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Policiales 26 de agosto de 2026

A 45 años del Caso Cicconi: una iglesia en el lugar del asesinato y el recuerdo del vecino secuestrado

Fue uno de los hechos más estremecedores de la historia policial marplatense. Volver al lugar, recorrerlo, es un disparador de historias, de recuerdos, de indicios que aún viven allí.

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En el local donde estuvo el restaurante de los padres de Silvia Cicconi funciona una iglesia evangélica. El pastor es Alberto Leszezuk. Uno de sus hermanos fue secuestrado y torturado en 1981. Intentaron que confesara el crimen.

por Gustavo Visciarelli

Pocas cosas cambiaron en el lugar donde hace 45 años asesinaron a Silvia Cicconi: Luro 5168, entre Primero de Mayo y Marconi, frente a las vías del ferrocarril. Aún está, sin modificaciones estructurales, el local donde funcionaba el restaurante “Nueva Italia II”, que pertenecía a Rubén Cicconi y a su esposa Adela Constantini, padres de Silvia, la adolescente de 17 años que fue asesinada de 32 puñaladas el 27 de agosto de 1981. Allí encontramos hoy una iglesia evangélica llamada “Renacer”, que a esta hora (es mediodía) permanece cerrada.

Junto al local vemos, como hace 45 años, una puerta enrejada y un largo pasillo que desemboca en el patio de una vivienda. Ese era el domicilio de los Cicconi. En una de sus habitaciones mataron a Silvia, con un cuchillo que el asesino extrajo de la cocina del restaurante.

Una mujer joven recorre el pasillo y sale de esa casa junto a dos niños. El cronista le pregunta quién es el responsable del templo. La mujer responde parcamente: “El dueño de la carpintería de la esquina es el pastor”.

Pocas cosas cambiaron en el lugar. La carpintería, ubicada en la esquina de Luro y Marconi ya funcionaba cuando asesinaron a Silvia. En1981, uno de sus propietarios denunció haber sido secuestrado y torturado por personas que intentaron hacerle confesar el crimen.

Quizás nadie recuerde que el “Caso Cicconi” instaló en las crónicas policiales, con vigor de estruendo, ciertas cuestiones que no se comentaban en voz alta, ciertas palabras que la prensa y la sociedad reconocían como prohibidas: tortura, picana, “parrilla”. El presidente de la Nación era el general Roberto Viola, sucesor de Jorge Rafael Videla. Otro general, Oscar Guerrero, fungía como jefe de la policía bonaerense, en reemplazo de Ramón Camps. Fue Guerrero quien vociferó una imprudente arenga pública, comprometiendo el honor de la policía en el esclarecimiento del crimen.

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En Luro al 5100 se encuentra el local donde los Cicconi explotaban un restaurante. Al lado, la puerta de acceso a la vivienda que pertenecía a la familia.

Una noche detenida en el tiempo

En la noche del 26 de agosto de 1981, buena parte de las 400 mil personas que habitaban la ciudad estaban frente a sus televisores, consumiendo un éxito de la época: “Polémica en el bar”, que batía récords históricos con sesenta puntos de rating. El matrimonio Cicconi, como de costumbre, atendió su restaurante. Silvia, que cursaba quinto año en el Colegio Santa Cecilia, se fue a dormir temprano.

Luego de cerrar su comercio, el matrimonio se dirigió al café “Medieval” de Salta Casi Bolívar, firma que Cicconi explotaba en sociedad con Pablo Mazzei, novio de Silvia. Al regresar, Adela encontró a la adolescente muerta en su cama. Había sido violada, maniatada con unas medias y asesinada a puñaladas. El cuchillo estaba clavado en el pecho de la víctima y fue su madre, desesperada, quien lo retiró del cuerpo.

Veinticinco años después, Adela Cicconi relató a LA CAPITAL que, antes de salir, fue hasta la vivienda -que estaba separada del local por el patio- y encontró a su hija dormida. La tapó, cerró todas las puertas con llave y se fue con su marido.

Adela siempre tuvo la convicción de que el asesino ya estaba escondido dentro de la casa.” Yo lo dejé encerrado. Cuando me fui quedó la puerta cerrada del lavadero y la puerta de entrada también. Y Silvia no se levantó a abrirle a nadie”, dijo.

“Silvia había ido a la tarde a inglés y después se quedó en casa. Me acuerdo como si fuera hoy de que ella no sabía que yo iba a salir a la noche. Silvia me dijo que se iba a quedar a dormir. Después de que nos fuimos, yo tuve apuro en volver, porque no me gustaba que ella quedara sola en casa. Volví en no más de tres cuartos de hora”.

“Cuando mi marido me dejó en la casa vi una ventana abierta y sospeché algo. Fui corriendo hasta la pieza y… Silvia estaba ahí… toda ensangrentada. Grité tanto que mi marido escuchó desde el auto y volvió. La toqué y todavía estaba caliente pero… la policía dice que ella estaba degollada, pero yo no me acuerdo. Sí, del cuchillo. La habitación de ella estaba a media luz, con un velador que estaba sobre la mesita de luz, y todos los libros estaban manoseados, las carteritas, unas cajitas de música estaban dadas vuelta. Una agenda de ella desapareció. Como que buscaban algo…”.

-¿Qué era lo que buscaban?

-Buscaban algunas anotaciones que ella tenía y que nosotros no sabíamos. Después averiguamos que había anotaciones de gente muy importante que estaba en la droga. Hubo una persona a la que detuvieron antes que al Pacha y dicen que se lo investigó. Igualmente, yo no tengo pruebas ahora para decir acuérdense de esa persona…

-¿Por qué cree que no se investigó bien?

-No sé, lo que sí sé es que pasaron muchas cosas raras. Por ejemplo, los que mataron a Silvia también estuvieron en mi habitación y abrieron un cajón con dinero y no tocaron nada. Tampoco uno que tenía alhajas. No robaron nada. En un primer momento creía que iban a esclarecer el crimen, pero al principio. Después, cuando me informaron que habían detenido al “Pacha” yo no lo creí”.

Fernando Saturnino Pérez (“Pacha”), el vagabundo que fue detenido seis meses después del asesinato. Lo condenaron a perpetua y pasó 15 años en prisión.

Los vagabundos de la estación

“Pacha” era el apodo de Fernando Saturnino Pérez, sanjuanino, de 49 años. Desde de década del ’60 integraba la comunidad de vagabundos que orbitaba la estación de trenes. A su precario método de subsistencia, hoy conocido como “trapito”, se lo tipificaba con algo más de decoro, aunque no mucho: “Franelita”.

Cuando Pérez estaba ebrio -cosa cotidiana- bailaba en las veredas, tiraba puñetazos al aire y hablaba. Desde la mirada judicial se dio por cierto que “Pacha” habló del crimen de Silvia ante sus compañeros de “ranchada” y que eso definió la investigación sobre su persona. Cuando lo detuvieron en febrero de 1982, casi seis meses después del crimen, la prensa tradujo su aspecto menesteroso, su expresión torva, sus cejas pobladas, en rasgos de ferocidad. Un diario local, acudiendo a los oficios de un dibujante, lo caracterizó como el Hombre Lobo.

Cuando hablamos de “mirada judicial” nos referimos al proceso que encabezó el juez Bernardo René Fissore, quien terminó condenándolo a prisión perpetua. El fallo fue confirmado en sucesivas instancias por la Corte de la Provincia y de la Nación, respectivamente.

Pérez declaró tres veces ante el juez. La primera fue pocas horas después de su detención, cuando admitió su autoría junto a otros dos vagabundos: Oscar Rivero y “El Negro” Domínguez. Describió, entonces, una caminata por los techos hasta llegar al domicilio de los Cicconi. En la segunda afirmó haber actuado en soledad. La tercera se produjo después que el abogado Raúl Cuence asumiera su defensa. “Pacha” se declaró inocente y aseguró que las confesiones anteriores fueron producto de un aleccionamiento policial bajo tortura. En sucesivos fallos se consideró que los detalles que reveló en sus declaraciones ante el juez y en la reconstrucción del hecho solo pudieron ser suministrados por alguien que participó del hecho.

La mirada comunitaria -que incluye la periodística- es opuesta; y sostiene que “Pacha” fue un chivo expiatorio.

A lo largo de 45 años, Adela Cicconi mantuvo viva la memoria de su hija y el convencimiento de que Pérez no fue su asesino. De hecho, lo alimentaba cuando en 1996 salió de prisión y se reconvirtió en vagabundo.

En sucesivas entrevistas, Adela cuestionó aspectos esenciales de la investigación -entre ellas el recorrido por los techos- y vinculó el crimen con gente vinculada a la droga. ¿Qué contacto pudo tener Silvia con esas personas? La memoria y los archivos periodísticos ofrecen una posible respuesta.

En octubre de 1982, el abogado de la familia Cicconi -doctor Carlos María Oliver- había planteado en el juzgado su “muy fuerte duda en orden a la calidad de autor de Fernando Saturnino Pérez”. Y añadió: “Hay menciones de gente ligada a la drogadicción, que pudo tener relación tangencial con la joven estudiante, aun cuando se descarta que ella se vinculara de ninguna manera a este denigrante vicio. Pero no fue investigado todo esto con la debida profundidad”.

Es claro que esa sugerencia investigativa no gravitó en el desenlace judicial del caso, pero, a instancias del abogado, el juez Fissore citó a un ex novio de la víctima y a un amigo de ese joven. El último llegó a Tribunales en un camión del servicio penitenciario. Estaba preso en Batán por infracción a la ley 23737 (drogas). En su declaración admitió conocer tangencialmente a Silvia Cicconi y la definió como “una chica censura”, porque no consumía.

Ese testigo se llamaba Alejandro Losada y era conocido como “El Tarta”. Tres años después -el 20 de agosto de 1985- fue una de las víctimas del triple homicidio que le dio fama a Margarita Di Tullio.

La cocina de lo que fuera el restaurante de los Cicconi se mantiene como hace 45 años. En ese lugar, el asesino se apoderó del cuchillo que empleó para asesinar a la adolescente.

La cocina de lo que fuera el restaurante de los Cicconi se mantiene como hace 45 años. En ese lugar, el asesino se apoderó del cuchillo que empleó para asesinar a la adolescente.

El vecino secuestrado

El 23 de septiembre de 1981 -cuando todavía no se había cumplido un mes del crimen- el arquitecto Pablo Leszezuk denunció en Tribunales que había sido secuestrado en la vía pública por individuos que lo sometieron a una larga sesión de torturas para que confesara el hecho. Entregó, a manera de prueba, las cuerdas con que lo dejaron atado en un descampado. La investigación se cerró sin conclusiones.

Pablo, que falleció hace cuatro años, pertenecía a la familia propietaria de la carpintería de Luro y Marconi, a pocos metros del escenario del asesinato. El comercio sigue funcionando y allí nos recibe su hermano Alberto, de 81 años, que es, a su vez, el pastor de la iglesia.

La carpintería fue fundada “hace 58 años por mi padre, mis hermanos y yo. Los Cicconi vinieron al barrio y pusieron el restaurante en el gobierno de Isabelita, 1974 o 75, más o menos por ahí”.

– ¿Ustedes le compraron a la familia Cicconi la vivienda y el local donde funcionaba la parrilla?

– Sí, sí, sacamos un crédito del Banco Ganadero y le compramos la propiedad. La tuvieron dos años más, tres, y lo vendieron porque no podían estar ahí.

– ¿Tenían mucho trato con la familia Cicconi?.

– Sí. Con Rubén, Adela y Silvia, que era chiquita. En esa época éramos cinco en el mostrador de la carpintería. Había mucho trabajo y no nos daba el tiempo para ir a casa a comer. Lo hacíamos todos los días en el restaurante de los Cicconi. Cuando inauguraron el café (“Medieval”) fuimos invitados con mi señora.

– ¿Cómo empezó su vida religiosa y cuando comenzó con la iglesia en ese lugar?

– Yo siempre fui cristiano evangélico. Antes estuvimos en otros lugares -Guido y Belgrano e Italia y Chacabuco- y luego acá, hace más o menos ocho años.

– ¿Hubo cambios estructurales en el local y en la vivienda, que hoy está habitada?

– No, no, en el restaurante no y la casa tampoco, está todo tal cual como estaba.

– ¿Puede contarme la experiencia que vivió su hermano Pablo?

– Pablo fue secuestrado, lo torturaron. Nosotros teníamos una Pagoda Mercedes Benz descapotable. y Silvia le decía a mi hermano: “¿No me llevás a dar una vuelta?. El le dijo: “Sí, dale, subí”. Le dio una vuelta la manzana y la trajo, nada más. Ese era el trato que tenía, además de el de vecinos. Un día se lo llevaron. La policía lo agarró, lo secuestró, lo llevó a Santa Clara. Le pusieron la picana para que cante. Decí que fuiste vos. Decí que fuiste vos. Yo no fui. Yo no fui.

– ¿Cuánto duró eso?

– Toda la madrugada, toda una noche. Le pusieron picana en las encías, en los genitales y después lo dejaron tirado. A mí también me siguieron.

– ¿Usted se dio cuenta de eso?

– No.

– ¿Cómo lo sabe?

– Mientras interrogaban a mi hermano decían entre ellos “el cura no fue, porque va de la casa al negocio, hace alguna compra y se va a la casa”. Así nos dimos cuenta de que me seguían.

– ¿Su hermano se vio afectado por la tortura?

– Sí, parece que sí, porque después no podía tener familia.

– ¿Usted lo conoció a “Pacha” Pérez?

– Sí, lo conocía porque pasaba todos los días por allá en frente, por la vereda del ferrocarril. Sí, era un hombre que era alcohólico y siempre tiraba trompadas al aire, piñas al aire. Y así caminaba, de esa manera. Y hablaba solo. Ese era el comportamiento que tenía.

Alberto acepta llevarnos a la iglesia. En el sector donde funcionaba el restaurante hay una tarima, un atril, un crucifijo, sillas, y una alfombra roja, entre otros elementos propios de la liturgia. El pastor señala un rincón y dice: “Acá estaba la caja. Silvia la atendía”.

En la trastienda, la cocina del restaurante -sitio donde el asesino se apoderó del cuchillo- sigue exactamente igual que aquella noche, con su parrilla, su horno y con la puerta que conduce al patio y a la vivienda.

– ¿Alberto, usted recuerda este tema en forma frecuente o es algo que quedó en el olvido?

– Cuando me preguntan recuerdo todo. Sino, queda en el olvido. Cuarenta y cinco años pasaron. Cuarenta y cinco.