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Cultura 8 de noviembre de 2026

Con tener talento no te alcanza: Capítulo 85. Intermezzo XI, o La paz de la alcuza

Capítulo 85 de la columna de Marcelo di Marco.

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San Agustín. Ilustración de Jorge Estefanía.

Por Marcelo di Marco

—Antes de que arranque, Máster, ¿no le parece mejor idea que vayamos preparando una listita de todo lo que quedó pendiente, eh? Mejor dicho, de lo que usted fue dejando pendiente. Porque entre estos intermezzos y toda la fruta, capítulo a capítulo usted me va dejando colgado mal, y ya perdí la cuenta de qué me debe y qué no. Y del puñadito de lectores que todavía nos siguen leyendo, ni le digo. Ya sé que lo que usted pretende es transmitirles la idea de que estamos conversando y que, como en toda conversación, cualquiera de los dos conversadores se puede ir olímpicamente por las ramas. Pero ya es demasiado, ¿sabe?

—A ver esa planilla, pedazo de tenedor de libros.

—Empecemos por las mujeres, que primero van ellas. ¿Quién es la tal Nora Barnett, Tío?

—Barnacle, Pukkas. Nora Barnacle.

—Ah, esa. Nora Barnacle. ¿Quién es? Segundo, y siempre con las mujeres por delante: ¿Quién es esa tal Ana Crisis no sé cuánto?

—Anácrisis, Pukkas. Y por el momento puedo asegurarte que una mujer no es.

—En tercer lugar, y para cerrar con las damas: ¿qué se hizo de sus sesudas reflexiones sobre la Tipa? Porque esa sí que es mujer, o por lo menos usted la bautizó así. En cuarto lugar, ¿qué es lo del meadero? ¿Y la sátira, que me la viene prometiendo desde el capítulo 82? Sin contar la etimología trucha de “crisis”. Y encima está el otro modo de ganar que me ofreció al final del capítulo anterior, más cerca de la virtud que de la estrategia.

—Me sorprendés, Pukkitas.

—¿Por?

—Porque ni mi abuelo asturiano, almacenero de pura cepa, llevaba la libreta tan al día. Te voy a ir respondiendo en cuotas, como manda la tradición nacional, y la primera que te pago es la más reciente, la que te dejé colgando al final del 84. ¿Sabés vos qué cazzo es una alcuza?

—Claro que sí, Máster. Pero haga de cuenta que no lo sé y explíqueme.

—La alcuza es la aceitera de toda la vida, la que estaba en la mesa de cualquier fonda de pueblo. Con ella se cargaba el candil, y el candil ardía mientras hubiera aceite. Ahora pensá en el buscarroña. Llega con su candil encendido, echando humo y tizne, y lo que necesita para seguir ardiendo es que vos le repongas el combustible. Cada réplica, cada insulto devuelto, cada descargo indignado le vuelve a llenar la alcuza. ¿Pero qué pasaría si, en lugar de responderle punto por punto, te callaras la boca?

—¿Si me hago el sordo, dice usted?

—Digamos que sí.

—Supongo que se le consume el aceite. Arde un rato, larga chispas, les da un poco de luz a los cuatro o cinco curiosos que se acercaron a disfrutar del quilombo y después se apaga solo.

—Eso mismo, Pukkas. Y sin una gota de sangre ni abogados, y sin que vos hayas tenido que bajar al barro del camorrista. ¿Qué te parece?

—Me parece bien, Tío. Entiendo que así se mantiene la paz. Pero…

—Pero qué.

—Es que me da la impresión de que eso, visto desde afuera, se parece bastante a meter violín en bolsa.

—Se parece, te lo concedo, como también desde lo superficial se parecen el pacífico y el pacifista. Pero, para no confundirlos, lo primero que hay que saber es qué es la paz. Después de leer el capítulo de la quincena pasada me lo recordó esa eminencia que es mi yerno, Pablo Grossi, licenciado en Filosofía, con San Agustín en la mano. En el libro XIX de La ciudad de Dios, San Agustín, uno de los cuatro grandes Doctores de la Iglesia latina, define la paz como “la tranquilidad del orden”.

—“La tranquilidad del orden”. Déjeme que lo digiera.

—Te doy una mano. Para el Doctor de la Gracia, la paz no es simplemente la ausencia de guerra, sino la armonía perfecta donde cada cosa ocupa el lugar que Dios le asignó. Y eso es algo que se verifica incluso dentro de nosotros mismos, Pukkas, y que se hace carne en las iniciativas que se nos ocurren y en las decisiones de vida que tomamos a partir de ellas, para bien o para mal. ¿Entendés que no puede existir una sociedad verdaderamente en paz si los individuos que la componen viven en un caos interior?

—Es como si los semáforos de toda la ciudad se prendieran cuando se les cantase y con cualquiera de los tres colores.

—Algo parecido, y veo que estás entendiendo. En la otra vereda, la justicia y el orden personal cultivados en uno son los cimientos de la tranquilidad disfrutada por todos.

—Lo contrario es el despelote total.

—Por supuesto que sí. Jamás olvidaré el momento en que mi hija Marina y yo estábamos mirando por televisión la caída del democrático “gobierno” de Fernando de la Rúa, veinticinco años atrás. Con once años y ojos asustados, ante la ola masiva de saqueos que afectó a miles de comercios en un país que se hundía en el infierno de la desocupación y la pobreza, Maru me agarró la mano y me dijo en voz muy baja: “Qué mal que está todo”. Yo estaba hipnotizado viendo cómo los vecinos les arrebataban electrodomésticos a los vándalos para despeñarlos por las escaleras del subte. Me acuerdo como si fuera hoy.

—Me imagino que más de uno se habrá desnucado.

—¡Hablo de los electrodomésticos, Pukkas, no de los saqueadores! La gente de bien los tiraba escaleras abajo para inutilizarlos, para que el botín no le sirviera a nadie.
»Ahí sí que tomé conciencia de lo terriblemente impotente que se siente uno al no poder darle una respuesta mínimamente racional a un hijo. Ahí sí que me pregunté si alguna vez nuestro país iba a gozar de la tranquilidad del orden. A veces nos olvidamos de todo eso, de los casi cuarenta muertos y los centenares de heridos que dejaron la represión y los saqueos, y del espantoso default que llevó al país a la bancarrota. ¡Cinco presidentes tuvimos en menos de dos semanas, cinco contando a De la Rúa, que tuvo que tomarse el primer helicóptero! A veces nos olvidamos de todo ese pasado, y por eso estamos siempre al borde de repetirlo.

—Todo lo que usted quiera, Máster, y veo que se emocionó hasta las lágrimas y ya se me está encabronando de nuevo. Pero, hablando de represión, a mí “la tranquilidad del orden” me suena a cartel de comisaría.

—¡Suena a definición perfecta, moscón cojonero, no entendiste nada! Imaginate a la tranquilidad y al orden como si fueran dos patas, a ver si tengo que hacerte un dibujito y todo. Si le falta una pata, la paz se viene abajo. De la ausencia de alguna de las dos salen las dos deformaciones de la paz. Una es la tranquilidad sin orden: la del que mira para otro lado mientras le saquean el barrio, la del pacifista que firma cualquier cosa con tal de que no haya lío. La otra es el orden sin tranquilidad: la de los regímenes que ponen un guardián con un rottweiler en cada esquina y un miedo en cada casa. Todo ordenadito, y nadie que pegue un ojo. Orden sin tranquilidad es tiranía, y tranquilidad sin orden es complicidad.

—O sea que ni el hippie ni el comisario.

—Con tu delicadeza de siempre, digamos que sí. Por eso, dejar que al buscarroña se le consuma el aceite tiene poco de violín en bolsa: yo no le cedo un milímetro de lo que defiendo, y encima conservo la calma. Él, en cambio, se queda sin ninguna de las dos. Cristo ya lo había dicho: “Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo”. La paz del mundo es siempre una de esas dos caricaturas. La paz de Cristo es la única que reúne a las dos.

—Muy elevado, Tío. Pero… ¿Y si al tipo no se le acaba nunca el aceite? Hay cada loco que parece que tuviera una refinería.

—Entonces, Pukkitas, hay que saber distinguir entre la fuerza y la violencia. Y para eso vamos a tener que pedirle una mano al general San Martín.

—De acuerdo, Máster, lo rebanco al Padre de la Patria. Pero no se me olvide de los otros elementos que ha ido dejando por el camino, que ya estoy con la curiosidad al palo.


Los capítulos anteriores pueden leerse haciendo clic acá. 

di marco 3



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