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Cultura 20 de julio de 2026

Con tener talento no te alcanza: Capítulo 77. Intermezzo III, o El reto de no ser masa

Capítulo 77 de la columna de Marcelo di Marco.

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George Orwell. Ilustración de Jorge Estefanía.

Por Marcelo di Marco (*)

—¿Cómo reaccionará nuestro tipo normal, Máster? Supongo que ese hombre, criado dentro del marco cultural que le metió en la cabeza la famil…

—… corrección, Pukkas: por los rasgos del hipotético perfil que estamos trazando de nuestro normal personaje, su familia no parece ser de aquellas que les meten en la cabeza cosas a los chicos, como si sus mentes se trataran de vasos que hay que llenar.

—Bueno, Tío, es un modo de decir.

—Es que sonó muy peyorativo y ajeno a vos ese modo de decir. ¿Todavía no aprendiste, pedazo de fulastrún, que un buen escritor está lo suficientemente entrenado como para medir sus palabras al milímetro, en lugar de dispararlas sin pensar? Si unos padres lanzan al mundo a una persona sensible a los bienes de la cultura y no a un individuo masificado, es precisamente porque no le han llenado la cabeza de prepo, sino porque fueron capaces de inculcarle en el alma los trascendentales del ser, incluso sin saber que así se los llama y qué cazzo son.

—¿Y eso, Máster? ¿Los trascendentales del ser?

—En la tradición clásica, en la que se destacan pensadores como Platón, Aristóteles y Santo Tomás, los trascendentales del ser son siete, pero vamos a concentrarnos en los más conocidos: unidad, verdad, bien y belleza.

—Ah, sí. Me acuerdo de que en la columna pasada usted mencionó el bien, la verdad y la belleza, y se me pasó de preguntarle al estar más atento a lo de la sacralización del arte moderno. ¿Podría desarrollarme eso un cachito?

—Con todo gusto, porque así descubrirás todo lo que se pone en juego cada vez que alguien normal, y no digamos de alguien con la cabeza y el espíritu bien formados, pisa un museo de arte contemporáneo y descubre disparates a cual más incoherentes. Unidad, verdad, bien y belleza. La unidad indica que todo lo que existe es indivisible. Cuando partimos en dos una manzana, tenemos una manzana partida en dos pedazos, pero no dos manzanas.

—Lógico. ¿Y de qué me sirve saber eso?

—Te sirve para darte cuenta de que la supervivencia de todo lo que ves depende de su unidad. Porque la unidad vendría a ser como el pegamento metafísico que liga entre sí los conceptos de verdad, de bien y de belleza. Sin unidad, esos tres se extinguirían. Se volverían nada.

—¿Usted quiere decirme que si algo pierde su unidad, deja de existir?

—Exacto. ¿Qué le pasa, por ejemplo, a un organismo del que se separen el corazón, los intestinos, los pulmones y todo el resto de sus componentes? ¿Qué sucede cuando la sociedad se di-socia?

—Evidentemente, maestro, ese organismo muere, y esa sociedad se convierte en un amasijo.

—¿Y si a una obra de arte orgánica, coherente y cohesiva se la fragmenta en partes inconexas, qué le pasa?

—Queda destruida. La fragmentación que usted menciona acabaría inmediatamente con ella. ¿Voy bien?

—Vamos bien. ¿Y qué le pasaría a una presunta obra de arte, Pukkas, que por capricho de su autor nazca en función de la explícita e intencionalmente buscada desconexión de las partes que la componen?

—Y… Nacería siendo nada. Expondría ante los ojos del fruidor, como lo llama ese Umberto Eco, un vacío creativo. El fruidor asistiría a una especie de suicidio artístico, si eso pudiera existir.

—¿Ves por dónde van los tiros, Pukkitas? ¿Por qué te crees entonces que nosotros en nuestros talleres buscamos la unidad a toda costa, por qué lo primero que hacemos es verificar que la estructura y la composición del cuento, de la novela, del poema o del ensayo evidencien algo sólido y coherente entre sus partes? Y eso, porque es el propio autor quien lo busca. La gente sinceramente comprometida con su arte le raja al mamarracho, procura crear su obra con verdad. Con armonía, con garra y sentido. Busca unificar la variedad del mundo, convertir el caos en cosmos. Y además la unidad nos salva de la tiranía del relativismo absoluto. Dicho de paso, algún día te desarrollaré una maravillosa teoría de Edgar Allan Poe, que mencioné hace unas cuantas columnas, aquello de la unidad de efecto. No lo hago ahora para que no perdamos de vista la noción de hamparte como enemigo del verdadero arte. ¿Ves, entonces, la importancia de la idea de unidad como la salsa sin la cual los ingredientes de la verdad, el bien y la belleza andarían desparramados y sin rumbo?

—De una, Máster. Y le cuento que con el bien y la belleza no tengo problemas. Pero… ¿Qué es la verdad?

—Según Santo Tomás, ya que estamos abrevando en él, la verdad es la adecuación de la razón al objeto que contempla.

—Ahí me pierdo un poco, Máster. Y compréndame, porque siempre me insistieron con que nadie puede decir qué es la verdad, y mucho menos afirmar que hay verdades absolutas.

—No me extraña, Pukkas, porque ese tipo de discursos relativistas están en la agenda del adoctrinamiento al que pretende someternos el sistema. Después no nos quejemos de que los políticos y los dirigentes nos digan hoy una cosa, y mañana algo totalmente distinto. Después no protestemos al comprender que nadie confía ni en su hermano, ni al constatar que cuando entramos en un museo invadido por el hamparte nos dé la impresión de que nos están tomando el pelo soberanamente. La verdad no tiene versiones sino facetas. Imaginala como un diamante tallado, bello y cristalino al que cada uno de nosotros le encuentra un matiz en cada faceta, sin dejar de reconocer que el diamante es uno solo. A propósito: ¿vos dirías que un diamante vale lo mismo que un canto rodado?

—Para nada, Máster. Entre un simple canto rodado y un diamante hay una diferencia de miles de dólares.

—¿Ves? Acabás de adecuar tu razón al objeto que te puse delante. ¿Si ves un delfín surcando el mar, dirías que acabás de ver una ballena?

—Por supuesto que no. Porque, como usted dice, adecuo mi razón a lo que veo, y lo que veo es un delfín.

—Tal cual, aunque parezca obvio afirmarlo. Lo contrario es sostener la esquizofrénica actitud de adecuar la realidad a mi razón.

—Pero eso es un imposible, Tío. ¿Cómo se las arreglaría uno para lograr eso?

—Y qué sé yo. Tratando de zafar, por ejemplo, arguyendo que un delfín y una ballena son cetáceos. O mintiendo, aunque esa mentira tenga las patas más cortas de la historia. O por la fuerza, o por el poder del número o por el poder del dinero o de las armas. O por la tortura física y psíquica, directamente. En 1984, novela de George Orwell que te mencioné al principio de nuestros encuentros, el totalitario O’ Brien usa una máquina de choques eléctricos, regulada por un dial, para causarle un dolor extremo a Winston cada vez que el pobre responde basándose en la realidad objetiva. Es decir, cada vez que él quiere adecuar su razón al objeto que contempla. Y el objeto que contempla es la mano de O’ Brien mostrándole cuatro dedos, pero el maldito le exige que vea cinco dedos, con el objetivo de que demuestre su sumisión total al Partido. En suma, lo obliga a sufrir una disonancia cognitiva como comprobación fehaciente de que se ha convencido.

—Y lo peor de ese bardo es que los dos saben que todo es verso, todo sarasa. Qué asco.

—Error, Pukkas. El objetivo del torturador no es que Winston mienta o acepte una mentira para zafar, sino que realmente se le altere la razón hasta que vea cinco dedos en lugar de cuatro. ¿Ves que eso es mucho más siniestro?

—Más gaslighting no se consigue.

—Y con semejante técnica de manipulación termina de cerrarse el círculo infernal. O’ Brien logra que Winston adecue el objeto a su razón: la verdad absoluta que le puso delante de los ojos tiene la forma de cuatro dedos, pero esa verdad se licua tiránicamente en el concepto de que dos más dos es cinco. En suma, el dolor físico y el tormento psicológico destruyen de un modo tan convincente la lógica que el prisionero termina por aceptar que el Partido controla la realidad, las matemáticas y la verdad misma.

—Y de paso se destruyen también las nociones de bien y de belleza.

—Y eso es porque ninguna de las tres categorías pueden subsistir sin la unidad, el primer trascendental que vimos hace un rato. Tenelo muy en cuenta, Pukkitas: la tríada verdad-bien-belleza es lo que nos hace ser; y, cuando uno es, no le pueden meter el perro. Al menos, no muy fácilmente. Lo cual me lleva a reformularte la pregunta clave: ¿cómo te parece que reaccionará nuestro tipo normal frente al absurdo, el mal y la fealdad erigidos como componentes modélicos del arte? Del arte, nada menos, que para él siempre fue la síntesis de todo lo que es bello, bueno y verdadero.


(*) Los capítulos anteriores de Con tener talento no te alcanza pueden leerse acá.