Con tener talento no te alcanza: Capítulo 82. Intermezzo VIII, o Cómo recibirse de facho
Capítulo 82 de la columna de Marcelo di Marco.
Matt Groening y Marcelo Di Marco. Ilustración de Jorge Estefanía.
Por Marcelo di Marco (*)
—Vengo observando y analizando desde hace décadas los fenómenos artísticos, culturales y sociales que caracterizaron a la segunda mitad del siglo XX y a los que están perpetrándose en este primer cuarto del siglo XXI, y estoy en condiciones de decirte que nos hemos convertido en nuestra propia parodia.
—Insisto: ¿habla de usted y de mí, Máster?
—Por supuesto que no, mi querido Pukkas. Al menos dentro de este libro, vos y yo vendríamos a ser algo así como dos entelequias más o menos ancladas en la realidad.
—Ajá. Entelequias.
—Entelequias, por supuesto.
—Entelequias, claro. Pero… ¿por qué me mira así, Máster?
—Así cómo.
—Así de sospechoso.
—Así de suspicaz, querrás decir.
—Bueno, eso.
—¿Sabés vos qué cazzo es una entelequia, Pukkas?
—Claro que sí, Máster. Pero haga de cuenta que no lo sé y explíqueme.
—Una entelequia vendría a ser una cosa imaginaria, Monsieur Jourdain de pacotilla. De una quimera podría decirse que es una entelequia, vos viste. Una ilusión imposible de concretar en la realidad.
—¿Cosas imaginarias somos, simples ilusiones? ¡Pero usted recordará perfectamente que allá por el capítulo 33 me dotó de vida, Tío Tramposo! ¿Por qué insiste con que no existimos?
—Eso de nuestra existencia o inexistencia es una vieja discusión, Pukkitas, digna de ser estudiada y resuelta por algún experto en metaficción y puesta en abismo, así que mejor no nos distraigamos.
»Cuando digo que estamos convirtiéndonos en nuestra propia parodia no hablo ni de vos ni de mí sino del mundo. Hablo del espíritu de estos tiempos, más precisamente. Hemos superado, en ridiculez y en absurdo, a buena parte de las ridículas y absurdas acciones protagonizadas por la fauna exhibida en Los Simpson. Cualquiera con dos dedos de frente puede llegar a la misma conclusión.
—De nuevo se mete con Los Simpson, Máster. ¿Por qué les tiene tanta admiración, y por qué los pone como ejemplo?
—No sé si mi sentimiento es de admiración, pero sí pondero su tremendo don de profecía. ¿Te acordás del capítulo en el que Homero se junta a los gritos con todo el barrio y putean a Apu porque es “ilegal”? La ciudad vota si echa a los inmigrantes de Springfield o no. ¿Te acordás?
—Totalmente. En la fiesta de Apu, antes de ir a votar, todos salen coreando “¡No a la expulsión, no a la expulsión!”. Después cortan a la escena siguiente y el resultado da 95% a favor de echar a los inmigrantes.
—¿Ves? La misma gente que afuera gritaba una cosa, adentro del cuarto oscuro votó exactamente lo contrario.
—Entiendo que hay una diferencia enorme entre lo que la gente dice en voz alta, con testigos, y lo que hace en el cuarto oscuro cuando nadie la ve. ¿Es así, Máster?
—Exacto. Cuanto más “obligatorio” parece opinar en público acerca de una cosa, más gente finge creer en esa cosa. Y así va acumulando bronca, porque es bien sabido (y de esto ya hablamos en el capítulo 20): la ideología va por un andarivel, y la realidad va por otro.
—¿Y la profecía de Los Simpson dónde está?
—Ahora mismo, en Ceuta, España, pasó algo parecido a lo de Springfield pero de verdad: a fines de julio, aprovechando un lío legal y un rumor falso de que la frontera estaba abierta, cruzaron ilegalmente desde Marruecos casi cincuenta mil en un solo día, más de setenta mil en pocos días. Y lo que siguió fue el mismo patrón del capítulo de Apu, pero sin libreto y sin créditos finales: veintidós países de la progresista Europa firmaron en cuestión de días una carta echándole la culpa a España, del mismo modo en que el 95% de Springfield votó en bloque de un día para el otro.
—¡Lo vi, Máster! Ahora que lo dice, me doy cuenta. En Ceuta, gente del pueblo terminó prendiendo fuego a los alojamientos donde dormían los migrantes, por considerarlos invasores. Y hubo más de cien que se murieron cruzando. Un desastre completo. Y pensar que en Europa se lo pasan hablando de inclusión y tolerancia.
—Y la diferencia es que en el capítulo de Los Simpson el chiste termina con la gente echando únicamente a un personaje secundario, y la próxima semana todos vuelven como si tal cosa. El equipo de Matt Groening escribió esa historia y decidió cuándo cortarla. Pero en Ceuta no hay nadie escribiendo el final. Y por eso, cuando la bronca callada de todo un continente sale junta y de golpe, no termina en un chistecito sino en alojamientos incendiados y en gente ahogada o aterrorizada. Y a eso se suma la Guardia Civil investigando quince denuncias de violaciones, una de ellas contra una nena de diez años. Todo eso sin que nadie diga “¡Corten!”. Y no me lo veo a Pedro Sánchez con ganas de que pare la acción. Como diría “Boss” Tweed, el cacique de Tammany Hall en Pandillas de Nueva York: para Su Sanchidad y el programa de regularización que bendijo, los marroquíes muertos significan un centenar de potenciales votos menos. Dicho sea de paso, en esa película hay una escena que lo resume todo: a los irlandeses que bajan del barco les dan la ciudadanía y un uniforme en el mismo trámite, y mientras suben al buque que los lleva a la guerra, del mismo muelle bajan los ataúdes.
—Flor de cruce entre Springfield, Ceuta y Nueva York. Ahora entiendo por qué usted dice que el mundo se convirtió en parodia.
—Es una simple constatación, Pukkas. En ese sentido, tal verificación es irrefutable, y que nos guste o no nos guste es otra cosa.
—Deme un ejemplo doméstico, Máster. ¿Tiene alguno de entrecasa?
—Cómo no, Pukkas. Al respecto sabé que, con mis recientes actividades personales, dentro de unos meses obtendré el título de fascista. De facho, para decirlo como lo dicen los marcianos del Planeta Rojo.
—¿Cómo es eso, Tío Wagneriano, qué está diciendo? ¿Piensa salir del closet de lo políticamente incorrecto?
—No, para nada, porque en realidad jamás estuve escondido en tal closet ni en ningún otro. Y si querés cometer la burrada de asociar mi innegable y proverbial incorrección política con fascismo, estarás cometiendo un grave error conceptual que corre por tu cuenta: para ciertos marcianos, todo aquel que no piense igual que ellos es fascista, término que usan como un insulto arrojadizo similar a reaccionario, conservador o retrógrado. Te decía que estoy por recibirme de fascista porque voy bajando de peso bajo el control de Romina, la más genial nutricionista de Mar del Plata, y encima hasta la semana pasada iba yo a muscular dos veces por semana a un gimnasio de cuyo nombre no quiero acordarme.
—¿Y eso qué tiene de fascista, Tío?
—Para alguna gente, todo. En un panel de la conferencia Socialism 2026, en Estados Unidos, la “artista” Beatrice Adler-Bolton planteó que lucir un buen estado físico funciona como marca fascista, y afirmó que la izquierda tiene que salir a reivindicar la disgenesia, como contrapartida. ¿Sabés vos qué cazzo es la disgenesia, Pukkitas?
—Claro que sí, Máster. Pero haga de cuenta que no lo sé y explíqueme.
—Una disgenesia vendría a ser lo contrario de la eugenesia.
—Explíquemelo en fácil, ya que estamos.
—Para hacértela corta, la eugenesia empuja rasgos positivos, y la disgenesia describe la acumulación de rasgos negativos porque a lo largo de la historia del mundo bajó la selección natural que los filtraba.
—¿Debo entender que, en el contexto de lucir un buen estado físico, la Beatrice vendría a decir que estar gordo es estar bien?
—Exactamente, por eso habla de reivindicar la disgenesia. Y eso lo pregona en contra del sentido común sobre el que se apoya la evidencia científica. El exceso de grasa corporal, médicamente catalogado como sobrepeso, o directamente como obesidad, incrementa significativamente el riesgo de padecer más de doscientos treinta problemas de salud sistémicos. Doscientos treinta, Pukkas. ¿Qué te parece?
—No me extraña, Máster. Tengo un amigo a quien el hígado se le transformó en una especie de depósito de desperdicios porque no para de almacenar lípidos de más.
—Ahí tenés un ejemplo de disgenesia en acción. Y del corazón, ni hablemos. Al mes de trabajar con Romina, mi presión se normalizó. Es lo más lógico. Sin embargo, para la “artista”, estar en forma y musculando con un montón de kilos menos es ser funcional al capitalismo. Palabras más, palabras menos, dijo desde el panel, muy suelta de cuerpo, que hay que dejar de lado la ilusión de estar más en forma. Que el buen estado físico no mide otra cosa que cuán descartable te vuelve el capitalismo… y que eso hay que rechazarlo. Y que ganarles a los fascistas en su propia cancha no es el camino. Y remató: “Cuanto más disgenésicos, mejor”. Y fijate que encima confunde capitalismo con fascismo, cuando el fascismo se jactaba de ser una tercera vía contra el capitalismo liberal tanto como contra el comunismo. Mussolini despreciaba a los burgueses casi tanto como a los bolcheviques.
—Todo al revés, Máster, es increíble.
—Todo digno de ser satirizado, Pukkas. El mundo de hoy necesita una reforma de base en cuanto a lo moral, lo artístico y lo político. Y lo que viene a provocar la imprescindible reflexión que propicie tal cambio es precisamente la sátira.
—¡Cierto, Tío! Sé qué es una sátira, pero…
—… pero hago de cuenta que no lo sabés y te lo explico.
(*) Los capítulos anteriores de Con tener talento no te alcanza pueden leerse acá.
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