tenía miedo, entonces el miedo es algo que se va infiltrando, naturalizando. Ese es el ‘link’ más grande que yo encuentro. Estamos como anestesiados. Aceptamos, vemos como naturales, cosas que realmente son inadmisibles, porque la democracia se basa en que hay gente que piensa diferente. El debate es algo de la democracia. Lo escuchás al presidente hablar todos los días, y siempre en vez de contestar lo que le preguntan, empieza a hablar barbaridades en contra de Cristina, que ya está presa, del kirchnerismo, y no contesta nada sobre el caso Libra, Adorni, y otras cuestiones que son cuestiones de delito. Eso es algo que me parece que está como muy presente, y que de alguna manera viene de una cultura política argentina que se inicia en la dictadura.
—Y sobre la juventud que no vivió en los 70, y sobre la memoria, ¿qué crees que se puede hacer con la historia para que les llegue a los jóvenes?
—Creo que en realidad hay que seguir debatiendo y discutiendo la historia. Acá hubo un país muy violento, y somos aún una sociedad muy violenta. Hoy no hay golpes de estado, pero hoy en las villas miserias a los portadores de cara los muelen a palo. Y no sale nadie porque todo se naturaliza, porque son narcos, o lo que sea. Entonces me parece que yo sí le diría a los chicos que están interesados en saber, que se abran al debate, que escuchen las distintas versiones que hay para poder construir un país sin violencia (a pesar de la guerra, mirá el mundo en que estamos en estos momentos) abrirles la cabeza, no con una verdad, la verdad, porque no hay una verdad, hay muchas verdades, hay aristas, puntos de vista.
—En la Coda, el cierre del libro, vos le hablás a Alfredo, y decís que esperás que estos escritos le permitan descansar en paz. ¿Sentís que se cerró algo con la escritura o te abrió más preguntas?
—A mí a nivel biográfico, individual, creo que después que el libro fue publicado, con su tapa azul, y su recepción, a mí y a mis hijos, es decir, a la familia de Alfredo, nos ha permitido de alguna manera cerrar un poco el duelo. No estaba la coda en la primera versión del libro, y un amigo mío, al cual yo le agradezco, Enrique Foffani, que leyó todo el libro, me dijo “tenés que escribir una coda”. Esa noche, yo ya lo tenía que mandar a imprenta, a que lo leyeran en la editorial, la escribí y me acordé de ese poema. Yo había ido a hacer una consulta con una psicóloga por un tema familiar que no tenía nada que ver con mi hermano, e inmediatamente sale esta cuestión que es “dejalo” o como dicen los new age, “dejalo ir”. Entonces sí, creo que algo solté, pero que la herida va a morir conmigo, va a morir conmigo. O va a ser el dolor de la cicatriz, o viene siendo. Hay muchos días, que yo no me acuerdo de mi hermano, no es que todo el día me acuerdo de mi hermano, y a medida que ha pasado el tiempo, bueno, es como que me acuerdo con menos tristeza, sería, pero también un poco con el soltar. Cuando me preguntan, yo digo, este es mi segundo libro, yo tenía otro libro ensayístico, nada que ver. Ahora digo me voy a dedicar a la poesía, no sé si publicaré o no, pero ya en algún punto de mi propia historia el libro logró un poco eso. Ya está es una herida colectiva, lo que pasó pasó, es un poco eso.