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Cultura 28 de abril de 2026

“Mirar al sol”, un cuento de Mariano Gamenara

Una herencia peculiar, el núcleo del relato que el autor comparte con los lectores de LA CAPITAL.

Por Mariano Gamenara (*)

Felipe estacionó el Toyota frente a la casa de papá. La misma casa en la que Luciano y él habían vivido durante toda la infancia. No venían desde hacía unos cuatro años. El barrio apenas mostraba alguna modificación, con sus veredas vacías de las flores aquellas de cuando los dos eran chicos. Las mismas veredas en las que antes las vecinas armaban primorosos jardines.

En el último año en que lo vieron al padre, ese viejo verde había abandonado a mamá por una minusa veintipico de años menor. No hubo forma de consolar a la vieja, quien esperó un año entero a que aquel se arrepintiese. Solo, o convencido por los hijos, pero que se arrepintiese. Y no hubo caso. Felipe y Luciano desistieron. Ni ellos ni mamá lo volvieron a ver. Y así, la misma noche en que llegó la carta de divorcio, firmada de puño y letra por aquel, mamá se mandó una sobredosis de antidepresivos. Una fatal sobredosis de antidepresivos.

La aventura con la amante no duró mucho. No llegaron ni a casarse. Apenas unos meses tras la muerte de mamá, la minusa lo abandonó por otro viejo verde. Un viejo todavía más viejo y más verde —y también más adinerado—. El padre quedó solo.
Y solo murió. A Felipe le avisaron mientras trabajaba en Entre Ríos para la constructora. Le dijeron que el padre había muerto en su casa durante un incendio. Para cuando Felipe tuvo tiempo de volver a Buenos Aires, ya se había perdido el velorio.

Ahora a Luciano y a él les tocaba “volver a casa”, por decirlo así. Debían encontrar unos documentos que faltaban para la sucesión, avisar a amigos y conocidos, buscar el título de propiedad, tasar el auto. Y, a insistencia del mismo Felipe, descubrir dónde había quedado uno de los vinilos de la preciada colección del padre. El vinilo, el disco que Felipe recordaba perfectamente de las tardes en que el padre los juntaba a los dos para escuchar música. Pero el viejo siempre los había dejado con las ganas de ese disco.

—La discoteca que rejuntó aquel era enorme —dijo Luciano, cuando se bajaron del auto—. Debe haber fácil cincuenta discos que valgan buena guita. Hasta de pasta hay.

—Yo quiero uno solo —contestó Felipe—. Pero no por la plata. Es el que nunca nos dejó escuchar. ¿Seguís sin acordarte?

Luciano frunció el ceño, visiblemente se estrujaba la memoria. Al final negó con la cabeza.

—¿Cómo te olvidaste de “El Sol Profano”? —Felipe resopló—. Aquella vez que nos dejó elegir a nosotros qué escuchar. Yo mismo elegí ese, me llamaba la atención el título. Me lo sacó de las manos y dijo: “Este no. Una vez que lo escuches, no vas a poder disfrutar de ninguna otra música.”

—Apenas me acuerdo de algo así —dijo Luciano, y enseguida sonrió—. Apenas. Vos sos el de la memoria de elefante.

—No importa —Felipe miró al hermano sacar las llaves—. El Sol Profano estará con los demás discos. Seguro que lo encontramos enseguida.

—Si es que sobrevivió al fuego —Luciano abrió la puerta y se mandó para adentro—. El incendio fue en el estudio.

Él lo siguió al viejo hall de entrada. Se bifurcaba hacia un pasillo y a la antecocina. Todo olía a cerrado, a encierro. Apenas prestó atención a los cambios en la decoración, de dudoso gusto —sin duda impuestos en su momento por la minusa.

Fueron avanzando por el pasillo, y se detuvieron frente a la puerta del estudio. La mera idea de entrar sin papá formó un nudo en la garganta de Felipe: cometían una especie de sacrilegio.

Entraron. Al principio, Felipe no vio nada fuera de lugar: la incontable colección seguía ahí sobre los estantes adosados a las paredes. Vio los parlantes, uno en cada esquina a modo envolvente, añejos pero intactos. Incluso el equipo Hitachi, la antigualla más vetusta de toda la casa, se mantenía en pie, felizmente colocado en la esquina de siempre.

Pero en la esquina opuesta al tocadiscos, Felipe vio una sombra de hollín que surgía del parqué, justo donde esperaba ver la silla de papá. La sombra cruzaba por los estantes, por los discos, y llegaba hasta el cielorraso. Un círculo negro terminaba de señalar con brutal exactitud dónde había comenzado el fuego.

—Dios me libre —se oyó decir Felipe—. Qué forma horrible de morir.

Luciano asintió. Y él dijo escudriñando en las marcas:

—Qué cosa increíble. El fuego no se propagó por los estantes ni por los discos que había alrededor de la silla. —Lo miró al hermano—. ¿Cómo pasó esto?

Luciano se encogió de hombros.

—Lo que sugirió el forense… —Se aclaró la garganta—. Según el forense, el viejo se habría quedado dormido mientras escuchaba música, con un cigarrillo en la mano.

—Un pucho no quema tanto como para encender la ropa, Luciano.

—Yo te digo lo que me dijo el forense.

Felipe miró de nuevo la sombra de hollín.

—No se habrá suicidado, ¿no?

—Estás loco —gruñó Luciano—. Nadie se quedaría sentado tan quieto mientras se prende fuego.

Pelotearon algunas ideas conspirativas. Que un accidente, que un robo, que una venganza. Pero no se ponían de acuerdo: ninguna explicaba la extrañeza de que el fuego haya sido tan focalizado.

—Una combustión espontánea. —Luciano quiso sanjar el asunto—. No importa como fue: no va a cambiar nada. Hay que encontrar los papeles de la sucesión.

—Primero busquemos el disco —dijo Felipe.

—Dale. ¿El Sol Profano, no? ¿Cómo era el estuche?

—Papá lo guardaba en un sobre de papel madera, no en un estuche
Rebuscaron entre los estantes. Cuando encontraron el sobre que buscaban, perdido entre dos estuches de la Deutsche Grammophon, descubrieron que estaba vacío.

—¿Lo habrá guardado en el sobre equivocado? —se preguntó Luciano en voz alta, sacando del estante un nuevo estuche.

Felipe, en cambio, fue hacia el tocadiscos:

—Nos olvidamos del lugar más evidente.

Y sí: instalado en el plato del tocadiscos los esperaba el vinilo con las enllamaradas letras impresas en la etiqueta del centro: El Sol Profano.

—Mirá vos, Feli. Ni se me ocurrió.

A pesar de lo ordinario del sobre con el que el padre guardaba ese disco, a la etiqueta en el centro del disco mismo se la notaba de gran calidad. Mostraba un círculo negro en el centro, donde refulgía en blanco el título, y debajo el holograma de un pequeño pero detalladísimo sol azteca.

Ni bien intentó quitar el vinilo, Luciano le tocó el hombro.

—Escuchémoslo ahora —le dijo—. Verifiquemos que el calor no lo haya arruinado.
Felipe dejó el disco en el plato y lo examinó cuidadosamente, girándolo despacio. No percibía deformidades ni derretimiento. Puso la aguja del aparato sobre el disco, y le dio a start. No habían tenido necesidad de prender las luces, así que se sorprendió al descubrir que todavía tenían corriente a pesar del incendio.

Los hermanos percibieron una melodía muy baja, que se iba volviendo un crescendo, ahogado por la estática. Poco a poco se alzó un coro. Un coro angelical y suave. Después unas cuerdas, violines. Voces y cuerdas aumentaban en volumen y en intensidad. Un avance lento, lentísimo. Pero inexorable. Las sienes de Felipe experimentaron una presión sutil. Las voces crecían. Las cuerdas crecían. Se alzaban en un himno que nunca acababa, nunca llegaba a su punto máximo. Ascendían hacia el infinito. El borde de la vista de Felipe se nubló, se oscureció. Ya no percibía nada más que la música.

En medio de la oscuridad y del coro interminable, vislumbró una luz. Un pequeño sol que ahora se extendía en crescendo junto a las voces. Lo percibía a apenas unos metros frente a él. Y vio a Luciano al lado suyo en medio de la penumbra en retirada. Se cubría los ojos. Y una miríada de voces y de sonidos surgió de aquel sol creciente. Venía a buscarlos, a abrazarlos en su calor. Venía a ayudarlos a huir de un mundo del que nada bueno se consigue. Y entre aquellas mareas corales con las que el sol urdía su polifonía de esplendores, Felipe creyó oír la voz del padre. No, no lo creyó: lo oyó. Y después lo vio con toda claridad, envuelto en la luz cegadora y profana de aquel sol. Ya no pudo apartar la mirada. No percibía ya nada más, ni siquiera a Luciano. Nada podía existir fuera del sol, de la música de ese sol de música.

Felipe tendió las manos hacia el torrente de luz, y la luz se abalanzó en una espiral de fuego. Se le extendía hacia el pecho y de ahí bajaba escaneando las piernas y ahora subía a la cabeza. Y aun así, recubierto en llamas y acribillado por un dolor demencial, no pudo apartar la vista. Abrió la boca, y se escuchó. Más aún: percibió las notas musicales rozándole los labios en un cosquilleo, al salir de la boca.

Cuando la llamarada se desvaneció, nada quedaba de los hermanos más que sus voces, unidas al inexorable y eterno coro del sol profano.


Mariano Gamenara

(*) Mariano Gamenara (Buenos Aires, 1989) tuvo, a los doce años, la disparatada pero muy común idea de que se puede escribir sin haber leído siquiera los chistes del diario. Gracias a Dios, los padres lo pescaron antes de que llegara muy lejos: dándole a leer a Agatha Christie, a Chesterton, a Poe y a varios otros, lograron que entendiera que, antes de hacer algo, hay que saber cómo lo hicieron los demás. No fue sino hasta 2018 que tuvo una segunda idea disparatada: dedicarse de verdad a escribir. Y ese mismo año llegó al Taller de Corte y Corrección.