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Cultura 14 de enero de 2026

Con tener talento no te alcanza: Más importa la calidad que el tamaño

Capítulo 64 de la columna de Marcelo di Marco.

J. K. Rowling. Ilustración de Jorge Estefanía.

Por Marcelo di Marco (*)

Muestra #2

Él ubicaba perfectamente a Natalia, aquella chica que en un tiempo había sido la más hermosa de toda la facultad. Recordaba los colores vivos con que se vestía, su perfume incomparable. Sobre todo, volvían a su mente, una y otra vez, aquellas piernas interminables que parecían no terminar nunca.

Hermosas memorias de juventud, se dijo, dignas de ser revividas.

—En este caso, Pukkas, destacá los adjetivos calificativos. Puede que te lleves una sorpresa.

Él ubicaba perfectamente a Natalia, aquella chica que en un tiempo había sido la más HERMOSA de toda la facultad. Recordaba los colores VIVOS con que se vestía, su perfume INCOMPARABLE. Sobre todo, volvían a su mente, una y otra vez, aquellas piernas INTERMINABLES que parecían no terminar nunca.

HERMOSAS memorias de juventud, se dijo, DIGNAS de ser revividas.

—Leyéndolos en voz alta, máster, como quien lee un listado de palabras sueltas, acabo de descubrir que el adjetivo HERMOSA del primer párrafo se repite en el segundo, en su forma plural: HERMOSAS. Lo primero que se me ocurre es cambiar el segundo a un sinónimo. En este caso, decir “bellas memorias de juventud” solucionaría la repetición.

—No te me apures tanto, Pukkitas. Recordá lo que decimos con Nomi en “Atreverse a corregir”, justamente en una de las últimas notas, cuando dejamos perfilado el método que con el tiempo vino a llamarse Tetra:

En los talleres nos manejamos con un punto de partida que da resultado en el 85 % de los casos, a saber: antes de reemplazar, elimino.

»Poder decir lo mismo con veinte palabras que con cuarenta es parte fundamental de este apasionante juego que llamamos corregir.

—¿Eso quiere decir que el borrador de una novela de ochenta mil palabras podría reducirse a cuarenta mil, máster?

—Exacto. En caso de que no se alteren el tono y la cosmovisión del original, obtendríamos una novela mucho más legible que la de la primera versión.

—De movida, sería una novela mucho más breve, Tío. ¿Eso está bien?

—Está perfecto, Pukkas, si gana en agilidad. Si vos podés contar tu historia con un 50 %, o bien con un 1 % de palabras menos, descontá que el lector te lo agradecerá desde el alma. ¿Por qué preguntás si está bien?

—Porque me parece que publicar un libro gordo es más importante que publicar uno finito.

—¡Ja, ja, ja! ¿De dónde sacaste semejante disparate, pedazo de escornacabras, importante en qué sentido?

—Y… supongo que ver el libro de uno en una estantería, destacándose de los demás por la anchura de su lomo, debe de subírtela mal.

—Eso es una superstición, el sueño de aquellos que buscan aprovecharse de la literatura para sacarle brillo a su endeble estatua. ¡Vean, mortales, pasen y vean! ¡Publiqué un libro de mil quinientas páginas, soy más intelectual que Homero Simpson aunque no me lea ni mi vieja! La calidad literaria es lo que cuenta, Pukkitas, no el tamaño. Además, pensalo desde lo económico: una novela de doscientas páginas tiene más posibilidades de circular y de venderse, gracias a que su precio será lógicamente más accesible que una de cuatrocientas. ¿No te parece obvio que a un autor novel le resulte mucho más conveniente tener costos de producción adecuados a su bolsillo?

—Totalmente, Tío. Y, pensándolo bien, si tengo que basarme en los pocos pibes amigos míos que conozco que andan con algún libro en la mochila, debo decirle que buscan historias que sean rápidas de leer. De consumir, mejor dicho. Un libro de más de doscientas cincuenta páginas ya les resulta pesado.

—¿Ves? En más de una oportunidad me ha tocado bajar de un respetuoso hondazo a algún que otro autor del TCyC cuya novela se le estaba yendo en vicio. En un exceso de desbocada imaginación, como si estuviesen poseídos por el mismo espíritu que le llena el admirable tintero a una J. K. Rowling, sus historias intentan emular ese estilo narrativo; pero terminan perdiéndose en múltiples subtramas y laberintos argumentales que mandan todo al garete.

—Una estructura similar a la de la fantasía épica, pongámosle. O a la de la novela histórica.

—Tal cual, Pukkas. Y después, cuando buscan editor, la realidad les sale al cruce con toda su brutalidad y terminan publicando en e-book, generalmente con resultados catastróficos. Por eso mi humilde consejo, para quienes se atreven por primera vez a un género tan poco controlable como es la novela, es que procuren desarrollar tramas sólidas, en libros bien pulidos y de extensión razonable. Como poder reducirse, todo puede reducirse. Y no hablo de lograr con eso una aceleración del ritmo narrativo, Pukkas. Muchas veces la alternancia de un ritmo veloz con un ritmo lento provoca una dinámica sumamente atractiva. Lento no es sinónimo de aburrido, que quede claro. El problema es cuando la cosa, ya sea rápida o lenta, viene hinchada, redundante y repetitiva. Siempre conviene tener muy presente aquello de García Márquez: “Una cosa es una historia larga, y otra, una historia alargada”.

—Entiendo, máster. Y, ya que estamos citando, me hace acordar de un momento clave de “Mientras escribo”, cuando Stephen King muestra la fórmula que le cambió la vida:

En primavera de mi último curso en el instituto de Lisbon (o sea, en 1966) recibí un comentario manuscrito que cambió para siempre mi manera de enfocar las revisiones. Debajo de la firma del director, reproducida a máquina, figuraba a mano lo siguiente: «No es malo, pero está hinchado. Revisa la extensión. Fórmula: 2da versión = 1ra versión – 10 %. Suerte.»

—Más claro, imposible. Espero que estos dos genios te hayan vacunado contra la sagafilia, Pukkas.

—¿Y esa qué enfermedad vendría a ser, máster?

—Acabo de inventarla. Podría describirse como la manía de escribir sagas interminables que al final tendrán su previsible destino de papelera. Dicho lo cual, te invito a que elimines de la muestra #2 todo lo que puedas eliminar.

—Aquí voy, Tío, cepillando la segunda aparición del adjetivo:

Él ubicaba perfectamente a Natalia, aquella chica que en un tiempo había sido la más hermosa de toda la facultad. Recordaba los colores vivos con que se vestía, su perfume incomparable. Sobre todo, volvían a su mente, una y otra vez, aquellas piernas interminables que parecían no terminar nunca.

MEMORIAS DE JUVENTUD, se dijo, dignas de ser revividas.

—Perfecto, Pukkas, bien hecho. Y te comento algo que para mí es clave: según el dle, lo adjetivo es lo accidental, lo secundario, lo no esencial. Basándome en eso, te comento que hay en la muestra un adjetivo que, si bien no se repite, es redundante mil por mil. ¿Te atrevés a hacer algo con él, ahora que aprendiste que es mejor eliminar que reemplazar?

—Con todo gusto, máster. Creo que sé de qué está hablando. ¿Tiene que ver con un buen par de piernas, ¿verdad?

—Vos lo dijiste, así que adelante con la cirugía.

Él ubicaba perfectamente a Natalia, aquella chica que en un tiempo había sido la más hermosa de toda la facultad. Recordaba los colores vivos con que se vestía, su perfume incomparable. Sobre todo, volvían a su mente, una y otra vez, AQUELLAS PIERNAS QUE PARECÍAN NO TERMINAR NUNCA.

Memorias de juventud, se dijo, dignas de ser revividas.

—Reducción en beneficio del total, Tío Marce. Y que vengan la muestra #3 y todas las que a usted se le canten.


(*) Los capítulos anteriores de Con tener talento no te alcanza pueden leerse haciendo clic acá