Entretextos: “El aplauso silencioso”, un cuento de Iván Guede
Un relato situado en la ciudad, en el que un músico busca suerte impulsado por las palabras de alguien que ya no está.
Iván Guede, autor de El aplauso silencioso.
Por Iván Guede
A pocos minutos de subir al escenario de la Vinoteca Perrier, Ismael tenía dos preocupaciones en la cabeza.
La primera: casi no había público. La Vinoteca estaba vacía si no fuera por los mozos y algunas siluetas oscuras en las mesas del fondo. El frío del agosto marplatense tampoco ayudaba, quizás.
Y la segunda preocupación de Ismael era un poco más personal: el asunto de las apariciones de Lucía había empezado a preocuparlo. Porque después de un tiempo de creer que se trataba de alucinaciones propias de quien acaba de perder a un ser querido, ahora él por fin se había convencido de que la veía de verdad.
Lucía se le aparecía por todos lados.
Si Ismael iba al Toledo, allí aparecía ella parada por alguna góndola, mirándolo fijo. Sus ojos verdes, bajo un leve fulgor que la rodeaba, se veían más claros. Toda ella parecía ahora más blanca a pesar de que en vida siempre mantuvo cierto bronceado.
En el paseo Aldrey también se había aparecido: un domingo en que el shopping explotaba Ismael pidió permiso para dejar su puesto de seguridad, y cuando fue al baño la vio en el espejo. Por entonces todavía se asustaba, así que voló del baño y volvió a su puesto creyendo que la veía en cada rostro.
Algunas tardes juró haberla visto en la playa, parada en la arena entre la gente, e incluso una vez la divisó entre las olas, que le pasaban por encima pero no la tapaban.
Aunque al principio Ismael se moría de miedo, con el tiempo se acostumbró, y con el correr de los meses hasta empezó a sentir que las apariciones eran casi una compañía, como si ella aún quisiera estar con él.
Pocas veces intentó hablar con ella, pero Lucía sólo lo miraba fijo y se mantenía en silencio. Ismael lo asoció con la enfermedad que se la había llevado: el cáncer de garganta, rápido y violento, le había arrancado la voz normal de una chica de treinta y dos años, y en cambio le había dejado una voz ronca, airosa, jadeante y llena de dolor. Así la había escuchado Ismael en las pocas palabras que ella dijo ya cerca del final. Unas de esas pocas palabras habían sido las siguientes: “Seguí tocando, Ismael, tus canciones son buenas y cantás muy bien”. A decir verdad, pensó ahora Ismael minutos antes de subir al escenario de la Vinoteca, aquellas habían sido muchas palabras juntas, y recordó lo mucho que le había costado a Lucía pronunciarlas.
El encargado de la Vinoteca lo llamó por la espalda:
—Ismael, seguís vos.
—Voy —respondió Ismael, y se colgó la guitarra.
Mientras la enchufaba y probaba algunos acordes recordó el fallido viaje a Buenos Aires para probar suerte. Quizás en los bares de San Telmo o Palermo lograra encontrar su público, pero después de unos meses de recorrer pubs y radios y programas de stream donde nadie le abría las puertas se convenció de que debía volver a Mar del Plata y probar suerte una última vez de local.
Ante la Vinoteca vacía, Ismael se preguntó si todo aquello tenía sentido.
Durante la media hora que duró el show las siluetas de las mesas del fondo se fueron, y sólo entró una parejita muy acaramelada que estaba muy en sus cuchicheos como para prestarle atención. Eso sí: al final de cada canción aplaudían, pero era un aplauso triste y de compromiso.
Ismael llegó a la última canción de la lista, la canción que le había escrito a Lucía la noche en que murió, y entonces creyó que era el momento ideal para que ella apareciera en la Vinoteca, quizá sentada a una mesa o tal vez parada en el medio del salón cantando con él, bailando suavemente. Nadie iba a verla pero él sí. Él la vería, y entonces el lugar ya no estaría tan vacío.
Pero lo cierto es que Lucía no apareció.
Esa noche, al volver a casa, Ismael pensó que su sueño de ser cantante había terminado ya. Qué sentido tenía cantar si no había nadie que quisiera escucharlo. En definitiva, el trabajo de seguridad en el shopping le dejaba el dinero suficiente para vivir bien, y no había necesidad de embarcarse en sueños tontos de música y rock and roll.
Después de ducharse y de cenar unas sardinas metió la guitarra en el armario, la sepultó bajo ropa vieja y se acostó en silencio, buscando en la tablet alguna serie para ver antes de dormir. Pero no llegó a decidirse por ninguna porque, parada en el umbral de la puerta del cuarto, Lucía apareció mirándolo fijo. Pero esta vez ella sonreía y aplaudía, aplaudía como nadie lo había hecho esa noche en la Vinoteca.
—Seguí tocando, Ismael. Tus canciones son buenas, y cantás muy bien.
Ismael se durmió pensando en aquellas palabras. Al día siguiente sacó la guitarra del armario.
Iván Guede vive en Caseros, en el partido de Tres de Febrero, desde donde desarrolla su actividad de escritor y músico. Es miembro de La Abadía de Carfax, el círculo de escritores de terror del taller de literatura de Marcelo di Marco. Participó en diferentes concursos, logrando premios y menciones y publicando sus cuentos breves. Como músico solista, tiene publicadas sus canciones en plataformas digitales.
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