Eduardo Martín, medio siglo de pintura y de “diálogo con la tela”
"El color es la palabra del pintor, es el arma", dijo el gran artista plástico, que protagoniza una retrospectiva en el Museo Castagnino. Se la puede recorrer hasta el 23 de noviembre.
Dos de las cincuenta obras de Martín que están expuestas en el Museo Castagnino.
“Por las dudas que creyeran que estaba colgando los pinceles…” comentó Eduardo Martín, el artista plástico cuya obra llena las tres plantas del Museo Municipal de Arte Juan Carlos Castagnino, en Colón 1189.
Las llena de color, de figuración y de abstracción, de ideas, de una pintura que se vuelve circular y de la que siempre emana movimiento. “50 años 50 obras” es el título de la retrospectiva que se puede ver hasta el 23 de noviembre en la casona de veraneo que perteneció a la familia Ortiz Basualdo.
Siempre activo, el pintor que fue discípulo del muralista Italo Grassi celebra con esta muestra el medio siglo de un arte que no deja de mirar al entorno en el que se gesta. Así,
“por las dudas que creyeran que estaba colgando los pinceles…” es la manera que tiene Martín de decir que su obra está viva y dueña de una gran actualidad.
La exposición también es válida para conocer las diversas etapas que transitó, los materiales que investigó y las estéticas de las que echo mano para profundizar su decir.
“Mi obra en diferentes etapas va mutando, viene de la figuración a la abstracción, cosa de la que yo no reniego, son maneras diferentes. Antes la realidad era como que me daba el tema, era una obra así muy testimonial, dejando pasar lo que yo sentía, lo que yo veía. Por supuesto que siempre, como me marcó mi maestro, tiene que ser un buen trozo de pintura, más allá de lo que uno quiera decir, que el tema no supere a la obra de arte”, observó en una entrevista con LA CAPITAL.
-Usted dice que antes la realidad le daba el tema. Ahora que está en la abstración, ¿dónde encuentra tema?
-En el caso de la abstracción, por ahí es como un diálogo con la tela, y por más que es como una mancha organizada, es un trabajo de adentro hacia afuera. Y lo otro (la figuración) era un trabajo de afuera hacia adentro. En la figuración planteás un tema y estás preocupado por la composición, por tratar de decir, sin caer en un panfleto. Es un trabajo diferente. Por lo menos es lo que yo percibo.
-En la etapa figurativa se nota mucho el planteo social y la mano de su maestro, Italo Grassi, que viene del muralismo y de toda la concepción obrera.
-Sí, exactamente. Yo después hice un trabajo profundo, como se diría, para matar al maestro, porque uno tiene en pintura a veces el aliento de lo que uno consume. Y yo fui ayudante (de Grassi), hice muchos murales y también en los primeros tiempos lo acompañé como ayudante. A veces tengo maestros como Carlos Alonso, o Berni, o Van Gogh, Goya o Bacon, ya son pintores pregnantes. Bueno, uno los ha admirado y también ha tomado de su maestría. Los collages (que expone) tienen una cosa de Berni. Pero bueno, yo trataba de apoderarme de eso y de hacer algo propio, digamos.
-En su pintura aparecen muchas escaleras, ¿por qué?
-Sin querer las fui plasmando y en la época de la pandemia quedaron un poco más. La tomo como un ícono y la sigo y la voy plasmando en la mayoría de las obras. Había hecho un laberinto, veía que no había salida, en ese momento era complejo el encierro y había hecho un laberinto. En medio de eso, justo veo un reportaje que le hacen a Jorge Luis Borges. El periodista le pregunta “¿cómo se sale de los laberintos?” Y él dice: “Con una escalera”, con esa forma en que a veces respondía o tenía esa cosa irónica o parecía simple la respuesta pero tenía su peso. Y bueno, la escalera a veces la utilizo como la búsqueda de la salida. A veces uno está acorralado mentalmente o en una situación y dice ¿cómo salimos de esto? Siempre el hombre en la búsqueda tiene una salida. Si hay una escalera es porque hay alguna situación que dice que hay que buscar, hay que salir, hay que buscar otro sitio, que hay un lugar incómodo.
-Toda su propuesta está atravesada por el color y por el movimiento, ¿son dos claves de su obra?
-Yo soy un apasionado del color y lo saben bien mis alumnos, que soy un hincha con eso de que el color es la palabra del decir del pintor, es el arma, es con lo que nos expresamos. Tenemos que lograr ser genuinos con una paleta propia, es parte de la esencia del cuadro. Y si nos vamos a expresar con color hay que conocerlo. Y siempre está el movimiento, porque a veces es una búsqueda. La pintura tiene una limitación, es un solo plano quieto que el espectador está viendo. No es como el cine, que tiene movimiento.
-Usted utiliza mucho el azul.
-Tenés razón, hay muchos cuadros en azul. Lo que pasa es que me siento cómodo con el azul. Y cuando hablo de algo espacial o el agua, es como que la elección se hace sin pensar, digamos. En la figuración hay siempre como una esencia dramática, digamos, y a veces el azul acompaña ese clima melancólico. Tampoco está hecho adrede, no hay una alquimia que uno dice “bueno, voy a pintar un cuadro triste y le voy a poner azul”. Por ahí es mi esencia, es como abrir el agujero de las personas y ver qué color utiliza. Y yo tengo varias cosas grises y azules y puede ser lo que vos decís, puede ser medio melancólico.
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