Larisa Cumin explora las plantas nativas de Mar del Plata en “Diario de las flores del mar”
La escritora santafesina radicada en Playa Serena, al descubrir que en esta región de la costa bonaerense no había árboles, emprende una búsqueda de las plantas autóctonas, en paralelo a su proceso de adaptación a esta tierra y la crianza de su hijo. Un libro que invita a mirar con otros ojos nuestra naturaleza.
Larisa Cumin (Santa Fe, 1989) es escritora, profesora de Letras, magíster en Escritura Creativa y becaria doctoral de Conicet, donde investiga poesía para las infancias. Fotos: Marcela Golfredi.
Por Rocío Ibarlucía
En esta zona de la costa bonaerense no había árboles: esa revelación punza a Larisa Cumin hasta volverse una obsesión. Le dicen que casi todo lo que hoy vemos fue plantado. Poca flora es, en rigor, autóctona: ni las uñas de gato, ni los mantos de virgen, ni los tamariscos, ni los siempreverdes, tan identitarios de nuestra región. ¿Cómo era, entonces, el paisaje de Mar del Plata antes de poblarse de especies exóticas?
Esa inquietud la impulsa a escribir un diario desde su mirada de poeta santafesina. Porque esta búsqueda que emprende para encontrar, identificar y nombrar las especies originarias se da en paralelo a su propia mudanza de Santa Fe a Mar del Plata, y en particular a Playa Serena, donde vive actualmente. En ese pasaje del litoral a la costa se cifra la poética de Diario de las flores del mar. Escrito entre una lengua dulce que la constituye y otra salada a la que intenta adaptarse, la autora narra ese proceso como un trasplante, al intentar, como una flor exótica, enraizarse en esta tierra nueva.
“Entramos a Mar del Plata, doblamos desde Champagnat a Colón, siento que la ciudad está pelada, le falta follaje. Queda en evidencia por primera vez ante mis ojos que todos los árboles fueron plantados. Noto que no hay árboles fuera de lugar, están en la vereda, a intervalos regulares, ordenados en las plazas. No se asoman árboles desmedidos desde los patios de las casas, casi no se asoman árboles. Ningún árbol es demasiado alto o frondoso. Son árboles tan jóvenes como esta ciudad que cumplió 150 años”, observa la autora en una de las entradas del diario. Sus ojos litoraleños, y de poeta, le permiten advertir lo que para los locales puede pasar desapercibido, como ser una ciudad sin jardín botánico o con patios que reproducen plantas de latitudes tan lejanas como Madagascar o el sur de China, sin atender al viento, la arena ni la sal.
En esa exploración de Larisa, que incluye salidas a la naturaleza, visitas a museos y archivos, infinitas lecturas y charlas con especialistas, un encuentro resulta decisivo. En el vivero Las Nativas de El Marquesado, el naturalista Luis Delvenne le habla de la Grindelia aegialitis, la “margarita de barranco”: una flor amarilla que crece en dunas y acantilados, enfrentada al viento marino, y que no existe en ningún otro lugar. Saber que esa “flor del mar” está ahí –y que podría desaparecer– activa una búsqueda que para la autora es también íntima, como si reconocer esta flor nativa fuera también una manera de empezar a pertenecer a esta tierra.
Después de recorrer el jardín de la redacción, celular en mano, tratando de identificar una especie rara con la aplicación I Naturalist, Larisa Cumin conversó con LA CAPITAL. Aunque el libro ya fue terminado –y publicado por la editorial Bosque Energético dedicada exclusivamente a diarios íntimos–, se hace evidente que su profunda conexión con las plantas persiste, acaso porque, como señala, el cuidado de un jardín se parece mucho al del lenguaje. De botánica y sus relaciones con la escritura, el desarraigo, la maternidad y la resistencia surge esta conversación, que invita a abrir los ojos ante la belleza que crece a orillas del mar.

La tapa del libro ‘Diario de las flores de mar’.
— ¿Cuánto te ayudaron las plantas a atravesar el desarraigo?
— Las plantas me enseñaron a adaptarme a esta nueva tierra. Cuando me traigo una planta del litoral, en la primera temporada no se muere, pero tampoco florece, como si no entendiera la estacionalidad. Y a la segunda, tercera temporada, ya va captando que es otro clima y se va adaptando a ese nuevo suelo. Yo también lo viví así. Al principio sentí que me había desarraigado muy fuerte o que me había quedado de alguna manera muda. También coincidió que cuando me mudé acá, el primer año estaba embarazada y después pasé la pandemia con un bebé. Entonces, hacer redes y salir a explorar el territorio me costó un montón. Y venía de vivir en Buenos Aires por dos años, entonces fueron dos mudanzas, una tras la otra. Al principio sentía muchísimo frío, la pasaba muy mal con el viento, no entendía demasiado y ahora ya me re-adapté.
—¿Y cuánto creés que impactó la mudanza del río al mar en tu escritura?
—Con la escritura, también, porque creo que hubo un pasaje que fui haciendo en esas tres o cuatro migraciones internas, digo yo, en las que fui también mudando de la poesía a una escritura de más largo aliento. En el medio estuvo la novela El magún, que, para mí, tiene un lenguaje todavía más pegado a la poesía en cuanto a la brevedad y la condensación de las frases. Y acá apareció otra cosa.
También aparecieron otras lecturas, me abrí a leer textos que quizás de otra manera no hubiera leído, como diarios de naturalistas, libros académicos, escrituras por fuera de lo contemporáneo y fuera de la literatura. Hubo una investigación, desordenada y obsesiva, pero necesitaba saber sobre este territorio nuevo para mí.
—¿Sentís que esas nuevas lecturas y el desplazamiento hacia la narrativa tienen que ver con cambiar de hábitat, siguiendo la comparación con las plantas?
—Creo que sí. Quizás también tiene que ver con crecer en edad. Sigo escribiendo poesía, ahora volví un poco. Puede tener que ver también con una forma de concebir el río y el mar. Para mí, el río es algo más acotado y vertical frente al mar, que es inconmensurable. Por eso empecé por lo que lo bordea y por lo vegetal.

Cumin publicó, en narrativa, El magún y La calle del eros, y los poemarios La gran avenida, La escapista y Flaquito. Además, acaba de lanzar Las puertas, un libro-poema ilustrado por Josefina Tai y editado por Limonero.
—Pareciera que hay una necesidad de entender esta naturaleza para armar un nuevo lenguaje y así atravesar el desarraigo, ¿puede ser?
—Eso sí, seguro, a veces hay que inventarse un nuevo lenguaje para pensar un nuevo lugar, un nuevo territorio, o para fundarlo. Quizás haya personas que se adaptan de otras formas, pero a mí nombrar las plantas fue una manera de identificarlas y también de entender ese afuera, incorporarlo, hacerlo propio. Distinguirlas también, porque si no, es “una mata”, es decir, la flora de un lugar en general. Pero cuando empezás a ver “esta es distinta de esta otra” algo cambia.
Y también creo que muestran una manera de habitar ese territorio diferente. Es decir, las plantas habitan el mismo territorio que nosotros, pero de otra forma. Poder decir “esta está acá” también es reconocer eso. Como la grindelia: la grindelia solo está a orillas del acantilado porque se banca el viento del mar –y de hecho, lo necesita–, y no va a estar en otro lugar porque no podría sobrevivir sin esas condiciones.
“Cuidar las plantas es como cuidar el lenguaje”
—¿Por qué creés que el descubrimiento de que gran parte de la vegetación marplatense no es autóctona te impulsó a escribir?
—Creo que también tiene que ver con mi propia adaptación, o con una nueva forma de enraizarme, y también con concebirme a mí misma como una planta exótica. Al enterarme de que no había árboles, me agarró una obsesión de tratar de imaginar cómo era este paisaje antes, cómo era sin, por ejemplo, los pinos y los eucaliptos, tan características de la costa, pero tan exóticos al punto que amenazan la flora autóctona.
A la vez, en esta búsqueda para el libro, también me fui dando cuenta de que ya esa idea de un origen prístino, puro, no importa y no existe. Porque ya hay un paisaje natural muy hibridado. Sí, por supuesto que hay que cuidar y resguardar lo nativo porque también los ecosistemas están cambiando y podemos perder plantas y hasta animales. Entonces eso hay que resguardarlo desde distintos lugares, principalmente desde las investigaciones, pero también con una educación de la comunidad que sepa reconocer las plantas nativas.
Cuando me encontré con Luis Delvenne y Daniela (quienes llevan adelante el vivero de plantas nativas de El Marquesado), me dijeron y suelen decir una frase: “No se puede amar lo que uno no conoce”. Por un momento pensé que todo el diario estaba mal, porque había escrito sobre un mundo que en gran parte desconocía. Pero después entendí que esa falta también formaba parte de la realidad del diario.
—¿Qué te pasa cuando estás entre plantas? Hablás de que entrás en otro ritmo, otro tiempo, de que olvidás quien sos. ¿Cómo describirías ese estado?
—Me calma mucho tener las manos en la tierra y también el diario fue una forma de empezar a prestarle más atención porque se nos desmadraba el jardín. Entonces, era escribir para anudar ahí distintas cosas: la escritura y el cuidado del jardín, que también es el cuidado de la casa.
También entendí que las plantas se repliegan un poco más en el sur de Mar del Plata en invierno, donde hay más viento, hay menos gente y se vuelve todo más ermitaño. Y pareciera que las plantas también entran en un letargo, no crecen tanto en ese tiempo. Ese repliegue también me ayuda a hacer foco y concentrarme, tiene algo de meditación. Y también da una afectividad a un ser que yo siento que lo devuelve floreciendo.
“Si no estuviéramos nosotros, las plantas serían dueñas del mundo”
—Bueno, llegás a la conclusión en el diario de que las plantas sienten.
—Sí, a veces es empezar a ver que hay un montón de vida ahí. Y también tiene que ver con enlazarse con el territorio: podés convivir años con un jardín sin mirarlo realmente.
Respecto de que las plantas sienten, hubo gente que me recomendó estudios de botánica que empiezan a ver eso. Por ejemplo, plantas que responden con impulsos eléctricos a una caricia, medidos con electrodos. También hay investigaciones que señalan que las plantas se comunican a través del micelio, que son como grandes redes que están debajo de la tierra, que son de los hongos y que comunican las raíces de las plantas y que hasta pueden compartirse nutrientes o pasarse información. Me sorprendió muchísimo esa lectura y pensar que hay un lenguaje, una comunicación, entre las plantas.
Estoy pensando en un libro que es Habitar como un pájaro, de Vinciane Despret, que habla de la escritura de los pájaros. Hay algo ahí de las huellas que otros seres también dejan, otros tipos de escritura, que está bueno observar.
Una vez una amiga escritora, Laura Ortiz Gómez, me dijo algo que si no estuviéramos nosotros, las plantas serían dueñas del mundo. No lo son porque las podamos, las cortamos para abrirnos paso, pero en realidad todo sería planta. Y tiene razón.

Cumin coordina el taller “Leer a las vecinas” y dirige la colección de crónicas Quiloazas de la editorial Vera Cartonera.
—Empezás tu libro con un epígrafe de Thoreau: “De todas las cosas inexplicables y extrañas, esta de llevar un diario es la más extraña”. ¿Qué es lo que hace que escribir un diario sea algo tan extraño?
—Con este diario, me había impuesto la temática de las plantas y empecé a mirar todo bajo ese filtro. Esa mirada genera extrañeza, porque hay muchas otras cosas que pasaban en paralelo en mi vida que no ingresaron ahí, y estaba bien que no lo hicieran.
Después, lo extraño del diario tiene que ver con que une la experiencia y la escritura al mismo tiempo, y la escritura se vuelve una experiencia más. Tiene algo de ir pensando la vida a medida que la vas escribiendo, sin saber del todo hacia dónde va, porque no podés controlar lo que va a pasar. No es como la ficción, donde podés editar, decidir qué decir y qué no. Yo a veces lo pienso como una invención de la memoria. Es decir, podemos tomar de nuestra propia experiencia como pequeña materia prima para escribir. Obviamente, también podemos hacer juegos, transformar, exagerar, sacar algo, agrandar, etcétera. Y ese no saber hacia dónde va esa escritura, de qué va a hablar, tiene algo de abismo.
—Por otro lado, contás que el saber que traés de las plantas viene de las mujeres de tu familia. ¿Cómo pensás la relación entre las mujeres y las plantas?
—Creo que tiene que ver con que a las mujeres, históricamente, les han tocado las tareas de cuidado, aunque haya también muchos hombres cuidando plantas. También hay algo de lo pequeño, del poder estar ahí, con lo cotidiano, lo cercano, darle importancia a lo que en realidad lo tiene, aunque a veces, desde otro lugar, pueda verse como algo menor. Cuidar un jardín es prodigar un cuidado sobre algo chiquito y que vale un montón en ese estar, en esa constancia del día a día.
Y también creo que tiene que ver con un saber que las mujeres se han transmitido durante mucho tiempo de forma oral, entre ellas, pasándose pequeños secretos de boca en boca para mantener mejor una planta.
—Y también decís que no podés separar las plantas de la maternidad, ¿por qué?
—Creo que tiene que ver con el momento en que escribí el diario. Siempre tuve plantas, pero a este jardín empecé a dedicarle más tiempo en paralelo con el crecimiento de Fermín (su hijo). También me apareció una anécdota de mi infancia: de chica me saqué una semilla del ombligo y enseguida me angustié, porque pensé que no iba a poder ser madre. Hay una asociación entre la gestación de las mujeres y de las plantas.
Por otro lado, hay algo de que una “materna” a las plantas y, a la vez, ellas también nos maternan. Bueno, les decimos “las plantas”, “las raíces”, “las flores”, en femenino. Habría que ver en otros idiomas. Si bien tienen órganos sexuales femeninos y masculinos, hay algo que se asocia con lo femenino.
Y, a la vez, muchas plantas tienen nombres vinculados con la maternidad. Por ejemplo, hay una que se llama “mala madre”. Es una marginata: tiene hojas largas, verdes, con el centro blanco, y hace unos lazos de los que cuelgan “hijitos” que después los suelta. Pero también puede pensarse como “cintas de novia”, parecidas a las tortas de casamiento noventosas de las que salían citas con el anillo. El nombre depende de cómo se mire la planta.
Hay un ensayo filosófico de Maeterlinck, La inteligencia de las flores, que piensa en las estrategias que las plantas inventan para desperdigar hijos. Dice que hay plantas que tienen como hélices que tiran sus semillas y el viento las lleva muy lejos. Porque ningún hijo podría crecer bajo su sombra, por lo cual la “mala madre” también podría pensarse como una “buena madre”. En realidad, se distancia para que sus hijos puedan encontrar otras condiciones para crecer.

Larisa Cumin, en el jardín de la redacción de LA CAPITAL.
—¿Por qué “las flores del mar” y el guiño a Baudelaire?
—El título me apareció mucho antes de empezar el diario. Había sacado fotos a unas flores que crecían en la colectora de Playa Serena y, al mismo tiempo, estaban mezcladas con basura, y era un paisaje muy colorido. Ahí vi algo muy en clave de Baudelaire, en esa convivencia entre la belleza y la basura.
—Las flores del mar no son solo las flores de la costa, sino que también las ves en imágenes como la luna sobre el acantilado, el instante en que descubrís que pasan ballenas o ese lobito marino muerto que llega como una entrega del mar a la orilla.
—A veces siento que el mar trae ofrendas: cada tanto aparecen restos que vuelven a aparecer. Me pasa de bajar a la playa y darme cuenta de que alguien arrojó cenizas y también claveles. Surgen esas mezclas. Durante mucho tiempo también observé las algas que trae el mar. Creo que tiene que ver con todo lo que crece alrededor, con la vida que se manifiesta, con lo que florece, incluso en un sentido metafórico, no solo con las flores, ahí, a orillas del mar. Y también hay algo de pensar la belleza: desde qué perspectiva la miramos, porque puede ser múltiple.
“El cuidado de la naturaleza y el cuidado de la literatura son lugares de resistencia”
—En el libro se puede advertir una preocupación por el avance urbano, la falta de inversión y de políticas de preservación de la naturaleza en nuestra zona. ¿Creés en ese sentido que la literatura puede ser un espacio de resistencia frente a esta falta?
—Puede ser. No me gusta pensar la literatura como un lugar utilitario. A la vez, es cierto. Hoy hablaba con una amiga, Sofía Copello, sobre la literatura como un espacio donde se puede hablar con afectividad acerca de la naturaleza. También es una forma de no sentirnos ajenos a la naturaleza, porque la literatura es algo muy cultural. Hay una idea filosófica que separa cultura y naturaleza, y para mí ese binarismo es peligroso y, en algún punto, muy capitalista. Es cierto que somos seres de lenguaje y que tenemos otras capacidades, pero no dejamos de ser parte de lo natural, algo que tiene vida. Y diferenciarnos tanto de otros seres… no sé, creo que estamos en un momento de crisis muy fuerte en relación con el cuidado de la vida en general. No se trata solo de los avances que arrasan, como pasar una topadora sobre las plantas, transformar un paisaje, extraer la arena de un médano, sino también de lo que vemos a nivel mundial: la propia vida de las personas no se está respetando.
En ese sentido, creo que la literatura tiene algo muy parecido a la jardinería, que es darle importancia a lo pequeño, a lo cercano, de hacerlo crecer y cuidarlo. Cuidar las plantas es como cuidar el lenguaje, trabajar casi como una orfebrería. Y, en el fondo, eso es lo más importante. Porque si perdemos eso, lo que se pierde es mucho. Entonces, el cuidado de la naturaleza y el cuidado de la literatura son claramente lugares de resistencia.
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