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Arte y Espectáculos 2 de diciembre de 2019

Concierto de la Orquesta Sinfónica Municipal

Jorge Pinzón.

por Eduardo Balestena

La Orquesta Sinfónica Municipal de Mar del Plata, bajo la dirección del maestro Javier Más, y con la actuación solista de Jorge Pinzón en oboe, ofreció un concierto en el Teatro Colón.

El Divertimento para orquesta de cuerdas opus 99, de Jorge Zalcman, en estreno, encabezó el programa. Concebida como una especie de suite, recrea, dentro de una estética neoclásica formas como la passacaglia o la sarabanda. Lo hace dentro de un esquema de centros tonales y no con una tonalidad firmemente establecida, como en las obras clásicas. Sobre este horizonte de cierta vaguedad discurren sencillas melodías (es el caso de la sarabanda), como si el elemento melódico, deconstruido, se redujera a una forma esencial. En el Interludio 3, Vals simple, el núcleo temático se inicia en los segundos violines y va pasando -en un bello tejido orquestal- al resto de las secciones. En lugares como el Preludio la cuerda desarrolla un pasaje reiterado, de manera aguda y destacada. De este modo, cada parte presenta y desarrolla un concepto diferente en un conjunto que, en lugares como el vals simple, recuerda a Vaughan Williams: una melodía sencilla y abierta, no enteramente definida, despojada y libre que fluye y va mutando como si volara.

Reconocido compositor, director de orquesta y docente, Jorge Zalcman rinde homenaje a las formas puras de la música dentro de un lenguaje propio.

El Concierto para oboe y orquesta, de Doménico Cimarrosa (1749-1801) siguió en el orden del programa. Aúna las características –que parecerían opuestas- de ser una obra de virtuosismo y a la vez de gran calidez: riqueza melódica, compromiso técnico, así como gracilidad y belleza en cada una de sus inflexiones y matices.

El sonido del solista, además de su manejo espontáneo, claro y brillante, es lo primero que se impone. Un sonido cálido, más “ancho”, por así caracterizar su cualidad no incisiva, en cierto modo más apagado y suave que el timbre típico del oboe en la orquesta, manejado dentro de una técnica puesta al servicio de la expresividad.
Nacido en Colombia, donde comenzó una formación que prosiguió en Europa, con una amplia carrera internacional, dueño de un especial carisma, Jorge Pinzón es un virtuoso del instrumento.

Resultó original el bis que hizo con la orquesta, que le brindó un acompañamiento en pizzicato sobre el cual enunció el tema del Carnaval de Venecia, de Paganini, sobre el cual hizo complejas variaciones que finalizaron cuando, aun tocando el instrumento, fue saliendo del escenario mientras saludaba.

La Sinfonía Nro. 41, en do mayor, K. 551 “Júpiter”, de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791), fue interpretada en la segunda parte del programa.

Concebidas al parecer para un concierto por suscripción en 1788 las últimas sinfonías de Mozart conforman, como lo entendió Nikolaus Harnoncourt, un todo. No existen constancias que permitan afirmar que la última de ellas –la más formalmente compleja- fuera interpretada en vida de Mozart.

Ya el planteo del primer movimiento (Allegro vivace, en compás de 4/4, de 313 compases) es absolutamente novedoso: una sección de pregunta y repuesta que comienza con un tresillo ascendente que marca un elemento fuerte al que sucede otro inesperadamente suave. En lo que constituye una cuidada arquitectura, se suceden una suerte de fanfarria y un delicado trabajo tímbrico que lleva a un segundo tema. Sobre elementos sencillos se despliega una paleta de formas y colores –modulaciones, volúmenes sonoros cambiantes, respuestas melódicas- que constituyen el paisaje rico y cambiante que sólo puede ser concebido por una gran genialidad constructiva.

El Andante cantábile (en ¾, en fa mayor, de 101 compases) no sólo presenta cuestiones nuevas, como la inclusión de episodios nuevos en la re exposición, sino que está dado en un tejido orquestal muy rico: no hay momento en que no se pueda apreciar la cuidada belleza de los enlaces de cada elemento, en el marco de una belleza sonora marcada por las cuerdas en sordina y oboes, flautas, fagotes.

No obstante, la mayor muestra de genialidad sea acaso el complejo contrapunto del movimiento final Molto allegro (4/4, en do mayor, de 423 compases) que se inicial con un tema inicial en redondas (do-re-fa-mi) que procede del himno Lucis creator. No sólo se trata de pasajes de gran demanda y complejidad técnica sino que se reiteran a lo largo de la exposición, el desarrollo y la re exposición no dando literalmente respiro.

Los temas –básicamente cinco- del movimiento son combinados de muy distintas e imaginativas maneras: invirtiéndolos, tomándolos -total o parcialmente- como sujetos de la fuga, alternándolos, de manera literal, modificada o sincopada en las distintas voces instrumentales, en el desarrollo del contrapunto para finalmente, en la coda –a partir del compás 362, es decir unos dos minutos antes del final- exponerlos, en su totalidad, combinadamente en las distintas voces instrumentales.

Pero eso no es todo: queda la cuidada construcción tímbrica, que descansa en los rápidos y virtuosos pasajes de la cuerda, flauta y oboes, fagotes y las intervenciones puntuales de cornos, trompetas y timbales.

Va de suyo que abordar esta obra requiere una cuidada preparación, ya que no todas las marcaciones parecen posibles, dado el carácter complejo y vertiginoso del contrapunto final. No obstante, claramente, tales intervenciones -distintos temas en distintas secciones conformando el contrapunto- fueron marcadas, en el tempo rápido que requiere el Allegro.

Otro aspecto distintivo fue, por ejemplo, el relieve dado en el primer movimiento a los pasajes de pregunta y respuesta: la acentuación de la primera parte y el “descanso” en la segunda, en un tempo pausado. El uso restringido y puntual del vibrato llevó –pese a la afinación moderna, más brillante- a un sonido muy próximo al de Mozart.

A partir de esta obra el final de las sinfonías se convirtió en una declaración seria y solemne.
Se trató de una cuidada y lograda versión de una obra de gran demanda técnica.

Destacaron especialmente Alexis Nicolet (flauta), Mariano Cañón y Guillermo Devoto (oboes), Gerardo Gautín y Florencia Guzmán Olivera (fagotes) y la línea de metales.

En la oportunidad fue rendido un homenaje a Perla Deluchi (violín segundo) y Sergio Gugliotta (contrabajo solista) con motivo de su retiro. Arregladora, docente y violinista, Perla Deluchi, señaló, en nombre de ambos, lo que significa la dedicación a algo tan poderos e intangible como la música, a la necesidad de expresar aquello que está más allá de la partitura y transmitirlo y a la importancia de políticas culturales que “nos sostengan y no nos amenacen”.

Fue un momento muy intenso y especial relativo a artistas con cuatro décadas en la orquesta.