Con tener talento no te alcanza: Capítulo 70. El macabro experimento de Tío Marce (parte III)
Capítulo 70 de la columna de Marcelo di Marco.
Jorge Luis Borges. Ilustración de Jorge Estefanía.
Por Marcelo di Marco (*)
—Habrás visto, Pukkas, que en el capítulo 67 “vos” me pedís que te dé ejemplos de hipálage en Borges.
—Me acuerdo, máster. Y “usted” me respondió: “La noche insomne. El espejo vigilante. La vana espada”. ¿Sabe que estuve buscando la palabra “hipálague” en el Diccionario, cosa de aprehenderla de modo tal que usted no me hatee más?
—Con que sepas pronunciarla bien me conformo, so convólvulo. “Hipálage”, y no “hipálague”. ¿Y qué encontraste?
—La definición no se entiende: “Atribución de un complemento a una palabra distinta de aquella a la que debería referirse lógicamente”.
—Si mal no recuerdo, el ejemplo dice: “El público llenaba las ruidosas gradas”. Fijate que la definición no es tan incomprensible: en el ejemplo, el complemento “ruidosas” se aplica a una palabra diferente de la que iría por lógica: desde un punto de vista lógico, el que es ruidoso es el público, y no las gradas. ¿Lo terminás de ver, ahora?
—Entiendo que el concepto lisito, sin relieve, vendría a ser que “el ruidoso público llenaba las gradas”, que de por sí son mudas.
—Y ahí está precisamente la vuelta de tuerca que busca todo autor, Pukkas. Que el público sea ruidoso es algo que ya viene en el paquete.
—Qué paquete, maestro.
—¿Ves? Es un modo de decir. Cuando uno dice que algo ya viene en el paquete está incluyendo en la vida cotidiana el lenguaje poético, el sentido figurado, el nivel metafórico. Lo del paquete quiere decir que algo ya está incluido de antemano, inseparablemente, en una situación, en un objeto o en una persona. En el “paquete” de este contexto está implícito el ruido que hace el público al llenar las gradas. Y no me preguntes por qué los autores decimos las cosas en clave poética, porque hace rato demostré que esa maravillosa actividad es inherente a la creación literaria. Ya en las primeras notas cité al maestro Oteriño cuando trata este mismo asunto en su libro Una conversación infinita: él habla de la “transformación del lenguaje comunicativo en lenguaje poético”. ¿Te acordás de lo que digo en mi definición de literatura, lo de “potenciar el lenguaje funcional hasta llevarlo a su máxima intensidad y vigor poético”?
—Totalmente, máster.
—Y, para que todo lo que hablé en aquellas notas referidas al lenguaje poético cierre en tu cabeza y en las de nuestros lectores, puedo decirte que, en su búsqueda de la belleza, el lenguaje de la literatura no es, lo que se dice, lógico. Es, más bi…
—… ¡epa, Tío! Me lo dice justo usted, que es un tipo relógico. ¿Entonces el lenguaje de la literatura vendría a ser i-lógico, si no es lógico? Para eso, me quedo con el “lenguaje comunicativo”, y listo. Bastante ilógico es ya el mundo para que uno ande rayándose más de la cuenta. Es preferible soltar.
—Si hacés eso, Pukkas, estarías despreciando un tesoro. Aunque, pensándolo bien, vos sos dueño de hacer lo que quieras. Así que mejor no pierdas tiempo con la literatura, que es una actividad propia de gentes enajenadas, y dedicate a otra cosa más lógica. Pero, si antes de tomártelas para siempre de La Anita me dejás terminar de esbozar la idea, verás que estaremos totalmente de acuerdo. Sabé que la lengua de la literatura, si bien no es lógica, tampoco es ilógica.
—¿Y entonces qué es?
—En términos de pensamiento lateral, la literatura es ana-lógica.
—¡Analógica, claro!
—Veo que se te está abriendo el bocho, mi querido Pukkas. La literatura no busca demostrar una verdad racional, lógica. Y tampoco busca simplemente carecer de sentido, aunque mucha de la poesía que hoy se escribe desde un mandato “vanguardista” o “rupturista” podría calificarse como absolutamente ilógica.
—Es verdad, máster. Ya renuncié hace rato a tratar, ya no de entender, sino de intuir o sospechar algún significado en la mayor parte de los poemas que se escriben y se publican hoy en redes.
—Y tenés razón en renunciar a eso cuando la poesía, publíquese donde se publicare, no fluye libremente al leerla. En su novela corta Costumbres de los muertos, mi amigo Fernando Sorrentino fustiga con el más sardónico de los humores a aquellos que, en lugar de cultivar la poesía, más parecen estar empeñados en labrar jeroglíficos en pequeñas piedras de Rosetta que ni el mismísimo Champollion podría descifrar: “No me resultó posible determinar los temas poéticos. Pero logré advertir que, pudiendo ser, llanamente, una pésima poetisa “cándida”, Laura Mazzioti había preferido ser una pésima poetisa, sí, pero además abstrusa y ridícula en la elaboración de series de palabras sin significado alguno o de construcciones nominales —que pululaban hasta la desesperación— tales como “cestas de caldo frío”, “sartenes almidonadas”, “lirios masticadores de alaridos”… En fin, un producto atroz”. Lejos de semejante abuso de la paciencia del lector, los auténticos escritores, sean los géneros en los que pongan en acción su talento, aprovechan aquella milagrosa función poética del lenguaje de establecer relaciones de semejanza entre realidades distintas.
—Y por eso, por buscar parecidos, para decirlo brutamente, el lenguaje poético trabaja en un sentido analógico.
—Exacto, Pukkas, veo que vas muy bien encaminado. A diferencia de la ciencia, que avanza por pasos lineales y verificables para explicar el mundo, la literatura funciona mediante metáforas y símbolos, para re-presentar ese mundo. El lenguaje poético existe, precisamente, para ejercer en nuestros relatos, poemas y novelas y ensayos y guiones su capacidad de conectar conceptos que en la vida real no tienen relación.
—Relación lógica, digamos.
—Tal cual. Unas simples gradas, ponele, carecen de la posibilidad de emitir ruido alguno por sí solas, salvo que la madera trabaje y largue de vez en cuando algún quejido extraño, de película de terror.
—Cierto, máster. Una vez me hicieron estudiar que la madera, al ser un material orgánico, absorbe o libera humedad y cambia de volumen con la temperatura.
—¿Ves? Ahí tenés la explicación lógica, científica. Fijate que yo, cuando hablé de lo mismo, apelé a la palabra “quejido”. Podría haber usado también las palabras “crujido” y “chasquido”, pero ahí seguiría discurriendo en el territorio de lo lógico. Gracias a que el terreno analógico es inherente a la literatura, yo me mandé sin darme cuenta una personificación al decir que la madera se queja. Y eso porque creé un nuevo significado a través de la comparación: el ruido de la madera al expandirse puede compararse al de un quejido. Son análogos, digamos.
—Entiendo, Tío Marce. De ahí podemos afirmar que la literatura no es lógica ni ilógica, sino analógica.
—Lo has resumido maravillosamente, Pukkitas. Mientras que la lógica busca la exactitud, la literatura busca la verosimilitud. No importa si los hechos son “reales”, sino si la relación poética que los convoca resuena como verdadera para el lector.
—Es decir, si es análoga a eso que llamamos realidad.
—Nunca mejor dicho. Incluso si es análoga a eso que llamamos fantasía.
—Salió linda la charla, máster, aunque todavía no me reveló lo prometido. ¿Cuál es esa tercera pista falsa que le dejó como escape al lector en la columna 67? Se ve que tiene que ver con esa lista de hipálages borgeanas que escribió por usted la IA.
—Has acertado, Pukkitas. Y por eso, porque te refresqué el concepto clave de la función analógica de la literatura, es que ya estás en condiciones de entrar en el misterio de la IA.
—¿Por qué lo dice, máster?
—Porque parece que Borges jamás escribió las hipálages citadas. Por más que busqué y rebusqué en la web “la noche insomne”, “el espejo vigilante” o “la vana espada”, no las encontré escritas bajo la autoría de don Jorge Luis.
—¡Carajo, Tío! Y eso entonces quiere decir que…
—…que la IA, en lugar de proveernos a Aletto, a Galdona y a mí de hipálages textualmente escritas por Borges, optó por alucinar y nos generó una información que suena bastante convincente y profesional, pero que en realidad es falsa.
—Para decirlo en fácil, cualquiera de esas hipálages podrían haber sido escritas por Borges. Habla de la noche, del espejo, de la espada. Faltan los tigres y los laberintos y los cuchilleros y el tiempo, y ya fue.
—Claro. La IA jugó por un nanosegundo a ser Borges, ¿me explico? Y lo hizo asombrosamente bien, al punto de que ninguno de mis lectores pudo ver la diferencia.
—Es impresionante.
—Totalmente, Pukkas. Y en la próxima columna comprobaremos cuán impresionante es. Pero, a decir verdad, te comento que alguien sí reparó en que el Borges real no hubiera hablado de la espada en la forma en que lo hizo el Borges cibernético.
—¿Y quién fue ese alguien, máster?
—En la columna 71 te lo revelo. ¿Estamos?
—¡Tíreme una pista, no sea sádico!
—Te la tiro en forma de adivinanza, y encima asistido por la IA, para sumar una paradójica nota de ternura y horror a este final: “Analiza textos con maestría y guía al lector con pasión, en el gran diario marplatense escribe su opinión. Especialista en educación e itinerarios de lectura, ¿quién es esta dama de gran cultura?”.
(*) Los capítulos anteriores de Con tener talento no te alcanza pueden leerse acá.
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