Cien años del Lyceum Club Femenino: las mujeres que desafiaron a la España conservadora
Hace un siglo, un grupo de escritoras, artistas e intelectuales creó en Madrid un espacio propio para participar de la vida cultural y defender sus derechos. La historia de aquellas pioneras, entre ellas varias integrantes de la generación de “las sinsombrero”, y de las resistencias que debieron enfrentar.
Gabriela Mistral (1ª izquierda), Victoria Kent (4ª derecha), Margarita Xirgu (2ª derecha), María de Maeztu (5ª derecha), y Clara Campoamor (1ª derecha), participantes del Lyceum Club Femenino.
Por Verónica Leuci y Sofía Cano Rivadeneira (*)
En el periódico ‘El Heraldo de Madrid’, el viernes 5 de noviembre de 1926, se publicó una nota que hacía referencia a un hecho inédito en la vida española: la fundación del Primer Club de Mujeres, con una aclaración sugerente de su presidenta, elegida como título: “Queremos suscitar un movimiento de fraternidad femenina”. Esta primicia que recoge el diario en primera plana alude a la creación del Lyceum Club Femenino, fundado en 1926 en la capital española y cuyo centenario, por tanto, se conmemora este año.

Recorte de prensa de ‘El Heraldo de Madrid’, del 5/11/1926.
Este llamativo agrupamiento de mujeres que tuvo lugar en las primeras décadas del pasado siglo significó indudablemente un hecho clave para la vida social, cultural, artística y también política de aquellas mujeres confinadas al encierro, el silencio, la domesticidad y a sus labores como madres y esposas desde mandatos tan antiguos como vigentes bajo el implacable modelo de “el ángel del hogar”. En cambio, un grupo de intelectuales, escritoras, artistas y pedagogas propusieron fundar un lugar de pertenencia, exclusivamente para mujeres, como ese “cuarto propio” al que alude Virginia Woolf en sus conocidas reflexiones: un espacio de libertad que les permitirá intervenir en el mundo cultural y reclamar su turno de palabra en ese universo vedado y de difícil acceso.
Estas mujeres de activa participación en la sociabilidad epocal fueron, sin embargo, durante décadas eclipsadas y omitidas por miradas canónicas androcéntricas y patriarcales. Recién en los últimos años ha comenzado la tarea de rescatar del olvido y la invisibilización a figuras como María Teresa León, Maruja Mallo, Ernestina de Champourcin, Rosa Chacel, Lucía Sánchez Saornil, Concha Méndez, Remedios Varo, María Zambrano, Victoria Kent, María de Maetzu, eligiendo solo algunos nombres representativos de una extensa nómina de pintoras, artistas, filósofas, escritoras, abogadas e intelectuales. Todas quisieron –utilizando la imagen de María Teresa León– “adelantar el reloj de España”. Es decir, traer a esa España conservadora y ultracatólica los aires de avanzada y de modernidad en materia de derechos sociales y legales que alcanzaban también al resto de Europa y del mundo.

Miembros de “Las sinsombrero”.
Un hito en esta tarea de reivindicación lo representa sin duda el documental de Tania Balló denominado ‘Las Sinsombrero’, de 2015. En él, la cineasta elige esta potente imagen para congregar a muchas de estas artistas pioneras que, aunque tenían un lugar activo en la vida cultural y social de su momento, fueron luego silenciadas y opacadas por las presencias de sus coetáneos hombres, como García Lorca, Buñuel, Dalí, Rafael Alberti, entre otros, con quienes las unía el espíritu vanguardista y moderno y, ya en la década del 30, su afinidad con los cauces renovadores de la Segunda República.
Esta luminosa imagen de “sinsombrero” se torna sugerente porque alude a la transgresión de normas, usos y mandatos tradicionales de diversa índole, privilegiando la libertad, la apertura de las ideas, del pensamiento y los sentimientos por sobre encorsetamientos y encasillamientos. Pero también es interesante porque pone énfasis en una mirada relacional y colectiva que constituyó el núcleo del Lyceum Club y de estas mujeres que buscaban afirmarse en un nuevo lugar y con voz propia.
En este sentido, es interesante recordar que esta vocación plural se advierte ya en el inicio del reglamento del Club, fechado en 1934, que apunta en su artículo primero a “fomentar el espíritu colectivo”. La constitución del Lyceum Club, junto con diversos centros –como la Residencia de Señoritas–, tertulias, lecturas poéticas, homenajes, conferencias y actividades variadas llevadas a cabo por las mujeres escritoras y artistas apunta al tejido de una red de afecto y de género, que subraya la conciencia sororal a la hora de intervenir en el mapa cultural y social.

Reglamento del Lyceum Club Femenino.
En la nota de ‘El heraldo de Madrid’ aludida anteriormente, de hecho, María de Maetzu –la educadora e intelectual que tanto tuvo que ver con los logros de la Segunda República en materia de derechos femeninos, además de la primera presidenta del Lyceum– apostaba ya por un “movimiento de fraternidad femenina”. La apuesta por una hermandad de mujeres que precisa, no obstante, el lenguaje patriarcal para sortear una vacancia léxica.
Como nos recuerda el escritor y catedrático de griego Miguel de Unamuno en el Prólogo a su novela ‘La tía Tula’ (1920) y en un artículo aparecido por esos años en la revista ‘Caras y caretas’, fraternidad no es lo mismo que sororidad, patria no es lo mismo que matria y frater no es lo mismo que soror. “Un hermano no es una hermana”, advierte Unamuno a propósito de la tragedia ‘Antígona’. El vasco señala, pues, en los tiempos del Lyceum Club este vacío léxico en lengua española, que incorporaría la palabra “sororidad” al diccionario de la RAE recién en 2018, si bien se hallan utilizaciones precedentes desde visiones feministas que recurren a este concepto ya desde antes, al definirlo desde una mirada y acepción política como solidaridad, complicidad y afecto entre las mujeres.

Socias del Lyceum Club Femenino.
La pensadora norteamericana Joanna Russ publica en 1983 el fundamental libro ‘Cómo acabar con la escritura de las mujeres’, traducido al español y publicado en España en la editorial Dos Bigotes en 2018. En él, la autora desglosa diversas estrategias tendientes a borrar, minusvalorar o desdeñar la producción de mujeres escritoras a lo largo del tiempo. Así, recordando este estudio clave de la norteamericana, la posición plural y sororal que cimienta la vocación literaria e intelectual de las mujeres de la vanguardia permite reafirmarse desde su labor activa y creadora y eludir algunas de las tácticas tendientes a “acabar con la escritura de las mujeres”, como por ejemplo la que denomina anomalía (“lo escribió ella, pero hay muy pocas como ella”); falta de modelos a seguir (“cuando se entierra la memoria de nuestras predecesoras, se asume que no había ninguna”); negación de la escritura (“ella no lo escribió, lo hizo él”); mito del logro aislado (“lo escribió ella, pero solo escribió uno”), entre otros embates que quieren hacer de la literatura y de la actividad artística de las mujeres una excepción, una excentricidad, o una tradición anulada y silenciada de una generación a otra.
Las “Licéomanas”
El nombre del Lyceum se convirtió en la raíz de un insulto: “licéomanas”, neologismo que vincula la pertenencia al Club a un supuesto “padecimiento” o desviación de la norma. La prensa reaccionaria también calificaba a estas mujeres con adjetivos tales como “criminales”, “ateas”, “excéntricas” y “desequilibradas”. Estas descalificaciones no eran inocentes: contribuían a desacreditar sus ideas y sus trayectorias artísticas.
La aparición de este espacio despertó fuertes críticas entre los sectores más conservadores, en particular entre los católicos, que llegaron a definirlo despectivamente como “el hogar del diablo”. El crítico Julián Moreiro (2014) recupera algunos de estos ataques a partir de la revista claretiana ‘Iris de Paz’, vinculada a la Archicofradía del Inmaculado Corazón de María y al Comité Ejecutivo de la Obra de la Buena Prensa. En esta revista, las socias se catalogaban como mujeres “sin virtud ni piedad” y se decía que llevaban “sus piernas en el aire”. Por su parte, la Unión de Damas Españolas también manifestó su rechazo: consideraba que un club abierto a mujeres de distintas creencias ponía en peligro a la familia cristiana. Estas críticas anticipaban el retorno de un modelo tradicional de mujer, condensado en la figura implacable del “ángel del hogar”, que ya mencionamos y que volvería a imponerse tras la Guerra Civil.

“Mujer con cabra” (1929) de Maruja Mallo.
En la pintura ‘Mujer con cabra’, Maruja Mallo –artista fundamental de la vanguardia, vinculada al surrealismo– construye una imagen que pone en tensión estos dos modelos de mujeres: mientras la mujer asociada a este estereotipo doméstico observa desde la ventana, la otra ocupa el espacio público junto a una cabra, animal tradicionalmente asociado con la locura.

Maruja Mallo en Madrid, en 1936.
“¿Cómo quiere que vaya a dar una conferencia a tontas y a locas?”, respondió el dramaturgo español Jacinto Benavente cuando lo invitaron a participar en el Lyceum Club Femenino. Concha Méndez, poeta e intelectual, dijo que Benavente no podía entender que las mujeres se pudieran interesar por la cultura. La propia Méndez se refería irónicamente a las integrantes del Club como las “maridas de sus maridos”, poniendo en evidencia una mirada que las identificaba a partir de sus vínculos con los hombres de la denominada “Generación del 27”.
Lamentablemente –y de modo previsible, debido al profundo rechazo circundante– en 1939, tras la victoria del bando sublevado, el Lyceum Club fue clausurado. Sus instalaciones fueron ocupadas por la Falange: la Sección Femenina lo convirtió en el Club Medina. Balló, hacia el año 2015, postuló que no existía una placa conmemorativa del Lyceum en la Casa de las Siete Chimeneas –monumento histórico de Madrid donde funcionó la primera sede del Club–. Sin embargo, probablemente gracias, en parte, al impacto y la repercusión que se viene realizando en los últimos años, hoy encontramos allí una placa que reivindica la labor y la lucha de aquellas mujeres.

La Casa de las Siete Chimeneas y la placa que conmemora la sede del Lyceum Club Femenino en Madrid.
Frente a estos mecanismos de silenciamiento, la recuperación de las “Sinsombrero” y de las mujeres de la vangurdia, casi un siglo después, permite poner el foco en la importancia de las redes como espacios de resistencia, unión y solidaridad: aquella “fraternidad femenina” que mencionaba Maeztu, que hoy se enarbola fervientemente con el vocablo “sororidad”. El Lyceum Club funcionó como un lugar de encuentro, pensamiento colectivo y resistencia frente a las posiciones reaccionarias del mapa epocal.

Algunas de “las sinsombrero”.
Siguiendo la célebre premisa de Simone de Beauvoir “bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados”, cabe preguntarnos: ¿qué luchas nos conciernen e interpelan hoy en el mapa cultural e intelectual? ¿De qué nuevas maneras se reactivan en la actualidad aquellas tácticas de invisibilización que denunciaba Joanna Russ?
Celebrar el centenario del Lyceum Club implica, en última instancia, recuperar el legado de aquellas mujeres y sostener la sororidad como una forma de encuentro, pensamiento crítico y acción colectiva. Supone también apelar a un “cuarto propio” desde donde transformar la sociedad. A cien años de aquella experiencia, es posible continuar reafirmando el valor del arte, de la palabra y de la cultura como espacios de espacios de libertad, solidaridad y resistencia.
(*) Leuci es doctora en Letras, profesora a cargo de la cátedra Literatura y cultura españolas II en el Departamento de Letras de la UNMdP, investigadora de Conicet y codirectora del Grupo Semiótica del Discurso (UNMdP).
Cano Rivadeneira es estudiante del Profesorado y Licenciatura en Letras, integrante del Grupo Semiótica del Discurso y adscripta a la cátedra Literatura y cultura españolas II, de la UNMdP.
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