Nos perseguían los uniformes. Corrimos. Sentía que me alejaba del jardín de mis abuelos. Me detuve y me vi: agitada y desprolija, también llevaba uniforme. Entonces ¿por qué huir? Podía perderme entre los demás. Intenté imitar a mis vecinos: no hablar, no ver, no oír. Así abrí la puerta hacia una temporada de un inverno demasiado frío, demasiado oscuro.
Sobreviví oculta en mi uniforme azul y gris, entre ecuaciones y fórmulas. De esta manera resultaba fácil autocensurar sentidos y pensamientos. Sin embargo, a veces la mano se desprendía del cuerpo y dibujaba insectos, niños extraviados, monstruos, cuerpos flotando y, en algún momento de distracción, un jardín escondido.
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