Con tener talento no te alcanza: aclarando un montón de cosas
Capítulo 66 de la columna de Marcelo di Marco.
Nomi Pendzik. Ilustración de Jorge Estefanía
Por Marcelo di Marco (*)
—De todos modos, máster, entiendo que en el habla cotidiana el problema no es tan notorio. El tema es cuando uno, a esos adverbios terminados en “mente”, los ve escritos, inmortalizados en la página de un libro. Y, además, en capítulos anteriores (especialmente en el 54) aprendí que no son lo que se dice un problema.
—Por supuesto que no lo son, Pukkas. Al menos a priori. Ya se verá en cada situación, y se los evaluará según el mandato incontrastable del contexto. Si vamos al caso, recién “inmortalizaste” a uno, dentro de la parentética: dijiste “especialmente en el 54”.
—¿Qué es una parentética?
—Una frase aclaratoria.
—Me doy cuenta de que viene de “paréntesis”. ¿Puede ser?
—Exacto, Pukkas, y también se las llama incisos. Te sirven para que puedas agregar alguna información, para meter algún dato que aporte al sentido. Incluso, para embarrar la cancha con alguna ironía de las que solés mandarte. Van entre paréntesis o entre guiones largos, pero también podés encontrarlas entre comas. Y te conviene saber que, cuando intercalás alguna, el sentido de la oración principal no se altera.
—Un ejemplo, máster.
—Si vamos al caso, tenés una parentética famosísima en el comienzo de una de las más geniales novelas que, según opinión unánime de la crítica, se han escrito en nuestra maravillosa lengua española:
En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.
—Ahí lo veo muy clarito, Tío. Ese “de cuyo nombre no quiero acordarme”, puesto así, entre comas, es una aclaración del narrador. Es como que él mete la cuchara personalmente.
—Claro.
—Y vaya a saber por qué Cervantes no quiere acordarse de ese nombre, capaz que alguna historia turbia habrá protagonizado el tipo en aquel lugar de la Mancha. Y ese dato lo introduce independientemente de la descripción de don Quijote.
—En esto último tenés razón, Pukkas, porque las parentéticas no afectan a la sintaxis de la oración principal. Y te felicito por haber resuelto tan rápido el intríngulis que te traje. Pero ojo: no confundas al narrador con el autor.
—¿Y en qué los confundí, Tío, si Cervantes esta considerado uno de los más grandes narradores de la historia?
—En la vida cotidiana, estoy totalmente de acuerdo con esa afirmación. Pero en nuestro ámbito artístico, Pukkitas, conviene diferenciar al autor del narrador. En el comienzo de la nota “La mirada del narrador”, publicada en la sección Itinerarios de Lectura, que Nomi lleva quincenalmente en este mismo suplemento, mi bella genio explica que: “Cuando un autor escribe una historia, tiene entre manos unos hechos, un escenario, una época, unos personajes, y el instrumento imprescindible: un narrador. El narrador no es el autor, sino la voz que el autor elige para relatar los hechos. Es quien nos filtra la historia: la conocemos a través de su mirada, y eso determina nuestra visión de los hechos y de los personajes”.
—Ahora entiendo, máster. Cervantes es el autor, y usa una especie de símbolo, que llamamos narrador, para poder contar desde un lugar determinado.
—Desde una voz determinada, Pukkas. De esto ya hablé yo también un poco, cuando en capítulo 42 me refería al narrador como una metáfora. ¿Y descubriste ya la parentética que me mandé a propósito un poco más arriba? Dejo acá el fragmento, a ver si vos y nuestros lectores la descubren:
Si vamos al caso, tenés una parentética famosísima en el comienzo de una de las más geniales novelas que, según opinión unánime de la crítica, se han escrito en nuestra maravillosa lengua española.
—¿Puedo arriesgar ahora, máster, o prefiere que sea el lector el que lo haga primero?
—Seguramente ya la habrá descubierto, Pukkitas, así que decila vos, para que él verifique si acertó o no en la búsqueda del inciso.
—Que es, a mi entender, donde dice: “según opinión unánime de la crítica”.
—Excelente. Y, en ese “a mi entender”, vos también usaste un inciso.
—Cierto, parece que los usamos todo el tiempo.
—Y eso pasa porque, al hablar, muchas veces le sumamos a la idea principal (a la frase principal), algún detalle explicativo, o algo que viene a rectificar lo que estamos diciendo, o a ponerle un matiz. ¿No viste que, al separar las ideas, en los incisos usamos una entonación especial?
—Venga otro ejemplo, máster.
—En la descripción que hace de su personaje protagónico en el cuentazo “La verdad en el caso del señor Valdemar” (1845), Edgar Allan Poe se manda una parentética escalofriante en esta zona, en traducción de Julio Cortázar:
El señor Valdemar, residente desde 1839 en Harlem, Nueva York, es (o era) especialmente notable por su extraordinaria delgadez (…)
»Escuchá cómo cambia el tono en ese “(o era)”, cómo sube la intensidad al bajar la entonación.
—Me acuerdo del cuento, máster, pero al leerlo no me había dado cuenta de que Poe dejó ahí, como al pasar, semejante bombón envenenado.
—Por eso el valor de la relectura, Pukkas, con un lápiz prendido a la oreja, como hace Fernando Sorrentino, para anotar y estudiar los procedimientos de la literatura que funciona, según los vas descubriendo en una segunda lectura. Ya mencionamos el procedimiento en el capítulo 27.
—En el cuento ese, el narrador (que no el autor, aclaro parentéticamente) cuenta que detuvo el proceso de la muerte de Valdemar, hipnotizándolo. No quiero espoilear de qué la va el relato, porque el lector que todavía no lo haya leído querrá cocinarme a fuego lento. Pero entiendo que ese “es (o era)” es un indicio terrorífico. Ahora que usted me lo hizo ver, y recordando el horror final del cuento, noto cómo el narrador nos hace entrar en un terreno resbaladizo: no es lo mismo ser que haber sido.
—Increíble logro el de Poe, Pukkas. Para quienes leímos el cuento (y, sobre todo, para quienes lo releímos), ese “es (o era)” está casi subliminalmente colocado para insinuarnos que las fronteras entre la vida y la muerte han quedado abolidas. Tremendo. Y todo gracias a dos palabritas cortitas: “(or was)”, en el original. Un simple inciso que inclina la balanza hacia el terreno del horror sobrenatural.
—¿Así que inciso y parentética son lo mismo, máster?
—Tal cual, Pukkas. Son sinónimos. Incluso podés llamarlos acotaciones.
—A eso quería ir. Un poco antes, usted se refirió al capítulo 42, y me acuerdo que en él habíamos hablado de los incisos introducidos por el narrador, que refuerzan los diálogos entre los personajes.
—Cuando están bien usados, sí.
—Y usted dijo que a esos incisos podemos llamarlos también acotaciones. ¿Eso quiere decir que las acotaciones del narrador en los parlamentos son frases aclaratorias? Y, de ser así, ¿qué es lo que aclaran?
—Aclaran todo lo que el lector necesita para entender qué está sucediendo en la novela, Pukkas. Así de simple.
—Hoy vengo muy pedigüeño de ejemplos, Tío Marce.
—Te voy a mostrar un momento de mi novela “Victoria entre las sombras” (Sudamericana, 2011). Recuerdo que al escribirlo fui totalmente consciente de lo que iba agregando gracias a las parentéticas, incisos, acotaciones o como quieras llamarlos. Es el momento en que la Yaya, la abuela, descubre en el jardín que el chico protagonista se está yendo de la casa:
—¿Qué hacés a esta hora, mi dulzura? —dijo en voz baja, y me dio un beso. Su sombrero de mimbre me rozó la frente—. ¿Qué hacés tan levantado?
»Si yo hubiera escrito solamente: “¿Qué hacés a esta hora, mi dulzura? ¿Qué hacés tan levantado?”, no se hubiese sabido quién habla.
—El sujeto tácito en ese “dijo en voz baja” vendría a ser la abuela. Habla la Yaya. Clarísimo.
—Aclaradísimo gracias a la aclaratoria, Pukkas. Además, el narrador en primera persona aclara que la Yaya ha dicho en voz baja lo que acaba de decir (imagen auditiva, dicho de paso). Y enseguida el chico aclara también, siempre gracias a la acotación, que después de la primera pregunta la abuela le da un beso, y que entonces su sombrero de mimbre le roza la frente.
—Imágenes táctiles, por si hace falta aclararlo.
—¿Ves, Pukkas, entonces, por qué digo que las acotaciones son frases aclaratorias?
—Totalmente, máster.
—“Totalmente”, decís. Eso me recuerda que estábamos hablando de los adverbios de modo, ¿verdad?
—¡Huy, Tío, es cierto!
(*) Los capítulos anteriores de Con tener talento no te alcanza pueden leerse acá.
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