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Cultura 22 de junio de 2026

Con tener talento no te alcanza: Capítulo 75. El macabro experimento de Tío Marce (parte VII)

Capítulo 75 de la columna de Marcelo di Marco.

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Diego Ortega y Sebastián Porrini. Ilustración de Jorge Estefanía.

Por Marcelo di Marco

—Perfecto, Pukkas, estiremos la cuerda un poco más. Tipa, me encantaría que defendieras con uñas y dientes mi obra cumbre. Es decir, mi no-escritura del Microrrelato Más Breve del Mundo. Como bien sabés, tan breve es “Todo”, que ni siquiera contiene una sola letra, y mucho menos algún signo de puntuación. En su impoluta blancura es, en suma, la concreción de aquella utopía que Barthes denominaba el grado cero de la escritura.

—¡Máster, de nuevo con el Barthes ese! ¿Qué es eso del grado cero de la escritura?

—Si no te parece mal, Pukkitas, me gustaría seguir prompteando a la Tipa esta, así que trataré de responderte con la mayor brevedad posible. El Barthes ese, como vos lo llamás, ha escrito, precisamente, “El grado cero de la escritura”, un ensayo con más de setenta años de publicado. Supongo que al día de hoy los turiferarios académicos seguirán sahumando sus sacrosantas páginas con volátiles y benditos bálsamos.

—Con cuántas palabras raras me viene ahora, Tío. Que turiferarios, que sahumando, que sacrosantos y que bálsamos… ¿Qué onda?

—Yo me entiendo, turíbulo botafumeiro. Mejor concentrate en el grado cero de la escritura, que así se te seguirán achicando esas orejas de onagro. Según Barthes, alcanzar el grado cero es escribir en un estilo completamente cristalino, neutral y desprovisto de artificios, recursos de estilo o adornos ideológicos. Es una especie de lenguaje blanco, digámoslo así, que se las ingenia para escapar del peso opresor de la historia y de la tradición burguesa. Palabras más, palabras menos, eso es lo que pensaba este tipo.

—¿La tradición burguesa, dice? ¡Encantado de conocerla!

—No es tan difícil de entender, Pukkitas. ¿Te acordás de que hace un rato hablábamos de las llamadas cadenas del pasado, en el sentido de que tanto la izquierda como la derecha pretenden liberarnos de dichas cadenas?

—Cierto, Máster, y a mí se me pasó preguntarle qué eran las cadenas esas.

—Primero ubicate mentalmente en la Edad Media. ¿Ya está?

—Ya está, Tío. Y le cuento que no me hace sentir cómodo con la ubicación que me pide porque me acuerdo de que en el cole nos bardearon mal a esa época que usted dice.

—¿Ah, sí?

—Posta. Nos explicaron que fue el tiempo más oscuro de la historia y toda la pelota. Y me acuerdo de que, aunque no se estuviera hablando del tema, cuando uno se animaba a decir en clase algo que no les gustaba te salían con que “Eso es volver a la Edad Media” o “Qué mentecita medieval la tuya” o cosas parecidas.

—Ah, pero mirá qué bien. Me hacen pensar en esa gente, por lo común profesionales con plata, que, después de haber leído (o al menos hojeado) el Cantar de mio Cid, La Canción de Rolando o La divina comedia y de visitar Europa y deslumbrarse con colosales genialidades arquitectónicas como la catedral de Chartres, la Plaza de los Milagros de Pisa o Nuestra Señora de París, vuelven admirados del viaje, pero al rato ya te están aturullando con la misma cantilena de “la Iglesia oscurantista”. Mejor deciles a tus “profes” que de vez en cuando deberían darse una vueltita por los libros La Cristiandad y su cosmovisión, de Alfredo Sáenz, y La gran claridad de la Edad Media y La vida literaria en la Edad Media, de Gustave Cohen, así descubrirán que la historia oficial, con su acérrima aversión a todo lo tradicional, lo clásico y lo sagrado, nos ha ocultado, nos oculta y seguirá ocultándonos con alevosía un gran tesoro de la humanidad. ¿No viste que de lo que mayormente se parlotea acerca del medioevo es de la Inquisición, y siempre sin muchos fundamentos serios ni mínimos estudios?

—¡¿Usted defiende la quema de brujas, Máster?!

—¿Ves, pedazo de bocachancla? Eso es una patraña ideológica que nada tiene que ver con la historia. Los chicos buenos de la Ilustración necesitaban exagerar lo “oscura” que había sido la época anteri…

—…¿la época de “las cadenas del pasado”, Máster?

—¡Exacto, Pukkas, y por estar cada vez más despierto te perdono la interrupción! Pero… ¿por dónde iba?

—Me hablaba de unos chicos buenos.

—Exacto, tenés razón. Los Pensadores Ilustrados, que vendrían a ser los buenos de la película, necesitaban echarle tierra al medioevo para conseguir que su propia era, la llamada “Edad de la Razón”, brillara con más fuerza. Aunque el imaginario colectivo sitúa la quema de brujas en la Edad Media, los tremebundos procesos de brujería y la creación del Índice de libros prohibidos ocurrieron en los siglos XVI y XVII. Y esta maldita desgracia se potenció tras la Reforma protestante, ya entrada la Edad Moderna. Sabelo, Pukkitas: la Edad Media, inspirada por aquel maravilloso motor que es el cristianismo y sumergida en su no menos maravillosa creación que fue la Cristiandad, fue en realidad una época de tal esplendor cultural que hoy quedaríamos encandilados. En esa Edad tan tenebrosa se inventaron las universidades, Pukkas, las mismas que hoy te enseñan a criticarla. Y también en ese tiempo tan ignorado a propósito se le dio al mundo inéditos avances filosóficos y se produjeron obras maestras de una brillantez artística y arquitectónica formidables, como las que te mencioné recién por poner algunos ejemplos. Y ojo, que con ese resumen de realidades tangibles y verificables te la hago corta, para que termines de abrocharlo: acabo de mostrarte las dichosas cadenas del pasado. Las cuales básicamente vendrían a ser el conjunto de valores, normas, costumbres y creencias que le dieron cimiento a una nueva clase social, formada especialmente por comerciantes, artesanos libres y personas que no estaban sometidas a los señores feudales. Y esa clase social, que surgió a finales de la Edad Media y que se consolidó con la llegada de la Revolución Industrial, y que históricamente tenía como banderas el esfuerzo individual, la propiedad privada, el trabajo, la educación y la familia, se llamó, precisamente, burguesía. ¿Descubriste ahora qué es eso de la tradición burguesa?

—Porsupollo, Máster. Lo que no entiendo es por qué el Barthes le tenía tanta bronca mal.

—Eso da para otra columna, Pukkas. Por ahora volvamos a lo que él propone en El grado cero de la escritura, libro que fue la semilla de “La muerte del autor”. Para él, la lengua que usamos vos y yo y cualquier escritor, desde el principiante hasta el más encumbrado, es un simple conjunto de reglas y de vocabulario que uno hereda sin haberlo pedido.

—Pero, Tío, ¿cómo haríamos para comunicarnos, si no fuese gracias a la lengua?

—Justamente, mi querido. En 1990, en el debate “Ubicación actual de las vanguardias”, organizado por el Diario de poesía y documentado en el número 14 de dicha publicación, y en el que participé junto a Alberto Vanasco y Juano Villafañe, yo le pedí al público que reflexionara acerca de la gente que daría la vida por poder usar ese maravilloso instrumento de comunicación que es la lengua y que muchos “vanguardismos” se dan a despreciar, y consecuentemente a pervertir. Cítome, treinta y seis años después: “Si tenemos que pasar el tiempo experimentando, agarrando palabras y mezclándolas, y después hacer creer al público que eso es un poema, estamos falseando un poco las cosas. No nos olvidemos de la cantidad de oligofrénicos o de espásticos que darían su vida por poder armar un discurso coherente, y estamos rodeados de personas que se presentan como “poetas” o “escritores” y que, cuando tienen talento, no se permiten expresarlo”.

—Es cierto, Máster. Me pone del frasco ver cómo hay tipos que desaprovechan el espacio de la cultura publicando nabadas que no entiende nadie pero que muchos aplauden para no quedar en orsái.

—Y eso se trasladó a todas las artes. ¿Te acordás de la banana pegada a la pared, de la que te hablé en otras columnas? Pero para Barthes y su desgraciadamente numeroso clan, ese vaciamiento de sentido no interesa. Para ellos la lengua es una carga social que ninguno de nosotros elige y que nos impone un límite. Por eso entiendo que él se babearía de gusto ante mi microrrelato “Todo”, compuesto sencillamente por una página en blanco. Él vería en esa imbecilidad la culminación física y radical de su concepto. La hoja en blanco es, literalmente, el máximo “grado cero” real posible. Al titularla “Todo”, la nada se vuelve una saturación de posibilidades: la literatura, antes de ser contaminada por el lenguaje y su opresión. Y ahora que ya tenés la base, dejame dar enter para que la Tipa defienda mi blanca pelotudez ante un hipotético embate de intelectuales tradicionales.

—¿Está pensando en algunos en particular, Tío, si puedo saberlo?

—Pienso en mis queridos y admirados amigos y compañeros de ruta Diego Ortega y Sebastián Porrini, mis ínclitos e inmarcesibles anfitriones en Adeh tv, genial canal de YouTube en donde vengo dando desde el año pasado mi columna Taller de corte y corrección.

—Dele, Máster. Dele enter, a ver con qué nos sale la Tipa.



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