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Cultura 30 de agosto de 2026

Entretextos: “Las langostas del fin del mundo”, un cuento de Octavio Hernández

El autor, proveniente de Chile, presenta un relato que recorre el género fantástico y el apocalipsis.

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Octavio Hernández

 

Por Octavio Hernández (*)

“Y en aquellos días buscarán los hombres la muerte, y no la hallarán; y desearán morir, y la muerte huirá de ellos”.
(Apocalipsis, 9:6)

Cuando niño, a Simón lo aterraba imaginarse a los cuatro jinetes cabalgando mientras prodigaban pestes, con las trompetas anunciando el final por el orbe entero. ¿Y la febril estrella que cae sobre las aguas y las contamina, y el dragón y el azufre y el fuego y… las langostas? Ay, aquellas langostas que lo atormentaban en las insomnes madrugadas.

—¡Arrepiéntanse —repetía el pastor—, viene Cristo! Está escrito que se partirá la tierra y vendrán las langostas con caras de hombre, con colmillos de león, con aguijones. Pero las langostas atormentarán sólo a quienes no tienen el sello de Dios. —Y desenrolló una cartulina en donde se leía:

1. ALCÓLICOS
2. LUJURIOSOS
3. ASESINOS
4. OMOSEXUALE PRACTICANTES
5. CATOLICOS PAPIZTAS

Siempre un enérgico ¡amén! recorría ese frío patio de cemento.

—Sólo a ellos las langostas los acribillarán con sus aguijones. Y nosotros, hermanos, seremos salvos.

Sí, de niño lo aterraba el Apocalipsis. Pero ahora que él mismo debía sermonear, vestido de terno y corbata, no le desagradaba anunciar calamidades: cuantas más amenazas, cuanto más terror, más diezmos.

 

Y fue que, un viernes por la noche, mientras, sentado frente al escritorio de caoba, Simón redactaba en su Mac un terrorífico sermón contra las mujeres y su innata perversidad, el ringtone lo interrumpió. Aquellas hetairas lo seducen a uno, y después se hacen embarazar y al final te dejan solo, sin hijo, sin nada, mientras te piden una buena platita para la manutención y si no pagas te ponen una demanda. ¿Pero dónde demonios había dejado el celular?

El lánguido saxo del ringtone resonaba apagado desde el interior del cajón del escritorio. Simón lo abrió. Ahí estaba. Llamaba su “hijo”, aquel granuja adolescente que decidió irse junto a esa perra que una vez había sido su esposa. Y por qué lo llamaría ahora, si no lo llamaban ni para el cumpleaños. Incluso apenas le recordaba la voz.

—Qué pasa —dijo Simón, levantándose del asiento.

—Lo llamo por mamá.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Está mal, necesitamos…

Simón cortó. ¡Qué caradura! En verdad, qué caradura ella. Porque la conocía, sí. Conocía a las mujeres, y más a las de su tipo: seguro que había manipulado al tarado que le tocó de hijo con el fin de sacarle a él, a Simón, toda la plata, y esa plata la ocuparía ella en hacerse machacar por otros tipejos. Y qué excusa barata la de pedirle auxilio precisamente a él. Ja, como si le importase que aquella tipa estuviese mal o bien o regular. Ella había sido la que decidió irse con otro hombre, un flaite que apenas alcanzaba a modular imbecilidades: si necesitaban algo, que se lo pidiesen a ese amermelado hijo de puta. Uno ya daba suficiente, mes a mes, como para seguir despilfarrando.

El celular sonó otras tres veces. Después, no jodió más.

Simón retomó con nuevo ímpetu la escritura del sermón, deseando que el apocalipsis sucediera pronto.

 

Por la mañana, mientras estacionaba el Ford a la entrada de la iglesia —un templo despojado que nada que ver con las idolátricas ostentaciones de los “papiztas”—, Simón intentaba recrear las caras de su exesposa y de su hijo: ni fotos había conservado de ellos, las caras se le habían desdibujado en la niebla de la memoria. Y no lo movía ningún falso sentimentalismo. Simplemente quería enojarse, encolerizarse a fin de declamar con mayores energías. Si bien al principio le costó, terminó por figurarse con algún detalle el pelo rubio de la mujer, los ojos celestes —¿o eran verdes?—, el lunar a lo Marilyn Monroe, arriba del labio. También iba visualizando el pelo ruliento del hijo, las cejas como cepillos de cagadero, los dientes de rata. Recreando las facciones de esos dos traidores, le iban entrando más ganas de que todo se acabase pronto, de que el fin llegase ahora mismo.

Pero lo que Simón no sabía —¿cómo habría podido saberlo?— era que, mientras él se bajaba del auto, los vecinos encontraban molidos a golpes y a cuchillazos a su hijo y a su exesposa. El asesino era, sin dudas, la pareja actual de ella: lo delataba el culposo suicidio; el círculo rojo en la garganta; el cuchillo tirado en los mosaicos, cerca de su mano. Todo indicaba que el tipo se había suicidado después de cometer el crimen.

Y Simón ya traspasaba la reja que daba a las puertas del templo cuando vio que un andrajoso, con el pelo revuelto en una masa de mugre, le tendía esa garra simiesca que tenía por mano:

—Una monedita, padre.

¿Padre, dijo? En condiciones normales, Simón lo hubiera mandado bien a la mierda. Pero advirtió que algunas de sus tiernas ovejitas andaban rondando. Simón rebuscó en el bolsillo y encontró una moneda de quinientos pesos —no tenía de cien—. Mientras se la daba al mendigo, le soltó en voz baja y con la más amable de las sonrisas:

—¿Con esas pintas se atreve a venir a la casa del Señor? ¿Qué pasaría si Él llegase? ¿Lo recibirá así de sucio?

El mendigo agachó la cabeza y se guardó la moneda.

Siempre con una sonrisa tipo Jimmy Swaggart, Simón se fue a la entrada del templo, donde una docena de parroquianos ya lo estaban esperando. Cada uno de ellos le iba estrechando la mano a Simón.

—Cómo anda, pastor.

—Buen día, Simón.

Las puertas del templo, ya abiertas, dejaban ver el interior sin manchas: las cerámicas que brillaban de blancura, las pantallas de los televisores, el púlpito, las bancas de plástico, las flores artificiales.

Simón entraba, cuando le llegó desde la calle el bocinazo de un camión. Aunque no, un bocinazo no era tan estruendoso, no hacía vibrar los cristales ni el suelo. Se detuvo en el umbral, el corazón acelerándose. Estudió las caras de los feligreses, que miraban hacia arriba, la boca abierta, los ojos asombrados. Salió y descubrió que una estrella enrojecía las nubes en su caída de sangre.

El trompetazo —porque ese sonido era un trompetazo— volvió a sonar, y Simón terminó de comprender.

—¡Ya viene! —dijo—. Prepárense, hermanos, a recibir al Señor.

Todos exultaban de una histérica felicidad. Todos menos el mendigo, que lloraba.

Pobre diablo, pensó Simón.

Entonces ocurrió el terremoto, el crujir del cemento, el estallido de los cristales, el griterío del populacho en las avenidas. Y en el cemento se fue trazando una grieta, que serpenteaba y se iba expandiendo hasta abrir un enorme abismo, que partió en dos la iglesia extendiéndose hacia el horizonte: un enorme agujero que atravesaba el mundo. Simón vio que las pantallas y las bancas caían al interior del tajo, perdiéndose para siempre en la negrura. Un viejo, que justo pasaba, se torció el pie y, en el borde, moviendo en hélice sus dos manos, trataba de mantener el equilibrio.

Del enorme agujero se elevó un humo con fetidez de azufre, y enseguida se fue propagando en un zumbido de alas de insectos, que se agigantaba hasta ensordecer: una vibración que ardía en los tímpanos. Ahí fue que, como salidas a presión, cientos de langostas con caras monstruosas se dispararon hacia el enrojecido cielo, y el enjambre se adensaba, y oscurecía el planeta con sus alas atronadoras. Cada langosta medía lo mismo que un niño. Por todo lo largo del tajo salían millares de soldados de aquella tropa del infierno.

Los feligreses ya no exultaban: miraban hacia todas partes, con pánico cerval.

—Tranquilos —dijo Simón—. Estaba escrito: estaremos a salvo.

Y un centenar de langostas se separó del resto, y ahora bajaban zigzagueando como perros que olfatean en busca de algo o de alguien.

Te llegó la hora, sucio, se dijo Simón al pensar en el mendigo.

La plaga sobrevolaba al mendigo, pero… ¿Cómo? ¿No lo destrozaban con sus serradas mandíbulas? No, al contrario: pasaban de largo y se detenían en sus feligreses y los herían a dentelladas, y con sus colas de escorpión los acribillaban sin piedad. Y, ay Dios, un grupo aún más numeroso se le acercaba a él mismo, un enjambre rabioso, un enjambre de dientes filudos, de colas apuntándole, de caras con ojos de fuego. Caras que él enseguida supo reconocer, porque toda la mañana las había recordado para proclamar el sermón del Apocalipsis.


(*) Octavio Hernández (Antofagasta, Chile, 2001) inició en 2020 estudios en Cine y Televisión y se integró al Taller de Corte y Corrección. Lector de Borges, King y Maupassant, ha publicado Pecho de acero y Lo que oculta Tamara en la revista FIN. Es autor del libro de cuentos de terror La noche eterna de Emilio Cruz (Ediciones del Gato), lanzado en mayo de este año. Tras debutar en el diario LA CAPITAL con Comprachicos, presenta ahora Las langostas del fin del mundo, relato que reafirma su crecimiento narrativo y su paso firme por el género fantástico.