Entretextos: “La noche que conduce al amado”
Un ensayo sobre un famoso poema del siglo XVI de la autoría de san Juan de la Cruz, sacerdote carmelita.
San Juan de la Cruz, religioso y poeta místico del siglo XVI.
Por Pbro. Mario Fernández (*)
Hoy quiero presentarles a un gran santo, un hombre marcado por la sencillez, el silencio y la contemplación, sin dejar de señalar la incomprensión, el sufrimiento y la persecución. Su nombre es san Juan de la Cruz, sacerdote carmelita. Vivió en una época compleja de la historia de la Iglesia, a mediados del siglo XVI (1542-1591), época marcada por la reforma protestante y una atenta vigilancia de la inquisición, sobre todo en España, lugar donde se implementó con más severidad. Pero en vez de caer en la amargura o la tristeza, por el presente de la Iglesia, Juan, junto a otra santa, Teresa de Jesús, comenzaron un camino de reforma interna en el Carmelo, guiada por los consejos evangélicos: pobreza, castidad y obediencia en entrega total al Señor. Más que reforma, podríamos llamarlo renovación. Este camino emprendido no fue fácil, lo llevó hasta incluso la cárcel. A pesar de esos sufrimientos, no fue vencido, al contrario. Es allí en su prisión, solitaria, despojada de todo, donde compuso algunas de sus obras más memorables de una belleza y profundidad únicas. Una de ellas es la “Noche oscura del alma”.
En este hermoso poema, san Juan nos muestra el camino de un alma enamorada, un alma en búsqueda de su amado. Aunque la noche es oscura la va recorriendo con la luz que en su corazón ardía. Fijémonos cómo desde el primer verso san Juan no toma la noche como algo malo, sino que ve todo lo bueno que tiene transitar por la oscuridad. Vemos, por el contrario, que le agradece a la noche el encuentro con el amado y la transformación de su alma:
En una noche oscura,
con ansias en amores inflamada
¡oh dichosa ventura!
salí sin ser notada,
estando ya mi casa sosegada.
Aquí aparece la oportunidad que aprovechó san Juan: no se dejó vencer por sus tormentos, sino que al contrario de lo esperado por aquellos que lo encarcelaron, en vez de entrar en desesperación y abandonarse a su suerte, encontró allí con toda su potencia el amor de Dios que obra en lo secreto. En lo escondido de una celda, en el peor de los castigos humanos, el amor del Padre lo sostenía, lo guiaba en esa noche más que a plena luz del día. Ya al final del poema nos encontramos con el descanso de la búsqueda, de ese camino, y cómo esa alma pudo descansar:
Quedé y olvidéme,
el rostro recliné sobre el Amado;
cesó todo, y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado
Podemos preguntarnos si mientras escribía esto el autor ya había sido liberado. La respuesta es que no, todavía seguía en la cárcel, su alma y su corazón habían encontrado el reposo en el Amado y ya nada podía apartarlo de ese lugar. Con cuánta sencillez podemos ver este recorrido espiritual de Juan en la cárcel y cómo allí en el tormento encontró la paz en Dios. Ahora bien, por un lado, pienso cómo tantas veces nos cuesta rezar, porque no tenemos tiempo o un momento favorable porque tenemos tantas cosas por hacer o no encontramos el lugar. Miremos a Juan, quien en una cárcel pasando hambre y frío, nada le impidió hacerlo.
Por otro lado, veamos lo más importante de este poema para nuestra vida espiritual. Ante nuestras propias noches oscuras tenemos dos opciones: o nos quejamos o la aceptamos. Y allí es donde podremos sacar provecho de ellas. Es natural siempre la pregunta ¿por qué?, pero qué tal si nos preguntamos ¿por qué no a mí?, o mejor, ¿para qué a mí? Dejemos que como a san Juan la noche nos guíe, que nos junte con el Amado, que nos haga un poco mejor cada día, sabiendo bien que no hay noche eterna, en algún momento saldrá el sol. Mientras, sigamos caminando a paso firme con nuestro corazón ardiente tras los pasos del amado para poder decir como el poeta santo:
¡Oh noche, que guiaste!
¡Oh noche amable más que la alborada!
¡Oh noche que juntaste
Amado con amada
amada en el Amado transformada!

(*) Pbro. Mario Fernández, sacerdote católico, nació el 10 de mayo de 1984 en Mar del Plata. Realizó sus estudios de filosofía y teología en el Seminario Mayor San José de La Plata entre 2005 y 2012, año en el que fue ordenado sacerdote. A lo largo de su ministerio, ha desarrollado su labor pastoral en diversas comunidades de la diócesis, incluyendo las ciudades de Pinamar, Necochea y Quequén. Actualmente, se desempeña como párroco de la parroquia Nuestra Señora del Huerto en Mar del Plata. Además, es asesor diocesano de la Acción Católica Argentina y del Servicio Sacerdotal de Urgencia. En el ámbito digital, crea contenido de evangelización a través de su canal de YouTube “Que todos sean uno” (@pmariofernandez), donde comparte reflexiones, el Evangelio del día y propuestas formativas para acercar la fe a la vida cotidiana.
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