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Opinión 6 de junio de 2020

Nacido para molestar

por Nino Ramella

El 7 de junio se celebra el día del periodista. Se trata del oficio que se alimenta de un impulso irrefrenable: querer contarlo. La cabeza de un periodista está configurada de una manera extraña. La perfección de las experiencias se logra contándolas, no meramente viviéndolas.

Suele revestirse esta actividad de una cualidad altruista como es la de mejorar la realidad. Yo más bien tiendo a creer que contar lo que ve es para el periodista una acción consustancial a su naturaleza. De ser así conlleva poco mérito.

Sea como digo o no, lo cierto es que cuando a alguien le pica el bichito del periodismo resulta inoculado para siempre. La cabeza queda entrenada para mirar y ver lo que la rutina enmascara. La apariencia se cuestiona como en el psicoanálisis y entonces hay que bucear. Y ese impulso puede darse en la verdulería o en el Pentágono.

El espíritu crítico es combustible que permite el movimiento de un periodista. Cuestionarlo todo, inclusive su propio trabajo, es parte de su día a día. De ahí que para mí cobre imperativo de ley el postulado de Orwell: “periodismo es publicar lo que alguien no quiere que publiques. Todo lo demás son relaciones públicas”.

De ahí que descreo de un concepto de los últimos tiempos: el periodismo militante. Se puede consagrar la actividad del periodista a ideas muy globales y conceptos genéricos, no a la defensa de gestiones, políticos o dirigentes. Hay quienes dedican su oficio a la protección del medio ambiente o del patrimonio. Otros a la defensa de los DDHH. Los periodistas de investigación se dedican a desnudar indecencias…sin importar a quien le caiga el sayo. Aquí sí cobra sentido la frase “caiga quien caiga”.

Los periodistas “militantes” tendrían que habitar los departamentos de publicidad de los medios, no las redacciones.

Y como ya dije que el fin del periodista es molestar, aunque sea a sus hermanos, empezaré por casa.

El periodismo no se ha mantenido indemne en esta degradación del discurso público que nos deja perplejos. Así como es notoria la falta de talento e ilustración de la dirigencia en general, también es una manifestación del periodismo actual.

Acaso por mera petulancia he defendido siempre la cualidad del periodista gráfico por encima del de los medios electrónicos. Tal vez por reacción a que el ciudadano común convoca a su cabeza al periodista más famoso de la televisión, aunque en las redacciones haya miles de colegas que lo superan en destrezas para el oficio.

Pero debo finalmente admitir que la baja calidad del promedio de periodistas de hoy, lamentablemente, también alcanza a los escribas. Entiendo que la velocidad digital atenta contra las buenas maneras del periodismo, pero no es razón suficiente.

Escribir tendiendo a lograr la mayor proporción de imparcialidad y verdad ha sido siempre un norte. Pero también lo ha sido escribir bien. Acaso lleve más tiempo. Pero vale la pena. Es un plus de nuestro trabajo que no deberíamos perder. Los que deseen revestir este oficio de algo más que un dato no deberían olvidarlo. El pronóstico meteorológico…un choque…lo que sea, pero escribirlo bien.

Pero tal vez sean algunas celebrities televisivas las que se lleven las palmas de la declinación. A veces balbuceantes, sin encontrar términos o estructuras que se adecuen más o menos a una sintaxis básica es una manifestación cotidiana que nos acorrala desde la caja boba.

Comentan la realidad así como surge a borbotones de sus impulsos testiculares, sin un mínimo análisis. Al aire y en directo van mirando sus celulares y largan lo primero que alguien les manda por mensaje, sin chequearlo, sin el menor rigor que impone la responsabilidad de hacer público cualquier dato.

La posverdad ha sepultado aquello que formaba parte de nuestro mundo en las redacciones y que las hacía únicas. Esas conversaciones, no pocas veces polémicas, en ambientes llenos de humo donde gente ilustrada y no pocos poetas discutían sobre la actualidad pero también sobre metafísica o el sexo de los ángeles…se fueron con el viento.

Me pregunto si las jóvenes generaciones de colegas saben hoy lo que significa esperar de madrugada la salida del diario y leer ansioso cómo había salido nuestra nota y sufrir como un marrano si había algún error. Me apenaría que no lo supieran.

El momento en que vi la primera nota con mi firma fue como una Epifanía. La leí mil veces como con veleidad masturbatoria. Hoy no se tiene el gusto por esa distinción ya que todo lleva firma, hasta el pronóstico.

Pero no es todo apocalíptico lo que me inspira estas líneas. También veo jóvenes muy jugados en la trinchera de esta crisis que estamos viviendo. Ellos cifran una esperanza.

Además soy un convencido de que las patologías de nuestra época signada por la posverdad, las fake news, la verdad deseada, la mentira instrumental…todo eso tiene un antídoto: nuestro oficio. En la medida en que algún gen de aquel ambiente que nos formó a muchos siga vivo, en cualquier momento cobrará nuevo impulso y volverán las redacciones a ser la fragua de periodistas que ayuden a escapar de la confusión.

¡Feliz día colegas!



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