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Policiales 26 de agosto de 2026

El vagabundo condenado y su geografía ferroviaria

"Pacha" Pérez vivió dos décadas como vagabundo cerca de la estación de trenes y 15 años en prisión. Al recuperar la libertad, volvió a su antigua geografía ferroviaria. Murió casi cuatro años después.

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"Pacha" junto a su madre y su medio hermano en San Francisco Solano. Se reencontraron después de 30 años, cuando Pérez recuperó la libertad.

Fernando Saturnino Pérez (“Pacha”) vivió 68 años. Nació en 1932 en Trinidad, a pocos kilómetros de la capital de San Juan, y cursó hasta tercer grado.

Pérez y su madre, Esperanza Rodríguez, dejaron San Juan en la década del 40 para radicarse en Mataderos, donde la mujer formó una nueva pareja y tuvo en 1948 a su segundo hijo, Horacio Rodríguez. “Pacha” era un adolescente y, según surge de sus dispersas declaraciones periodísticas, fue internado cuatro años en un instituto de menores por robar, según dijo, un cajón de verduras.

Pérez tenía mecanismos con los que eludía hablar de su pasado. No se trataba de una negativa hostil, pues siempre se mostraba cordial pese a la parquedad de su vocabulario. Simplemente les imponía a sus recuerdos una vaguedad que desalentaba al entrevistador, evidenciando que se sentía incómodo en el terreno de las evocaciones.

Siempre de acuerdo a su versión, antes de caer en la marginalidad fue albañil, pintor y empleado del hospital Cosme Argerich, en el barrio de La Boca. “Estuve dos años ahí y me echaron por razones políticas”, solía decir, sin ofrecer mayores detalles.

En 1963 llegó a Mar del Plata, donde “vendía Coca-Cola en la playa, hacía changas en San Juan y Luro, cargaba ladrillos, losas”. De tal manera, se desvinculó de su madre y de su hermano.

El pasado afectivo de Pérez es un enigma. Alguna vez suministró difusas referencias sobre una mujer y una hija o hijastra, posiblemente en Buenos Aires. Luego afirmó que en Mar del Plata “tuve pareja, una chica para salir, y varias amistades ganadas en el trabajo de la construcción. Me gustaba bailar. Yo andaba bien, pero hubo un tiempo, en el 65, 66, que se paró el trabajo y ya entré para el lado de las changas y es cuando empecé a tomar. Me junté con los atorrantes de Luro y San Juan, vinieron las copas, usted vio… pero no era malevo ni nada por el estilo”.

En 1982, cuando fue detenido por el asesinato de Silvia Cicconi, Pérez era un personaje conocido. Durante casi dos décadas se había desempeñado como “franelita” en Luro y San Juan, frente a tienda Los Gallegos.

Fernando Saturnino Pérez ("Pacha") durante una de las entrevistas que concedió en la Unidad Penal XV de Batán.

Fernando Saturnino Pérez (“Pacha”) durante una de las entrevistas que concedió en la Unidad Penal XV de Batán.

Su notoriedad no sólo respondía a su antigüedad en el barrio y a la buena conducta que, según vecinos, conservaba aún cuando estaba ebrio, sino también a ciertas conductas que lo convirtieron en personaje urbano. Era habitual, por ejemplo, que el alcohol lo alentara a bailar frente a la disquería que estaba en Avenida Luro, junto a la tienda. O que ensayara sesiones de pugilato con un rival inexistente, lo cual originó erróneamente el mito del ex boxeador caído en la miseria. Pero lo más frecuente era que, en medio de torpes gambetas, exclamara su admiración hacia el futbolista Carlos Pachamé, con lo cual acuñó su propio apodo.

Un cura detective

Durante sus años de encarcelamiento en la Unidad Penal XV de Batán, tuvo cientos de compañeros -incluyendo a Carlos Monzón- pero uno de ellos cambiaría su destino. Era un sacerdote que estaba acusado de abuso sexual y que, al salir en libertad, le contó a sus compañeros de congregación la historia de Pérez; un condenado a perpetua que se proclamaba inocente y que contaba con la credibilidad de la opinión pública y de los padres de la propia víctima. Ese relato provocó gran impacto en otro sacerdote, el padre Eduardo García Ríos, quien logró sacar a Pérez de prisión y reunirlo con su familia en 1996.

El cura García Ríos nos contó ese proceso en 2007. Tenía entonces 82 años, era ecónomo del Colegio San José de Calasanz en Buenos Aires y hablaba con un chispeante gracejo español.

Luego de entrevistarse con Pérez en la prisión, el sacerdote se fijó dos propósitos. El primero de ellos “era obtener la libertad condicional de Pérez. Conseguí una entrevista con la secretaria de Justicia de la provincia, María del Carmen Falbo. Hablé tanto a favor de ‘Pacha’, que Falbo me dijo que enviarían a un psicólogo de la Secretaría de Justicia para que lo examinaran. Yo estaba totalmente confiado de que eso saldría bien porque su estado era óptimo. La Falbo cumplió: estuvo el psicólogo y poco después -mes, mes y medio más tarde- salió la libertad condicional”.

Paralelamente, García Ríos había empezado a trabajar en su segundo propósito: ubicar a los familiares de “Pacha”. Mediante una tarea detectivesca en la que intervinieron catequistas y colaboradores parroquiales, el cura pudo saber que la mamá, de 88 años, y el medio hermano vivían en San Francisco Solano. El sacerdote los encontró y ambos aceptaron alojar a “Pacha”. Dos meses más tarde, Fernando Saturnino Pérez estaba de nuevo en Mar del Plata, vagabundeando cerca de la estación de trenes.

“Fui a buscarlo -contó el sacerdote García Ríos- y lo encontré durmiendo en la estación, cerca de una máquina abandonada. Se le consiguió una casita con el Patronato de Liberados cerca de Santa Clara y lo llevé allá en 1999. Antes de que se produjera su muerte fui a visitarlo. Vivía en una casa abandonada donde había varios “locatarios”. No pudo adaptarse. No podía estar lejos de su lugar de vida, de los coches que él cuidaba y de la estación”.

Su hermano Horacio Rodríguez -operario de la fábrica Bagley- narraría con posterioridad: “Salió de la cárcel y ese mismo día se le dio por tomar. Tenía que viajar ese mismo día, pero lo hizo al siguiente”.

Acerca de las tres décadas que estuvieron sin verse, Rodríguez manifestó: “Si no hubiera sido por el padre Eduardo no habría sabido nada de él. No nos enteramos de su detención… las cosas no se difundían tanto como hoy. Nuestra idea era que se quedara con nosotros, pero no había forma de contenerlo. Estuvo casi dos meses, pero se fue a escondidas. Un domingo fui a comprar pan, mi mamá fue al fondo a darle de comer al perro. En ese momento se fue”.

Pérez y Adela, la madre de Silvia Cicconi, quien le daba de comer cuando quedó libre.

Pérez y Adela, la madre de Silvia Cicconi, quien le daba de comer cuando quedó libre.

El encuentro con la madre

Adela, la madre de Silvia Cicconi, que en esos días explotaba un restaurante en Belgrano y Salta, narró: “Un día vino y me dijo: doña, yo no maté a su hija’. Yo siempre sostuve que el “Pacha” fue inocente. Día por medio le daba de comer. Le habíamos conseguido una casa para que cuidara pero no hubo caso. Él quería estar en la estación. Eso me lo dijo él. También le habían dado un terrenito cerca de Santa Clara, pero él decía que estaba lejos”.

Pérez murió en la mañana del 6 de marzo de 2000, a poco de ingresar al Hospital Interzonal General con edema de pulmón e insuficiencia cardíaca. Su último refugio fue un local abandonado, en Pampa y 9 de Julio. Uno de sus compañeros era Orlando Rubén Vargas, un expresidiario que se presentaba como pastor evangélico.

“Llegué a las cinco de la mañana de cuidar coches -relató Vargas- y me lo encontré quejándose. Me dijo: ‘Pastor, por favor, pídame una ambulancia’. Desperté a los demás para que lo atendieran y salí a pedir la ambulancia. Di un montón de vueltas, llamé por teléfono, paré un taxi para que llamara, pero la ambulancia tardó como dos horas. Cuando llegaron ya estaba muy mal”. Horacio Rodríguez, el medio hermano de Fernando Saturnino Pérez, viajó posteriormente a la ciudad para hacerse cargo del cuerpo.

El día de la muerte, en la sucia vidriera del local abandonado, pudo leerse un cartel que escribió uno de sus compañeros. Rezaba textualmente: “La resaca de la sociedad está de duelo. Fallesió el Pacha Pere”.