“Mar”: una novela de Celina Artigas con la ciudad como escenario fundante
La novela de la escritora marplatense será presentada el sábado 2 de mayo. En la misma, encontramos a Sofía, su protagonista, en una búsqueda sentimental y espiritual que tiene como escenario principal a Mar del Plata. En una entrevista con LA CAPITAL, la autora habla sobre su escritura y la poética que cruza la narración.
Celina Artigas es periodista, escritora y editora. Trabajó en medios gráficos nacionales como freelance. Dicta talleres literarios y es profesora en la UNMdP.
Por Félix Lencinas
El mar es el elemento fundamental de esta ciudad. Tanto locales como turistas se acercan a la costa y pueden observar su inmensidad. El mar es “ese misterio profundo del que no sabemos nada, que es origen de vida, que sostiene todo, incluida la tierra y que está en constante movimiento. Es esa incertidumbre que nos recuerda que venir a vivir es así, no garantizado y fijo, como creemos por estar primero apoyados en la tierra”, define Celina Artigas que, además de escritora de esta ciudad, es periodista, editora, profesora de yoga, dicta talleres literarios, da clases de guion y hace fotografías. Mar es el título de la novela que publicó de forma autogestiva en formato ebook y que puede adquirirse a través de su página web.
Sofía, la protagonista de la obra, es un poco de todo lo que Celina es también, provocando que narradora y autora se mezclen. “La novela hace su base en lo indiferenciado. No importa qué es ficción y qué realidad”, cuenta.
Sofía está en una búsqueda constante en la novela: busca el amor, busca la espiritualidad, indaga sobre los vínculos, escribe y se pregunta sobre qué escribir. Todo mientras el escenario principal es Mar del Plata, su elemento fundante: “Sin esa ciudad, sin cultura material, no habría conciencia que se pregunte nada ni novela”.
En una charla con LA CAPITAL, Artigas habla en detalle sobre algunos aspectos de la novela que presentará el sábado 2 de mayo en el Patio de Heraldo Café (Alberti 2965) a las 18 con entrada libre y gratuita.
“En los momentos en que mira su barrio donde caen casas y se levantan edificios hay una pregunta por Mar del Plata. Por la intencionalidad en la creación y destrucción del escenario material, de la ciudad y también de la realidad”.
—Pareciera que hay un rasgo autobiográfico o autorreferencial en la novela, ¿dónde termina Sofía y empieza Celina?
—Esta novela se construye, justamente, enhebrando realidad y ficción. En las zonas de intersección. Y una de las preguntas centrales que sostiene a lo largo de la historia es qué pasa quitando eso que divide una cosa de la otra, a una persona de la otra, un tiempo del otro, una construcción de la de al lado. La falta de demarcación entre escritora y narradora, o ese espacio de interrogación que abre el personaje de Sofía transitando sus experiencias y, a su vez, como narradora, es deliberada. Porque la novela hace su base en lo indiferenciado. No importa qué es ficción y qué realidad. De hecho, se cuestionan bastante esos términos. Y la novela tiene una atmósfera muy pisciana. Entonces no tendría sentido marcar esas fronteras. La historia se sitúa en los intersticios. En las grietas. Y en qué se hace con eso. En lo que sucede en los diálogos como performance que da lugar a encuentros, desencuentros, confusiones. A esos cambios repentinos que produce el impacto de una aparición o desaparición de un personaje y a esas definiciones íntimas que cada cual va haciendo con respecto al mundo a partir de las experiencias con los otros. Creo que hay una zona de preguntas cuando uno frena el automatismo super impuesto con respecto a la definición: quién sos, qué pensás, cómo te llamás, qué respuesta tenés. Es un poco asfixiante y forzado vivir sin sostener la posibilidad de no saber. Esa exigencia por la definición es un peso, que se lee en la entrelínea de las vidas de los personajes, lo expresen más o menos. La individuación no es algo tan real. Siempre hay fragmentos donde reside una conciencia trascendente, una incertidumbre. Todo lo demás: justamente eso que se marca como lo más nítido es un poco una ficción que nos ayuda a sostener la vida. Ese yo individual está completamente albergado por los otros. En este sentido, el personaje de Sofía, que es la voz desde donde está contada la novela, es el epicentro de una permeabilidad o fragilidad que, nos incomode o no, la tenemos todos. Y a su vez la expone todo el tiempo; la pasea por toda la novela. Pero más allá de que lo cuente ella: nadie viene sabiendo nada. Ni quién es, ni porqué está acá. Tampoco nadie se va con ninguna respuesta. Entonces esa división y esas certezas son algo que se construye un poco a la fuerza, para tapar el miedo, el vacío y tienen bastante más de ficción que de realidad. Y lo que se pone en el centro de la novela es la duda.

La portada de la novela Mar.
—¿Cómo fue el proceso de escribir una novela que habla sobre la dificultad de escribir?
—La escritura funciona como sinónimo de la vida. Por eso no se trata en sí de la dificultad de escribir. Se piensa sobre el escribir para hablar de otra cosa. No podría decirte que me costó escribirla. Sí que es una elaboración que lleva tiempo, trabajo, meditación, escritura, reescritura, edición. Mucho volver y repensar. Pero yo disfruto mucho de todo lo que viene junto con escribir. No lo veo como una dificultad, lo experimento como algo desafiante. Sí siempre están las preguntas sobre qué escribir mientras se va escribiendo. Y pueden leerse como una pregunta que trasciende ese universo. Que se relaciona también con esa exigencia de que el trazo nos salga bien de una, que las cosas que hacemos tengan sentido y habla sobre las dificultades que tenemos para convivir con el error, con lo que no cierra, con lo que no se sabe dónde acomodar en nuestras vidas. Las reflexiones sobre la posibilidad de corregir una escena, rehacer el pasado… Sobre lo que queda adentro y afuera de lo narrado en las historias y lo que se edita es un dilema que puede perfectamente alojarse en las familias y cómo es narrada esa historia. Es un dilema que nos atraviesa a todos. Es más existencial. Para mí pensar las posibilidades/imposibilidades de la escritura eran la puerta para pensar sobre todo eso.
“Creo que ponernos a crear un paradigma femenino es urgente. Y estoy segura de que no habría edificios con diez millones de pisos, ni guerras, ni matanza hacia la naturaleza”.
—Los problemas que tiene Sofía en su relación con los hombres, ¿pueden ser también una crítica a las formas actuales de vincularse?
—Yo prefiero no hablar de crítica, porque es una novela. Y no tiene la misma voluntad que un ensayo o una nota de opinión. Hay un relato en el que se puede reconocer a las personas intentando vincularse con muchos intentos fallidos al respecto de lo amoroso. Lo amoroso está completamente en estado de pregunta porque nadie sabe cómo. Se repiten modelos, se evitan errores ajenos, pero cómo hacer no sabe nadie, ni mirando para atrás, ni mirando para afuera ni mirando para adelante. Y eso sí es un tema de la novela: lo vincular, la comunicación, lo afectivo. Si bien en lo amoroso a esta protagonista le pasa con los hombres, también las dificultades vinculares le pasan con la madre, con la hermana, con el mundo. Hay en la protagonista un anhelo muy afin a la canción de David Lebón: “quiero despertarme en un mundo agradable, quiero darme libertad. No quiero dar lo que no tiene sentido, sólo quiero aquí estar”. Y todos los problemas que suceden a pesar de o a raíz de ese deseo. Las relaciones sí están en el centro del cuadro. Ahí pasa todo. Porque todo en este mundo es una relación. Desde la respiración, que es la primera conexión con lo que viene de afuera y lo que damos, hasta la relación con uno mismo, con los objetos, los lugares, las personas más o menos cercanas. Somos relaciones. Y creo que la novela se centra en las dificultades de lo relacional. Que siempre existieron. Solo que ahora adquiere ciertas características particulares por no tener un molde que dé una forma aproximada en que creer o que copiar. Y ese estado de molde roto es un hecho disruptivo culturalmente. No necesariamente malo, sí angustiante.
Un paradigma femenino

El sábado 2 de mayo la autora presentará su última novela.
—Hay una referencia a Natalia Ginzburg sobre el “pozo”, la melancolía que las mujeres poseen y los hombres desconocen. ¿Creés que hay sensibilidades diferentes en relación al género?
—Creo que hay sensibilidades distintas, sí. Una gran parte del tema está completamente enraizado en la cultura y remite a los modos en que nos han contado y nos han enseñado qué es ser hombre, qué es ser mujer, mediado por el patriarcado y los dolores transgeneracionales. Pero en un momento en que todas estas cuestiones están tan sobre la mesa y en discusión, yo siento que hay algo que no está necesariamente ahí: en lo cultural. Es raro también decir fuera de lo cultural, porque uno siempre piensa desde la cultura. Pero hay una naturaleza distinta reconocible al nivel de lo observable que puede indicar diferencias y que estamos demasiado empeñados en disuadir en este contexto. Y eso no lo comparto mucho. Pero no tiene que ver con el género ni el proceso subjetivo a partir del cual alguien puede percibirse o construirse de formas muy distintas ligadas al deseo, a las experiencias, a la cultura, a la historia familiar, a las incomodidades. Porque eso también es cultura. Hay un punto en el que me cuesta disciplinar mi propia mirada a la idea de que somos todos iguales en términos biológicos. No quiere decir que todos no tengamos energía femenina y masculina; que convivamos con las dualidades. Pero la sensibilidad (en tanto modo de sentir) puede ligarse al cuerpo y tener un fundamento biológico. Lo que pasa es que con el fundamento biológico se han hecho estragos en términos ideológicos y de paradigmas. Pero si se desandan y vuelve a observarse con cierta naturalidad es raro no reconocer una diferencia. Yo comprendo el riesgo de decir esto y que pueda escucharse como algo retrógrado. Pero me parece que es todo lo contrario. Es no cargarse la diferencia en un discurso totalizador con el eslogan de un discurso vanguardista de la igualdad. Obviamente que en tanto humanos y en términos de libertades y derechos somos todos iguales. Pero el habla/sentir del cuerpo no siempre puede ser traducido al lenguaje o al discurso.
Natalia Ginzburg termina ese prólogo diciendo: “las mujeres deben defenderse de la malsana costumbre de caer en el pozo, ocupándose de las cosas importantes y de ser cada día más libres”. Pero, ¿cómo quiénes? Como los hombres. Personalmente, creo que involucrarse en los asuntos del afuera no era la solución tampoco al pozo. Eso puede resolver la igualdad de derechos en el acceso a los lugares de decisión, al poder (y a su vez consolida la sobreexplotación del género, digamoslo; porque ahora hacemos diez millones de cosas más que antes y eso también nos diezma). Pero no creo que tape el pozo. Tal vez ese pozo tenga que ver con la capacidad de sentir todo, de sostener el proceso entero de la vida/muerte y de ser responsables desde el interior del cuerpo –el cuerpo es el inconsciente– que hace a una sensibilidad muy potente, a una forma de vivir cíclica que nada tiene que ver con el tiempo prefabricado de las sociedades modernas, occidentales, postindustriales y capitalistas. Y sobre eso hay dolor. Por eso digo que la re-conquista de derechos quitados honra la justicia, pero responde a la fuerza. Bueno, son las dos cartas del tarot que aparecen en la novela, ¿no? Creo que un largo tramo del feminismo pensó que si salía de su casa tapaba el pozo y listo. Y creímos demasiado que si hacíamos como los hombres –irnos de casa, no sentir tanto– nos salvábamos. Pero descubrimos que no. Y eso está bueno porque nos permite averiguar qué es para nosotras una forma auténtica de sentir libertad. Y qué hacemos con el pozo. El pozo también aparece afuera, crea un clima afuera en el entorno sobre el final de la novela y es super fértil. A mí me interesa pensar en un mundo construido a partir del reconocimiento de esa diferencia. Cómo cambiar la señalética de un mundo señalizado con ritmos y exigencias que no contienen nuestra ciclicidad; que están escindidos de la naturaleza. Creo que ponernos a crear un paradigma femenino es urgente. Y estoy segura de que no habría edificios con diez millones de pisos, ni guerras, ni matanza hacia la naturaleza. Pero construir este paradigma supone integrar esa diferencia. Salir de la dualidad y entrar en sinergia, como el yin y el yang. Porque a veces necesitas permitirte más sentirlo todo. Y a veces necesitas habitar tu fuerza y recuperar la energía yang para sacarte del pozo.
—También hay una clave familiar en la historia, la relación madre-hijo que se ve entre Sofía y Nico, pero también entre Sofía y su madre, y también la relación con la hermana. ¿Hay también una mirada crítica sobre los vínculos familiares?
—Yo no hablaría de una crítica porque no asumo un lugar sociológico para contar nada, no me interesa ese lugar con mi escritura. En todo caso sí hay una puesta en foco de lo vincular a nivel familiar. Una narrativa al respecto de los vínculos que tiene la protagonista, las circunstancias de incomunicación que le traen cierto sufrimiento. Sobre cómo esos otros cercanos pueden ser personas distantes, pero lugares seguros. Y muchas veces los extras en una historia, como Marcos, como Juan Pedro, pueden ocupar un rol difícil de definir para las estructuras tradicionales, pero ser almas afines. Y eso no va a cambiar el andarivel por donde transcurren las historias de cada uno, la configuración de sus vidas, pero en ese encuentro, en esa complicidad y entendimiento hay algo, como una suspensión donde entra algo verdadero. Y luego se va. Esos micro encuentros que no tienen un orden en la biblioteca.
—Se ve como un tema central de la novela la búsqueda espiritual y en particular las constelaciones, el tarot, el yoga, el tantra, ¿qué lugar le ves en nuestra sociedad a esas búsquedas?
—Yo trato de no pensar en términos de “nuestra sociedad”. Porque no soy socióloga, ni historiadora ni quiero decir nada sobre conjuntos. Me es incómodo decir: “nuestra sociedad, algo”. Me interesa la interpelación que abre el arte, la filosofía, la espiritualidad. Me interesan las ideas, las personas, contar historias. Por eso no hago esas evaluaciones. Pero sí leo una tendencia de cambio de paradigma muy potente; un malestar cada vez más propagado y un default sobre el mundo como estuvo estructurado y no va más. Ese malestar a las personas las lleva por muy distintos caminos. Pero creo que hay un paradigma nuevo, remitiéndose a saberes ancestrales, que necesita descoser ese imperio de lo racional y ese atropello de lo construido, lo fabricado y lo acético para volver a lo sensible, a lo simple, a ciertas formas de convivir con la naturaleza, con el cuerpo y a fundar mitos alrededor del fuego. Puedo leer y ver que hemos culturizado tanto toda la Tierra que vivimos invadidos por los ruidos del vecino, de los otros, sus miedos, informaciones, su apariencia de tener una verdad, su contenido superficial y eso nos diezma la conexión con nosotros mismos y la naturaleza. Nos diezma la concentración, la cabeza, la libertad creativa. Intentamos cada vez más meditar para ver si en algún lado hay silencio, hay vacío. Y eso habla de lo llenos de nada que estamos y lo hastiados de la urgencia, las formas correctas, la brevedad. Por eso, los caminos que nos lleven a salir de ahí y volver a comprensiones más profundas, introspectivas, y procedurales me parecen muy interesantes. Cuando pasas a la velocidad de la luz eléctrica por la vida hay un momento en que necesitas volver a la oscuridad, a averiguar qué era lo que había que iluminar.
—La ciudad de Mar del Plata aparece muy presente en la novela, ¿qué creés que le agrega en particular a la narración?
El territorio está completamente implicado: la ciudad, el borde que es la playa, el mar. Si lo quitás no habría esta novela. Se desarma. Porque es uno de los hilos de la trama. No le agrega, sino que es fundante. Ese paisaje es un escenario tomado y enhebrado a las acciones; implicado con los personajes, los lugares donde aparecen, cómo son. Y también en la descripción de la materialidad del mundo que transita la protagonista. Debajo de la superficie, la novela recupera el duelo entre el materialismo y el idealismo; un duelo que no acaba resolviendo, pero que se esboza en sus confrontaciones con la madre, su hermana, los personajes más ligados al mundo terrenal y al mundo espiritual. ¿Qué es la realidad? ¿Es algo que se acepta o se crea? En la novela entra la pregunta sobre esas visiones del mundo. Y, entonces, la ciudad se vuelve la plataforma sobre la que reflexiona. En los momentos en que mira su barrio donde caen casas y se levantan edificios hay una pregunta por la ciudad. Por la intencionalidad en la creación y destrucción del escenario material, de la ciudad y también de la realidad. Hay una pregunta por el pasado: ¿Qué vale la pena conservar del mundo de ayer? Que la aloja sobre una arquitectura patrimonial emblemática, pero que no está solo ahí. O porqué llenar el vacío urbano, que es el vacío en sí.
Estas preguntas que la protagonista se hace acerca de las materialidades que la circundan –la Casa sobre el Arroyo, las grietas del edificio de Torres de Manantiales, el destendido de las carpas a fin de temporada también– son metáforas. Lo que se escribe es también lo que se construye. Sin esa ciudad, sin cultura material, no habría conciencia que se pregunte nada ni novela. Las preguntas surgen entre la realidad manifestada y la conciencia creadora. En esa implicación mutua.
—El mar, además del título, aparece como un escenario de la narración pero también como un elemento metafórico, ¿qué simboliza para vos?
—Para mí simboliza ese misterio profundo del que no sabemos nada, que es origen de vida, que sostiene todo, incluida la tierra y que está en constante movimiento. Es esa incertidumbre que nos recuerda que venir a vivir es así, no garantizado y fijo, como creemos por estar primero apoyados en la tierra. Y, también, es una metáfora del mundo emocional. Ese fondo insondable, complejo, con profundidades que no siempre son visibles desde la superficie de lo que creemos que somos, nuestro lenguaje, lo que se ve. Nuestro mundo emocional nos da mucho miedo. Nos enseñaron a huir de allí. A pensar para no sentir. A no pensar como sinónimo de no sentir. No tenemos ni idea qué hay debajo de la superficie. Por eso nos entretenemos tanto y distraemos tanto en la superficie. Y nos venden tan cara la idea de que la seguridad lo es todo. La seguridad, la tierra firme, la certeza son sinónimos de una restricción tácita, pero completamente naturalizada en las personas, de no atreverse a habitar ese mundo submarino que nos constituye.
Celina Artigas presentará Mar en el Patio de Heraldo Café (Alberti 2965) el sábado 2 de mayo a las 18 horas. Leerán y charlarán con la autora Jorge Chiesa y Laureano Debat. La entrada es libre y gratuita.
Además. la novela puede conseguirse en formato ebook a través de la web de su autora.
