10 de septiembre de 2018
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Tras 70 años de la primera fábrica de lapiceras, el legado de Biró continúa

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por Carlota Ciudad

Pocos son los lugares en el mundo en los que no se conoce el bolígrafo o la lapicera, un método de escritura que no mancha ni se borra. A 70 años de la primera fábrica del mundo de “biromes”, como las llamó su fundador, Ladislao Biró, su legado todavía mueve el mundo.

Aunque la creación del bolígrafo tuvo lugar en la Hungría natal de Biró, en 1938, no fue hasta que llegó a Buenos Aires, en 1940, que comenzó a fabricar en serie su gran invento.

Su hija, Mariana, todavía recuerda el taller al que acudía, a veces sola, a veces con sus amigos, para observar cómo su padre perfeccionaba ese aparato que cambiaría la manera de escribir la historia.

“Mi primer trabajo pagado de mi vida fue en esa época. Me traían bolígrafos y yo tenía que probarlos. Me pagaban 50 centavos la hora que trabajaba”, explica Mariana en una entrevista con la agencia EFE en su casa en Buenos Aires.

La birome, como se la conoce popularmente en Argentina, fue la unión del apellido de Biró con el su compatriota y amigo Juan J. Meyne, quienes llegaron al país después de ser invitados por el entonces presidente Agustín P. Justo tras un “encuentro fortuito” en Europa, recuerda su hija.

“Mi padre quería que todo el mundo lo tuviera. Lo llamaba el invento democrático”, explica Mariana y, para ello, llegó incluso a inventar una máquina con la que fabricarlo en serie.

Tras 70 años de la primera fábrica de bolígrafos, el legado de Biró continúa

Frente a las disputas que hay entre Europa y América sobre quién debe reclamarlo, Mariana es clara: “para mí el bolígrafo tiene una partida de nacimiento húngara y pasaporte argentino”.

Durante su vida, Biró inventó además una máquina automática de lavar ropa, la caja de cambios automática, un perfumero, una cerradura inviolable e incluso desarrolló el principio del sistema electromagnético que se aplicaría en el tren bala japonés medio siglo después.

Investigó hasta su muerte, en 1985, época en la que trabajaba en la separación de gases para agua pesada.

Su capacidad de inventiva la compaginó también con su afición por la escultura y la pintura.

Mariana todavía recuerda cómo su padre la llevó cuando tenía 14 años a Estados Unidos para que la ayudara a promover sus inventos o cómo pasaban tardes en el jardín para observar el comportamiento de las hormigas.

Tras su muerte, “encontramos muchísimos inventos patentados que yo desconocía. Un inventor siempre inventa, siempre tiene… ¿Hay un problema? Él encontraba solución y generalmente esa solución le servía a los demás”, valora.

Ella no se define como inventora, pero junto a Francis L. Sweet diseñó un nuevo modelo de enseñanza a través de la Escuela del Sol, también en Buenos Aires.

“No soy inventora. Me interesaban muchísimo los inventos de mi padre. Yo traía a mis amigos pero lo mío es la educación”, asegura.

No fue hasta 50 años después que se dio cuenta que esa afirmación no era tan cierta, ya que “inventiva y educación son inseparables”, aclara.

“Cuando se educa bien, se educa con la cabeza. Nosotros podemos decir ‘esto es esto’, pero deberíamos decir ‘esto, ¿cómo puede ser? Vean como es. Vean cómo puede llegar a ser'”, expone.

Tras 70 años de la primera fábrica de bolígrafos, el legado de Biró continúa

Parte de su enseñanza incluye fomentar la capacidad de invención y cuestionarlo todo, ya que para ella lo importante no es memorizar “los hechos”, sino comprenderlos.

Asimismo, no duda de la importancia de hacer pensar a sus alumnos en soluciones para los problemas que puedan aparecer, independientemente de la relevancia que pueda tener después para las personas de alrededor.

“Para cualquier cosa que uno quiere hacer, se debe tomar el trabajo de hacerlo, logrará hacerlo y después es un éxito. No tiene que ser un éxito mundial. Es un éxito”, concluye.

Pasan los años y su enseñanza continúa, al igual que los inventos de su padre. Tanto ella como su descendencia tienen clara una cosa: en casa se utiliza la birome.

EFE

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