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Cultura 9 de marzo de 2026

Con tener talento no te alcanza: El macabro experimento de Tío Marce (parte I)

Capítulo 68 de la columna de Marcelo di Marco.

Jorge Estefanía, autorretrato.

Por Marcelo di Marco (*)

—Oiga, Tío, ¿puedo consultarle sobre algo que me tiene remanija? Al final de la columna 66 habíamos quedado en estudiar los adverbios de modo, pero en la 67 arrancamos hablando de la hipanosecuánto.

De la hipálage, querrás decir.

—Eso, de la hipálague.

—¡Hi-pá-la-ge, so dídimo!

—Bueno, hipálage. Y usted me explicó detalladamente, según leí en el diario, que se trata de una herramienta y habló mucho de ella. Y sin embargo, que yo recuerde, ni estuve en esa charla. Ni sabía que existía algo llamado hipa… hipálage, imagínese, así que mal podría haberle preguntado sobre ella, que es como empieza esa maldita nota 67. ¿De qué no me enteré, máster? ¿Se cortó solo? ¡Me ghosteó sin darme el mínimo aviso, me siento excluido!

—Tengo una buena explicación, Pukkas. Así que preparate, porque más que una explicación escucharás de mí una confesión. Y lo primero que debo confesarte es que yo no escribí ni una sola coma de la columna pasada.

—¿Cómo? ¿La columna sobre la hipálage, dice usted?

—Ciertamente.

Y entonces, si no fue usted, que es el titular de la columna, ¿quién carajo la escribió? ¡Se me parte la cabeza, máster, explíquese!

—Todo empezó el mes pasado, Pukkas, cuando mantuvimos con Carlos Aletto y Dante Galdona nuestro encuentro de los primeros viernes, en La Anita. Vos ya los conocés a esos dos escritorazos. Aletto es un reconocido narrador y periodista cultural, y Galdona fue hasta hace poco el responsable de este suplemento. Dicho de paso y como curiosidad, con los dos comparto catálogo: con Aletto, en Sudamericana; con Galdona, en Bucanera Ediciones.

»Y el encuentro salió superproductivo. En la sobremesa se armó una discusión amable y constructiva sobre la inteligencia artificial. Expusimos nuestros puntos de vista, y cada vez sumábamos más al debate, que se fue centrando en esta cuestión: ¿es una herramienta válida la IA, éticamente hablando?

—Me acuerdo que en el capítulo 49 yo le vine con esa cuestión, máster. Y usted fue muy claro: “Una cosa es consultar algún dato, y otra, muy distinta, que la inteligencia artificial escriba tus textos por vos”. Y me señaló que subir a la cima de la montaña pagándole unos mangos a un helicopterista es una perfecta truchada.

—Efectivamente, Pukkas. Hablando con Carlos y Dante, hice hincapié en esa cuestión ética, y no tanto en la cuestión operativa: como ya insinué en el capítulo que acabás de mencionar, la IA es una herramienta sumamente eficaz a la hora de bajar información valiosa y cumplir misiones semejantes. En esa misma línea, Carlos Aletto defendió su uso como “un secretario a la hora de ordenar ideas”, lo cual, insisto, es totalmente válido desde el punto de vista ético y profesional. Pero, de ahí a usarla como una especie de ghostwriter, un negro literario contratado para que escriba por uno, hay un abismo. Y así, la charla fue orbitando cada vez más ese tema, que considero trascendental porque va directamente al ser, al corazón del hombre. Tema clave del que, estoy seguro, dependerá nuestra supervivencia como humanos, de no encontrarse una regulación satisfactoria. ¿Es éticamente válido que la IA “cree” por nosotros, y que nosotros firmemos sus “creaciones”? A modo de ejemplo, Pukkas, yo en la conversación de La Anita me remonté a un día de 1999, cuando visitamos con Nomi y nuestras mellis el stand de la empresa ficticia Cyberdyne Systems en los estudios de la Universal, en Orlando.

—¡La de la peli Terminator! Qué directorazo Cameron, Tío, cómo se anticipó a este problema, cuarenta años atrás. ¿Así que la empresa Cyberdyne existe en serio?

—¡Acabo de decirte “la empresa ficticia”, pedazo de esporozoíto!

—Bueno, máster, no se me ponga así.

—¡Es que es un tema recontrajodido, Pukkas, y vos me salís con boludeces! Como te decía, la idea era ver con Nomi y las nenas en la Universal el cortometraje Terminator 2 3-D: Battle Across Time, dirigido por el mismísimo James Cameron. Y la atracción incluía un pre-show que funcionaba como un calentamiento. Antes del espectáculo principal apareció una anfitriona de Cyberdyne (una actriz caracterizada para la ocasión, antes que me lo preguntes) que se puso a destacar, al estilo de una promotora auténtica, las innovaciones presentadas por la compañía. Como gran logro de la empresa, la chica anunciaba, entre otras aberraciones, la creación de un dispositivo ocular que le permitía a cualquier basquetbolista encestar siempre, gracias a que el adminículo reducía a cero el margen de error.

—¿Pero eso que gracia tiene, máster?

—Ninguna, en realidad es una tragedia. Un tipejo cualquiera que se pone en el ojo esa porquería superará injustamente al deportista cabal que disfruta entrenando a diario y jugando a mano limpia. Es como si yo me hubiera ganado mi título de Maestro Tirador en carabina, no entrenando por lo menos tres veces por semana y bajo lluvia, sol o nieve, sino sobornando a los jueces de la competencia. No tiene el mínimo sentido. Y por eso, porque soy bastante pragmático y efectista, y quería transmitir con toda crudeza la dimensión del encanallamiento, en esa misma sobremesa se me ocurrió decirle a Dante que le pida a la IA…

—…¡ya sé, maestro, no me lo diga! Usted es capaz de haberle dicho a Galdona que le pida a la IA que responda ella misma a la pregunta de si es o no una herramienta éticamente válida.

—Mucho más que eso, Pukkitas. Le pedí a Dante ahí mismo, porque yo no sé cómo usarla poniéndole instrucciones complejas para que realice tal o cual función…

—…prompts se llama a esas instrucciones, maestro. Y la acción de tirárselas a la IA se llama promptear.

—Como fuese, le propuse a Dante que la IA escribiera por mí la columna 67 de ‘Con tener talento no te alcanza’. De más está decirte que semejante experimento, con sus connotaciones filosóficas, despertó enormemente el interés de mis dos colegas. Pues bien, le especifiqué a Dante que la columna fuera escrita con mi estilo y en modo de diálogo.

—Como si habláramos nosotros dos de verdad…

—Exacto, así fue. En cuanto al tema de la nota, le dije lo primero que se me pasó por la cabeza, y que cobró fuerza cuando recordé que todavía no había escrito nada en este libro sobre el recurso de la hipálage. “Ponele que escriba una columna sobre la hipálage en Borges”, recuerdo que le dije a Galdona, ya que el Maestro solía usarla bastante. Y los prompts, como me decís que se dice, no fueron para nada complejos. Dante los redactó en un par de minutos en su iPhone. Y en un nanosegundo la IA escupió la columna 67, que la quincena pasada, de común acuerdo con la editora de este suplemento cultural (a quien alerté gracias a una sugerencia de Carlos y Dante), fue publicada sin haberle alterado una sola coma. Incluso Dante sumó la idea de pedirle a mi ilustrador, Jorge Estefanía, que, para reforzar el experimento, también la ilustración fuese hecha con IA. Por eso le sugerí a Rocío Ibarlucía que le pusiera, como pie: “Jorge Luis Borges. ¿Ilustración de Jorge Estefanía?”. Así, con signos de interrogación.

—¡Ya me parecía que el genio de Estefanía jamás podría haber sido el autor de semejante mamarracho!

—Lejos de eso, cuando lo enteramos de este “engaño” y su aleccionador objetivo, Jorge fue muy contundente: “Me parece absolutamente antiética la IA. Me parece una estafa que alguien escriba por uno. Desde el punto de vista de productor de arte, como ilustrador, me parece lamentable lo de la IA, porque se pierde todo lo sensorial. Todo lo físico. Yo tengo que sentir el lápiz, tengo que sentir la textura, el gramaje de la hoja en la punta del lápiz. Tengo que darle la presión para que salga el color, para que salga la textura y el trazo que yo quiero. Si alguien o alguna entidad cibernética me imita, nunca voy a ser yo. Si algo trabaja por mí, perderé el placer de dibujar y de poner en ese dibujo todo mi cuerpo”.

—Y entonces, si es una estafa usar como sustituto del trabajo de uno la IA, ¿por qué usted lo hizo, maestro? ¿Para disfrutar más tiempo con su nietita y Nomi en la playa? Me imagino las horas de trabajo que se habrá ahorrado.

—No sé si alguna vez te expliqué, grumetillo, que mi trabajo es en realidad un descanso. Y si preguntás por qué hice lo que hice, significa que no entendiste ni los caracuses.

—Entendí, máster, entendí. Pero me gustaría que se explayara un poco más.

—Qué más querés saber.

—Si alguno de sus lectores habituales se apioló de la truchada.

Hasta el momento, ninguno que yo sepa. Y no sólo eso: la columna 67 recibió los habituales y sinceros elogios. Incluso un excelente lector como Marto Guagnini dijo que está entre las tres mejores entregas de mi columna. Lo cual es realmente escalofriante.

—Ahí está, máster. Ese es el punto que me gustaría que desarrollara, la dimensión distópica de todo este tema. Cada vez nos parecemos más a la peli de Cameron.

—Entonces preparate para que nos sumerjamos en lo más profundo, mi querido Pukkas. ¿Estás listo?


(*) Los capítulos anteriores de Con tener talento no te alcanza pueden leerse acá.