Yo, mí, me, con Borges
Una evocación a, exactamente hoy, cuarenta años de la partida física del más grande escritor argentino y uno de los principales de la literatura occidental.
Borges, durante una entrevista realizada en 1984 por el diario LA CAPITAL.
Por Juan Pablo Neyret (*)
Es un tópico en la literatura borgesiana cifrar la identidad y el destino de un hombre en un hecho clave, único e irrepetible, de su vida. Así, en el Poema conjetural el doctor Francisco Narciso de Laprida descubre en su muerte a manos de los montoneros de Aldao su insospechado rostro eterno y sudamericano. El sargento Cruz, en medio de una pelea de la partida policial a la que pertenece, se quita el quepí y se pone a luchar al lado y del lado del desertor Martín Fierro. Una tarde, poco después del domingo 14 de junio de 1986, bajando las escaleras de la Biblioteca Pública Municipal “Leopoldo Marechal”, yo mismo me quedé estacado en el descanso entre peldaños preguntándome: ¿cómo sigue el mundo sin Borges?
Una sensación análoga vivió Adolfo Bioy Casares en las calles de Buenos Aires cuando se descubrió dando sus primeros pasos sin Borges, fallecido aquel séptimo día en Ginebra. Algo parecido me había tocado vivir el 12 de febrero de 1984, también en domingo y asimismo enterado por la AM de LU6 de la partida física de Julio Florencio Cortázar en París. Esa tarde una amiga, hija de detenidos-desaparecidos, me regaló simbólicamente el ejemplar de la edición original de Último round que había sobrevivido en la biblioteca de sus padres. Yo venía de leer con fruición sus dos últimos libros de cuentos, publicados por Nueva Imagen, Queremos tanto a Glenda y Deshoras.
Una tarde, poco después del domingo 14 de junio de 1986, bajando las escaleras de la Biblioteca Pública Municipal “Leopoldo Marechal”, yo mismo me quedé estacado en el descanso entre peldaños preguntándome: ¿cómo sigue el mundo sin Borges?
Lo mismo sentí con Borges. ¿Cómo atravesar la vida sin la expectativa de su próximo libro? En la Fray Mocho de San Luis y Rivadavia había comprado Los conjurados (Alianza Editorial), su último volumen bajo el reino de este mundo, y enseguida me fui a comenzar su lectura en la plaza San Martín, bajo los árboles. Ya había pasado por su deslumbrante poema inicial, Cristo en la cruz, y en una de las páginas siguientes me aguardaba una sentencia: “No hay un instante que no esté cargado como un arma”. En ese mismo instante algo verdoso cayó sobre la página: una paloma había determinado descargarse como un arma sobre el libro. Desde entonces, pocos ejemplos como éste me han acompañado para definir la relación entre literatura y vida cotidiana.
Al lunes siguiente de su muerte, Borges fue noticia de primera plana en los periódicos de todo el mundo. El mejor título que leí le correspondió a La Gaceta de Tucumán merced al tiempo verbal elegido: “Ha muerto Borges”. En esta misma LA CAPITAL mandaba una contratapa redactada por el académico y periodista Ignacio Manuel Zuleta, que lo calificaba como el último ejemplo del escritor romántico, aquel en el que vida personal y creación literaria eran una y la misma cosa.
Nicolás Rosa puntualizó en El arte del olvido –título tomado de un verso borgesiano– que “escribir sobre Borges es, hoy, escribir con Borges”. En la última Feria Internacional de Libro de Buenos Aires, dentro de las actividades dedicadas a “40 años sin Borges”, el docente y escritor Martín Kohan citó un artículo de la crítica Josefina Ludmer consagrado a cómo salir de Borges. Sosteniendo que Borges no sólo es parte del canon de la literatura contemporánea (algo que refrendó Harold Bloom en El canon occidental) sino que es en sí mismo una literatura, (se) preguntó por qué salir de un lugar que nos es tan grato. Aun ante la necesidad del parricidio que genera una presencia tan potente como la de Borges, plantearse salir de él conlleva el movimiento opuesto de entrar en él y navegar como se lo hace en la internet.
Betto me presentó como “un joven escritor de 18 años”, a lo que respondió “yo alguna vez también tuve dieciocho años”. Nunca podré decir que yo alguna vez también fui Borges.
Me tocó ser de los más jóvenes que conocieron al Borges más anciano. La primera vez que lo vi fue en 1981 a la salida de Canal 8, donde había grabado un programa especial precisamente con Ignacio Zuleta. Esa noche ofreció una conferencia inolvidable en el Teatro Auditorium, luego de la cual crucé el Boulevard Marítimo para estrecharle la mano. Sentí que su piel era lisa y fina como el nailon, y supe luego que ésa fue la razón por la que se vio impedido de aprender la lectura en sistema Braille.
Volvimos a encontrarnos en 1982, antes de la Guerra de Malvinas, en su departamento porteño de Maipú 994, 6° B, adonde me llevó mi hermano mayor putativo Luis Alberto “Betto” Melograno Lecuna, entonces Director de Cultura de la Municipalidad. Nos recibió en su living con sillones tapizados de color verde inglés, sin saco y con una camisa abrochada hasta el último botón, bajo un equipo de aire acondicionado que todavía no sé cómo no lo mató de una pulmonía. Betto me presentó como “un joven escritor de 18 años”, a lo que respondió “yo alguna vez también tuve dieciocho años”. Nunca podré decir que yo alguna vez también fui Borges.
En el invierno de 1983 fui a verlo junto con dos compañeros de Letras de la Universidad Nacional después de la cena en el restaurante “La Crevette”. Me senté a su diestra y pasamos el tiempo hablando de literatura anglosajona e inglesa. De la primera, recitó un fragmento del Lamento de Déor. De la segunda, nos unimos para decir en voz alta una estrofa de la Balada del viejo marinero de Samuel Taylor Coleridge. Esa noche me agradeció “que alguien me hable de literatura y no de política”.
Una frase del interlocutor disparaba su saber. La última vez, en 1984, tuvo lugar en su habitación del Gran Hotel Provincial y apenas bastaron un par de menciones mías para que se extendiera sobre etimologías del Islam y el por qué en el juego de la ruleta –“¿Aquí sigue habiendo casino?”– siempre ha de ganar la banca (por la existencia de ese legado de los árabes, el número cero). Cuando me fui, su imagen desapareció lentamente en el fade out hasta que se perdió de vista.
“Cuarenta naipes han desplazado la vida”, sentencia Borges en su poema El truco, de su primer libro, Fervor de Buenos Aires (1923). Cuarenta años de su partida física no alcanzan a desplazar su figura, al decir de Beatriz Sarlo, hecha centro desde las orillas. Orillas de una Buenos Aires desde la cual, como en el soneto que le dedica a su ciudad natal, sigue siendo tan eterno como el agua y el aire.
(*) Doctor en Literatura Latinoamericana por The Pennsylvania State University (USA) y Licenciado en Letras Hispánicas por la UNMdP.
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