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Opinión 16 de agosto de 2019

José de San Martín, el más grande de los argentinos

Por Martín Balza*

El 17 de agosto de 1850, en Boulogne-sur-Mer (Francia), a los 72 años, se extinguió la vida del Libertador San Martín. Sus restos mortales debieron soportar 30 años más en su voluntario exilio; arribaron a Buenos Aires en 1880. En la hora dolorosa de su muerte no lo acompañó ninguna grandeza humana, sino un puñado de sus seres queridos. Hoy lo valoran y acompañan 45 millones de argentinos, reconocidos chilenos y peruanos, y es respetado en el mundo entero. En la recepción de sus restos, el entonces presidente Nicolás Avellaneda expresó: “Ved la estatua del primer soldado de América montado sobre el caballo de batalla que mayor espacio haya recorrido en la tierra después del de Alejandro”.

Yapeyú fue su cuna el 25 de febrero de 1778, luego transitó tres etapas que jalonaron su vida: 27 años en España (21 en el ejército y 31 combates), 12 años en América (Argentina, Chile, Perú y Ecuador) y 26 años en su ostracismo en los hospitalarios suelos de Francia y Bélgica. Su legado fue una perenne ética estoica.
San Martín fue un profesional militar con visión política y humanística. Fue más allá de las disputas internas. Actuó con coherencia y fe en su causa, desechando prebendas honoríficas. Luchó por la libertad, la justicia y la paz. Privilegió el destino de pueblos hermanos y consolidó el de su patria. Junto con Belgrano, son los verdaderos artífices de la independencia argentina.

Como militar, en la concepción de su Plan Continental fue un genial estratega, optando por un camino indirecto —conocido también como estrategia indirecta— hacia el bastión español en América. En las batallas de Chacabuco y de Maipo, fue un ejemplar táctico. No desconocía las campañas de Alejandro y de Julio César, pero quizás influyeron más en él las de Federico el Grande y Napoleón. Como buen ajedrecista, fue un maestro en la estrategia psíquica —que él llamaba “guerra de zapa”— para desconcertar y desequilibrar al adversario. Exigía una rigidez disciplinaria acorde con la dignidad del soldado; sin duda ejerció un mando firme, equilibrado y respetuoso. Para los militares argentinos nos legó un comportamiento: “Que las armas de la Patria son para la defensa de la soberanía, de la libertad y el derecho de los ciudadanos, pero nunca para deshonrar el uniforme con la comisión de actos criminales”.

Respetó al adversario y no descuidó la ilustración de los pueblos. Su repulsión a las luchas fratricidas ahorró víctimas entre sus conciudadanos. Hablaba el francés, tanto como el inglés y el italiano. En 1827, en carta a su amigo Tomás Guido, sentenció: “Para defender la libertad y sus derechos, se necesitan ciudadanos, no de café, sino de instrucción, de elevación del alma y, por consiguiente, capaces de sentir el intrínseco y no arbitrario valor de los bienes que proporcione un gobierno representativo”. Nos legó también otra sentencia que mantiene, aún hoy, plena vigencia: “El mejor gobierno no es el más liberal en sus principios, sino aquel que hace la felicidad de los que obedecen, empleando los medios adecuados a ese fin”. Entendió y afrontó mejor que nadie la situación de la incipiente Argentina, y fue más allá de los estrictos límites culturales de su época.

Además de Guido, sus más estrechos amigos fueron Bernardo O’Higgins y —muy particularmente— Alejandro María Aguado. Este último era un viejo compañero de armas en el ejército español con quien se reencontró en 1828 en Bruselas cuando era uno de los banqueros más prósperos de Europa. La amistad entre ellos finalizó con la muerte de Aguado en 1842, quien lo dejó como albacea, le legó algunos bienes y la curatela de sus hijos. En carta a O’Higgins y al general Guillermo Miller les dice refiriéndose a Aguado: “A él debo, no solo mi existencia, sino la de no haber muerto en un hospital, de resultas de una larga enfermedad”. El Libertador siempre se refirió a él como su bienhechor. Aguado era judío.

En 1838, relacionado con el conflicto con Francia, sentenció: “Este injusto bloqueo…no me causaría tanto cuidado, si entre nuestros compatriotas hubiera más unión y patriotismo del que realmente existe…”.
Estoicamente soportó persecución, difamaciones, humillaciones y hasta fue tildado de ambicioso, ladrón, cobarde y traidor por parte de caracterizados compatriotas. Pero 30 años de innobles calumnias no alcanzaron para lograr una defensa, y la ingratitud no le arrancó la más mínima queja. No obstante, en carta a Guido en 1829, con amargura expresó: “…pero confesemos que es necesario tener toda la filosofía de un Séneca, o la impudicia de un malvado, para ser indiferente a la calumnia”.

Su renunciamiento, el abandono de la autoridad, del poder y su voluntario ostracismo tienen dos antecedentes, el del patricio y político romano Lucio Quincio Cincinato, y el de George Washington. Ambos, así como nuestro Aníbal de los Andes, evidenciaron falta de ambición personal, gran capacidad militar y visión política y humanística.

Cuatro años antes de su muerte, en 1844, San Martín otorgó, en París, su brevísimo y ejemplar testamento ológrafo que en una de sus cláusulas manifiesta: “Prohíbo que se me haga ningún género de funeral (…) pero sí desearía el que mi corazón fuese depositado en el de Buenos Aires”. Acorde con ello, su entierro se hizo sin pompa ni ostentación alguna. El acompañamiento era humilde y propio de la alta modestia, tan digna compañera de las calidades morales y de los títulos gloriosos de tan eminente hombre, y del célebre soldado que se batió contra la Grande Armée en la batalla de Bailén en España, y destruyó en América a gran parte del imperio español.
San Martín, sin proponérselo, jugó a lo póstumo, a la gloria, rechazando la celebridad.

*Ex Jefe del Ejército Argentino. Veterano de la Guerra de Malvinas y ex Embajador en Colombia y Costa Rica.