Baldomero, o Ante la poesía tanto da temblar como comprender
A cien años de sus primeros libros, la figura de Baldomero Fernández Moreno vuelve a escena más allá de su célebre poema “Setenta balcones”: una obra vasta, íntima y lúcida que cruza ciudad y campo, vida y pérdida, y que en sus aforismos condensa una poética donde pensar y sentir se confunden. Un recorrido por su obra, en la columna Sin poesía no hay paraíso.
El poeta argentino Baldomero Fernández Moreno (1886-1950).
Por Analía Pinto
Quedó inmortalizado por un poema, más exactamente por sus primeros versos, cuya endecasílaba sonoridad es, por cierto, inolvidable (“Setenta balcones hay en esta casa / setenta balcones y ninguna flor”). Sin embargo, hay mucho más en su obra que aquellos setenta balcones, que eran “los de una casa nueva, en el Paseo de Julio, alturas del primitivo Parque Japonés, contados una noche estuosa, en compañía de Pedro Herreros, desde un banco de piedra”, según aclarara su autor, Baldomero Fernández Moreno, en el discurso de aceptación del Gran Premio de Honor de la SADE en 1950, muy poco antes de morir.
Los setenta balcones (y la ninguna flor) quedaron inmortalizados, por esos misterios de la poesía, en la memoria de numerosas generaciones, aunque temo que las actuales ya no disfruten de tal recuerdo, tal vez ni siquiera hayan oído o leído alguna vez el poema completo. Penosa situación como lo es el olvido del resto de su obra, que comprende más de treinta libros entre poesía y prosa, y como también lo es el olvido o el desconocimiento liso y llano de otras hermosas composiciones de su pluma sencillista, fina, grave, sutil y algo chacotona, como lo atestiguan el “Soneto de tus vísceras”, el clásico “El aplazado”, o las perfectas coplillas de “Acacias”, entre tantas otras.
Pero hay todavía más en la obra de este poeta que primero abrazó la medicina, convencido de que esa era su vocación, para luego darse cuenta de que en verdad, desde el minuto cero, la suya era la poesía. Como cuenta en la segunda parte de su autobiografía, ‘Vida y desaparición de un médico’, “Una tarde, al salir del Nacional, en las tapas de un cuaderno escribí algunos versos que se distribuyeron espontáneamente en estrofillas, un organismo frágil, defectuoso, pero vivo, palpitante, que me llenó de gozo y de miedo, como si me hubieran contado al oído un secreto delicioso y terrible: desde entonces, ya no dejé de escribir”.

Baldomero Fernández Moreno, en 1916.
La ciudad y el campo, esa dicotomía que atraviesa nuestra historia y nuestras letras, también dejó su imbatible huella en la obra de Fernández Moreno (quien pretendía no llamarse “Baldomero” por considerarlo un nombre “feo” y que, sin embargo, hoy día lo representa más cabalmente que su doble apellido español). Las estampas y recuerdos bucólicos tanto de su infancia española como de su juventud en el interior de la provincia de Buenos Aires se reflejan en libros como ‘Intermedio provinciano’ (1916), ‘Campo argentino’ (1919), ‘El hogar en el campo’ (1923), ‘Aldea española’ (1925) y ‘Cuaderno de verano’ (1931), entre otros. La precipitada urbe en que se iba convirtiendo la gran aldea que era Buenos Aires ante los ojos del jovencísimo poeta, y los violentos cambios en su fisonomía arquitectónica que ocurrirían en las primeras décadas del siglo XX quedaron impresos en obras como ‘Ciudad’ (1917), que recoge el archifamoso poema de los setenta balcones, ‘Yo, médico, yo, catedrático’ (1941), ‘Poemas de San José de Flores’ (1943), y en la póstuma y preciosa ‘Guía caprichosa de Buenos Aires’ (1965).
Signado por la tragedia de haber perdido a dos de sus cinco hijos, su descendencia también fue objeto de su quehacer poético, como lo atestiguan sus libros ‘El hijo’ (1926) y ‘Libro de Marcela’ (1951). Hijos que tampoco permanecieron ajenos a la poesía, en especial el primogénito, César (a quien se le dedicará una columna más adelante), y también Manrique. César precisamente escribió una de las semblanzas más hermosas sobre su padre, en la que cuenta: “Ya en Buenos Aires, y siendo yo un hombre de seis o siete años, empiezo a verlo más claro. Era, indudablemente, más fuerte que yo. Lo veo negándome un divino block de papel obra, perforado en cuatro sectores, envío sin duda de algún laboratorio en cuyos ficheros no constaba que el médico había sido volatilizado por la poesía. Todo fue inútil. No me lo quiso dar. Qué malvado. Lo usaría para escribir sus décimas, como ésta, donde se adelanta puntual a introspecciones como la de ahora: Cuando se acuerden de mí, / tras muchos años corridos, / estos mis hijos queridos / puede que piensen así: / Yo siempre lo conocí entregado a la lectura. / Yo mirando a la ventura. / Habla. Sonríe. Suspira… / Un cuarto de hora de ira / y cien días de dulzura”.

Firma de Baldomero Fernández Moreno.
Esa misma dulzura recorre la obra que me interesa presentar hoy, olvidada, dejada de lado por la crítica, o directamente desconocida y, sin embargo, la más sustanciosa y adorable, en mi opinión. Se trata de ‘La mariposa y la viga’ (1947) en la que Baldomero recopila sus aforismos, acendrada síntesis de poesía, filosofía e iluminación. Dice en el “Prologuillo”: “Reúno en este libro una cantidad de anotaciones coleccionadas a través de los años. Unas, bajo la designación de “Aire aforístico”, y otras bajo la de “Aire confidencial”, con el título común de ‘La mariposa y la viga’, aire de aforismos. Confidencias, aire de confidencias, para mayor vaguedad. Ocurrióseme aquél una siesta, en una estancia, soledad y mugidos. Estaba yo boca arriba en la cama sin poder dormir cuando, de pronto, vi una mariposa parda, vulgar, que movía sus alas recién venidas del sol. Allí estaba contrastando su levedad palpitante con la viga poderosa y mal labrada. El madero parecía asumir todo el peso de la materia y de la vida ante el insecto insignificante, pero elegantísimo, lleno de belleza. Y me acordé del verso de Darío: Divina Psiquis, dulce mariposa invisible”.
Precisamente esos aforismos de Baldomero me acompañan desde hace por lo menos veinticinco años, cuando los descubrí en una antología de la revista ‘Poesía Buenos Aires’, dirigida por el inigualable Raúl Gustavo Aguirre. Esta es, pues, apenas una sucinta recopilación de mis favoritos:
-Ante la poesía tanto da temblar como comprender.
-Aunque una jaula sea casi del tamaño del espacio, siempre será una jaula.
-A veces parece que con romper dos o tres cartas viejas y algunas cuentas pagadas, vamos a arreglar nuestra situación y ser felices para siempre.
-Basta anotar una deuda y parece que disminuye.
-Cuidado con el aplauso. El pateo está apenas ochenta centímetros por debajo de él.
-Daban ganas de sacudir levemente a aquella mujer: se adivinaban en ella infinitas posibilidades. Como esos juguetes chinos a los que un movimiento transforma en dragón, en estrella, en flor.
-De tus hijos serás el verdugo o el payaso: elige.
-Detrás de la mirilla todo ojo es siniestro.
-El genio es una larga paciencia y una súbita impaciencia.
-El papel carbónico es la sombra hecha pliegues y puesta a la venta.
-El poeta canta hasta el final, como el cirio alumbra mientras le quede un aro de cera alrededor.
-El poeta, como el cazador pobre, a lo que salga.
-El poeta está siempre bajo una u otra obsesión. Mejor dicho es la obsesión continua.
-El tiempo es una transparencia de aire y de estupor inmovilizada sobre el mundo.
-Entre lunitas, decía una niña, por decir entre paréntesis.
-Hay instantes en que cesan todos los ruidos de la ciudad. -Dos segundos de silencio impresionante que sólo percibimos algunos elegidos.
-La distancia es una especie de posteridad.
-La gloria, en el mejor de los casos, es pasar a ser una bolilla más en un programa de literatura.
-La música y el vendaval se resisten mejor de perfil que de frente.
-Lo más dulce en la vida es tener un secreto: es como estar vestido de terciopelo.
-Morir es esperar a los demás.
-Nada ayuda más al arte que la cólera.
-Nada se agarra más a un clavo ardiendo que la poesía.
-No hay befa más despiadada que la del teléfono ocupado.
-Parece mentira que sean los mismos hombres los que han inventado los diminutivos y la pena de muerte.
-Subid a la azotea después de las grandes lluvias: la ciudad ha crecido.
-También las caricias descansan.
-Toda la habilidad de un beso, más que en llegar a unos labios, estriba en saber retirarse de ellos.
-Vivimos con treinta segundos de atraso. Que lo digan, sino, el tranvía de la esquina, el amor, la fortuna.
-Yo creo en todo, hasta en las dedicatorias.
-Yo no me repito: me aumento. El pregonero es el que se repite.
Lo que sí se repite es el milagro de la poesía que nos convoca y nos vuelve a decir que sin poesía no hay paraíso.

Para seguir curioseando
- Fernández Moreno, mi padre, por César Fernández Moreno en sedici.unlp.edu.ar;
- Baldomero Fernández Moreno, el poeta de la calle en cultura.gob.ar;
- Baldomero Fernández Moreno, poeta caminante, por Jorge Monteleone en cervantesvirtual.com;
- Casa de Baldomero Fernández Moreno (monumento nacional) en argentina.gob.ar;
- Cinco poemas para recordar a Baldomero Fernández Moreno en infobae.com/cultura.
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