10 de septiembre de 2018
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En el umbral

por Vito Amalfitano

Asistimos el domingo 7 de agosto de 2016 al partido del renacimiento. Aquel día, en el Court Central del Centro Olímpico de Tenis de Barra de Tijuca, no fue la vuelta de un Top Ten, fue lisa y llanamente el verdadero nacimiento de un deportista nuevo, de un número uno, que se reinventó a sí mismo para sobreponerse a las adversidades.

Aquella jornada inolvidable, justamente ante su rival del domingo, el serbio Novak Djokovic, quien era en ese momento el número uno del mundo, y en el inicio del tenis de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro, el tandilense Juan Martín Del Potro demostró que podía “volver a ser”.

Después de cuatro operaciones de muñeca, de haberse transformado prácticamente en un ex deportista (luego confesó, tras aquella final de Río con Murray, que estuvo al borde del retiro), Del Potro no solo venció aquella tarde, efectivamente, al número uno del mundo, Novak Djokovic, por 7-6 (4), 7-6 (2), sino que jugó de una manera única, inédita. “Nunca vi en la historia del tenis un golpe de derecha tan determinante”, le dijo aquella vez Daniel Orsanic a LA CAPITAL en el imponente escenario de Barra de Tijuca.

Un deportista nuevo. “Un” número uno. Eso no significa ser lisa y llanamente “el” número uno. Del Potro construyó su regreso desde aquel partido mítico y apenas tres meses después llevó a Argentina nada menos que a ganar su única Copa Davis en la historia.

Era una cuestión de tiempo meterse entre los “Top 5”. Ya el “golpe de derecha” único, nunca visto, lo trajo hasta acá. Hasta el puesto 3 y a la final de su torneo preferido, el US Open. Y la derrota en el partido decisivo lo dejó en el 4.

Le tocó, en esta final de Nueva York, toparse con otro renacimiento. El del propio Djokovic, quien se reinventó también tras su operación en el codo y vuelve a ser “un” número uno, aunque aún no ocupe su lugar. El serbio viene de ganar Wimbledon, nada menos, y de convertirse en Cincinatti en el único tenista de la era Abierta en completar los 9 títulos de Masters 1000.

Las lágrimas desconsoladas de Del Potro demuestran que él mismo se sentía en el umbral de la gloria mayor y con las posibilidades bien reales de quedarse con el US Open. Pero el nivel de Djokovic fue demasiado, incluso hasta para el mejor Del Potro, para su derecha de martillo de “Thor”, y para quien solo había cedido un set en todo el torneo. Para quien se había cargado nada menos que el saque mortal de Isner y al infranqueable Nadal.

Las lágrimas denotan que no se conforma. Es “un” número uno que quiere ser “el” número uno. Lo sería ya en otro tiempo, en otra década, por ejemplo allá por los 2000, aquella etapa de transición en la que varios tenistas se turnaban en el privilegio de estar en lo más algo del ranking. No justo en esta época en la que brillan otros tres número uno que quizá son hasta los mejores de la historia.

En la final de Nueva York Del Potro chocó con un monstruo. En la semifinal dejó en el camino a otro. Pero compite con tres a la vez. Es demasiado. Está en el umbral más difícil de traspasar en toda la historia del tenis mundial.

@vitomundial

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