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Opinión 14 de julio de 2019

Alberto Fernández y el relato imaginario

En la semana que pasó, y tres veces en un mismo día, Alberto Fernández mostró disgusto por las preguntas de los periodistas. En la foto, el candidato K se altera al ser abordado por un periodista televisivo de Córdoba.

por Jorge Raventos

Comenzó oficialmente la campaña para las primarias de agosto. Pese a la presunta sequía de fondos (dicen que las empresas se han vuelto reticentes a aportar después del escándalo de los cuadernos, pero siempre hay recursos), los motores publicitarios ya empiezan a echar humo y las redes sociales, los trolls y las fake news están a full.

Las dos fórmulas que parecen monopolizar el electorado agudizan a fondo la polarización y postergan a las terceras fuerzas. Según los estudios demoscópicos, al menos 8 de cada 10 votantes ofrecerán su sufragio en las PASO a algunas de esos dos bordes de la grieta. Y lo harán, dice la mayoría de los vaticinadores, en proporción pareja. “Hay empate técnico”, aseguran: una forma de lavarse las manos.

En cualquier caso, “empate técnico” significa, a esta altura de la competencia, una ventaja relativa del oficialismo. Mauricio Macri venía corriendo de atrás, al menos hasta el momento en que dio un giro a la campaña y convocó a Miguel Ángel Pichetto como candidato a vicepresidente. El senador peronista le insufló a la campaña de Macri optimismo, combatividad y sentido realista.

Una brújula mareada

Del otro lado, la fórmula Fernández-Fernández, que en un primer momento había conseguido generar expectativas, ha empezado a moverse con una brújula mareada, revelando las fisuras que existen en su base. A Fernández le resulta difícil subrayar su moderación y, al mismo tiempo, sostener a su candidata a vice. Cuando se diferencia de ella, pisa en falso y deja descontentos a los sectores de la militancia.

Un sector de los medios se regodea subrayando esa grieta intestina y Fernández, pese a su esfuerzo, pierde los estribos, discute con los periodistas y termina evocando las actitudes de las que quiere tomar distancia.

Hay que admitir que el regodeo con los problemas de Fernández se centra más en temas triviales o en la repetición de críticas a la señora de Kirchner, que en asuntos de más peso. Por ejemplo, el posicionamiento negativo que el candidato a presidente (como su candidato a gobernador bonaerense, Axel Kicillof) ha asumido frente al proyecto de alianza estratégica Mercosur-Unión Europea, un asunto de gran trascendencia para el futuro del país.

Música y letra

Los primeros spots y discursos de campaña muestran a un Fernández de tono sereno pero afirmaciones ásperas: la música no es congruente con la letra. Es que el candidato presidencial tiene que cumplir objetivos a primera vista contradictorios: tiene que conservar los apoyos que Cristina Kirchner ya reunía antes de lanzar la fórmula y, al mismo tiempo, se propone tranquilizar a los mercados y a los votantes independientes erigiéndose en expresión suave y responsable del kirchnerismo. Mejor dicho, del relato imaginario del kirchnerismo que la memoria selectiva de Fernández recorta y endulza, según el cual los desbordes de la extensa etapa anterior no ocurrieron “en tiempos de Néstor”, sino después.

Dejando de lado que la matriz del modelo K fue diseñada y establecida durante la presidencia de Kirchner (cuando Alberto Fernández era jefe de gabinete), el argumento termina culpabilizando al “cristinismo”, es decir a la etapa que presidió su candidata a vice y jefa política del espacio. La narración de Alberto resulta entonces poco convincente para terceros y probablemente inquietante para la señora y para sus seguidores más fieles y fervorosos.

En una campaña polarizada y ante una elección que alguien describió como “apocalíptica”, resulta a primera vista dudosamente funcional que el principal candidato opositor quiera poner el acento en la serenidad y la moderación: la lógica del proceso lo empuja en otro rumbo. Fernández ya empieza a sentir esa presión, que lo lleva adonde él no quiere (ni le conviene) ir.

Un mosaico fracturado

Debajo de la fórmula Fernández-Fernández de Kirchner hay, como confirman las encuestas, un ancho piso electoral, pero un fracturado sistema de apoyos políticos.

La mayoría de los gremios -tradicional sostén de las campañas justicialistas- observan y opinan, pero no se nota que de allí vaya a provenir una plataforma decisiva en sostén de la fórmula. Para hacerle la vida difícil al moderado Fernández, el apoyo verbal más audible es el de sindicatos que justamente incomodan con sus acciones de fuerza a los sectores a los que el candidato quiere aproximar. Por ejemplo, el gremio de los pilotos, que viene de dejar sin vuelos a miles de personas. O los bancarios. O los camioneros de Moyano, que no ayudan a conquistar la simpatía de las clases medias.

Otro caso, el de los gobernadores peronistas: la mayoría de ellos saludó al binomio Fernández-Fernández y le prometió apoyo. Pero varios han dispuesto que en sus provincias (donde ya se dirimió la disputa por la gobernación), los candidatos propios al Congreso nacional se presenten con “boleta corta” (es decir: sin el tramo de la papeleta que incluye la oferta a presidente y vice). Otro dato: cuando Miguel Pichetto se inclinó por acompañar a Macri, el bloque federal de senadores que él lideraba, en el que forman senadores naturalmente muy ligados a sus gobernadores, cambió de conducción pero rechazó la idea de unificarse con los senadores ligados al cristinismo.

En la provincia de Buenos Aires la mayoría de los intendentes peronistas del conurbano apoya la fórmula kirchnerista, pero en cambio no respalda espontáneamente la candidatura a gobernador de Axel Kicillof que, como la presidencial de Fernández, llegó “de arriba” (y postergó la voluntad de un buen número de ellos de imponer un candidato “de los intendentes”). Es un secreto a voces que muchos de ellos se cobrarán la deuda en la primera vuelta electoral repartiendo en sus bases boletas sin el tramo de Kicillof (una invitación implícita a sufragar por María Eugenia Vidal). Al oficialismo le vendrá bien esa ayuda: las encuestas revelan que, con boleta completa, Kicillof puede ganar la gobernación, porque se beneficia con el arrastre electoral de la señora de Kirchner, mientras Vidal se perjudica con el peso de la candidatura presidencial de Mauricio Macri que, aunque está mejorando, mide 6 puntos menos que la gobernadora y la tira para abajo. Liberada de ese handicap, María Eugenia Vidal supera tranquilamente a Kicillof.

El candidato kirchnerista hace su propia campaña, independiente de la de Alberto Fernández y de la de los intendentes, con quienes se asocia sólo ocasionalmente. El gobierno ha decidido golpear a Kicillof identificándolo con La Cámpora (“Kicillof es Máximo”, dice la gobernadora), algo que, aunque no es totalmente cierto (lo apoyan, pero no es parte de esa organización) Kicillof decidió no desmentir. A diferencia de Alberto Fernández, el candidato kirchnerista a gobernador no tiene problemas en que lo pinten como un hombre de izquierda. En todo caso, el problema lo tiene el candidato a presidente, que debe estructurar un discurso congruente -y en lo posible, mesurado- pisando sobre ese abigarrado mosaico cuyo principal pegamento es el cuestionamiento (o el odio) a Mauricio Macri.