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Arte y Espectáculos 2 de diciembre de 2019

A 30 años de la noche que Los Redondos llegaron a Obras

La llegada al mítico escenario del rock argentino ocurrió el 2 de diciembre de 1989, cuando la banda agotó la capacidad de los espacios que trajinó desde que comenzó su gran convocatoria.

El Indio Solari y Skay Beilinson, una de las grandes sociedades del rock nacional.

El 2 de diciembre de 1989, casi tres décadas atrás, la entonces ascendente y ya legendaria banda rockera Los Redondos concretó el primero de sus recitales grandes y formales en el estadio Obras, un lugar que hasta entonces rechazaba y donde en abril de 1991 la policía asesinaría al joven Walter Bulacio.

Mudarse hacia ese establecido templo del rock local fue un hecho traumático para el discurso y el andar independiente y autogestivo de la experiencia artística del grupo.

Ese paso marcó no solamente la historia del grupo y del rock argentino sino que reconoce derivaciones varias que van desde el asesinato de Bulacio al siempre vigente problema de Los Redondos entonces y de “Indio” Solari luego, por albergar sus misas musicales en condiciones óptimas para quienes asisten.

En tiempos de crisis económica, recesión e hiperinflación, Los Redondos asomaron no sólo como una banda de rock que desafió los moldes de la contracultura sino como un fenómeno social en crecimiento que no volvió a repetirse en la escena local.

Corría fines de 1989 para una agrupación que ya llevaba más de diez años sobre escenarios en los que esa representación inicial de músicos participando, si se quiere, de un espectáculo emparentado con lo teatral había devenido en potentes shows rockeros, con una conformación singular.

La agrupación platense liderada por Carlos “Indio” Solaria había lanzado recientemente el disco “Bang bang! Estás liquidado”, cuarto material de una carrera que iba en ascenso.

Por aquellos días de especulación financiera y corridas de un dólar inestable, el grupo era víctima de la crisis para exhibir su material en la calle: la falta de vinilo.

Adolfo Morales, periodista de Télam que seguía de cerca aquel fenómeno, evocó que “luego de la salida de ‘Un baión para el ojo idiota’ (1988), la popularidad de la banda creció rápidamente. De unos recitales de presentación en el teatro Bambalinas (reducto sobre la calle Chacabuco en la zona de San Telmo) Los Redondos debieron cambiar paulatinamente su estrategia porque los distintos espacios ya empezaban a quedarle ‘chicos’”.

A mediados de 1989, tras ofrecer actuaciones en ciudades bonaerenses como Tandil, Mar del Plata o Balcarce, la banda consiguió un salón en el que pareció sentirse confortable: Se trataba de un viejo cine sobre la calle Bernardo de Irigoyen, en la barriada de Constitución, que había sido bautizado con el nombre de “Satisfaction”.

Morales contó que “las poco más de 2000 localidades para ese salón se vendían desde tres horas antes de cada show en improvisadas boleterías montadas sobre micros escolares de color naranja. Pero ese luga (con galerías en el primer y segundo piso), también empezó a quedar pequeño. Entonces se hizo necesario ‘modificar la estrategia’, aun a costa de incurrir en contradicciones”.

“Para 1989, Las Bandas, que eran esas hordas de ‘bombas pequeñitas’, ya no cabían en ningún lugar de la ciudad de Buenos Aires. A Los Redondos no les quedó otra opción que ir al amplio estadio de Obras, que era visto como la ‘Meca comercial del rock’”, recordó hoy la periodista Gloria Guerrero ante la consulta de Télam.

La banda había quedado presa de declaraciones en las que manifestaba una postura contraria a la de tocar en los “escenarios cortesanos del rock”, tal como enarbolaba Solari. Pero el crecimiento exponencial del público que los seguía no dejó otra alternativa.

Aquel sábado 2 de diciembre, primera de las 14 veces que Los Redondos utilizó a lo largo de su trayectoria el estadio de la Avenida del Libertador al 7300, alrededor de cinco mil fanáticos colmaron las instalaciones.

“Fue una noche irrespirable. Una noche abrasadora como abrazadora”, evocó la responsable de ‘Las Páginas de Gloria’, el segmento que Guerrero destinaba al rock dentro de la revista Humor, publicación icónica en la década del 80.

El show comenzó pasadas las 22.30, con “Unos pocos peligros sensatos”, canción de ‘Gulp’ (1985). Luego llegaron, unos tras otros, los temas del disco elegido para la presentación.

“El show nos permitió observar la mejor música de uno de los mayores fenómenos socioculturales de toda América Latina”, recordó Guerrero.

“Y de paso, los músicos (Skay Beilinson, Semilla Bucciarelli, Walter Sidotti, Sergio Dawi) dieron magnífica cátedra de sus instrumentos sin necesidad de chocarse los codos”, agregó.

“Además, el Indio (Solari) pudo bailar para atrás, para adelante, para los costados. Fue como si se nos completara el alma, el rock como todo llanto”, parafraseó Gloria.

Los Redondos repitieron el recital el domingo 3 y efectuaron una apuesta mucho más ambiciosa para el viernes 29, en donde tocaron para cerca de 20.000 espectadores, pero en un escenario montado en la vieja cancha de hockey sobre césped y al aire libre, en donde hoy funciona el estacionamiento vehicular de la entidad de Núñez.

Sin embargo, la estada del conjunto en el ámbito de Obras tuvo un episodio bisagra el 19 de abril de 1991 cuando Bulacio, un joven nacido 17 años antes en la localidad bonaerense de Aldo Bonzi, falleció una semana después de haber sido detenido durante una razzia policial.

El de Walter se convirtió desde entonces en un caso emblemático de violencia institucional y gerneró una crisis en la popular y contestaria banda por no asumier demasiado protagonismo para pedir justicia por el crimen de uno de sus fans.

Mientras que Los Redondos publicaron en 1991 “La mosca y la sopa” y hacia finales de ese año decidieron tener su último paso por Obras, un lugar manchado por esa historia y que ya estaba siendo exiguo para su masividad.