Entretextos: “La isla del juego”, un cuento de Ángel Valadez
Un prisionero se enfrenta a una batalla a muerte para ganar su libertad en este primer relato publicado del autor mexicano.
Ángel Valadez, autor del cuento.
Por Ángel Valadez (*)
—Toma, prisionero. —Desde la cima del búnker, el teniente le arrojó un bolso de cuero del tamaño de una pelota de fútbol. No pesaba mucho—. ¿Has oído de qué se trata la caza mayor? Se le llama batida, y está siendo videograbada. Así que pon atención y danos un buen espectáculo: en esta isla hay otros tres infelices en las mismas condiciones que tú. A todos se les entregaron armas. Debes darles caza a los tres, y la competencia terminará cuando sólo quede con vida uno de ustedes. ¿Está claro? —Y, antes de dejarlo solo, ya alejándose al interior del búnker, dijo—: ¿No has visto Battle Royale? En este juego, o chingas o te chingan a ti.
Era mediodía. La luz del sol deslumbró al prisionero. Llevaba dos semanas confinado en la absoluta oscuridad de un calabozo por haber asesinado a su compañero de celda: un simple rasguño al pescuezo con el filo que le había sacado al cepillo de dientes, y se acabó.
Esa era la mejor parte hasta ahora: respirar aire fresco, el aroma del verano, y ver la luz penetrando las palmeras que bordeaban la entrada del búnker.
Además de su uniforme de recluso, la bolsa de cuero era todo lo que llevaba consigo. Al abrirla, encontró un encendedor y una cajetilla de cigarros, la cual tenía impresas estas palabras: “consuma uno y aumentará diez veces sus habilidades”.
¿Sería una broma?
Parecía no haber nadie al acecho, así que se sentó a la sombra de una palmera.
Se sintió derrotado: al desarrollarse ese maldito juego en apenas un islote, las posibilidades de sobrevivir eran sumamente escasas. Lo consolaba la idea de que los demás participantes estaban en su misma situación. Sabía que, en tan reducida superficie, no tardaría en encontrar algún potencial asesino que sí hubiera recibido un arma real. Pero el premio no era para nada descartable: los hijos de puta de los directivos de la prisión habían prometido otorgarle la libertad al último hombre con vida.
—The last man standing. Esa sí que es buena.
Prendió el único cigarro que había en la cajetilla. Un gusto final.
Qué sabor extraño, se dijo a la primera calada. Qué sabor de mierda, mejor dicho.
Entonces el cuerpo comenzó a hormiguearle, y fantaseó con la posibilidad de que fuera cierta la dudosa promesa que tenía impresa la cajetilla.
Miró alrededor, y descubrió una especie de anillo o grillete herrumbrado que sobresalía en la arena, muy cerca de donde él se encontraba. Intuyó que aquello no era todo, que debajo de la arena había mucho más. Probó a levantar la anilla, y se emocionó al sentir cómo cedía ante su fuerza. Al desenterrarlo por completo, supo que no se había equivocado: sostenía en la mano un ancla del tamaño de una gran ballesta, corroída por los siglos.
Lo pensó dos veces: aquello podría ser usado como un elemento de defensa, o bien de ataque; con su fuerza descomunal, en sus manos devendría un terrible garrote o un arma arrojadiza. Pero comprendió que, dotado de esa fuerza tremenda, con sus propias manos podría arrancarle el espinazo a un tiranosaurio. Lanzó el ancla hacia el mar, sin ningún esfuerzo. El ancla voló y cayó a unos treinta metros más allá de la orilla con un sonoro ¡splash!
Su atención fue capturada por el ambiente: el sonido de las olas, el roce del aire cálido, el fuerte sol de mediodía y la frescura a trozos de la sombra de las palmeras sobre su piel. Y anheló más que nunca su condición de hombre libre.
Al oír pasos, regresó a la realidad: alguien se acercaba. Sus sentidos mejorados le permitieron darse cuenta.
A lo lejos, la arena se iba deprimiendo en pozos que adoptaban la forma de… ¿pies?
Muy confundido, le costaba procesar aquello. Tal vez todo se debiera a alguna ilusión óptica. Lo que sí podía reconocer era que estaba en peligro. No se detuvo demasiado a pensar, sólo formuló una hipótesis rápida. Si yo puedo ser diez veces más fuerte, se dijo, acaso otro puede ser invisible. O tener supervista o volar. Y supo que la primera opción era la correcta cuando clavó su mirada en dirección de las pisadas. Ya no había dudas: las pisadas cambiaron su rumbo y empezaron a volver por donde venían.
—Yo puedo ganar bajo estas condiciones —se dijo en voz alta, y echó a correr al encuentro de aquel invisible.
No tardó en alcanzarlo, y le encajó un golpe con todas sus fuerzas. Conectó justo en la columna vertebral —lo supo por el crujido de huesos—, y el cuerpo salió despedido con tal violencia que hizo falta una decena de árboles para frenarlo. Al acercarse, el prisionero notó que su contrincante ya era visible otra vez. No llevaba el uniforme de la prisión, era únicamente su cuerpo el que se volvía invisible. Sólo pudo ver en su nuca, enterrado como una garrapata, el chip que la prisión colocaba en todos los reclusos.
—¿Qué tanto podrán ver de nosotros con estos parásitos que nos colocaron?
Dejó sus pensamientos de lado y trató de encontrar el objeto que le habían asignado al muerto —un arma de verdad, acaso—. Y pronto dio con un pequeño frasco vacío con la etiqueta “vuélvete invisible”. Supuso que había contenido una sola píldora.
—Realmente tengo posibilidades de ganar. Sólo me quedan dos enemigos.
Oyó ráfagas de ametralladora, y salió corriendo en esa dirección.
Alcanzó a ver cómo los dos se enfrentaban a lo lejos: uno de ellos portaba un AK-47. Y tenía acorralado al último jugador en el hueco de una roca enorme.
Y él consideró la posibilidad de dejar que se mataran entre ellos, pero el afán de derramar sangre lo hizo ir directo contra el del fusil, a quien decapitó por detrás con un golpe de canto en la nuca, y enseguida se lanzó a buscar al otro.
Se encontró con un hombre que empuñaba un abrecartas y temblaba de miedo, pero él sólo veía su boleto a la liberación. Esquivando estocadas —el otro apenas alcanzó a encajarle un puntazo en la pierna, apenas superficial— lo agarró por el cuello y se lo quebró.
Y se supo libre.
La adrenalina empezó a bajarle con demasiada rapidez, se aflojó y se sentó en el suelo. Le resultó lo más natural del mundo, después de tanto caos, al fin descansar un poco. Al recostarse, el pasto le provocó cosquillas en la nuca y las orejas. Eso le gustó. Abrió las palmas de las manos, extendió los brazos y sintió el zacate acariciándole los dedos, qué textura placentera.
Algo brilló bajo el sol: el “arma” del recién vencido. Estaba tirada ahí, a un paso de él.
La levantó y pensó en arrojarla lejos. Pero el cuerpo no le respondía. Y la cabeza empezaba a dolerle.
Recordó sus cigarros.
Las armas de esos dos… ¿serían armas convencionales?
El abrecartas tenía un mango de madera oscura y una hoja cromada y bien pulida. Fue ahí cuando notó que la hoja llevaba grabado un mensaje, el último que leería jamás: provoca la muerte con el más mínimo rasguño.
Ángel Valadez (Guadalajara, México, 1997) es el creador del proyecto “De cero a escritor”, marca bajo la cual se encuentra activo en YouTube, Instagram y Substack. Su trabajo se enfoca en explorar las reacciones humanas al enfrentar lo anómalo, lo hostil, lo salvaje y las situaciones límite, abarcando desde la simbiosis alienígena hasta el desamor. Se especializa en géneros como la ficción especulativa, el horror biológico, la fantasía oscura y el drama psicológico. Forma parte del Taller de Corte y Corrección, coordinado por Marcelo di Marco, donde recibe el apoyo profesional necesario para seguir perfeccionando su técnica y concretar sus historias. Este es su primer cuento publicado.
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