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Cultura 8 de marzo de 2026

“Para invocar tu insólito coraje”: apuntes sobre ‘El feminismo’ de María Elena Walsh

En el Día Internacional de la Mujer, un análisis del libro póstumo que reúne los textos más comprometidos con los derechos de las mujeres de la compositora y escritora argentina.

María Elena Walsh, en su casa natal de Ramos Mejía.

Por Lara Sol Paglione Mareque (*)

Sobre los límites del ensayo –si es que estoy en condiciones de plantearlos– oscila el libro póstumo de María Elena Walsh, editado por Sara Facio, su pareja. En primera instancia, atisbo una clara intención de moldear una figura de la autora como pionera del feminismo nacional. Sin embargo, quisiera atenerme a los sentidos que se configuran en cada uno de los textos porque entiendo que en ellos se signa la potencia ensayística que encierran los apartados.

Podrán hacerme la valiosa salvedad de que “El feminismo” abre el telón con un manifiesto, en clara cercanía con lo literario, pero el núcleo significante del texto reside en instalar una primera persona del plural que será un sostén nominal desde el cual Walsh se nombra y se posiciona hacia el otro / los otros.

Seis secciones temáticas, cuarenta textos que exploran todos los aspectos sociales y culturales desde una perspectiva que supone mirar a contrapelo las formas de organización instaladas en nuestra sociedad. La política, el cine, la economía, la música, la vida privada, la organización familiar son sometidos a una nueva lupa, la del feminismo y la no violencia. Entre los intersticios de esos núcleos temáticos, se (re)nombran otras pioneras: Victoria Ocampo, Virginia Woolf, Evita, Doris Lessing y Lidia Gueiler.

maria elen

Walsh se toma la osadía de interrogar los fundamentos que sostienen la tesis central que convirtió a Virginia Woolf en una referencia mundial: la importancia del cuarto propio. Afirma: “A algunos nos resultó irritante, tal vez porque carecíamos de cuarto propio ni teníamos dónde caernos muertos. Gente de clase media, donde tampoco el pater disponía de privacidad, y la cocina o el comedorcito de diario eran taller, oficina, escritorio, cuartel general de la familia, del que transbordaríamos, en el mejor de los casos, a una pieza de pensión”. A partir de aquí, pienso dos cuestiones insoslayables para abordar la narrativa crítica de María Elena: Por un lado, mientras escribe sobre otras tantas mujeres, se piensa a sí misma: el proceso de recorrer la historia de sus predecesoras y coetáneas la lleva a asumirse como lectora, escritora y mujer situada en una sociedad patriarcal. Por otro lado –y este gesto es el que me hace sonreír al leerla– cuando piensa en clave feminista lo hace desde un lugar potencialmente nacional. Nada más argentino que el cuarto alquilado.

La escritura de María Elena Walsh supone un desparpajo que combina, en un mismo proceso de pensamiento, conceptos provenientes del latín y diminutivos o expresiones del lunfardo. Por eso me atrevo a hablar de fuerza ensayística: tiene un estilo único en el que el lector queda estoqueado, perplejo o, mínimamente, movilizado. Quizás hoy, en 2026, las ideas que plantea en sus variadas formas textuales –poemas, crónicas, entrevistas o presentaciones de renuncia– ya han sido retomadas y analizadas desde múltiples puntos de vista. Aun así, en la nota –o más bien denuncia– titulada “Cuando se empieza a perder el miedo”, publicada en el diario Clarín en el año 1998 a raíz del crimen de María Soledad Morales en Catamarca, ese texto podría referirse a las tantas mujeres que han sido víctimas de lo que hoy, certeramente, llamamos femicidio, desde fines de los ’90 hasta hoy día. Porque si bien María Elena Walsh auguraba el fin de una dinastía de poder –y, principalmente, el fin de un largo silencio frente a una estructura de poder machista–, lo que avizora simultáneamente es la necesidad de disputar espacios de representación que pongan en jaque un status quo organizado sobre las bases de la opresión femenina. De allí el gesto sagaz de Sara Facio, como editora, de incluir posteriormente la “Carta al presidente Alfonsín” donde mujeres de los distintos espacios artísticos exigen mayor participación en la vida política.

María Elena Walsh y Sara Facio.

María Elena Walsh y Sara Facio.

Biógrafa, cronista, poeta, lectora, hermana de todas –pero una hermana que nos enseña criticándonos también–: todo eso era María Elena Walsh y yo no lo sabía. Porque “El feminismo”, publicado en 2024, expone los hilos tendenciosos que sostienen el canon nacional y mundial cuando se trata de la escritura de mujeres. Me pregunto cuánto ha estado opacada esta parte fundante de la obra de Walsh o si solo es ignorancia mía. Entiendo que no es casualidad que su imagen como la poeta argentina de los niños haya sido la más instalada. Porque “mejor es ser sumisamente / cuerpo afanado, manos eficaces / para abrochar el delantal del mundo” según su “Oda doméstica”, en la cual la ironía se entrelaza con una reflexión que es personal y a la vez colectiva. No quiero decir que prefirió perpetuar su imagen ligada a la literatura infantil, sino que son gestos propios del sistema social y cultural. No olvidemos que Walsh también escribió durante la dictadura más oscura de nuestra historia. Estos desplazamientos funcionan, por tanto, como un telón de fondo que, si bien esconde, también resguarda. Qué peligroso decirse homosexual en un contexto opresivo; qué peligroso pensar otras formas de relación social que supongan la igualdad entre hombres y mujeres. Pero hoy es tiempo de ponderar como corresponde estas textualidades tan vigentes que hacen de María Elena Walsh una figura compleja, poliédrica: Una autora que no solo nos invita a tomar el té sino que también, nos explica en su texto “Sepa por qué usted es machista” por qué lo somos.

sepa por qué

Acercándome a las ideas finales de estas modestas aproximaciones a la narrativa crítica y ensayística de María Elena, quisiera remarcar dos últimas ideas. Por un lado, la asociación lúdica, pero no por eso menos significativa, que me permito establecer entre dos Walsh que han sido claves para nuestra historia nacional: Rodolfo y María Elena. Dos figuras que hicieron del periodismo y la literatura un espacio de lucha y reflexión. Cada una de sus palabras se han convertido en bastiones de resistencia ante los grandes embates que impuso el poder: la dictadura e, históricamente, el machismo. Si bien su parentesco no es sanguíneo, sí lo es en su hermenéutica, en el modo que tienen de comprender el rol y el poder que supone la palabra escrita. Por último, retomo una de las ideas iniciales que apunté para abrir este pequeño homenaje: la importancia que encierra –o mejor dicho, que abre- el “nosotras” desde el cual se nombra María Elena Walsh en sus textos. Es una primera persona del plural que incluye a todas: a “La Juana”, a las madres solteras, a las víctimas de femicidio, a las rameras, a las que aún descreen del poder de lo colectivo. Ese “Nosotras”, como sujeto principal de cada idea, involucra también un pedido de unión, una esperanza en lo colectivo como motor de cambio y nos pide, con Evita como ejemplo, tener agallas: “para hacer de nuevo el mundo: / Tener agallas para gritar basta / aunque nos amordacen los cañones”. Es un plural, por tanto, que se posiciona como contracara de una sociedad que, la autora sospecha, comienza a configurarse como una suma de individualidades. Como lectoras y lectores, entonces, nos queda el recado.

Estas palabras, en el marco de un nuevo ocho de marzo –Día Internacional de la Mujer– son una simple excusa “para invocar tu insólito coraje” y tu empeño en construir el mundo –o el Reino– del revés: un lugar donde no solo “nada el pájaro y vuela el pez”, sino donde todas las personas gozan, finalmente, de los mismos derechos.



(*) Profesora en Letras. Miembro del Celehis (Centro de Letras Hispanoamericanas) e integrante de la cátedra de Literatura y cultura españolas II, de la Facultad de Humanidades, en Universidad Nacional de Mar del Plata.