Entre el policial y el suspenso, "Un rumor no deja de ser un ruido" propone una protagonista que intenta reconstruir lo que le pasó y, así, "salvar" su vida. "Quería que pudiera haber más de una verdad sobre los acontecimientos", dijo la autora en una nota con LA CAPITAL.
Por Claudia Roldós
Mayra Arguindeguy despierta, alarmada, escuchando un pitido insoportable. De fondo se escucha un noticiero. Rápidamente se da cuenta de que no está en su cama, no puede abrir los ojos, no se puede mover y tiene un dolor que no comprende en la garganta… hasta que una voz le dice a alguien más que está sedada y tiene una sonda.
Así comienza “Un rumor no deja de ser un ruido” (Caburé), la primera novela de Triana Kossmann, que indaga cómo es cobrar conciencia en terapia intensiva. Pero no solo eso. Kossmann va mucho más allá y pone a la protagonista en una carrera por entender –entre los momentos de lucidez y los de delirio causados por los medicamentos– qué le pasó, por qué está ahí y quién es el responsable. Algo supone y es no haber intentado suicidarse.
En una historia en la que no hay certezas, la protagonista apela a su memoria, a los retazos de información que logra escuchar, para intentar obtener respuestas y salvar su vida porque entiende que alguien la quiso matar y presiente que volverá a “terminar el trabajo”.
Con un ritmo que se acelera y se calma a la par de los efectos de las drogas que le van suministrando, la experiencia de lectura comparte la incertidumbre y la ansiedad de este personaje que, además, está envuelto en una trama oscura que involucra la relación tensa que mantiene con su familia y el emprendimiento gastronómico que lleva adelante con su pareja. Y ahí otra de las claves de la historia: las relaciones familiares, las críticas de las nuevas generaciones a sus padres, la intención de cambiar y hasta dónde se puede despegar de las formas y los códigos que tanto critica.
Ambientada en una Mar del Plata contemporánea, “Un rumor no deja de ser un ruido” fue editada por Caburé, a través de un sistema de preventa que permitió que actualmente la novela se encuentre en proceso de impresión. En mayo estará disponible en librerías y para compra online a través de la página de Caburé libros.
Los ruidos fueron el germen de la historia de Kossmann, quien sufre de acúfenos –percibe sonidos que no son producidos por una fuente externa– que repercuten en su concentración y su estado de ánimo. Desde allí, desarrolla una historia que trabajó de una forma que ella misma define como “el antipolicial”, ese en el que “todo sale mal”.
Kossmann es periodista y vive en Mar del Plata desde hace más de una década. Se dedica a la comunicación institucional y, además, es cofundadora de revistaleemos.com, un medio de comunicación digital orientado específicamente al mundo literario que, tras un impasse, está nuevamente activo. También forma parte del equipo de la Biblioteca Comunitaria Elena Ekimoff, que funciona en la Sociedad de Fomento del Barrio Las Dalias, donde colabora para difundir los libros y la lectura.
La autora conversó con LA CAPITAL sobre el origen de la historia, la construcción de la incertidumbre como eje narrativo, la voz de la protagonista como “narrador poco fiable”, los entresijos de los vínculos familiares que atraviesan la trama y el desafío de publicar su primera novela.
—¿Cuál fue el punto de partida del relato? ¿Tiene que ver con algún miedo personal? ¿Con el momento en el que escribiste esta historia?
—El punto de partida fueron los ruidos. Yo tengo acúfenos y a veces me pasa que me cuesta pensar, concentrarme en lo que estoy haciendo porque no puedo abstraerme de los ruidos que escucho. Así se me ocurrió la situación en la que puse al personaje de Mayra para esta novela, donde todo lo que piensa está filtrado por infinidad de ruidos que vienen de los aparatos que la rodean, pero también de su propia situación de salud física y, por qué no, mental.
Pero lo primero que tuve definido fue la voz de la protagonista, cómo iba a hablar, cómo era su estructura de pensamiento. Y, elaborando cómo serían sus reacciones, fui construyendo la situación de incertidumbre, la duda, los miedos y sus convicciones sobre lo que pasó y lo que está segura de que no pasó, aunque desde afuera aparezca una explicación que suena más sensata o verosímil que la que ella evalúa.
Hasta ahora no había pensado en la relación entre la historia que cuento y el momento en que la escribí. Pero como fue en 2022, saliendo de la pandemia, puede ser que algo de esa inmovilidad, ese encierro, esa sensación de quietud o aprisionamiento se haya filtrado por ahí.
“Siempre quise escribir un policial en el que todo salga mal”
“No hay redención posible”
—¿Te interesaba explorar, más allá de la historia de Mayra, cómo se construye una realidad con retazos de información, de recuerdos y de sentires? ¿Y también contar la influencia o el impacto de la alteración de la conciencia generada por medicación?
—Sí, algo de eso había. Que hubiera retazos de información y que además esos retazos pudieran estar completamente en duda todo el tiempo. Yo siempre quise escribir un policial en el que todo salga mal. Le digo “el antipolicial”, donde la investigación sea un fracaso y no haya redención posible. El hecho de que ella esté bajo los efectos de la medicación me pareció crucial para sumar ese rasgo constante de incertidumbre y cómo hacer que algo que se presenta como verdad pueda ser cuestionado un segundo después.
—Que toda la información esté fragmentada y distorsionada, fue la forma de poner en duda todas las versiones, incluso la que va construyendo Mayra.
—Me gustaba la idea de pensar una historia en la que no hubiera certezas y cómo prácticamente todo podía ser verdad o ser un invento. Esto que en narrativa se le dice el narrador poco fiable fue una herramienta más, pero en especial quería que los datos se presentaran y se evaluaran como aparecen en el pensamiento, desordenados, interrumpidos, poco desarrollados. Me resultó muy divertido trabajar el texto y la historia en esta línea, más con una voz como la del personaje de Mayra.
—Hay algo en la incertidumbre de la protagonista, en cómo percibe olores, sensaciones y lo que escucha sin poder moverse ni abrir los ojos, que genera ansiedad. ¿Era esa sensación la que buscabas?
—Sí, quería dos cosas: que se pueda sentir el vértigo de sus delirios y la calma de sus momentos de contemplación y que en realidad pueda haber más de una posible verdad sobre los acontecimientos que se narran. Eso sobre el efecto que quería que el texto provoque, es una de las pocas cosas que tenía en claro al momento de empezar a escribir.
El humor y los ruidos
—Más allá de la situación en la que se encuentra la protagonista, hay en sus pensamientos –y en tu narrativa– humor. ¿Ocupa un lugar importante el humor en tu vida?
—Sí, es importante. Y desde hace poco me lo tomo muy en serio, aunque suene paradójico. Creo que me funcionó mucho tiempo como mecanismo de defensa ante la incomodidad, por ejemplo, pero hoy lo aprecio como una faceta muy importante de mi personalidad.
—¿Cómo trabajaste los elementos de tu experiencia personal para que formen parte de la historia, sin contar una historia autobiográfica?
—Si lo pienso un poco, creo que lo que hice fue extrapolar algunos rasgos de mi experiencia o lo que conozco y darles otro contexto, otra estructura, otro plano donde dejarlos germinar y ver qué pasaba con eso y cómo funcionaba la cosa. El humor podría ser uno y los ruidos, otro. Me parece que no hay forma de no apelar a lo que conocés y, con lo que no conocés, mejor no entrar en tanto detalle porque se resquebraja.
“Todo lo que piensa –la protagonista– está filtrado por infinidad de ruidos que vienen de los aparatos que la rodean, pero también de su propia situación de salud física y, por qué no, mental”, compartió Triana Kossmann sobre el punto de partida de su primera novela.
—La protagonista es emprendedora. ¿Qué sea del mundo de la cerveza artesanal tiene que ver con esa dicotomía con la tradición gastronómica, vinculada al enfrentamiento que tiene con su familia?
—Sí. La verdad es que yo no sé si existe realmente esa tensión entre cervecerías y restaurantes. Me imaginé este escenario donde pudiera crecer una dicotomía entre una parte con gran tradición y otra que viene a ser la renovación o el cambio, que es un poco la discusión propia entre generaciones: lo que se definió como bueno antes y lo que viene a debatir eso, a repensarlo. Lo que me interesaba trabajar sobre este aspecto es qué queda de lo viejo en lo nuevo o cuánto hay de nuevo, en realidad.
—Mayra se termina pareciendo a aquello que rechaza.
—Mayra tiene una lucha con su familia porque reprueba de algún modo todo lo que su familia hace y se vanagloria de tratar de hacer siempre lo contrario. Y, de algún modo, va descubriendo, en el devenir de los hechos que va pudiendo reconstruir, que no se diferencia tanto de eso que ella tanto reprueba y que tanto desprecia de su propia familia. De alguna manera, hay un debate sobre la pertenencia, cómo se construye la identidad y hasta qué punto podemos realmente diferenciarnos del lugar de donde venimos y de la gente de la que provenimos.
—¿Te interesaba mostrar también cómo, incluso en situaciones extremas, las reacciones de la familia pueden estar atravesadas por cómo eran los vínculos, la experiencia previa y por cómo la situación afecta a cada uno?
—Sí, me divertí mucho construyendo toda esa dinámica familiar que no tambalea ni en los peores momentos; todos esos vínculos tirantes, esa identificación, los antagonismos, las resistencias. Pero también quería darle volumen a los personajes que la rondan, el novio, la enfermera, la amiga, que son como un círculo pequeño y a quién le cree, qué otras verdades construye con la información que ellos le proporcionan.
“Me gustaba la idea de pensar una historia en la que no hubiera certezas y cómo prácticamente todo podía ser verdad o ser un invento”.
—¿El género de esta novela tiene que ver con tu gusto personal? ¿Con una concepción de la realidad en ese registro?
—Planeé la estructura de un policial, que es un género que me encanta. Pero por mi experiencia en la biblioteca, me parece que tendría que ir en el estante de suspenso, en realidad. En eso estoy en duda.
—¿Vos considerás también que no hay “buenos” en esta historia?
—Sobre los buenos y malos, yo quise que la deriva del personaje, sus elucubraciones la fueran corriendo de esa falsa dicotomía. De lo que suelo leer o cuando miro series o películas, me desencanta inmediatamente cuando encuentro personajes que tienen que aclarar que ellos son los buenos, que los otros son los malos. ¡A veces hasta lo dicen y todo! Y acá me animé a llevar eso a ciertos límites, espero que funcionen.
—¿Recordás si hubo un momento en la escritura en el que la historia tomó un camino distinto al que te habías imaginado al principio?
—No exactamente, pero sí que cuando estaba con un primer borrador bastante avanzado, que lo trabajé en una clínica con Martín Sancia Kawamichi, tuve que apurarme a escribir el final porque no quería que nada me desviara de ese punto al que quería llegar. Se me aparecían alternativas que se veían atractivas para explorar, pero quise ser precavida para que no se me desvíe la atención. Lo controlé bastante en ese primer borrador, y después cuando fui corrigiendo me permití algunas digresiones y volteretas para reforzar el tono de la historia.
En la novela, “hay un debate sobre la pertenencia, cómo se construye la identidad y hasta qué punto podemos realmente diferenciarnos del lugar de donde venimos y de la gente de la que provenimos”.
La experiencia de publicar
—La novela se publica a través de una preventa, un modelo cada vez más frecuente en editoriales independientes. ¿Cómo fue la experiencia de apostar a ese sistema para que el libro vea la luz?
—Puedo decir que fue interesante, pero me moví un poco a ciegas. Yo difundo los libros y la lectura desde hace más de una década, pero hacerlo para un libro propio es otro mambo. Y como cada experiencia de preventa es tan particular, no hay cómo evaluar si vas a buen ritmo o muy lento o qué, porque la cantidad de ejemplares, los montos, los tiempos, son muy distintos en cada editorial. También hay que tener en cuenta que es un momento muy complejo, la economía está en las últimas y pedirle a la gente que te compre un libro y que encima va a tardar 60 días en llegarle, no es fácil. Por suerte tuve el apoyo de mucha gente conocida y querida de los medios y la comunidad lectora que me dio una mano gigante.
—¿Qué significa haber terminado la novela y logrado todos los pasos para poder publicarla? ¿Te sirve de aliciente para avanzar con otras historias –seguramente hay proyectos que tenés empezados o ideas esbozadas–?
—Es un logro increíble para mí, porque no tengo disciplina. Me cuesta mucho sostener el compromiso con mi deseo cuando escribo, por eso hasta ahora solo había escrito cuentos. Tengo varios textos –que podrían ser novelas– empezados, ideas, etcétera, pero tengo una tenacidad para el autoboicot que ni te explico. Por eso haber mandando el manuscrito a la editorial ya fue un paso enorme y que me lo hayan aceptado, ni hablar. Y sobre otros proyectos, diría que sí, estoy bastante encaminada. Pero por ahora me lo estoy tomando con calma. Espero tener más tiempo, darme el tiempo.
—¿Qué expectativas o ansiedades te genera que la historia se encuentre con los lectores y la reacción?
—Me intriga mucho saber qué se lee de lo que yo quise escribir, cuánto de lo que creo haber sugerido o escondido en la historia, el registro, la psicología del personaje se ve y se detecta y cuánto puede fallar de eso. Me interesa mucho qué tipo de conversaciones nuevas pueden surgir con las personas con las que siempre hablo, y qué nuevas personas van a conversar conmigo, en persona o a través del libro. Yo, al final, siempre quiero charlar sobre libros y ver si decimos algo nuevo, o al menos algo que no esté demasiado dicho.
Triana Kossmann, durante la entrevista con LA CAPITAL.
—Venís del periodismo cultural. ¿Cómo te resultó pasar de ese lugar de lectura y análisis al de construir tu propia ficción?
—Creo que lo único que cambia es que, quienes me lean, me van a leer habiendo hecho otro pacto, otro acuerdo entre nosotros. Y me parece fascinante ese cambio de rol, esos otros anteojos que una se pone para leer. Porque me pasa cuando agarro un cuento o una novela de alguien que ya leí en otro registro, y es como si la narrativa me la contaran al oído. Es como la construcción de una intimidad con esa o ese, que al final sigue siendo un desconocido, pero con el que ya compartimos algo más.
—Después de haber acompañado durante tanto tiempo a autores desde el periodismo y la difusión, ¿cómo vivís estar del otro lado, ser la que responde las preguntas?
—Es rarísimo, pero estoy en un cumple desde que salió la preventa. Y también muy esclarecedor respecto de mi rol como entrevistadora, por ejemplo. Voy elaborando respuestas sobre la marcha a preguntas que no me había hecho y que hasta que no me las hacen ni las había imaginado. Y ahora no puedo creer a la cantidad de gente que le hecho preguntas y que escuché sus respuestas suponiendo que la tenían clarísima. Hoy me doy cuenta de que estaban ensayando ideas sobre lo que habían escrito o intentado, como yo acá. Y de que la mayoría de las respuestas debió haber empezado con un “no tengo ni la menor idea”.