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Cultura 30 de agosto de 2026

Con tener talento no te alcanza: Capítulo 80. Intermezzo VI, o La erecta creatividad de Picasso

Capítulo 80 de la columna de Marcelo di Marco.

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Pablo Picasso. Ilustración de Jorge Estefanía.

Por Marcelo di Marco (*)

—Totalmente en condiciones me parece que estás, mi querido Pukkas, así que lo primero que conviene establecer es el significado del término “concepto”. Vayamos a la raíz, literalmente. “Concepto” baja del latín ‘conceptus’, participio de ‘concipere’: con- (“junto”, con valor intensivo) más ‘capere’ (“tomar, agarrar”), que a su vez hunde la pata en la raíz indoeuropea ‘kap-’, “asir”. El sentido primero, antes de que la filosofía le pusiera las manos encima, era brutalmente físico: agarrar algo y retenerlo dentro. ¿Me retenés vos a mí, verdad?

—Epa, Máster, supongo que me lo estará preguntando metafóricamente. ¿Cómo y dónde podría retenerlo yo a usted?

—¡Más respeto, mastuerzo de andurriasmo, que lo de retenerme es una manera de decir para pedirte que me atiendas! Hablo en sentido figurado, por supuesto.

—Si es así, entonces lo sigo. Adelante, por favor.

—Esa misma palabra, ‘concipere’, dio en latín dos caminos que en español comparten techo: concebir un hijo y concebir una idea. ¿Ves? La misma raíz hace el mismo trabajo en dos registros: tomar una semilla y retenerla, sostenerla dentro hasta que tome forma propia.

—Entonces un concepto, etimológicamente, vendría a ser algo que todavía no nació. Algo concebido pero no nacido.

—Exacto, Pukkitas, forzando un poco la metáfora, vamos muy bien por ahí. Concepto se usó tanto para la gestación biológica (concebir un hijo) como para la gestación intelectual (atrapar la esencia de una cosa en el pensamiento). Básicamente, concebir es unir dos o más entidades para formar una tercera entidad, distinta de las dos anteriores.

—Supongo que de ahí viene también la idea de concepción, las dos palabras se parecen bastante.

—Totalmente. La madre puede concebir a un hijo cuando el óvulo y el esperma se unen, y ese es el momento en que se forma otro ser, que en esa etapa inicial se llama cigoto. Un alguien y no un algo, parafraseando a Julián Marías.

—O sea que no puede haber concepto si no hay dos.

—¡Así me gusta, Pukkas, verte tan despierto! Visto lo cual, ya estás del todo apto para entender que con el arte conceptual sucede algo parecido. Para intentar ser, necesita de un otro.

—Explíquese, Máster.

—Con todo gusto, Pukkas, y lo haré contándote una anécdota que le sucedió a mi propia madre. Una vez, cuando yo era muy chico, ella se encontró con una exposición de “obras de arte” en el hall del Teatro San Martín, en Buenos Aires. Y una de esas “obras” le llamó la atención por encima de las demás.

—Ya me la veo venir, Máster. En otro contexto, hubiera querido creer que a su mamá le llamó la atención una obra muy hermosa, pero seguro que la pobre se habrá enfrentado a una más de las tantas porquerías que estamos analizando en este repaso.

—No te han mentido, Pukkas, no te han mentido. Delante de ella tenía mi madre un lienzo del tamaño de una persona en el que aparecían sólo dos elementos. En la parte superior, una foto de la cara de Pablo Picasso, pegada seguramente con Plasticola, que era lo que usábamos en el colegio en esa época para pegar papelitos en el cuaderno de clase. En la parte inferior, justo a la altura del miembro, aparecía justamente eso, un miembro.

—¿Un miembro, Máster? ¿Miembro de qué club? ¿Qué miembro?

—El miembro que estás pensando, Pukkas, y no te hagas el gracioso. El miembro es… ¡El miembro!

—Ah, Tío Picarón, ya sé de qué me está hablando. Me está hablando usted del Cíclope Llorón, del Hombre Sin Hueso, del Testigo Protegido, de la Manguera de Bomberos, del Japonés Tuerto, del…

—… ¡suficiente, pedazo de bestia lasciva! Te bastará con creerme, porque lo vi yo también con mis propios ojos, que a la altura del… Bueno, a la altura de la chota de Pablo Diego José Francisco de Paula Juan Nepomuceno María de los Remedios Cipriano de la Santísima Trinidad Ruiz y Picasso habían “dibujado” una de esas poronguitas con que la gente menuda suele cubrir desde muros urbanos hasta pizarrones escolares. Incluso en las ruinas de Pompeya hemos visto Nomi y yo tales lúbricas manifestaciones del ingenio humano, miles de falos grabados, esculpidos y pintados en paredes, calles y fachadas de esa ciudad congelada en el tiempo bajo metros de ceniza y piedra pómez.

»La cuestión es que mi madre, puesta delante de semejante engendro, al girar la azorada cabeza descubrió que una chica de inconfundible aspecto intelectual contemplaba la obra a la par suya. No recuerdo si mi mamá le preguntó qué cazzo significaba esa foto pegada con Plasticola y ese falo dibujado en un solo trazo a las corridas, o si la chica se avino a explicárselo, pero cualquiera de las dos hipótesis es válida. Lo cierto es que la de intelectualizar le dijo a mi madre:

»—Ese falo puesto ahí representa el poder creativo de Picasso.

—¿Y era así, Máster?

—Y qué sé yo, Pukkas. Ponele que sí. En mi lugar, de creer que dibujando un falo simbolizaría “el poder creativo de Picasso”, honestamente lo hubiera dibujado con un poco más de esmero. Y seguramente erecto lo hubiera dibujado, lo cual guardaría mayor coherencia con la idea de creatividad, de fecundidad artística. Pero fijate en que esa “obra”, por sí sola, era una simple foto que cualquier infante podría haber pegado, sumada a un simple garabato que ese mismo infante podría haber garabateado.

—Y ahí estaba la chica, la intelectual.

—Claro, ese otro necesario que mencioné recién. Ahí se marcó la diferencia. Sin la explicación, sin el concepto, la “obra” no tendría la mínima entidad. Porque en una “obra” de arte conceptual es mucho más importante la idea del “autor” que la realización física de la “obra” en sí. El valor de la “obra” es el pensamiento del “autor”, y la materia queda de adorno.

—Si no me equivoco, Máster, usted me está diciendo que la destreza técnica del pintor con el pincel y su paleta o del escultor con su cincel y su martillo no valen tanto como la idea que los impulsa.

—¡Cómo estás hoy, Francisco Javier Pukkas, te felicito! Es como vos decís. El objeto físico resultante es lo de menos. Lo que importa es la idea del “autor”.

—Noto que cada vez que usted dice “obra” y dice “autor”, usa un tono bastante de bardeo.

—¿Irónico, querrás decir? ¿Sarcástico?

—Eso, Tío. Es como si continuamente estuviera poniéndoles comillas a esas dos palabras.

—Es que no es para menos, Pukkitas. Irónicas comillas les pongo, claro que sí. ¿Vos podrías afirmar, sin que se te caiga una pestaña, que mi inexistente microrrelato de hace unos cuantos capítulos, ese que titulé “Todo”, es una obra literaria y que yo vengo a ser su autor?

—Y no, Máster. ¿Cómo va a ser usted el autor de una obra que no existe?

—¿Ves, Pukkas? Ahí está el quid del asunto. Bajo la máscara del rigor intelectual, el conceptualismo rompió el pacto histórico que desde siempre ligó al artista con el espectador de su obra. Con ese hipotético hombre normal nuestro. Cuando decretó que el valor de una obra ya no hay que encontrarlo en el objeto físico en sí, sino en la idea previa que “creó” a dicho objeto, el conceptualismo despojó al arte de su dimensión artística, de la maestría técnica empleada para dominar el óleo, el mármol o el dibujo. Si necesitás el texto de sala (ese panel impreso o escrito en la pared que introduce una exposición de arte) para que el objeto signifique algo, eso quiere decir que el objeto no significaba nada. Entronizar esa mirada es decretar la muerte de la búsqueda de la belleza.

»Y pensar que todo empezó, coherentemente, con un meadero.

—¿Meadero? ¡Epa bis, Tío! ¿Quién es el pedazo de bestia lasciva ahora, eh? ¡Explíquese!


(*) Los capítulos anteriores de Con tener talento no te alcanza pueden leerse acá.