Juan Manuel Rapacioli, expresidente del PJ local.
Por Juan Manuel Rapacioli (*)
El pasado 17 de octubre dejó mucho para analizar. No solamente por lo que significa esa fecha para el movimiento nacional y, específicamente, para el justicialismo, sino también por lo que ocurrió en Mar del Plata, donde el desarrollo de los actos dejó expuesta una situación tristísima y lamentable: la realidad del peronismo en nuestra ciudad.
Fueron tres actos, tres maneras de entender —o de no entender— lo que representa el Día de la Lealtad.
Por la mañana, el Partido Justicialista convocó a un acto. Un horario que parece elegido por una burocracia que no tiene en cuenta si los compañeros y las compañeras trabajan o tienen otras obligaciones. Claro, muchos de los que concurren son funcionarios, asesores o forman parte de estructuras que les permiten disponer de ese tiempo. Algunos van por convicción, otros por compromiso y otros, quizás, para cumplir.
Pero lo más significativo fue que la convocatoria no tuvo la amplitud que una fecha como el 17 de Octubre merece. Fue un acto de ellos para ellos. La lógica sectaria que se ha instalado en el justicialismo marplatense, con La Cámpora fuertemente enquistada en la estructura partidaria, vuelve a ponerse en evidencia.
Se pueden tener todos los títulos, cargos y chapas que uno quiera, pero eso no convierte automáticamente a nadie en justicialista. Hay una distancia enorme entre ocupar un lugar dentro del partido y comprender lo que significa el peronismo. Una de las verdades peronistas nos advierte que todo círculo político que se cierra sobre sí mismo termina siendo oligárquico y sectario. Y cuando eso sucede, algo esencial se pierde.
A la tarde, en cambio, nos encontramos los militantes, los compañeros y las compañeras que entendemos que el peronismo debe convocar a todos. La invitación fue abierta, sin exclusiones, para homenajear al General Perón en el monumento que lo recuerda.
Fuimos a escuchar a Perón. A recuperar su palabra, a encontrarnos, a compartir una tarde fría alrededor de su figura. Se escucharon aquellos minutos históricos de su discurso del 17 de Octubre y, después, cantamos la Marcha Peronista y nos dimos el abrazo. Sin buscar protagonismos individuales, sin pretensiones desmedidas. El protagonismo fue de Perón y de los compañeros presentes. Así de simple, pero con toda la profundidad que tiene la simpleza.
También quisimos que ese encuentro estuviera atravesado por las banderas del justicialismo y, particularmente, por la bandera argentina, en el marco de nuestro ciclo Primero la Patria. Afortunadamente, hubo una importante concurrencia y una repercusión que agradecemos a los medios de comunicación que se hicieron eco de ese homenaje.
Porque el peronismo también se vive así: con alegría, con emoción, con la posibilidad de reencontrarnos, aun en medio de las broncas y las diferencias que tantas veces nos hacen transitar caminos difíciles.
A la mañana, la burocracia. A la tarde, los militantes. ¿Y a la noche? A la noche apareció el tercer acto: una peña presentada como un homenaje al 17 de octubre, bajo la convocatoria de “Peronistas con Axel”, en el Club San José.
La entrada costaba 5.000 pesos e incluía un choripán. Adentro había puestos de compañeros que ofrecían sus productos, algo que también merece ser valorado como una forma de dar una mano a quienes trabajan. Pero la pregunta seguía en pie: ¿desde cuándo hay que pagar una entrada para homenajear el 17 de octubre?
No me imagino a Perón cobrando para entrar a la Plaza de Mayo aquel día histórico. No me cerraba. Después, al recorrer el lugar, empecé a entender un poco más. Había peronistas, sí, pero también un espacio con una fuerte presencia vecinalista. Y la expectativa principal estaba puesta en la llegada de Gustavo Pulti.
Está muy bien que Pulti quiera ser candidato. Nadie puede objetarle esa aspiración. Mi diferencia con él viene de hace muchos años y tiene que ver con una cuestión política de fondo: su pensamiento desarrollista, esa concepción según la cual algunos se consideran el cerebro que piensa mientras el músculo peronista trabaja. Una idea que se repite, de distintas maneras, y que termina colocando a determinados dirigentes por encima de los compañeros, como si fueran los únicos capaces de ordenar y conducir al peronismo.
Pero ¿quién les dio esa facultad? ¿Quién decidió que el resto debe esperar instrucciones? La construcción política es de abajo hacia arriba, no de arriba hacia abajo. Lo venimos diciendo desde hace mucho tiempo. Lo dijo el papa Francisco, lo sostiene Axel Kicillof y lo hemos repetido innumerables veces: la construcción debe comenzar desde abajo, desde la periferia hacia el centro, desde los compañeros y las compañeras que militan, trabajan y conocen la realidad de cada lugar.
Sin embargo, parece que algunos no escucharon bien. En las declaraciones de dirigentes que tuvieron participación en estos actos aparecen con claridad dos concepciones diferentes, aunque ambas terminan coincidiendo en algo: las decisiones se toman desde arriba. Por un lado, Máximo Kirchner señaló a Fernanda Raverta como candidata del peronismo en Mar del Plata. Por otro, Andrés Larroque manifestó que el candidato para nuestra ciudad es Gustavo Pulti.
Entonces, ¿en qué quedamos? ¿Quién decidió que esos nombres deben ser los candidatos? ¿En qué lugar quedó la participación del conjunto del peronismo marplatense? ¿Dónde está la convocatoria a todos los sectores? ¿Dónde está el debate político que permita discutir ideas, propuestas y proyectos para la ciudad?
No alcanza con repetir consignas históricas del peronismo si después las prácticas políticas van en sentido contrario. Las palabras pierden contenido cuando se utilizan solamente para justificar conveniencias propias.
El Peronismo Marplatense atenazado entre La Cámpora y el vecinalismo
Lo que estamos viendo es un peronismo marplatense atenazado, atrapado entre La Cámpora y el vecinalismo. Como si no tuviera voz propia, como si su destino debiera resolverse entre dos espacios que parecen disputar quién tendrá la última palabra sobre las candidaturas. Y mientras tanto, el resto del peronismo debe acomodarse donde pueda.
Esta situación no es nueva. Hace tiempo que venimos señalando la ausencia de espacios reales de discusión interna, la falta de ámbitos donde los compañeros puedan debatir, plantear diferencias y construir acuerdos.
Porque no hay un adentro donde discutir. No hay un lugar donde lavar los trapos sucios, como tantas veces se reclama, sencillamente porque ese espacio de debate no existe o no funciona como debería.
Entonces, las diferencias terminan expresándose públicamente, en un escenario abierto, porque no hay otro lugar donde hacerlo.
Y después aparecen las frases hechas: que no es momento, que no hay que discutir con un compañero, que las diferencias le hacen el juego a la derecha. ¿Pero cuándo es el momento? ¿Cuando lo deciden quienes tienen las llaves de las estructuras partidarias? ¿Cuando ya está todo resuelto y solamente queda obedecer?
No se puede vaciar de contenido el pensamiento peronista repitiendo sus consignas mientras se niega la participación de quienes deberían ser sus protagonistas.
El peronismo no nació para ser una estructura cerrada, ni una agencia de colocaciones, ni un espacio donde unos pocos deciden y los demás acompañan. Nació de la organización popular, de los trabajadores y de una voluntad colectiva que irrumpió en la historia para transformar la realidad.
Por eso resulta tan contradictorio escuchar hablar de construcción desde abajo hacia arriba y, al mismo tiempo, aceptar que desde otros lugares se decreten candidaturas para Mar del Plata.
También llama la atención que se hable de armonía y de que está todo ordenado mientras las decisiones parecen estar tomadas de antemano y los espacios de discusión siguen sin abrirse al conjunto.
No se trata de negar las aspiraciones de ningún dirigente. Se trata de discutir cómo se construye una propuesta política, quiénes participan y qué lugar tienen los militantes. Se trata de entender que el peronismo no puede ser el furgón de cola de ninguna otra fuerza.
Primero la patria. Y la construcción, de abajo hacia arriba, de la periferia al centro.
Por eso, más allá de la tristeza que dejan estas divisiones, el encuentro de la tarde del 17 de Octubre fue una bocanada de aire. Una posibilidad de recuperar, aunque fuera por un momento, aquello que nos reúne: la figura de Perón, su palabra, nuestra marcha y el abrazo entre compañeros.
Mientras por la mañana se expresaba una forma de entender la política y por la noche aparecía otra, nosotros elegimos encontrarnos sin cobrar entradas, sin buscar protagonismos personales y sin excluir a nadie.
Tal vez allí esté una de las enseñanzas más importantes de esta jornada.
El 17 de octubre no puede convertirse en una fecha utilizada para legitimar acuerdos cerrados, candidaturas anunciadas desde arriba o disputas por espacios de poder. Es una fecha que nos recuerda que la política se construye con el pueblo y que ninguna estructura puede apropiarse de una historia que pertenece a millones de argentinos.
Lo que pasó en Mar del Plata nos obliga a reflexionar. El peronismo necesita recuperar el debate, la participación y la capacidad de convocar a todos sus sectores. Necesita dejar de lado los círculos cerrados y volver a escuchar a quienes, desde abajo, sostienen cotidianamente la militancia.
Cada uno sabrá qué lugar ocupa y qué debe hacer frente a esta realidad. Pero no podemos dejar de señalar lo que está pasando, porque callar tampoco ayuda a construir.
Y, sin embargo, el 17 de octubre también nos dejó algo maravilloso: la emoción de encontrarnos, la posibilidad de escuchar nuevamente a Perón y la certeza de que, aun en medio de las diferencias, hay compañeros dispuestos a mantener vivas las banderas.
Quiero cerrar con el recuerdo de la emoción de quienes vivieron aquella jornada, a la multitud que llegó desde las fábricas y los talleres, con sus ropas de trabajo, sus rostros marcados por el esfuerzo y una misma fe.
Porque el 17 de octubre fue mucho más que una fecha. Fue el protagonismo de los trabajadores, la irrupción de un pueblo que se hizo escuchar y el nacimiento de una identidad política que transformó la historia argentina.
Ese es el legado que no debemos perder.
Que las diferencias no nos hagan olvidar de dónde venimos. Que las disputas por las candidaturas no nos hagan perder de vista para qué existe el peronismo. Y que ninguna dirigencia crea que puede reemplazar con decisiones de arriba la voluntad de quienes construyen desde abajo.
Lo que el 17 de octubre nos dejó es una advertencia, pero también una esperanza: el peronismo sigue teniendo sentido cuando vuelve a encontrarse con su pueblo.
Primero la patria. Siempre.
(*) Ex Presidente del Partido Justicialista de General Pueyrredon.
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