A 112 años del cumpleaños de Julio Cortázar: buenas salenas cronopio cronopio
Polémicas, correspondencia y recuerdos personales trazan un recorrido por la figura del autor de "Rayuela", sus vínculos con Borges y la relación íntima que supo construir con lectores y admiradores.
Julio Cortázar nació el 26 de agosto de 1914.
A Julio/Julito/Julius, el felino que más amé.
Por Juan Pablo Neyret
El arte de injuriar
En 1933 en la revista Sur, Borges publicó un texto que luego recogería en sus “Obras completas” (“Historia de la eternidad”, 1936) titulado “El arte de injuriar”, en el que afila su ironía para dar cuenta de la injuria desde un punto de vista estético. El ejemplo que aportaré no había sido publicado aún pero merece ser citado.
Primera Plana fue la revista señera para la intelectualidad latinoamericana de la década de 1960. Allí, el periodista Ramiro de Casasbellas se refirió a Julio Florencio Cortázar como un “escritor belga residente en París”. Se trata de una injuriosa definición para el escritor nacido en Bruselas el 26 de agosto de 1914 –dos días y quince años después del propio Borges–, hijo del diplomático Julio José Cortázar, por lo que le fue acreditada la nacionalidad argentina.
El semanario dirigido por Jacobo Timerman fue el que les dio estatus continental a las grandes novelas del Boom latinoamericano, especialmente en la persona de su jefe de redacción, Tomás Eloy Martínez. El autor de “Santa Evita” des-cubrió a Gabriel García Márquez en 1967 cuando publicó “Cien años de soledad” por Sudamericana de Buenos Aires, que dirigía Carlos Barral, además de escribir la primera crítica, y fue el gestor de la única visita del colombiano al país. En 1963 había viajado a la capital de Francia para dialogar con Cortázar a propósito de la edición de “Rayuela”, también a través de Sudamericana; la entrevista llevó un título que a su manera dialoga con lo que luego diría Casasbellas: “La Argentina que despierta lejos”.
Borges, a su vez, fue el primer editor de Cortázar. En la tímida revista Los Anales de Buenos Aires, que dirigía, publicó en 1946 “Casa tomada”, que en 1951 aparecería en el volumen de cuentos “Bestiario”. El autor recordaba permanentemente esta distinción y de hecho tuvo al más grande escritor argentino como una de sus principales influencias. Pareció haber un divorcio, sin embargo, no protagonizado por los protagonistas sino por integrantes de la llamada academia. Una vez, en cierta mesa de examen, una profesora adjunta de una especialista en Borges, cuando ésta y el otro integrante de la mesa discurrían sobre el creador de “Ficciones”, dijo cortante: “¡Córtenla con Borges!”, a todas luces otra variante del arte de injuriar. Lo más extraño no sería solamente la ocasión adecuada para pronunciarse sino que la propia estudiosa borgesiana, en una charla de pasillo de un congreso de literatura, afirmó con otras colegas que “Cortázar envejeció mal” y que “hoy Rayuela es aburrida”, lo cual se suma al rosario de injurias.

Quien percibió claramente esto último fue el periodista y escritor Jorge Lanata. La primera vez que me fue dado leerlo ocurrió gracias a otra revista casi artesanal, Letras de Buenos Aires (y nótese asimismo el nombre), en la que el luego director de Página/12 se extendía sobre la figura y la obra de Cortázar como más de un docente o investigador universitario hubiese deseado por conocimiento y profundidad. Al cumplirse el décimo aniversario de la muerte del narrador, ensayista, poeta y dramaturgo, en 1993, Lanata encabezó un dossier en el diario con el artículo llamado “Ahora dicen que escribía mal”. Tomás Eloy Martínez era columnista de “el Página” y con él y Ramiro de Casasbellas resonaba aquella entrevista que se anticipó al también periodista de radio y televisión, ahora su jefe, acerca de la Argentina que despertaba lejos en una de las dos notas que considero –la otra, desde ya, la de Lanata– de lectura imprescindible sobre nuestro autor.
Contraflor al resto
Como todos saben y nadie tiene por qué saber, cursé mis primeros estudios superiores en la carrera de Letras de la Universidad Nacional de Mar del Plata. La institución había sido diezmada (literalmente, incluyendo sus detenidos-desaparecidos) por la dictadura que todavía no finalizaba, por lo cual era frecuente la figura del profesor viajero. Uno de ellos, afincado en La Plata y titular por ese entonces de dos cátedras, me proporcionó mi primer contacto literal con Julio Cortázar.
Este docente era también poeta, y de los poetas sin miedo. Sin miedo de ser mal poeta, quiero decir, porque a sus libros, que nos regaló escalonadamente, no había asistido la inspiración y tampoco la había suplido la traspiración. Al comienzo de una clase, en 1983, me llamó al frente y me encomendó una tarea mientras dejaba una hoja mecanografiada en mis manos: “Leeles a tus compañeros”.
Así fue como estimado (“Grave problema argentino: querido amigo, estimado, o el nombre a secas”), he recibido su libro, le agradezco, me encuentro, pero motivos de salud me han, etcétera corrían por mi voz como lo habían hecho por el repiqueteo de la máquina de escribir hasta que sin metáfora temblé y sentí un vahído que casi me llevó al suelo. A los caracteres mecánicos les seguía una firma autógrafa y ésta decía simple, tremendamente, “Julio”. Cortázar en su juventud, ya afincado en la localidad de Banfield, se graduó primero como maestro normal y luego como Profesor en Letras. Gracias al primer empleo gozó de un pase gratuito para los trenes que le permitió conocer en profundidad la provincia de Buenos Aires, donde desarrolló su tarea en la década de 1940. Más tarde se sumergiría en el estudio de la Literatura Inglesa y trabajaría en la Universidad Nacional de Cuyo.
Era un ávido escritor de cartas personales que fluyen con la misma dinámica que en sus textos literarios, con la particularidad de que todas ellas provienen de una primera escritura sin correcciones. En los 80 mi amigo y colega, el escritor y editor Daniel Calabrese, me convocó a una reunión casi secreta en cuya ceremonia desplegó dos hojas de papel escrito a máquina. Se trataba de cartas dirigidas a maestras de Chivilcoy, que Daniel había conseguido por la proximidad de este lugar con su ciudad natal, Dolores, donde habían sido rescatadas.
Los temas de esos textos permitían conocer la cotidianidad de la vida de Cortázar y sus intereses a la fecha. Volaban libres por las manos de quienes sucedieron a sus destinatarias hasta que finalmente fueron reunidas en un epistolario. Éste contiene las dos cartas enviadas a Chivilcoy, hasta entonces un tesoro agazapado que el divino laberinto de los efectos y de las causas ofreció inicialmente a mi lectura de los textos autógrafos de “Julio”.

El profesor viajero platense que se carteaba con Cortázar, pues, era una vía de llegada al escritor. Éste visitó por última vez la Argentina en diciembre del mismo 1983, cuando no fue recibido por el flamante presidente de la Nación, Raúl Alfonsín, por quedarle demasiado a la izquierda de su socialdemocracia. El motivo de la llegada de Cortázar, sin embargo, no revestía motivos políticos: su madre se hallaba gravemente enferma y él viajó para despedirse de ella.
Había anunciado, sin embargo, una siguiente llegada, para marzo del 84 a fin de reunirse con un sector privilegiado de sus seguidores, los estudiantes universitarios de Letras. Yo sabía que tendría la entrada franqueada a uno de esos encuentros hasta que los medios anunciaron el domingo 12 de febrero que Cortázar había fallecido en París, según algunos víctima de leucemia, según otros de SIDA que habría contraído en una de sus internaciones. Así fue como nuestro contacto más íntimo, además de la intimidad propia de la lectura, se transformó en el de esas tres cartas personales que la vida me dignó compartir.
Un tío lejano
También en la década del 80 y en la Dolores de Daniel Calabrese, una adolescente actriz se encontraba a su manera con “Julio”. Se trataba de Inés Estévez, hoy también cantante, escritora y directora de teatro. Lo supe la mañana de 1997 en que, en el marco del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, la entrevisté a propósito de “La vida según Muriel”, filme que coprotagonizó con Soledad Villamil bajo la dirección de Eduardo Milewicz, el cual participaba en la competencia oficial.
El vínculo surgió en la conversación y Estévez definió a Cortázar como “una especie de tío lejano” que se comunicaba epistolarmente desde París. Las cartas le llegaban regularmente al “noviecito” de ella, el poeta también dolorense (y mejor amigo de Calabrese) Daniel Oronó. Cabe señalar que, cuando era de su interés, y casi siempre lo era, Cortázar contestaba personalmente la correspondencia que recibía.
Un día, movido por la admiración y no menos la dificultad de acometer un proyecto literario existiendo alguien tan portentoso por encima de él, el adolescente Oronó le escribió una carta que se iniciaba así: “Cortázar, ¿por qué no se pega un tiro?”. El escritor respondió de inmediato y así se forjó esa relación, más que de amistad, de parentesco literario. Inés Estévez (y, seguramente, también Oronó) todavía se emociona al contar esta historia que parece surgida de un texto cortazariano.
El pasado miércoles 26 se celebró un nuevo cumpleaños del “escritor belga residente en París” que cotidianamente despertaba junto con nosotros y que sigue escribiendo bien. El creador, entre tantos universos cómplices, de los cronopios, esos seres verdes y húmedos que siguen saludándose como en el título de esta nota incluso a pesar de tantos famas y esperanzas sueltos que no nos impedirán completar la frase con un tregua catala espera.
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