“Tu ley es mi ley” de Alejandro Mellincovsky: ¿Cómo hacemos para seguir viviendo juntos?
El autor recorre más de dos mil años de historia judía para analizar cómo distintas comunidades convivieron bajo leyes ajenas y qué ocurre cuando las normas de una sociedad entran en conflicto con las propias convicciones.
Alejandro Mellincovsky, autor del libro “Tu ley es mi ley”.
En tiempos de sociedades fragmentadas, identidades enfrentadas y creciente desconfianza hacia las instituciones, Alejandro Mellincovsky recupera en “Tu ley es mi ley” un antiguo principio de la tradición judía para plantear una cuestión absolutamente contemporánea: qué reglas necesitamos para convivir con quienes piensan, creen y viven de manera diferente.
Hay libros que encuentran su actualidad en los acontecimientos y otros que parecen dialogar con una época incluso antes de que el lector abra la primera página. “Tu ley es mi ley”, de Alejandro Mellincovsky, pertenece a esta segunda categoría.
El punto de partida puede parecer, a primera vista, específico y hasta lejano para quien no esté familiarizado con la tradición judía. Mellincovsky recupera un antiguo principio talmúdico, dina demaljuta dina, que podría traducirse como “la ley del reino es ley”. Sin embargo, rápidamente queda claro que aquello que está en discusión trasciende una religión, una comunidad y hasta un momento histórico.
La pregunta de fondo es mucho más sencilla de formular y bastante más difícil de responder: ¿cómo hacemos para vivir juntos? No es una pregunta menor en estos tiempos. Las sociedades contemporáneas aparecen atravesadas por enfrentamientos políticos, culturales y religiosos; por identidades cada vez más fuertes y, muchas veces, más cerradas; por la dificultad creciente para reconocer al diferente y por una desconfianza hacia instituciones que durante décadas funcionaron como organizadoras de la vida colectiva.

Mellincovsky encuentra en la historia del pueblo judío un extraordinario laboratorio para pensar ese dilema. Durante siglos, comunidades judías debieron vivir bajo leyes dictadas por otros Estados, culturas y religiones sin abandonar por ello sus propias convicciones. La respuesta no fue simplemente obedecer ni tampoco encerrarse. Fue encontrar una manera de convivir.
Allí aparece uno de los aspectos más interesantes del libro: respetar la ley común no necesariamente significa renunciar a la identidad propia. Pero también surge inmediatamente la pregunta inversa: ¿hasta dónde puede una comunidad reivindicar sus propias normas sin desconocer aquellas que hacen posible la convivencia con los demás?
El autor recorre para ello siglos de historia, desde Babilonia y Al-Ándalus hasta la Shoá, la creación del Estado de Israel y el traumático escenario abierto después de los ataques del 7 de octubre de 2023.
Pero sería un error leer “Tu ley es mi ley” solamente como un ensayo sobre judaísmo. El libro habla, en realidad, de uno de los grandes problemas políticos, culturales y morales de nuestro tiempo: qué ocurre cuando la ley, la identidad y la conciencia entran en conflicto.
Porque aceptar que existe una ley común tampoco resuelve todo. Mellincovsky introduce entonces una segunda pregunta, quizás todavía más incómoda: ¿puede una ley continuar siendo legítima cuando deja de ser justa?
Es en esa tensión donde el libro adquiere mayor profundidad. La convivencia necesita reglas. Sin ellas, cada individuo o cada grupo terminaría estableciendo las propias. Pero la historia también está llena de leyes formalmente vigentes que resultaron moralmente inadmisibles. Obediencia y conciencia no siempre caminaron de la mano.
La cuestión atraviesa buena parte de la historia humana y adquiere hoy una renovada vigencia. ¿Cuánto estamos dispuestos a ceder para vivir con otros? ¿Dónde termina la integración y comienza la pérdida de identidad? ¿Hasta dónde llega la obligación de obedecer? ¿Qué hacemos cuando nuestras convicciones chocan con las reglas de la sociedad en la que vivimos?
Mellincovsky no plantea estos interrogantes desde la abstracción. Su recorrido por fuentes bíblicas, talmúdicas, filosóficas e históricas muestra que estas discusiones acompañan desde hace siglos a sociedades obligadas a administrar diferencias.
Y acaso allí esté uno de los principales méritos de “Tu ley es mi ley”: utilizar una tradición milenaria para hablarle al presente. Específicamente, detrás de las discusiones religiosas, jurídicas e históricas aparece una cuestión elemental que atraviesa hoy buena parte del mundo: hemos aprendido a defender nuestras diferencias, pero no siempre hemos aprendido a convivir con las diferencias de los demás.
En tiempos en que la pertenencia muchas veces parece construirse contra alguien, recuperar la idea de una ley compartida supone también recuperar la existencia de un espacio común. No significa borrar las diferencias. Exactamente lo contrario: significa preguntarse cuáles son las condiciones necesarias para que esas diferencias puedan coexistir sin destruir aquello que las contiene.
Mellincovsky busca respuestas en más de dos mil años de historia. El lector inevitablemente termina buscando las propias en el mundo que tiene delante.
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