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Arte y Espectáculos 2 de diciembre de 2016

El eco de un viento

por Nino Ramella

La música existe porque sus tiempos los marca el silencio. La vida se le parece. Los silencios dan respiro al aturdimiento, a la vocinglería. El silencio anuncia lo que vendrá. Sin él no habría melodía ni podríamos entendernos.

Hay, sin embargo, silencios que no tienen explicación. Que nos dejan mirando sin entender. Que nos enfrentan a preguntas que no tienen respuesta y donde la humanidad se estrella contra el absurdo.

Y así como un músico ensaya su parte para perfeccionar su arte, también nosotros ensayamos algún pensamiento para explicar lo que nos pasa. Pero las palabras siempre quedan cortas. Por eso los réquiems necesitan de la música para expresar un sentimiento.

Alejandro Brown abrazó desde chico su vocación. Temprano ya integraba la Banda de los Exploradores de Don Orione. Integró también la banda de la Guardia del Mar y luego la Orquesta Sinfónica de Salta, la de Mar del Plata y desde hace diez años la Banda Sinfónica Municipal.

Desde hace horas la perplejidad de su temprana muerte –tenía 53 años- va ganándole la partida a una explicación que ayude a que la tristeza sea un sentimiento redondo, que no lastime. Si los seres humanos no estaremos nunca lo suficientemente preparados para enfrentar la muerte, el arrebato violento de una vida nos deja estupefactos.

Pienso mucho en su familia, pero permítanme focalizar mis pensamientos en sus compañeros. En los músicos que cotidianamente se sientan a cumplir con un trabajo que acaso el público sólo conoce por sus resultados. Una banda, una orquesta… es el territorio de un encuentro muy especial. Acaso como en muy pocos ejemplos más el que está mi lado me completa. Su voz y la mía escriben un mensaje que nos necesita a ambos para ser.

Ese encuentro va forjando un vínculo cuya solidez no altera el ir y venir de las luces y sombras de las que todos los seres humanos estamos hechos. Los artistas tienen el don de expresarse más allá de las palabras y cuando además se trata del arte mayor como es la música, ese diálogo alcanza códigos indescifrables para los profanos que somos la mayoría de nosotros.

Me siento solidario, pues, con sus compañeros que en el próximo concierto sé que ejecutarán sus instrumentos con el corazón puesto en el recuerdo del amigo muerto. Su silla y su trombón serán testimonio de que hay vacíos que nadie puede llenar.

Conocí a Alejandro hace muchos años. Fue un incansable luchador por el mejoramiento y desarrollo de los organismos que integró. Doy fe de ello pues él en su condición de delegado y yo de titular del área de Cultura nos encontramos muchas veces para tratar temas que le importaban al conjunto de sus compañeros, pero también y principalmente que aportaban valor a nuestra ciudad. Solía pararme en la vereda del Teatro Colón donde ensayaban. Fue exactamente ahí donde lo vi por última vez.

Básicamente era un tipo solidario, que tenía el alma formateada para ser útil a los demás. Así lo reconocen sus colegas músicos pero también aquellos que lo trataron en otros ámbitos.

Hoy un viento se ha apagado. Acompañemos amorosamente y con entusiasmo el camino de los organismos que él integró y que son orgullo de nuestra ciudad. Cerremos los ojos y dejemos que la música nos lleve donde la muerte no existe.