Un freno para la decisión unilateral en Plaza Rumencó, el paso de la topadora y la polémica por la hidrovía
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En Mar del Plata hay proyectos que avanzan en silencio… hasta que alguien prende la luz. Y esta semana, la luz la encendió la Justicia. El Juzgado Contencioso Administrativo N° 2 dictó una medida cautelar que frena en seco cualquier intervención sobre el predio de avenida Jorge Newbery al 5000. Ahí donde se proyecta el desarrollo inmobiliario “Plaza Rumencó”, ahora hay una orden clara: no se toca nada. No es un fallo menor. Es una señal. El juez entendió que hay algo básico que no está: la Declaración de Impacto Ambiental. No un trámite más, sino el acto administrativo clave que habilita —o no— cualquier proyecto con impacto sobre el entorno. Sin eso, avanzar no es un desliz: es saltear una condición esencial. Y hay otro dato que incomoda: el expediente todavía está en trámite en el Concejo Deliberante. Es decir, el proyecto no tiene ordenanza aprobada. Está en comisión, en discusión política, en esa zona gris donde muchas veces se negocia más de lo que se debate.

Sin embargo, según la presentación judicial, y como también se consignara en este medio, ya había movimientos en el terreno. Intervenciones materiales. Deforestación. Hechos consumados que, de seguir, podían generar un daño “irreparable o de muy difícil recomposición”. Ahí aparece el corazón de la cautelar: el peligro en la demora. La Justicia no resolvió el fondo —todavía—, pero sí algo más urgente: evitar que cuando llegue la sentencia, el paisaje ya haya cambiado para siempre. En ese equilibrio fino entre desarrollo y ambiente, el fallo se para del lado de la prevención. Y también deja un mensaje político: no hay atajos administrativos cuando se trata de impacto ambiental. La medida alcanza a la empresa, pero también a la Municipalidad. No es un detalle. El juez le recuerda al Estado local que no solo regula: también debe hacer cumplir. Mientras tanto, el expediente 1154-D-2026 sigue su curso en el Concejo. Y ahora, con una cautelar arriba de la mesa, ya no es lo mismo discutirlo. Porque una cosa es debatir un proyecto. Otra, es hacerlo con la Justicia marcando el ritmo.

Y ahí aparece lo que en los pasillos se comenta en voz baja: el timing. La cautelar no llega en cualquier momento. Llega cuando el oficialismo necesita ordenar su agenda urbana, cuando el vínculo con algunos desarrolladores vuelve a estar bajo la lupa y cuando el Concejo empieza a mostrar fisuras internas sobre hasta dónde avanzar. Nadie lo va a decir en público, pero el fallo obliga a recalcular. A todos. Al Ejecutivo, porque queda expuesto en su rol de control. A los concejales, porque ya no alcanza con mirar para otro lado. Y al privado, porque el margen de hecho consumado se achicó de golpe. Lo de Rumencó deja de ser solo un proyecto inmobiliario para convertirse en otra cosa: un caso testigo. De esos que marcan precedente. De esos que ordenan —o desordenan— la discusión hacia adelante. Porque si algo dejó claro esta cautelar es que, al menos por ahora, en Mar del Plata el desarrollo no puede ir más rápido que las reglas. Y eso, en una ciudad donde muchas veces primero se construye y después se discute, no es un dato menor.

El megaoperativo en la Feria de la Bristol no fue uno más. Más de un centenar de efectivos de la Prefectura Naval Argentina, seis procedimientos simultáneos, 8.000 productos secuestrados y un dato que impacta: más de $500 millones en mercadería incautada. Pero detrás de las cifras aparece algo más profundo que la infracción a la ley de marcas: el uso —y abuso— del espacio público en Mar del Plata. La denominada “Saladita marplatense” funcionaba con más de 160 puestos en una de las zonas más transitadas de la ciudad, sobre el Boulevard Marítimo, en plena circulación turística. Una postal conocida, tolerada durante años, donde convivían la informalidad, la venta masiva y, según la investigación judicial, irregularidades que ahora quedaron expuestas. La causa, a cargo del juez federal Santiago Inchausti y el fiscal Santiago Eyherabide, se activó a partir de una denuncia del municipio. Es decir, hubo decisión política. Y cuando hay decisión, el escenario cambia.

Ahora bien, en una ciudad con antecedentes de avances intermitentes sobre la ocupación del espacio público, la pregunta no es solo qué se encontró, sino por qué ahora y, sobre todo, qué viene después. Porque Mar del Plata ya vivió episodios similares: operativos contundentes que ordenan por un tiempo, pero que luego ceden ante la dinámica de la economía informal y la falta de controles sostenidos. En ese espejo aparece otro punto sensible: Plaza Rocha. Un espacio donde la ocupación del espacio público se volvió parte del paisaje cotidiano, con ferias informales, venta ambulante y una convivencia tensa entre regulación y tolerancia. (¿La idea es trasladar lo que sucede en Plaza Rocha a un predio lindante a la Estación Ferroautomotora?) Un equilibrio frágil que, con el tiempo, terminó naturalizándose. Lo ocurrido en la Bristol rompe, al menos momentáneamente, esa lógica. Interviene, ordena y marca presencia estatal. Pero el verdadero desafío no está en el impacto inicial, sino en la continuidad. Sin una política sostenida, el riesgo es conocido: que el orden dure lo que dura el operativo y que, con el paso de las semanas, todo vuelva a su lugar.

El tema de fondo no es solo comercial. Es urbano, social y político. Se trata de definir quién puede ocupar el espacio público, bajo qué condiciones y con qué controles. Durante años, la ciudad administró zonas grises, muchas veces justificadas por la crisis económica, pero que también generaron desorden, competencia desleal y pérdida de autoridad. La Bristol, por ahora, quedó vacía. La incógnita es si esa imagen será excepcional o el inicio de un cambio de criterio. Y, en paralelo, si ese mismo criterio se trasladará a otros puntos calientes de la ciudad. Porque si algo dejó en claro este operativo es que, cuando el Estado decide intervenir, puede hacerlo. La pregunta es si está dispuesto a sostenerlo. La feria no nació ayer. Tampoco creció sola. Hubo años de tolerancia, de organización interna, de alquileres informales de puestos y de una lógica que todos conocen pero pocos dicen en voz alta. El operativo puede marcar un antes y un después. O puede ser apenas otro capítulo en la larga historia de idas y vueltas entre controles, anuncios y retrocesos.

La discusión sobre la hidrovía volvió al centro de la escena, pero una vez más corre el riesgo de quedar atrapada en un terreno engañosamente técnico. Calados, dragado, pliegos y licitaciones dominan el debate público, mientras por debajo se mueve una discusión mucho más profunda: quién controla la principal vía de salida del comercio exterior argentino. En ese punto aparece con fuerza la mirada de Horacio Luis Tettamanti, marplatense, ex subsecretario de Puertos y Vías Navegables, quien desde hace años advierte que el problema no es el dragado en sí, sino el modelo logístico que se consolidó en las últimas décadas. Según plantea, la Argentina quedó atrapada en una lógica de “dragado infinito”, en la que cada profundización del canal genera nuevas necesidades de intervención, mayores costos y una dependencia creciente. La tesis no es menor: al forzar al Paraná a comportarse como un canal artificial y no como un sistema deltaico dinámico, se altera su equilibrio natural. El resultado es conocido: sedimentación creciente, dragado permanente y un esquema que se vuelve cada vez más difícil de sostener sin mayores inversiones. Pero además, advierte Tettamanti, ese modelo fragmenta el sistema logístico, separa lo fluvial de lo marítimo y termina derivando flujos hacia puertos externos, debilitando la capacidad de decisión argentina sobre su propio comercio.
Mientras ese debate estructural busca instalarse, en paralelo se sumó en las últimas horas un elemento que complejiza aún más el escenario: la geopolítica. Un informe difundido por el periodista Gonzalo Delmonte reveló que asesores vinculados a una empresa estadounidense pusieron bajo sospecha a la firma belga Jan De Nul, uno de los principales competidores en la licitación de la Vía Navegable Troncal. Según ese planteo, existirían vínculos indirectos entre socios de la compañía y capitales estatales chinos asociados al Partido Comunista. Si bien no se detectaron incumplimientos formales en los pliegos, el señalamiento encendió alarmas en un contexto donde la hidrovía comienza a ser leída también como un activo estratégico de “seguridad nacional”. El dato adquiere mayor relevancia en el marco de la relación política entre el presidente Javier Milei y Donald Trump, en momentos en que Estados Unidos busca reforzar su presencia en América Latina y limitar la expansión china en sectores clave. En ese tablero, el control de las rutas logísticas aparece como un factor central.

De este modo, el escenario combina dos planos que se superponen: por un lado, la discusión técnica y estructural sobre el modelo de navegación y, por otro, una creciente disputa geopolítica por la influencia en infraestructuras estratégicas. En el medio, la Argentina enfrenta una paradoja persistente. Posee uno de los sistemas fluviales más importantes del mundo, pero no logra traducir esa ventaja en mayor autonomía ni en una reducción de sus costos logísticos. Por el contrario, el esquema vigente tiende a consolidar dependencias y a limitar el desarrollo de nodos propios. El impacto de esa lógica se percibe también a nivel local. Mar del Plata es un caso ilustrativo. Sin la concreción del Canal Magdalena, el puerto continúa condicionado a un rol predominantemente pesquero, sin integrarse plenamente a un sistema logístico más amplio que le permita proyectarse como nodo estratégico del Atlántico Sur. No se trata de una limitación natural, sino del resultado de decisiones que, como señala Tettamanti, responden a un diseño fragmentado del sistema.
La hidrovía, entonces, deja de ser una cuestión meramente técnica para convertirse en un punto de intersección entre economía, política y geopolítica. Allí se define no solo cómo se transportan las exportaciones, sino también quién controla esos flujos, quién captura el valor agregado y qué lugar ocupa el país en el mapa global. Con una licitación en marcha y múltiples intereses en juego, la discusión de fondo vuelve a plantearse con fuerza: si la Argentina continuará profundizando un esquema basado en intervenciones crecientes y dependencia estructural, o si avanzará hacia un modelo integrado que le permita recuperar capacidad de decisión sobre su principal corredor logístico. El río sigue corriendo. Pero lo que está en disputa ya no es su profundidad, sino su control.
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